26
Miri
«No entres en pánico, no entres en pánico. No entres en pánico.»
Sobra decir que el mantra funciona fatal. Llevo casi diez minutos caminando de un lado al otro de mi salón, sin saber qué hacer.
Me he acostado con Adela. Mi mejor amiga. La mujer de la que he estado enamorada en silencio. De la que probablemente sigo enamorada por mucho que haya pretendido estar con otra.
—Joder…
La taza de café que Adela me ha dejado preparada sobre la mesa continúa enfriándose. Ni siquiera me he atrevido a darle un sorbo. Y que yo rechace una taza de café debería bastar para ponernos en alerta.
La notita de papel sigue al lado. La he leído seis veces. «He ido a La Molienda, tenía que comprobar unos pedidos. Nos vemos luego.» Eso es todo. Ni un «buenos días». Ni un «anoche fue una puta locura maravillosa».
Me detengo frente a la mesa. Cojo el pedazo de papel y lo miro de nuevo.
—Qué cobarde… —murmuro y después niego con la cabeza—. Aunque, seamos sinceras, si llego a despertarme yo antes, habría saltado por la ventana.
Dejo la nota otra vez. Me llevo ambas manos a la cabeza, despeinándome el flequillo, y doy otra vuelta frenética por el salón. Anoche las cosas me parecieron simples. Ahora no tengo ni idea de lo que hacer.
Me dejo caer en el sofá y me levanto de golpe. No puedo estarme quieta.
—Gemma. Madre mía… Gemma. —Me tapo otra vez la cara con las manos, muerta de la vergüenza—. Soy despreciable.
Necesito llamar a alguien, porque sino voy a explotar. Así que, cojo el móvil y marco el número de Sara.
—¿Miri…? —gruñe nada más descolgar.
Miro el reloj de la pared. Son las siete menos veinte de la mañana. Ups.
—Perdóname si te he despertado, pero necesito que vengas a mi piso. Ya. Por favor.
Acepta a regañadientes y cuando cuelga, me pongo a recoger cosas por el salón como una posesa.
—Tranquila, Miri. No entres en pánico —repito.
Voy al baño y me miro al espejo. Me acerco al cristal, ajustándome las gafas. ¿Qué se le debe de notar a alguien que acaba acostarse con su mejor amiga?
Gracias al cielo no llevo un cartel en la frente que diga: «Me han hecho el amor en el sofá». Me lavo la cara, tratando de espabilarme, y regreso al salón.
El timbre suena unos minutos después. Corro hacia el recibidor casi tropezando con mis propias zapatillas de estar por casa, y abro la puerta. Sara apenas tiene tiempo de levantar la mano para llamar por segunda vez cuando la agarro por la solapa del abrigo y tiro de ella hacia dentro.
—Pero, ¡qué ocurre! ¡Ahhhh! —protesta ella.
Se me queda mirando en estado de shock. Lleva unos leggings , unas zapatillas de deporte, un abrigo encima de una sudadera gris y su coleta improvisada parece hecha a oscuras en el ascensor.
—A ti qué coño te pasa.
—Me he acostado con Adela —suelto a bocajarro.
Sara parpadea. Una vez. Dos veces.
—¿Qué?
—Que me he acostado con Adela. Anoche. En mi sofá.
—¡¿Qué me estás contando?! ¡No me jodas, Miri!
Me mira de arriba abajo, escaneándome el pijama deshecho.
—¿Y qué tal estuvo? —eso es lo que dice a continuación, quedándose tan ancha.
—¿Perdona? ¿En serio me estás preguntando eso?
La agarro por las dos solapas del abrigo y la zarandeo con desesperación.
—¡Que así no me ayudas, joder!
Sara rompe a reír, incapaz de contenerse.
—Vale, vale, suéltame que me lo vas a romper y me costó carísimo.
—No le veo la puta gracia.
—Hombre, un poco de gracia sí que tiene la situación, no me jodas.
—¡Sara!
—Vale, ya paro.
La suelto, me doy la vuelta, voy directamente al sofá y me dejo caer. Después, apoyo los codos sobre las rodillas y escondo la cara entre las manos.
—No sé qué coño voy a hacer.
La risa de mi amiga se apaga al instante. Escucho el sonido de la cremallera de su abrigo y el roce de la tela. Un segundo después, siento el peso de su cuerpo sentándose justo a mi lado en el sofá.
—Vale. Vamos a ver. ¿Tienes que ir hoy a currar a La Molienda?
—Pues claro que tengo que ir.
—Entonces vais a tener que dar la cara y afrontarlo, Miri. No hay otra.
Levanto la cabeza de mis manos para mirarla.
—Gracias. Qué solución tan brillante y novedosa. No se me había ocurrido.
—Oye, ahora no te pongas borde conmigo. Que yo no tengo la culpa.
Suelto un resoplido agotado. Sara me observa con atención, ladeando la cabeza.
—A ver… Cuéntame exactamente cómo pasó esto. Porque anoche cuando nos fuimos, todo parecía normal.
Se lo cuento con pelos y señales. Mi discusión con Gemma, las cervezas que Adela y yo nos tomamos. Cómo ella me animó, y cómo al final…
—Acabé cumpliendo lo que tantos años llevaba deseando —sentencio.
Sara se queda en silencio, procesando la información.
—Madre mía… ¿Y Gemma?
—Ya, Sara, ya lo sé… Me siento la peor persona del mundo. Y no sé cómo se lo voy a decir. ¡Encima le estaré dando la razón!
—Yo creo que eso no es lo que más te preocupa ahora mismo. ¿Te arrepientes de lo que pasó? —quiere saber.
—¡Me arrepiento de cómo han pasado las cosas! —salto, con los ojos empañados de frustración—. Me siento fatal por Gemma, de verdad, ella no se merecía esto.
—Bueno, está claro que alguien tiene que poner un poco de orden en esa cabeza tuya. —Sara extiende el brazo y me apoya la mano en la espalda—. No entres en pánico.
La miro con incredulidad.
—Llevo casi una hora repitiéndome eso en bucle.
Suelto una risita amarga que enseguida se corta.
—Escúchame —su voz se vuelve sumamente tierna y sincera—.
Lo primero que tienes que hacer es parar un segundo y pensar en lo que sientes tú de verdad.
No en lo que deberías sentir hacia Gemma.
No en lo que crees que Adela espera de ti hoy en la cafetería.
Y no en lo que todos los demás llevamos viendo desde hace años.
Está claro que no te has olvidado de lo que sientes por ella, por mucho que hayas intentado pasar página con Gemma.
Bajo la vista hacia el suelo. He intentado seguir adelante. Lo juro por Dios que lo he intentado. Gemma no ha sido un juego para mí, ni un repuesto. Pero Adela jamás ha desaparecido de mi cabeza. Y anoche, bastaron un beso y unas pocas caricias para que se reventara esa puerta.
—Lo que no me esperaba —continúa Sara en un susurro—, es que Adela fuera a corresponderte.
Levanto la vista, con el corazón martilleándome las costillas.
No. Yo tampoco lo esperaba. Ese es el verdadero núcleo del terremoto.
Durante años, la falta de reciprocidad de Adela era una certeza sólida sobre la que yo había construido mi vida.
Dolorosa, sí, pero predecible. Podía repetirme que Adela me quería muchísimo, pero solo como a su amiga, y así, seguir con mi rutina.
Ahora esa certeza se ha hecho pedazos. Y ya no sé qué va a pasar.
—Ni yo… —murmuro.
Sara me aprieta la mano con fuerza, brindándome todo su apoyo. Y mientras me quedo mirando la taza de café que Adela me ha dejado, entiendo el verdadero desastre.
Porque no es que haya ocurrido algo imposible.
El desastre es que, por primera vez en muchísimos años, amar a Adela ya no parece algo catalogado como «imposible».