Mi guion llamado TÚ 30 #2
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30 #2

Sara suelta una carcajada y yo no puedo evitar negar con la cabeza, sonriendo a mi pesar.

—Es que… jamás pensé que Adela fuera a…

—Pero ha pasado —sentencia Sara—. Y eso es lo único que importa. No significa que mañana tengáis que casaros, ni compraros un adosado en la playa, ni poneros a discutir sobre qué colegio elegir para tres niños imaginarios. Solo significa que algo fundamental ha cambiado entre vosotras.

—Mucho. Ha cambiado muchísimo.

—Pues entonces averigua lo que eso significa sin ningún tipo de miedo —añade.

Beto asiente y le dedica un guiño.

—Yo no lo habría dicho mejor.

Sonrío. Sigo teniendo un miedo atroz, no nos vamos a engañar.

Pero tal vez el miedo no sea una señal de alarma para salir corriendo y atrincherarme en mi zona de confort.

Tal vez el miedo solo signifique que, por primera vez en muchísimos años, tengo entre las manos algo tan jodidamente valioso que merece la pena correr el riesgo de perderlo.

—Muchas gracias, chicos.

· · ·

A la una menos cuarto de la madrugada ya se han ido todos y me he quedado sola en el piso. La casa todavía huele a queso fundido y al rastro dulce del cava. He recogido lo más gordo de la cocina y he dejado el resto de los platos para mañana.

Sin poder evitarlo, me siento frente al escritorio de mi habitación y abro el portátil para ponerme a escribir.

Esta vez no miro el reloj. No reviso cada palabra cinco veces con miedo a meter la pata. No me pregunto obsesivamente si a algún productor le va a parecer una tontería pretenciosa.

Mi personaje, Eva, está de pie delante de la puerta del pasillo otra vez. Pero esta vez sé perfectamente lo que tiene que hacer:

INT. PASILLO — NOCHE

EVA permanece inmóvil frente a la puerta cerrada de la vivienda. Sostiene la llave entre sus dedos fríos.

EVA

(Sin girarse)

Pensaba que necesitaba saber exactamente qué había al otro lado para atreverme a cruzar.

LUCÍA la observa en silencio desde el fondo del pasillo desierto.

LUCÍA

¿Y ya lo sabes?

Eva niega con la cabeza.

EVA

No. Pero he entendido que quedarme aquí parada eternamente solo va a convertirme en una cobarde.

Eva introduce la llave en la cerradura.

Su mano tiembla ligeramente.

Gira el pomo. La puerta se abre de par en par...

FUNDIDO A NEGRO.

Me quedo mirando la pantalla iluminada. De repente, algo hace clic en mi cabeza.

Recuerdo perfectamente la primera vez que le hablé del personaje de Eva a Adela.

Fue hace casi un año. Estábamos cerrando La Molienda pasadas las nueve de la noche y yo llevaba dos semanas fingiendo que no escribía nada en mis horas muertas.

Adela, que siempre ha tenido un radar para mis mentiras, encontró mi libreta abierta detrás de la caja registradora.

«¿Quién es Eva?», me preguntó, hojeando las páginas.

Intenté quitársela de las manos presa del pánico.

«Nadie, una tontería».

«Pues ya tienes diecisiete páginas escritas a mano».

«Devuélvemelo».

«¿Es un nuevo guion?».

«Una historia sin importancia».

«Cuéntamela».

Y acabé contándosela entera mientras limpiábamos la máquina de café.

Le hablé de una mujer atrapada en una vida anodina, paralizada frente a una puerta que representaba todo lo que deseaba y todo lo que temía perder.

Adela me escuchó en silencio sin reírse una sola vez.

Sin mirar el móvil. Sin soltar ni un solo chiste durante diez minutos seguidos, lo cual era un récord histórico.

Cuando terminé de hablar, estaba convencida de que me diría que era un drama insoportable.

En cambio, cerró la libreta y la apoyó sobre la barra.

«Tienes que terminarlo como sea», me dijo mirándome fijamente a los ojos.

«Ni siquiera sé si valdrá para algo», protesté yo.

«Eso es completamente secundario».

«No lo es».

«Sí lo es. Si te importa lo suficiente como para llevar semanas escribiendo a escondidas durante tus descansos, tienes que saber cómo termina esa historia. Tienes que saber qué hay detrás de esa puerta».

«¿Y si termina mal?».

Ella me sonrió con esa boca preciosa y me dijo: «Pues si termina mal, al menos habrás dejado de pasarte la vida entera parada en ese pasillo».

En aquel momento pensé que estábamos hablando única y exclusivamente de mi guion. Ahora, un año después, me doy cuenta de que hablaba de mí. De nosotras dos.

Miro la pantalla del portátil. Luego miro el teléfono móvil apoyado junto al ratón.

Sorprendentemente, por primera vez en años no siento la necesidad desesperada de recibir una respuesta para saber en qué punto.

Mi guion puede funcionar. Yo puedo funcionar como guionista.

Y lo que ha pasado con Adela no ha sido un salto al vacío.

Había agua en la piscina. Siempre la hubo.

Solo que ninguna de las dos se había atrevido a mirar hacia abajo.

Vuelvo a teclear. Una escena nueva. Otra más. La inspiración fluye sin frenos. Cuando miro la esquina inferior de la pantalla, me doy cuenta de que son casi las dos de la mañana.

Y en ese preciso instante, suena el timbre de la puerta.

Frunzo el ceño, extrañada. Nadie normal llama al timbre de un piso a las dos de la mañana un día entre semana.

Me levanto de la silla con el corazón latiéndome en la garganta, y camino descalza por el pasillo en penumbra. Me acerco a la puerta y por la mirilla observo que es Gemma quien está al otro lado.

Cuando abro, me recibe de pie en el descansillo, apoyada ligeramente contra la pared. Lleva el pelo desordenado, el abrigo abierto y las mejillas excesivamente coloradas. Sus ojos brillan con esa intensidad que conozco de sobra y que me indica que ha bebido más de la cuenta.

—Gemma… —murmuro, atónita—. ¿Qué haces aquí?

No responde nada. Da un paso tambaleante hacia el interior.

—¿Has estado bebiendo? —pregunto, intuyendo la respuesta.

—Un poco… Bueno, bastante —admite con la voz pastosa.

—Son casi las dos de la mañana, Gemma.

—Lo sé, Miri. Sé qué hora es.

—Gemma, por favor…

Antes de que pueda dar un paso atrás para marcar las distancias, Gemma se lanza literalmente hacia mí.

La recibo entre mis brazos para que no se caiga al suelo.

Sus brazos me rodean el cuello con una fuerza desesperada y yo me quedo completamente rígida en mitad del recibidor, con las manos suspendidas en el aire, sin corresponder el abrazo.

Ella hunde el rostro con fuerza contra el hueco de mi cuello. Noto el vino en su aliento y su respiración agitada. Cuando habla, la voz le sale completamente rota por un sollozo ahogado:

—Miri… Fui una imbécil. Nunca debí romper contigo.