Mi guion llamado TÚ 28
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Miri

—En fin, me lo he pasado muy bien contigo. Espero que encuentres la felicidad —dice Gemma, y me da un último beso en los labios.

Es un beso tan ridículamente corto que apenas me da tiempo a cerrar los ojos. Cuando se aparta, Gemma mantiene su rostro cerca del mío durante un instante y me dedica una sonrisa triste.

—Tú también, Gemma —consigo decir.

Ella asiente en silencio. No hay un solo reproche en sus ojos.

Ni ira, ni rencor. Y eso, sorprendentemente, lo empeora todo.

Casi preferiría una discusión acalorada.

Una frase cruel tirada. Cualquier cosa que me permitiera enfadarme, ponerme a la defensiva y transformar esta presión que me aplasta el pecho en una emoción más cómoda y manejable.

Pero no. Gemma ha sido razonable hasta para darme la patada.

Ha dicho que le sigo gustando, que lo nuestro podría haber sido algo precioso si hubiéramos tenido otro tempo, pero que lleva casi desde inicio sintiendo que intenta hacerse un hueco en una vida donde determinados espacios ya están ocupados.

Ha hablado de ritmos incompatibles, de expectativas no cumplidas y de la jodida sensación de que ninguna de las dos estaba terminando de entregarse de verdad en esta relación.

Yo he intentado explicarme, claro. Pero no he sido capaz de juntar el valor para decirle que hace apenas cuatro horas me desperté en pánico tras haberme acostado con Adela, mi mejor amiga.

Gemma gira la cabeza hacia la barra la cafetería.

—Adela, nos vemos —se despide Gemma.

Hay un pequeño silencio flotando entre los granos de café y el vapor de la máquina.

—Claro —responde Adela, tragando saliva.

Gemma vuelve a mirarme a mí y luego a ella. Después sonríe de nuevo, con la lucidez amarga de quien acaba de encajar la última pieza de un rompecabezas.

—Cuídala —le pide a Adela.

Siento cómo el corazón me da un trompicón contra las costillas, como si fuera a salírseme del pecho. Adela me mira. Es solo una fracción de segundo, pero sus ojos sobre los míos queman muchísimo.

—Siempre —responde Adela sin dudar.

Después nos dedica un leve gesto con la mano, da media vuelta y camina hacia la salida. La campanilla de la puerta suena y la brisa de Santander se cuela durante un segundo al interior de La Molienda.

Veo a Gemma alejarse por la acera bajo una lluvia fina otoñal, abriendo su paraguas entre la multitud de transeúntes que caminan ajenos a que algo que empezó hace unas semanas con una conversación sobre Blade Runner .

Me quedo en la silla, mirando fijamente a la calle, hasta que una voz impaciente a mi espalda me devuelve de golpe a la realidad.

—Perdona, ¿podrías cobrarme?

Pestañeo bruscamente y me giro. Una chica joven habla sosteniendo un vaso para llevar. Detrás de ella, la cafetería está hasta arriba.

—¡Ahora mismo voy! —consigo articular.

Me levanto de la mesa con las piernas temblándome y rodeo la barra. Adela no me quita los ojos de encima mientras limpia la lanza de vapor con un trapo.

A pesar del agujero negro que tengo instalado en la boca del estómago, la pequeña vuelta a la rutina trae de nuevo una sonrisa a mis labios.

—Buenos días —me dice una chica con abrigo amarillo.

—Buenos días, ¿qué te preparo? —respondo al segundo.

—Un capuchino grande con leche de avena… —Se queda mirando la vitrina—, y una de esas galletas sin lactosa.

—Buena elección. Las hornea la madre de Adela cada mañana —comento mientras cojo las pinzas.

Le cobro a la chica y después presto atención al resto de clientes que van llegando.

—Un americano para llevar, por favor.

—Un café con leche fría y una tostada de tomate con aceite.

—¿Tenéis el grano de Colombia hoy para el flat white ?

Me muevo por detrás de la barra. Normalmente, Adela y yo solemos crean un baile perfecto, incluso nos entendemos con la mirada y nos sincronizamos sin la necesidad de pronunciar una sola palabra.

Hoy, en cambio, no paramos de estorbarnos y chocar.

—Perdón —murmuro, dando un paso atrás.

—No pasa nada —dice ella, mirándome durante un segundo.

Tres minutos después, le entrego un capuchino a un señor que lee el periódico, quien me mira con cara de circunstancias.

—Miri, ese era el de la mesa cuatro —me avisa Adela con un susurro al oído, rozándome la espalda.

—Mierda —maldigo por lo bajo.

—Tranquila, ya se lo llevo yo.

Corrijo la comanda a toda prisa y sigo atendiendo a la gente que va llegando a la cafetería. Aunque, el problema es que mi cerebro, no está por la labor.

Mi cabeza se ha quedado en la expresión de Gemma, con su sonrisa triste, con ese beso robado en los labios.

Con todo lo que no he tenido el valor de contar.

Y, al mismo tiempo, mi mente se escapa en bucle hacia mi casa.

Con Adela desnudándome con una lentitud que me abrasó las entrañas.

Con su mano enredándome en mi pelo para pegar mi boca a la suya.

Con la nota ridícula que me dejó esta mañana. Con todo.

—Oye, perdona… —me habla una señora mayor desde el mostrador y me saca bruscamente de mis pensamientos.

—¿Sí? —pestañeo, desorientada.

—El té verde con limón que he pedido, cariño.

Miro mi mano derecha, que sostiene un expreso doble.

—Sí… Claro —balbuceo—. Ya mismo se lo sirvo.

Adela aparece a mi lado como una exhalación, apartándome con tranquilidad. Y después me guiña un ojo.

—Yo me encargo del té, no te preocupes —me dice y le dedica una sonrisa a la mujer antes de volver a mirarle—. Miri, ¿por qué no repones el café y el azúcar?

—Vale…

Le entrego el expreso. Al cogerlo, sus dedos rozan los míos durante medio segundo. Y mi pulso decide dispararse a doscientas pulsaciones por segundo.

Las siguientes dos horas son un auténtico dolor de cabeza.

Cobro de menos a una pareja de turistas.

Luego le cobro el doble a un pobre chico que solo quería un cruasán.

Dejo las cucharas de postre en el cajón de los tenedores.

Olvido llevarle el vaso de agua con hielo a un cliente, y lo único que puedo sentir es que estoy deseando que este día acabe.

Adela no vuelve a nombrarme a Gemma en toda la mañana.

Está pendiente de cada uno de mis movimientos sin hacerlo evidente.

Me cubre las espaldas cuando me quedo mirando al vacío.

Corrige mis desastres sin reprocharme nada.

Y cada vez que nuestras miradas se encuentran en el espacio detrás de la barra, siento que necesitamos hablar cuanto antes.

A las dos en punto, cerramos para el descanso del mediodía. La última pareja de clientes abandona el local ajustándose los abrigos. Acompaño sus pasos hasta la salida, giro el pestillo de la puerta y le doy la vuelta al cartel.

«CERRADO».

El silencio que se instala de golpe en La Molienda es tan espeso que casi se puede cortar con un cuchillo. Apoyo la frente contra el cristal de la puerta durante cinco segundos, agotada. Adela está detrás de mí, recogiendo las tazas de las últimas mesas.

—Siéntate cinco minutos, Miri —me pide desde la sala.

—Estoy bien —miento, dándome la vuelta.

—No te he preguntado si estás bien. Te he dicho que te sientes —insiste—. Yo hago lo demás.

Cojo un vaso de cristal que ha quedado sobre la encimera. Pero mis manos no responden. El cristal se me escurre entre los dedos helados y el vaso se rompe contra el suelo.

—¡Mierda! —maldigo, agachándome para recoger los cristales.

—¡No lo toques! —grita Adela desde el otro lado de la barra.

Demasiado tarde porque al segundo siento un chispazo agudo de dolor junto a un calor abrasador. Escucho a Adela gritar y me incorporo de golpe, cerrando el puño.

—Tranquila, no ha sido nada. Voy al almacén a curarme —le digo antes de que dé un paso adelante.

Me doy la vuelta y me refugio en el pequeño almacén del fondo antes de que pueda detenerme. La caja con el botiquín está en la parte superior de una estantería, junto a los paquetes de servilletas de repuesto. Alzo el brazo para cogerlo… y se me escurre entre los dedos.

Por supuesto. ¿Por qué iba a salir algo bien hoy?

La caja de plástico golpea el suelo con un estrépito lamentable.

Me quedo mirándolo fijamente. Y algo dentro de mi cabeza se fractura antes de dejarme caer en el suelo del almacén.

Sin elegancia. Sin dignidad. Con la espalda apoyada contra la estantería.

Miro la palma de mi mano derecha. El corte es una simple línea roja vertical cerca de la base del pulgar.

Qué patético me sabe todo. Me tapo la cara con la mano, ocultando mi vergüenza mientras escucho unos pasos acercarse por el pasillo.

—Miri…

Adela aparece en el marco de la puerta del almacén. Se queda inmóvil durante un segundo al verme tirada. Después se arrodilla a mi lado en el suelo.

—Eh… —su tono cambia por completo—. Mírame, Miri.

Niego bruscamente con la cabeza, pegándome más a la pared.

—Estoy bien.

—Estás llorando en el suelo del almacén rodeada de tiritas.

—Eso no demuestra absolutamente nada.

—Demuestra bastantes cosas, entre ellas que eres un desastre —bromea.

Suelto una carcajada y después me echo a llorar con más fuerza.

—Joder… es que soy ridícula.

Adela se sienta sobre sus talones junto a mí, pegando su pierna a la mía. Levanto la cabeza despacio, y me recoloco las gafas con el dorso de la muñeca. Sus ojos están clavados en los míos, cargados de una luz que me abrasa. Y ya no puedo sostener más mentiras.

—Me ha dejado —susurro—. Me ha dejado y ni siquiera he sido capaz de tener la valentía de contarle lo que pasó anoche.

Adela traga saliva con dificultad.

—Vaya…, lo siento muchísimo.

Parece sinceramente apenada. Y lo está. Porque Adela es así. Porque me quiere y siempre lo ha hecho

—Gemma era una chica extraordinaria —añado, limpiándome una lágrima rebelde con el jersey—. Y eso casi lo hace peor. Le he hecho daño, Adela. Y lo peor de todo es que sé que nunca la he querido de verdad. Porque yo…

La frase se me queda atascada en la garganta.

«Porque yo te quiero a ti. Llevo años muriéndome por ti».

Adela se tensa a mi lado y baja la mirada hacia mi mano derecha, rompiendo la tensión como una cobarde. O quizá salvándome la vida.

—Hay que curarte esto —dice, agarrando el botiquín del suelo.

Adela recoge el contenido del botiquín y lo coloca sobre una caja de cartón que hay a nuestro lado.

—Dame la mano.

Se la tiendo refunfuñando.

Sus dedos rodean mi muñeca con un cuidado tan exquisito que el corazón se me pone a mil por hora. De repente soy consciente del calor de su piel. Anoche esos mismos dedos estaban deslizándose por debajo de mi ropa, acariciándome más allá de los muslos.

Mientras me limpia la herida, Adela tiene una sonrisa de medio lado dibujada en los labios, esa sonrisa que siempre me ha traído mariposas.

—No parece profundo —comenta mientras sujeta la clorhexidina—. Te va a picar un poco así que, prepárate.

Adela moja la gasa y la pasa sobre el corte.

—¡Hostia! —grito, intentando retirar la mano de un tirón.

Adela termina de limpiar la herida y entonces, cuando acaba, comete el error de soplar sobre la piel para aliviar el escozor.

Su aliento cálido rozándome la palma de la mano me deja completamente inmóvil.

El tiempo se detiene en el almacén. Quizás ella también se da cuenta del impacto del gesto, porque sus ojos suben lentamente desde mi mano hasta clavarse en los míos.

—No te muevas —murmura.

Después coloca una tirita con un cuidado sobre el corte, ajustando el adhesivo contra mi piel. Pero cuando termina, sus dedos no se retiran. Permanecen en el mismo lugar, acariciándome el dorso de la mano durante un rato.

—Ya está —susurra.

Miro nuestra unión.

—¿Ves? Al final no me he muerto —intento bromear para romper el hielo.

Las dos nos sentamos en el suelo del almacén, la una junto a la otra. Las lágrimas se han detenido, no sé en qué momento. Adela todavía sostiene ligeramente mi mano derecha entre las suyas.

Miro su perfil. Su melena rizada cayéndole despeinada sobre los hombros, sus labios carnosos, ese lunar… Todo lo que ha ocurrido desde anoche me está empujando de forma inevitable hacia el mismo abismo. Le acaricio la mejilla muy despacio con el pulgar, sintiendo la firmeza de su pómulo.

—Adela… ¿Crees que hemos cometido un error? —le pregunto.

Esta pregunta importa mil veces más que la ruptura con Gemma.

Importa más que la cafetería, más que Santander y más que cualquier otra cosa en este mundo.

Porque si Adela me dice ahora mismo que sí, que acostarnos anoche fue un error, tendré que aprender a dar un paso atrás y volver a la casilla de salida.

Y no sé si soy capaz de sobrevivir a eso.

Adela me sostiene la mirada. Sus ojos brillan con una intensidad magnética que me borra las ideas. Durante un segundo eterno que se siente como un siglo, no responde.

Después, niega muy despacio con la cabeza.

—No —murmura, y su mano libre sube a buscar mi muñeca—. No creo que haya sido un error. Aunque todavía no sepa muy bien qué narices está pasando entre nosotras.

No soy capaz de decir nada. Adela no espera a que me recupere. Se inclina hacia mí despacio, eliminando la distancia que nos separa, y me besa de nuevo.