Mi guion llamado TÚ 32
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Miri

—¡Mierda, mierda, mierda! —exclamo, llevándome ambas manos al pelo.

Tengo que ir detrás de ella. Ahora mismo. No puedo permitir por nada del mundo que Adela se quede convencida de que me he metido en la cama con mi exnovia tras todo lo que ha pasado entre nosotras.

Salgo disparada hacia el dormitorio con Gemma diciéndome cosas a las que ni presto atención.

Me enfundo lo primero que encuentro: unos vaqueros viejos, un jersey de lana gordo color mostaza y las primeras zapatillas de deporte que asoman debajo de la cama. Ni siquiera me quito la camiseta con la que he dormido. Me miro un segundo en el espejo de pie para encajarme las gafas sobre la nariz.

Salgo al descansillo y aporreo el botón del ascensor.

—Vamos, sube de una puta vez… —suplico, dándole tres veces al botón como si eso fuera a acelerar el mecanismo.

Desesperada, mando a la mierda mi paciencia y bajo corriendo por la escalera de dos en dos escalones. Y en cuanto piso la calle, me doy cuenta de que me he ido sin nada más.

—No me jodas… —me palpo los bolsillos—. Fantástico. Es que no puedes ser más torpe.

Durante un segundo considero dar la vuelta y pedirle a Gemma que me dé mis cosas. Pero lo descarto al momento.

Adela me llevará unos seis minutos de ventaja. Y cuando Adela Noguera se enfada, no va caminando lento precisamente. Lo sé porque llevo años viéndola.

Estoy segura de que no la voy a alcanzar. Aunque por suerte, todas las carreteras de nuestra existencia terminan en ese lugar donde cada día me he ido enamorando más de ella: La Molienda.

Echo a correr y cuando al fin doblo la esquina de la cafetería, me flaquean las piernas. Pero ahí está, con las luces del interior encendidas.

Me acerco a la puerta y al ver que está cerrada, me dedico a aporrear el cristal.

—¡Adela, ábreme la puerta!

Una señora que pasea a un caniche por la acera de enfrente se detiene a mirarme como si me hubiera escapado de un psiquiátrico. Veo una sombra moverse al fondo, y aporreo la puerta otra vez.

Adela por fin aparece en mi campo de visión. Pero al acercarse a la luz veo que tiene los ojos ligeramente enrojecidos. Se queda quieta al otro lado, mirándome de arriba abajo. Luego echa un vistazo a la calle vacía y regresa a mí.

Por unos segundos angustiosos, creo que va a dar media vuelta y me va a dejar tirada. Aunque al final, suspira con amargura y abre la puerta.

—Por estas mierdas es por lo que nunca hay que liarse con tu compañera de trabajo —es capaz de bromear.

El tono sarcástico no consigue maquillar nada el dolor en su voz.

—Tienes que dejarme explicártelo, Adela —suelto a bocajarro y sin respirar—. Te prometo que no ha pasado nada entre Gemma y yo.

Adela cierra los ojos, como si la sola mención del nombre le provocara migraña. Desde dentro del local, Mollete suelta un ladrido.

—Mollete, cállate —le me riñe ella hacia el interior.

El perro ladra de nuevo, protestando.

—Por favor, Adela —insisto, metiendo la puntera de la zapatilla entre el marco y la puerta—. Solo te pido cinco minutos para que me escuches.

Adela me sostiene la mirada unos segundos.

Después, cansada, se hace a un lado y me deja entrar antes de cerrar la puerta de nuevo.

Mollete viene corriendo hacia mis piernas, pero esta vez ni siquiera me agacho para hacerle la fiesta.

Le doy un par de caricias automáticas en el lomo mientras sigo a Adela con la mirada.

Ella camina hacia la barra, dándome la espalda.

—Habla —se limita a decir.

Una sola palabra. Con una frialdad que duele. Y yo, que me he tirado años enteros ensayando esta conversación en mil escenarios ficticios que jamás pensé que llegarían a materializarse, me doy cuenta de que se me ha olvidado el guion.

—Gemma se presentó anoche en mi casa borracha —empiezo, tragando saliva.

Adela se gira cruzándose de brazos—. Dijo que romper conmigo había sido el peor error de su vida y que quería que volviéramos a intentarlo.

Pero le dejé claro que no, y después se lo conté todo.

TODO. Le dije que lo que estaba naciendo contigo no era una tontería pasajera que yo fuera a mandar a la mierda por un impulso.

El rostro de Adela sufre una transformación diminuta pero brutal.

—Después se vino abajo… —prosigo, secándome el sudor de la nuca—. Y como estaba con tres copas de más encima y sin coche, no me pareció humano ni ético echarla a la calle.

Adela baja los ojos hacia sus propios pies.

—Así que la dejaste quedarse a dormir.

—En el sofá —recalco y me subo las gafas por el puente de la nariz—.

Le dejé una manta, me encerré en mi dormitorio y me pasé la noche entera escribiendo en el ordenador.

Esta mañana, cuando has entrado, Gemma salía del cuarto de baño de lavarse la cara.

No de mi dormitorio. Jamás se me ocurriría hacerte algo así.

Por fin, Adela vuelve a mirarme directamente a los ojos.

—Entonces…

—No ha pasado nada —le dejo muy claro, y pongo las manos en sus mejillas.

Adela se muerde el interior de la mejilla, abrumada.

—Miri…

—No, ahora me toca hablar a mí.

Adela se queda inmóvil. Y en ese instante me doy cuenta: este es el momento. No habrá otro más idóneo. Llevo años esperando un instante que pensé que jamás llegaría, así que me aparto las gafas y paso los dedos por las pestañas húmedas antes de respirar hondo.

—Estoy enamorada de ti. Desde hace… muchísimo —sonrío y niego con la cabeza—. Antes de que te divorciaras de Bea yo ya empezaba a darme cuenta de que lo que sentía por ti no era simple amistad. Puede que hasta pasara cuando nos conocimos en ese concierto.

»Pero cuando te divorciaste fue mil veces peor.

Recuerdo aquellos meses. Tú estabas hecha polvo, intentando hacerte la fuerte, y yo estaba a tu lado intentando consolarte mientras me obligaba a mí misma a olvidar lo que sentía.

Soñé tantas noches con besarte después de tu separación, que muchas mañanas me daba vergüenza mirarte a la cara.

Adela abre los labios, visiblemente impactada.

—Prefería tenerte a mi lado como amiga antes que arriesgarme a perderte para siempre por confesar algo que tú no sentías. Y cuando volviste a tener citas casuales, entendí perfectamente el mensaje subliminal.

—Miri… —murmura y agacha la cabeza.

—Lo acepté —insisto y le alzo la barbilla—.

Tenía que aceptarlo. Porque tú eras feliz así y yo te quería tanto que jamás habría convertido mis sentimientos en una carga.

Por eso cuando apareció Gemma intenté pasar página de verdad.

Pero fue imposible. Jamás conseguí sacarte de mi cabeza, ni un solo día.

Y por eso nunca se me ocurriría hacerte una jugada tan sucia.

Adela cierra los ojos un segundo.

—Así que… es verdad —dice ella.

Me recoloco las gafas sobre el puente de la nariz, mirándola fijamente. Y después le dedico la sonrisa más especial que puedo.

—Sí, es verdad. Adela Noguera, estoy enamorada de ti. Y sé que a las dos nos aterra la idea de estropear nuestra amistad. Pero creo que ha llegado el momento de arriesgarnos.

Extiendo mi mano y busco la suya. Adela entrelaza sus dedos con los míos de inmediato. Después, sonríe de verdad, toma una respiración profunda y me sostiene la mano con ambas palmas.

—Yo no puedo decir que lleve años así… porque ni siquiera me había dado cuenta —comenta, dando un paso hacia mí—.

Lo que sí puedo decirte con el corazón en la mano, es que llevo años construyendo toda mi vida alrededor de ti sin ser consciente de ello.

Cuando me pasa algo bueno, la primera persona a la que quiero contárselo eres tú.

Cuando el mundo se me cae encima, eres a quien llamo, aunque no tenga nada coherente que decir.

Y me daba pánico admitirlo porque tú eres mi lugar seguro.

La única persona en mi vida a la que jamás me había planteado perder.

Sus ojos se llenan de lágrimas. Ver llorar a Adela es algo tan extraordinario que me deja sin respiración.

—Esta mañana, cuando la vi a ella, sentí que me arrancaban algo del pecho —continúa, acariciándome la mejilla con el pulgar—.

Y ahí lo entendí todo. No quiero seguir fingiendo que lo nuestro es solo amistad.

No sé exactamente en qué momento cambiaron las cosas, o si llevaba cambiando desde el primer día que empezaste a trabajar aquí, pero sé una cosa seguridad.

—¿Qué? —susurro, sin poder respirar.

Adela me mira como si fuera la única mujer sobre la faz de la tierra.

—Que no quiero que nadie más ocupe el sitio que quiero tener a tu lado.

Quiero probarlo todo contigo, Miri. Quiero equivocarme contigo, aprender contigo, discutir por chorradas contigo y morirme de miedo juntas si hace falta.

Y quiero despertarme a tu lado todas las mañanas sin tener que inventarme excusas para dejar a esa persona atrás.

Incluso quiero que me lleves a tus convenciones y me enseñes a ser la guardiana más extraordinaria de las Crónicas de Éter .

Me echo a reír y niego con la cabeza.

—Eres imposible, Adela Noguera.

Ella se encoge de hombros.

—Puede ser… —añade, pegando su frente a la mía—. Pero sí, quiero que me des esa oportunidad.

Cierro los ojos. Una paz inmensa y cálida me inunda el pecho. Y por primera vez en mi vida, sé que no estoy esperando al otro lado de una puerta que no conducirá a nada. Adela la ha abierto de par en par, y la estamos abriendo juntas.

Me vuelvo a fundir en sus ojos, y suelto todo el aire de mis pulmones.

—Tengo que contarte una cosa —comento apartándome un segundo—. Una agente quiere mover mi guion.

Adela se lleva una mano a la boca, sorprendida. No es capaz de decir nada. Y por eso, me echo a reír.

—Ah, y esta noche, voy a tener que dormir en tu casa.