Mi guion llamado TÚ 31
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Adela

Mollete me observa con fijación. Tiene los ojos negros muy abiertos, las orejas erguidas y esa expresión de anciano cascarrabias con la que me está dejando muy claro que no le mola nada que hayamos cambiado nuestra rutina matutina.

Por lo visto, ya tuvo bastante con la visita al veterinario de ayer.

—No me mires así —le advierto, colocándome bien el bolso sobre el hombro.

El perro parpadea despacio, sin bajar la guardia.

Estoy parada justo delante de la puerta del piso de Miri con una bolsa de papel, dos vasos de café humeantes y la correa enrollada con torpeza alrededor de la muñeca.

He conseguido colarme en el portal gracias a una vecina del segundo que salía a pasear a su perro.

La mujer, tras reconocer a Mollete, me ha abierto la puerta de cristal dedicándome una sonrisa tan amplia y cómplice que me ha hecho dudar de si llevaba un cartel en la frente que ponía «Desesperada de amor».

Y ese pensamiento, francamente, me pone todavía más nerviosa.

Miro el número del piso y después bajo la vista hacia Mollete.

—¿Qué pasa? —murmuro, ajustándome la bufanda—. ¿Es que una mujer no puede tener el detalle espontáneo de darle una sorpresa a su…?

La palabra se me atasca en la garganta.

«Mi qué» . ¿Cómo puedo definir en una palabra todo lo que nos está pasando? Sé que estoy sonriendo. Me doy cuenta porque me duelen las mejillas, y aunque sea una tontería, prefiero dejar que las dos definamos qué somos exactamente cuando estemos preparadas.

Dentro de la bolsa llevo dos cruasanes de mantequilla recién horneados que he comprado en la panadería de la esquina de enfrente, un par de napolitanas de chocolate, y algo de fruta fresca que acompaña a los cafés que yo misma he preparado antes de salir de casa.

Faltaría más. No voy a presentarme en casa de Miriam Pavía con café comprado en otro sitio —al menos, no para una sorpresa romántica—.

—Vale. Allá vamos.

Pulso el timbre con un nudillo. Mi corazón empieza a golpear contra mis costillas a una velocidad ridícula. No debería ponerse así. No cuando veo a Miri prácticamente a todas horas del día. La cerradura gira y la puerta se abre despacio.

Miri aparece al otro lado vestida con una camiseta de algodón gris gigante que le cuelga hasta mitad del muslo, unos pantalones cortos de pijama y el pelo revuelto en un moño deshecho. No lleva las gafas puestas.

—Adela… —murmura. Está claro que la he despertado.

No le dejo terminar la frase. Me inclino hacia delante, cruzo el umbral y le planto un beso en los labios.

—Buenos días, dormilona —digo con una sonrisa de oreja a oreja.

Miri parpadea dos veces, y yo paso al recibidor como Pedro por su casa, dejando que la puerta se cierre tras de mí.

—¿Qué… qué haces aquí tan temprano? —Mollete se cuela entre mis piernas y se lanza como un bólido contra ella—.

¡Eh! Hola, pequeño monstruo, ¿qué tal esa patita?

—dice Miri, agachándose torpemente para acariciarle las orejas.

El perro empieza a dar saltitos, a mover la cola y a intentar lamerle la barbilla—. Adela, escucha… es que anoche vino…

Pero yo no la escucho. O, mejor dicho, mi cerebro está demasiado ocupado en modo «operación desayuno romántico» como para prestar atención.

Voy caminando hacia la cocina abierta mientras hablo a toda velocidad.

—He conseguido que la chica de la panadería me diera los cruasanes recién salidos del horno. Y por cómo huelen, creo que ha merecido la pena.

Dejo la bolsa sobre la barra americana. Luego coloco los dos vasos de café.

—También he traído fruta cortada para tener uno de esos combinados que tanto te gustan.

Miri aparece detrás de mí en el pasillo, caminando con una torpeza extraña.

—Adela, espera un momento…

Mollete vuelve a soltar un par de ladridos agudos desde el pasillo.

—¡Mollete, deja de hacer el payaso! —le riño entre risas.

El perro ignora mi orden y sigue dando vueltas en círculos alrededor de las piernas de Miri.

Me giro hacia ella con una sensación de satisfacción infantil.

Llevo desde las seis de la mañana imaginándome este momento.

Nosotras dos —bueno, tres, contando al señorito de cuatro patas— desayunando juntas.

Ir caminando hacia La Molienda para abrir la cafetería.

Algo sencillo y cotidiano. Una de esas cosas que hacen las personas cuando empiezan a ser algo más que simples amigas…

Pero no me da tiempo a procesar el pensamiento.

Porque en ese instante, una voz rasgada por el sueño llega desde el pasillo que va a su dormitorio:

—Dios, Miri… Tengo un dolor de cabeza insufrible.

Mi sonrisa se congela en el acto. Se apaga lentamente. Muy lentamente. Gemma aparece caminando descalza desde el pasillo.

Lo único que mis ojos son capaces de procesar es la figura de Gemma. En el piso de Miri. Con la melena revuelta. Vestida únicamente con una camiseta blanca de manga corta que apenas le cubre la parte superior de los muslos. Ella se frena en seco al verme de pie junto a la barra de la cocina.

—Ah… —vocaliza, quedándose petrificada. Miro sus piernas desnudas. Miro la camiseta holgada. Miro el pasillo del que acaba de salir—. Hola, Adela.

Mi mirada se desplaza de forma automática hacia el sofá del salón. Allí veo una manta arrugada sobre el respaldo, un cojín caído en el suelo, una botella de agua abierta sobre la mesa y un par de vasos.

Miri está roja como un tomate.

—Adela, te juro por mi vida que esto no es lo que…

Levanto una mano en el aire, frenándola en seco.

—No se te ocurra pronunciar ni una sola palabra —le advierto.

Mi propia voz sale helada, cortante, incluso afilada. No suena a la Adela extrovertida y bromista de siempre. Suena a la versión de mí que aparece únicamente cuando me han pegado una puñalada tan profunda que no puedo permitirme el lujo de mostrar debilidad.

Miri da un paso desesperado hacia mí.

—Por favor, Adela, tienes que escucharme dos minutos.

—He dicho que no, Miriam.

Me agacho y engancho la correa de Mollete. El perro, ha dejado de jugar al instante y me mira con las orejas gachas.

—Que os aproveche el desayuno —les digo a la dos—. Mollete, vámonos.

El perro no se mueve del sitio. Se ha quedado clavado mirando a Miri con cara de lástima.

—¡Mollete, he dicho que nos vamos ahora mismo! —le me ordeno con brusquedad.

Por fin el perro camina hacia mí con la cola entre las patas. Miri alza la mano para intentarme sujetar por el abrigo, pero me aparto.

No puedo soportar que me toque ahora mismo.

Abandono su piso y cuando las puertas del ascensor se abren de par en par, la escucho hablar a mi espalda.

—Gemma, quiero que te largues de mi casa. Y no vuelvas a buscarme en tu vida.

Entro de un salto con Mollete. Miri se gira rápidamente hacia mí, con las lágrimas a punto de brotar de sus ojos.

—¡Adela, espera! ¡Déjame explicártelo!

Las puertas empiezan a cerrarse, y Mollete me mira desde el suelo con sus grandes ojos negros.

—Ni se te ocurra decir una sola palabra —le advierto. El perro suelta un ladrido—. He dicho que ni una palabra, ¡te ha quedado claro!

Y al gritarle, mi voz se rompe por completo. Un par de lágrimas calientes y amargas me resbalan por las mejillas. Me las limpio con rabia con la manga del abrigo, pero es inútil.

—Mierda… lo siento, cariño.

Mollete se acerca a mis piernas, me agacho en el suelo y lo cojo en brazos.

—No pasa nada, chiquitín —le murmuro contra el pelo—. Estaremos bien.

Mollete me lame la barbilla con ternura.

Las puertas del ascensor se abren por fin y salgo a paso ligero.

Una vecina que entra con el periódico en la mano me saluda, pero yo no puedo hacer lo mismo.

Necesito ir a La Molienda, y volver a la vida real.

Por mucho que, en esa vida real, esté trabajando con la que ha sido mi mejor amiga y que, ahora, tiene un lugar mucho más importante en mi corazón.

Al menos, hasta este momento.