29
Adela
—¿Te sigue doliendo mucho? —pregunto, ajustándome la bufanda mientras caminamos.
Miri se frena un segundo, levanta la mano izquierda y la mueve delante de mi cara, como si estuviera pasando un examen médico.
—Qué va, si ya te dije en el almacén que era una tontería —responde y desliza por enésima vez las gafas por el puente de su nariz—. Además, en cuanto me besaste, dejé de prestarle atención al dolor.
Sonrío. Es imposible no hacerlo. Y lo mejor de todo no es sonreír, qué va.
Lo mejor es ser consciente de cómo lo estoy haciendo.
Es una de esas sonrisas estúpidas y descaradas que empiezan en la comisura de tus labios y terminan calentándote hasta la punta de las orejas.
Por no hablar del revoloteo que llevo sintiendo en la boca del estómago cada vez que mi cerebro procesa que ahora besar a Miri no es una fantasía de medianoche que yo me he montado en la cabeza, sino que es algo real.
Tan real como este paseo por la ciudad.
—Pues como se te infecte por ir de valiente…, no me vengas llorando ¿eh? —le advierto, sin borrar la sonrisa de la cara.
Miri observa la herida de nuevo y luego niega con la cabeza antes de mirarme con esa expresión que me empieza a maravillar mucho más de lo que creía.
—Desde luego…, eres toda una romántica.
—Lo sé —le respondo—. Pero ya no pienso cambiar.
—Ni yo quiero que lo hagas.
Seguimos caminando por el Paseo de Pereda mientras Mollete avanza dos metros por delante de nosotras con su típico trotecillo. El cielo por fin se ha abierto tras tres días ininterrumpidos de lluvia y la luz se refleja sobre el agua de la bahía.
Antes de llegar aquí hemos recorrido los jardines y hemos bordeado el Centro Botín antes de continuar hacia Puertochico.
En ese tramo, Miri ha sacado el móvil y ha hecho unas quince fotografías de la bahía, del perro y de mis perfiles desprotegidos.
Yo he protestado en doce de ellas. Las otras tres…
bueno, me han parecido de una delicadeza preciosa.
Aunque ahora mismo, no pienso reconocérselo.
—Oye… ¿le has contado algo a…? —empiezo a preguntar, metiendo las manos en los bolsillos del abrigo después de enrollarme la correa de Mollete en la muñeca.
—Sara lo sabe —responde Miri, esquivando a un niño en patinete—. Lo admito, entré en pánico. Pero solo un poco —bromea—. Y si Sara lo sabe…, probablemente ya se hayan enterado Beto y Pol. Entre ellos no existen los secretos. Y ya sabemos cómo es.
Ya me puedo imaginar a Beto procesando la información como si fuera un descubrimiento científico. Miri me sonríe, pero enseguida carraspea y vuelve a mirarme.
—¿Te molesta?
—¿Que lo sepan ya? —pregunto.
Miri asiente en silencio. Niego con la cabeza de inmediato.
—Para nada.
Y es la verdad, aunque esté cagada de miedo.
Pero no es miedo a el qué dirán. No siento vergüenza, ni la necesidad de esconderme, como tampoco estoy preocupada.
Lo que me aterra es no saber qué será de nosotras a partir de ahora.
Eso es lo que me quita el sueño. Pasar de la seguridad de nuestra amistad a tener algo más.
—Yo también se lo dije a mi madre —confieso poco después—. En cuanto vino a La Molienda supo que me pasaba algo y claro…
El ladrido de Mollete corta mi explicación. Y de inmediato el perro empieza a dar tirones. Nos estamos acercando a la entrada norte del parque y está deseando que le suelte la correa. Mollete vuelve a ladrar, dando dos saltitos verticales.
—Míralo —dice Miri, partiéndose de risa—. Parece un muelle con patas.
El parque se abre ante nosotras con sus senderos anchos y pulcros, sus extensiones verdes y ese horizonte amplio donde el bullicio de la ciudad parece tomarse un respiro.
A estas horas de la mañana hay bastantes corredores entrenando, gente paseando a sus mascotas y familias disfrutando del sol.
Mollete se vuelve hacia mí, me mira con ojos de corderito degollado, mira hacia el campo abierto, y vuelve a mirarme a mí.
—Vengo, vamos a darle una alegría —digo, mirando a Miri con una sonrisa.
En cuanto siente el peso de la correa liberarse, Mollete sale disparado hacia el centro del prado, levantando briznas de hierba y con las orejas rebotando a cada zancada, absolutamente convencido de que es un galgo en lugar de un perro con proporciones parecidas a las de una barra de pan de kilo.
Miri contempla la escena con las manos metidas en los bolsillos.
—Definitivamente, la impaciencia y el dramatismo los ha aprendido de su madre —comenta sin mirarme.
Me giro bruscamente hacia ella, indignada.
—Oye, ¿qué insinúas? Que yo no soy tan pesada.
—No, qué va —ironiza Miri y levanta una ceja—. Solo repites las cosas cuarenta veces hasta que la gente cede. Y cuando quieres algo de verdad…
Paso del debate verbal a la acción y le doy un manotazo en el brazo.
—Calla ya, listilla.
Miri suelta una carcajada. Intento dar dos pasos haciéndome la ofendida, pero no llego muy lejos, porque sus dedos agarran la solapa de mi abrigo.
—¿Qué haces? —pregunto, frenando en seco.
Después tira de mí hacia ella. El movimiento es tan decidido que me arrastra hasta quedar pegadas, frente a frente, a escasos centímetros la una de la otra. La sonrisa juguetona de sus labios se atenúa un poco. Lo justo para que la mirada que hay detrás de sus gafas se vuelva intensa y abrasadora.
—Demostrarte que esa forma de ser intensa es una de las miles de cosas que más me gustan de ti.
Miri acorta los últimos milímetros que separan nuestros rostros. Sus labios cálidos y húmedos encuentran los míos. Y cualquier intento de pensamiento racional se va a tomar por saco.
Mis manos buscan su cintura, colándose por debajo de su abrigo, mientras Miri se agarra con más fuerza a las solapas del mío. Su boca se mueve contra la mía con soltura y una dulzura que me dejan sin poder respirar. Me encanta. Me encanta tanto que asusta.
La acerco un poco más a mi cuerpo, pegando su cadera a la mía, y Miri sonríe al notar mi impaciencia. Yo también lo hago. Pero cuando empiezo a pensar que podría acostumbrarme a esta maravillosa rutina…
—¡HOSTIA PUTA! ¡¿QUÉ ES ESTO?!
Nos separamos de golpe. Miri pega un salto hacia atrás y casi me pisa el pie izquierdo. Después de girarnos vemos que, a cuatro metros escasos de nosotras, parado en mitad del sendero de gravilla, está mi hermano Álex.
Tiene una mochila colgada de un hombro, un vaso térmico de café para llevar en la mano izquierda y con el índice de la mano derecha nos señala alternativamente con los ojos abiertos, como si fuéramos un fenómeno paranormal de Expediente X.
—¡Tú! —grita Álex, señalándome a mí. Después gira el dedo hacia Miri. —¡Y tú! ¡Las dos!
—Buenos días, Álex —dice Miri, colocándose bien las gafas.
—¡¿Buenos días?! ¡¿Me estás diciendo «buenos días» después de estar comiéndole la boca a mi hermana?!
Un par de señoras que pasean a un caniche se vuelven a mirarnos. Me llevo una mano a la cara, sintiendo cómo el rubor me abrasa la piel.
—Álex, por favor, baja un poquito el tono —le riño.
—¿Se puede saber desde cuándo…? —Mi hermano no se detiene. Mueve el dedo en círculos frenéticos entre las dos—. ¿Y por qué no me habías dicho nada?
Lo fulmino con la mirada. En realidad, lo más extraño es que mi madre no se lo haya contado.
—¿Ves? —interviene Miri, mirándome con una sonrisa en los labios—. Vuestra familia es una fábrica inagotable de dramáticos.
Giro la cabeza hacia ella, entrecerrando los ojos.
—¿Y cómo te defines tú llamando a Sara presa del pánico?
Miri abre la boca de golpe.
—A ver, a ver, a ver. Ese no es el problema —interrumpe Álex, dando un paso hacia nosotras—. ¿Me vais a explicar cuándo…?
Mi hermano no puede terminar la frase. Mollete aparece en escena de nuevo, trotando hacia nosotros mientras sostiene una rama gigantesca entre los dientes.
El perro llega hasta los pies de él, frena en seco y deja caer el trozo de madera sobre sus zapatillas de deporte, mirándole con ojos brillantes y la lengua fuera.
—Tu sobrino quiere que le tires el palo —le informo con las manos en las caderas.
Álex deja su vaso térmico sobre un banco cercano, se agacha, lo coge y lo lanza a varios metros de distancia. Mollete sale disparado detrás con una entrega que desafía todas las leyes.
Pero en lugar de relajarse, mi hermano se gira de nuevo hacia nosotras y señala a Miri con el índice.
—Yo creía que tú seguías con Gemma.
La chispa de alegría de Miri se apaga, volviéndose sobria.
—Lo hemos dejado —explica sin más—. Bueno, técnicamente me ha dejado ella a mí —matiza Miri, metiéndose las manos en los bolsillos—. Era lo mejor, sin duda alguna.
—¿Y esto? —quiere saber Álex, haciendo un gesto amplio que nos abarca a las dos—. ¿Qué es exactamente?
Miri me mira. Yo la miro a ella. Siento cómo el sudor frío me recorre la nuca.
—Ha pasado. Sin más —le respondo, encogiéndome de hombros.
Álex abre mucho los ojos, indignado.
—¿Cómo que «sin más», Adela? —protesta—. ¿Qué pasa, que ibais caminando, os habéis tropezado y vuestras bocas han coincidido por accidente?
—No seas imbécil.
—¿Estáis juntas o no? —pregunta entonces.
Miri me mira de nuevo, buscando mi reacción. Siento una descarga que me recorre la espalda. ¿Estamos juntas? No sé ni lo que responder.
—Estamos…
Miri sonríe y añade:
—Viendo qué pasa.
Álex nos observa. La chispa sarcástica de sus ojos se va apagando poco a poco.
—Bueno. Pues sea lo que sea, yo me alegro un montón, joder. Ya era hora de que espabilarais.
Algo blandito y cálido se me remueve dentro del pecho. En ese momento, Mollete regresa triunfante con la rama en la boca y la vuelve a estampar contra los pies de Álex.
Él se agacha, coge el palo y lo lanza lejos otra vez. Después se incorpora, se limpia las manos en los pantalones y nos mira.
—Pues ahora, lo que quiero es que me contéis todos los detalles.
—Ni de broma, metomentodo —respondo en el acto, dando un paso atrás—. ¿Es que no tienes trabajo?
—Eso puede esperar. La pareja del siglo sí que merece toda mi atención.
Álex rompe la distancia, busca su vaso y, antes de que ninguna de las dos pueda negarse, nos engancha del brazo, poniendo a Miri a su izquierda, y a mí de la derecha.
—Venga, vamos a pasear —anuncia victorioso.