Mi guion llamado TÚ 30
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Miri

—Miri, ¿estás en casa?

La voz de Sara me llega a través del teléfono, tan alterada que estoy a punto de comerme una farola.

—No, acabo de salir. ¿Qué pasa?

—Tengo que contarte algo importantísimo. Así que, deja de caminar.

Miro alrededor, extrañada. Estoy recorriendo Santander como dicta una buena tarde de otoño. La gente pasa a mi lado mientras yo llevo la mochila colgada del hombro y mantengo en los labios el recuerdo fresco del beso que me ha dado Adela esta mañana en el parque.

Un beso luminoso, con sabor a café y a viento del norte, que me lleva revoloteando en las tripas todo el santo día.

—Sara, me estás asustando —digo, pegando más el teléfono a la oreja—. ¿Ha pasado algo? ¿Han detenido a mi hermano?

—No te asustes.

—«No te asustes» es exactamente la frase que utiliza la gente un segundo antes de provocarle un infarto a la persona con la que habla.

Escucho cómo inspira hondo al otro lado de la línea, y después, se oye el crujido de unos papeles. Joder, me está poniendo nerviosa.

—Me acaba de llamar Andrés Valcárcel a la oficina.

Tardo exactamente dos segundos en reaccionar.

—¿El agente? —pregunto, bajando la voz.

—Ese mismo.

Mi corazón da un vuelco tan violento contra las costillas que por un momento pienso que va a salir corriendo.

Andrés Valcárcel es uno de los contactos más cotizados de la industria audiovisual, el tipo al que Sara consiguió llegar hace un mes gracias a una clienta a la que estaba haciéndole unas ilustraciones.

Después del varapalo, ella me dijo que le diera el borrador que tenía del guion para intentar convencer a algunos contactos de que llegara hasta él. Cosa que yo creía imposible.

Al menos, hasta ahora.

—¿Y? —quiero saber, conteniendo el aliento.

Sara se queda en silencio unos segundos que me parecen dramáticos.

—Sara. Habla ya o voy a tu casa y te quemo la colección de zapatos.

—Me ha dicho que le ha gustado, Miri.

Me quedo totalmente inmóvil en mitad del paso de peatones.

—¿Qué?

—Que le ha gusto. Y muchísimo, además.

Una pareja de ancianos tiene que esquivarme por la izquierda porque mi cuerpo acaba de olvidar las instrucciones básicas para coordinar las piernas y poder seguir caminar.

—No me jodas, Sara.

Ella empieza a reírse, disfrutando de la cómica situación.

—No te jodo, Miri.

—¡No me jodas! ¡No me jodas! ¡No me jodas!

Las últimas tres palabras salen convertidas en un grito que recorre toda la calle. Un señor trajeado que pasea a un yorkshire enano se gira para mirarme con una especie de desaprobación burguesa.

—Perdón… —le digo al señor, y levanto una mano disculpándome—. Es que son buenas noticias. Cosas del mundo del arte.

El hombre acelera el paso con el perro en brazos. Sara se está partiendo de risa al otro lado del teléfono.

—Estás fatal de la cabeza. Y como seguro que te has parado en mitad de un cruce, más vale que pongas tu culo a salvo, porque ese guion tiene que llegar a buen puerto.

—Pero a ver… ¿qué te ha dicho exactamente? ¡Dime las palabras textuales antes de que me dé un infarto!

—Ha dicho que quiere reunirse contigo por videoconferencia este viernes.

Que cree que la historia tiene un potencial comercial enorme, que Eva le parece brillante y que, aunque la segunda mitad todavía necesita un buen tijeretazo y trabajo de estructuración, la voz narrativa está clarísima y tiene muchísima fuerza.

Me llevo la mano libre a la boca, pero no me sirve de nada. Porque estoy sonriendo de una manera tan brutal que me duelen hasta las mejillas.

—¿Y quiere… llevarlo a la pantalla?

—Desde luego, este es el primer paso —me corrige mi actual persona favorita—. Quiere hablar contigo para proponerte un par de productoras a las que les podría interesar, después de que le deis ese repaso del que te he hablado.

El mundo sigue girando a mi alrededor. El tráfico de la avenida, los pasos apresurados de los transeúntes, el silbato de un policía de tráfico… Pero yo no escucho nada.

—Miri, dime algo, por favor —me pide Sara.

—Creo que voy a vomitar el capuchino que me he tomado hace dos horas.

—Vas a tener que hacer un esfuerzo y aguantar hasta después de la reunión el viernes.

—Sara… —Noto cómo mi voz cambia por completo. Pierde el tono sarcástico y se vuelve pequeña, frágil, asustada—. ¿De verdad está pasando?

Ella deja de lado las bromas de inmediato.

—Por supuesto que sí, Miri. Te lo has ganado a pulso.

Cierro los ojos con fuerza, y todo lo que he vivido desde el rechazo, llega a mi cabeza de golpe.

La carpeta sobre la barra de La Molienda.

Yo llorando por la frustración a las tantas de la noche, yo pensando en borrar el archivo y ponerme a opositar otra vez.

Y después… Adela, mirándome y animándome como siempre ha hecho.

Sonrío. Dios mío, Adela.

—Sara tengo que colgar. Debo decírselo a Adela ahora mismo —anuncio.

Sara vuelve a soltar una carcajada.

—Sin problema, estoy deseando que le parece a tu… chica —bromea y es ella quien cuelga la llamada.

—Será posible…

Antes de que pueda reaccionar, me llega un WhatsApp de ella.

Sara : Disfruta de lo que has conseguido al menos cinco minutos. Sé que te vas a poner a analizar todo lo que podría salir mal en la reunión. Pero con eso me conformo.

Esta mujer me conoce demasiado bien.

Miri : Te prometo que lo intentaré.

Niego con la cabeza y de inmediato busco el contacto de Adela antes de pulsar el botón de llamada. La emoción se me pasa al ver que no lo coge.

—La habré pillado ocupada…

· · ·

A las nueve y media de la noche, he puesto el modo avión y el salón de mi piso se convierte en una fiesta improvisada para celebrarlo.

Hay tres cajas de pizza sobre la mesa de centro, una botella de cava barato que nadie ha sabido abrir correctamente sin tirar la espuma por todas partes, y una pancarta gigante fabricada por Beto pegando cuatro folios con cinta aislante donde pone en rotulador rojo:

«MIRIAM PAVÍA, FUTURA ESTRELLA DE NETFLIX.»

Mi hermano Pol lleva puesto en la cabeza un gorro de cartón de fiesta infantil que, según asegura, ha encontrado en el fondo de un cajón del pasillo y que debía llevar ahí desde mi fiesta de cumpleaños de los doce.

—Hagamos un brindis —anuncia Pol, levantando su copa—. Por mi hermana, que por fin va a hacerse rica en la industria y me comprará la última consola del mercado.

—No voy a comprarte nada, Pol. Como mucho un llavero.

—¿Veis? Todavía no ha firmado el contrato y ya está poniendo límites —dramatiza él.

Todos nos echamos a reír.

Chocamos las copas, y mientras bebo me doy cuenta de que estoy feliz.

Feliz de verdad. Es una sensación cálida que me llena el pecho.

La noticia sigue asentándose en mi cabeza, como si necesitara repetírmela mentalmente cada diez minutos para terminar de creérmela.

Pero, a pesar de las risas de mis amigos, cada tres o cuatro minutos se me va la mirada involuntariamente hacia la puerta de entrada del piso.

Al rato de haberla llamado, me dijo que estaba con Beatriz en el veterinario porque Mollete se había clavado una espina en la pata. Así que pensé, que lo mejor que puedo hacer, es contárselo cuando estemos en La Molienda para ver la expresión que pone en directo.

Sí, soy una romántica empedernida. Sobre todo, si la mujer que me gusta se llama Adela, y se apellida Noguera.

Sara se acomoda en el sofá y me observa con una sonrisilla pícara en los labios.

—Te habría gustado que viniera Adela, ¿verdad?

La miro a los ojos. No tiene sentido disimular con ellos a estas alturas.

—Sí, pero Mollete es mucho más importante —le digo, antes de buscar uno de las últimas porciones de pizza—. Pero así mejor, se lo puedo decir mañana en el trabajo.

—¿Y cómo…? —pregunta Beto.

Sé exactamente a qué se refiere.

—Esta mañana le hemos dicho a Álex que Adela y yo estamos viendo cómo va pasando todo, y creo que es lo mejor. No definir nada todavía.

Pol asiente.

—Supongo que lo iréis viendo poco a poco.

—Sí, hay mucho tiempo para eso.

Dejo la copa sobre la mesa y me paso las manos por la cara, y suelto un resoplido.

—Pero no os voy a engañar, esto me da un miedo que no veas. De lo que este paso puede implicar para nosotras.

Beto se limpia las manos con una servilleta de papel.

—Explícate.

—Si las cosas salen mal con cualquier otra tía… pues bueno, lloras un par de semanas y sigues con tu vida —continúo, sintiendo un nudo en la garganta—. Pero si la cosa sale mal con Adela… si metemos la pata y terminamos destruyendo nuestra amistad… no me lo perdonaría en la puta vida.

Pol me mira fijo, como si estuviera escuchando la mayor estupidez de la historia.

—Para ser una guionista profesional, eres muy poco soñadora ¿eh?

—No es lo mismo la ficción que la realidad, Pol.

—Es exactamente el mismo principio emocional.

—No, no lo es.

—Pues yo creo que sí —insiste y me apunta con su vaso—. Te has pasado meses enteros inventando historias sobre personajes que se la juegan toda por amor, que arriesgan su estabilidad por un sentimiento… y luego resulta que en tu propia vida exiges garantías.

—La ficción no tiene consecuencias reales en la vida de nadie —me defiendo—. En un guion puedes borrar la escena si sale mal. Con Adela y conmigo no hay ningún botón con el que podamos solucionar nada.

Sara interviene, apoyando una mano sobre la mía:

—Precisamente por eso las buenas historias funcionan, Miri. Porque las emociones que hay detrás sí son reales. Si no te la juegas, ¿para qué coño estás escribiendo?

Resoplo, rindiéndome.

—Os odio con toda mi alma.

—Nos necesitas para no volverte loca, admítelo —dice Beto, dándome un golpecito en el hombro.

—Lamentablemente, sí.

Pol se inclina hacia delante, mirándome con una seriedad extraña en él.

—Mira, Miri. Los tres llevamos años viendo vuestra dinámica, y pensamos que sois la pareja perfecta. Y os va a ir bien. Te lo puedo firmar donde quieras.

—No puedes asegurar una cosa así como si fueras adivino.

—Claro que puedo.

—¿Con qué criterio, si se puede saber?

—Con el criterio de ser tu hermano.