27
Adela
Miri llega a La Molienda veinte minutos antes de la hora de apertura. Levanto la cabeza desde detrás de la barra. El día apenas ha terminado de despuntar sobre los tejados de Santander y todavía queda esa luz grisácea y el resquicio húmedo pegado a los grandes ventanales del local.
Al entrar, se sacude cuatro gotas del pelo y cierra la puerta a su espalda, dejando fuera el frío de la calle.
La veo. Y, automáticamente, mi cuerpo decide recordarme cada uno de los detalles de lo que ocurrió en su salón.
No con discreción ni delicadeza precisamente, no.
Porque soy capaz de sentir el sabor de su boca, el calor ardiente de su piel contra la mía, la forma en que me miró y aquella horrible y maravillosa tranquilidad que sentí mientras la tenía desnuda entre mis brazos.
Genial. Me voy a morir del infarto frente a una máquina de expreso.
Antes de que pueda saludar, los ojos de Miri van a parar a la bandeja de repostería.
—No me digas que te has zampado un muffin de chocolate y no me has guardado ni las migas —dice, señalando la vitrina.
El tono bromista y desenfadado me coge totalmente por sorpresa. Y me alivia. Joder, me alivia muchísimo. Por lo menos no ha entrado con música dramática de fondo y diciendo: «tenemos que hablar de lo que ha pasado». Aunque sé de sobra que ese momento llegará.
Planto una sonrisa en mis labios y digo:
—¿Por quién me tomas? Sabes de sobra que tú eres mi opción número uno. Te he dejado uno guardado, así que yo no perdería mucho el tiempo con la cháchara porque están que te cagas de buenos. Mi madre cada día se supera más.
En cuanto me callo, seis palabras se quedan flotando en el aire: «Tú eres mi opción número uno».
Miri también se ha dado cuenta de lo que he dicho y esa sonrisita desenfadada se le congela en la boca. Sus ojos se clavan en los míos durante una fracción de segundo y después baja la mirada hacia la barra.
Me doy la vuelta hacia la máquina de café.
—Te preparo un capuchino para acompañarlo.
—Claro, aunque no sé yo si vendrá bien para mis nervios —bromea Miri.
Cojo el portafiltro y purgo el grupo de la cafetera antes de continuar. Durante diez segundos agradezco no tener que hablar. Solo me dedico a distribuir el café y empezar a preparar su capuchino.
Mis manos, por suerte, ya no tiemblan como hace dos horas.
Observo a Miri de reojo, mientras deja su mochila sobre la barra, con el portátil dentro y un llavero desgastado del Halcón Milenario colgando de la cremallera.
Termino la crema y dibujo una hoja de helecho sencilla sobre la superficie marrón del café antes de acercarle la taza sobre un plato.
—Gracias —murmura.
—De nada.
Ella se acerca la taza a los labios y da un sorbo largo. Después cierra los ojos durante un par de segundos y suelta un gemido que me parece súper dulce.
—Esto está buenísimo.
—Yo también me voy superando —bromeo.
Por fin suelta una risita, de esas que tanto me gustan. Ay madre, mi pecho está a punto de desintegrarse de amor. Miri deja la taza sobre el plato, se recoloca las gafas y me mira. De repente, la sonrisa desaparece de su cara.
—Oye… Creo que lo que deberíamos hablar antes de abrir. ¿No?
El estómago se me encoge y asiento.
—Sí, creo que sí.
—Es que, no podemos hacer como si…
Abro la boca, pero antes de que pueda responderle, alguien da tres golpes sobre el cristal de la puerta principal.
Las dos damos un bote y giramos la cabeza al mismo tiempo.
Gemma está al otro lado del cristal. «Mierda». Ahora mismo esperaba a otra persona menos a ella. Miri se queda petrificada, y su gesto cambia en medio segundo.
Después deja la taza sobre la barra y mientras ella va a abrir, yo me concentro en el trabajo otra vez. O al menos, eso intento.
—Hola, Gemma.
—Hola. ¿Tienes un segundo? Quería verte.
Me intento prometer no mirar, pero al final, me giro disimuladamente un poco.
—¿Quieres un café? —le pregunto. Más cortesía que por otra cosa.
—Pues sí, por favor. Un latte con leche de avena si tienes.
—Marchando.
Mientras muelo los granos, escucho sus murmullos a mi espalda.
—Anoche te escribí —le dice Gemma.
—Ya, he visto el mensaje hace un rato. Es que me acosté tarde.
«Sí. Hiciste justo eso, y con tu mejor amiga», quiero gritar.
Termino el café y cuando se lo doy a Gemma, las miro alejarse hacia la mesa del fondo. Están lo bastante lejos para que sus voces se conviertan en un murmullo ininteligible. Justo antes de sentarse, veo cómo Gemma le toca la parte baja de la espalda a Miri para indicarle la silla.
Aprieto el paño que tengo entre manos con fuerza. No. No voy a hacer esto. No soy una adolescente. Por mucho que ayer me acostara con mi mejor amiga y ahora ella esté sentada frente a la mujer con la que se supone que sale.
Desde mi posición solo veo el perfil de Miri.
Gemma empieza a hablar de forma pausada pero seria.
En un momento dado, Miri se quita las gafas con gesto agotado, las limpia con el borde de la sudadera y las vuelve a deslizar sobre su nariz.
Es un gesto que suele hacer cuando está incómoda.
Conozco demasiadas cosas sobre Miriam Pavía.
Álex tenía mucha razón. Y quizás ese sea el verdadero problema: que conozco cada una de sus manías, sus risas y sus silencios, y sin embargo he sido incapaz de ver durante años algo que para todo el mundo era más que evidente.
Apoyo los dos brazos sobre la barra.
—Vale, no te vengas abajo. Todo va a salir bien —me murmuro a mí misma.
Faltan ocho minutos. Necesito abrir esta puerta ya.
Necesito el ruido de los clientes. Recibir comandas.
Peticiones absurdas de gente que no sabe lo que es un buen café.
Cualquier cosa que me impida estar mirando hacia esa maldita mesa del fondo, desde la que me llega una palabra suelta en voz de Miri.
—…entiendo…
Luego Gemma responde algo más largo que no logro averiguar. «Escuchar conversaciones ajenas es de marujas y niñas malcriadas», habría dicho mi madre. Pero ahora mismo, no me queda ni un poco de dignidad.
A falta de cinco minutos, me giro de nuevo y empiezo a reordenar la vitrina para cuando los clientes entren por la puerta. He guardado el muffin de Miri —al que solo le ha dado un par de pellizcos— en un plato aparte detrás del mostrador. La opción número uno. «Serás idiota».
A falta de un minuto, vuelvo a girar la llave y le doy la vuelta al cartel que grita «ABIERTO». La primera clienta entra exactamente treinta segundos después. Es una chica joven que trabaja en la gestoría de al lado y siempre pide lo mismo.
—¡Buenos días, Adela! —me saluda con alegría.
—¡Buenos días, guapa! ¿Lo de siempre?
—Por favor, que vengo deshecha.
—Ahora mismo te lo pongo.
El segundo en entrar es Arturo. Faltaría más.
—Ponme ese doble expreso que tanto he echado de menos mientras no estabas. Tu hermano será lo que quieras, pero no tiene idea de café, el muy…
Me echo a reír.
—Marchando.
Por primera vez en los años que Arturo lleva viniendo a La Molienda, me alegro de ver su cara de vinagre cuando algo le molesta.
Mis manos funcionan sin que mi cabeza tenga que intervenir, y el ruido de la máquina, el tintineo de las tazas y el murmullo de las primeras conversaciones matutinas empiezan a llenar La Molienda hasta devolverle su ritmo de siempre.
Intento concentrarme exclusivamente en la barra.
—Un capuchino y un americano para llevar, por favor —me pide un cliente nuevo.
—¡Voy!
El americano primero. Luego el expreso. Luego el cappuccino. «Y no mirar hacia donde están Miri y Gemma».
—Adela —me llama Arturo desde un taburete.
—¿Qué pasa?
—Mi café, mujer. Que se enfría.
Miro el expreso doble que sigo sosteniendo en la mano mientras intento descifrar qué es lo que le estará diciendo Gemma a Miri.
—Ah, sí… Perdona.
—Estás en las nubes.
—Solo tengo falta de sueño.
Y vaya si es verdad.
Arturo sonríe y yo me refugio de nuevo frente a la cafetera. El local se va llenando poco a poco. Gente que entra, gente que sale, el olor a tostadas con tomate, las risas de los clientes habituales. Era exactamente lo que quería. Ruido y normalidad.
Y, sin embargo, mientras preparo la siguiente comanda, me doy cuenta de que Miri está a apenas seis metros de mí, hablando con una mujer maravillosa, mientras nosotras tenemos una conversación pendiente que va a explotar como una bomba.
Porque anoche la besé como no he besado a nadie en años.
Y ocurrió algo que jamás en la vida voy a poder volver a archivar bajo la etiqueta de «amistad».