25
Adela
Estoy sola en La Molienda, mirando el poso de una taza vacía como si fuera a decirme qué hacer o cual será mi futuro más próximo.
Obviamente, no va a decirme nada, aunque me vendría de perlas.
Llevo aquí poco más de veinte minutos y ya he revisado tres veces los pedidos de leche de avena, dos veces el inventario de café y una el correo de un proveedor que, según la nota patética que le he dejado a Miri en casa, era lo suficientemente urgente como para abandonar su cama antes del amanecer.
La verdad es que he sido incapaz de despertarme y quedarme al lado de mi mejor amiga después de haberme acostado con ella, de haber tocado el cielo a base de gemidos y no sentir que nos estábamos equivocando.
Todavía puedo ver la dichosa notita en la mesa de su cocina, al lado de una taza de café: «He ido a La Molienda, tenía que comprobar unos pedidos. Nos vemos luego.»
Patético. Muy, muy patético.
El local está en calma. La humedad empaña ligeramente los ventanales y dentro huele a grano tostado y la canela de las galletas del día anterior.
—Necesito otro café —murmuro. Aunque sé que no le vendrá nada bien a mis nervios.
De pronto, el teléfono empieza a vibrar sobre la mesa y veo que es mi madre.
«Menos mal. Porque si llega a ser Miri, me da algo.»
—Buenos días, cariño. ¿Estás en la cafetería?
—Sí. Tenía… cosas que hacer.
—Genial —se alegra mi madre—. ¿Puedo ir a llevarte unos dulces que he horneado? Esta mañana tengo lío en el centro y luego no voy a poder acercarme. He hecho muffins de chocolate y unas tartaletas de manzana que me han quedado de rechupete.
—Claro, pásate. Te preparo un café largo.
En cuanto cuelga, me pongo a trabajar. O a fingir que trabajo, mejor dicho.
Saco platos del lavavajillas, reviso los servilleteros, coloco los sobres de sacarina, azúcar blanco y moreno en su sitio, limpio por tercera vez una zona de la barra ya reluce y vuelvo a abrir el archivo de pedidos por cuarta vez.
Cada vez que cierro los ojos, la imagen de Miri me explota en el cerebro.
Su expresión. La calidez de sus mejillas pecosas.
Sus gafas cayendo a la alfombra. La forma en que me miró después de ese primer beso, como si tuviera miedo de respirar y romper el encanto.
Y, sobre todo, lo que vino después… Fue demasiado físico, demasiado salvaje y, al mismo tiempo, tan natural que no me puedo creer que fuéramos Miri y yo.
Yo esperaba torpeza. Pánico. Un instante de lucidez en el que alguna de las dos dijera: «¿Pero qué coño estamos haciendo?
». Pero ese instante jamás llegó. Nos besamos otra vez.
Y otra. Y luego llegaron sus manos en mi espalda, mi boca en su pecho, sus gemidos llenando el salón…
Perdimos el sentido de la razón. Y no tengo ni idea de qué hacer con esto.
Apoyo los codos en la barra y dejo caer la cabeza.
—Ay, madre… Pero, ¿qué has hecho, Adela?
· · ·
Mamá entra cargada con dos cajas grandes de cartón y una bolsa de papel de estraza. Voy hacia ella, le quito la caja de encima. Y el aroma al chocolate me invade de inmediato.
—Creo que, esta vez, te has superado mamá —le digo con alegría.
Mi madre lleva el pelo rizado recogido en un moño coqueto, un jersey de lana beis y la misma sonrisa que yo.
Abro la caja. Los muffins están colocados en filas perfectas, oscuros, agrietados por arriba y con trozos de chocolate derretido tentándome.
—He hecho tres de más, para que nos los comamos ahora —me dice—. Y otro para cuando venga Miri.
—Cómo te quiero.
Cojo una bandeja de la vitrina y empiezo a colocar los dulces con cuidado. Uno. Dos. Tres. Mi madre no dice nada. Solo me observa desde el otro lado de la barra, apoyada con los brazos cruzados. Cuatro. Cinco. Seis.
—Ya mismo te preparo el café.
—Tranquila cariño, que no hay prisa —responde mi madre mientras se quita el bolso y el abrigo—. ¿Ha pasado algo? Te veo… no sé. Rara.
Antes de que pueda detener mis labios, las palabras se me escapan por la boca.
—Creo que he cometido el mayor error de mi vida.
Mamá abre los ojos, sorprendida.
—Uy, uy, uy… —Se sienta en un taburete y apoya las manos sobre la barra—. ¿Qué ha pasado? ¿Tiene que me ver con Miri?
«Las madres tienen un sexto sentido ¿o qué?»
La cucharilla que llevaba entre manos se me cae.
—Dios, te odio.
—Mentira, has dicho que me quieres. Además, yo no he dicho nada —se justifica—. ¿Qué ha pasado?
Me doy unos segundos de tregua para terminar el café de mi madre, y cuando lo dejo sobre la barra, suspiro.
—No sé cómo contarlo…
—Pues cuéntalo como te salga, cariño. Sin rodeos.
Trago saliva. Vale, esto no puede ser para tanto. ¿No?
—Ayer… quedamos todos en el piso de Miri. Para jugar a un juego de mesa y cenar unas pizzas.
—Sí, eso me lo dijiste.
—Pues eso. Pedimos pizzas, nos tomamos unas cervezas, jugamos… —Me estiro el cuello de la camiseta—. Luego los chicos se fueron. Miri estaba bastante tocada porque había discutido con su chica, y…
—¿Y?
—Y una cosa llevó a la otra…
Mi madre arruga la frente, confundida.
—¿Qué significa exactamente «una cosa llevó a la otra»?
—¡Pues lo evidente! —elevo la voz sin poder evitarlo—. Ya sabes a qué me refiero.
Al segundo, mamá se queda petrificada. La expresión de su cara se congela en un rictus incrédulo.
—No me digas que… ¡¿Te has acostado con Miriam?!
Mi madre suelta un grito y está a punto de tirar el café. No soy capaz de decir nada. No hasta que se apoya en la barra, coge aire y se recoloca el moño.
—Tú jamás me has dicho que Miri te gustara en ese sentido —me recuerda.
—¡Es que ahí está el problema, mamá! —Me llevo las manos a la cabeza—. ¡Que yo no tenía ni la menor idea de esto! Jamás me he parado a mirarla pensando en… en eso.
Como si no llevará día rabiando de celos cada vez que Gemma le mandaba un mensaje. Claro que sí.
—Ay, madre… —Me tapo la cara con las dos manos, sintiendo un vértigo atroz—. ¿Y ahora qué coño se supone que voy a hacer?
Mamá me observa en silencio mientras yo siento que, a mi alrededor, el mundo se desvanece.
—Encima me he ido corriendo de su piso antes de que saliera el sol.
—Ya veo. La técnica del cobarde.
—No sé qué hacer, de verdad. Estoy aterrada.
Quiero que la tierra me trague. Eso es lo principal.
—Lo primero: no entrar en pánico —me dice mamá con cariño. Como si fuera tan fácil—. Y lo segundo: sentarte conmigo y explicármelo todo tranquilamente.
—No creo que hablarlo vaya a arreglar nada.
—Quizá no, pero podemos intentarlo.
Me preparo un descafeinado, cojo los dos muffins extra y nos sentamos en la mesa que hay junto al gran ventanal que da a la calle. Santander empieza a despertarse al otro lado del cristal. Mamá apoya su taza sobre el plato mientras yo sostengo la mía entre las dos manos, buscando calor.
—No sé ni qué quieres que te diga.
—La verdad. Con eso me basta. ¿Lo has estado deseando?
Mi corazón se tropieza contra las costillas. En mi cabeza explota el recuerdo exacto de anoche. Mis dedos acariciando su cuello. El tacto los suyos. Sus ojos enormes mirándome sin defensas.
—Sí.
—Entonces algo sí que sabes.
Bajo la mirada, incapaz de procesar todo esto que está pasando.
—Pero es Miri, mamá…
—Ya sé que es Miri.
—Y lo he podido arruinar. No quiero perderla por culpa de…
—¿Te arrepientes de lo que hiciste?
Abro la boca para responder, pero las palabras se me quedan atascadas en la garganta.
Sería tan fácil decir que sí… Sería tan sencillo y tan cómodo soltar un «sí, mamá, me arrepiento». Pero mentirle a mi madre es imposible. Porque lo que siento cuando cierro los ojos y recuerdo las manos de Miri en mi cintura no es precisamente arrepentimiento.
—¿Y tú por qué no estás más sorprendida con esto?
Mi madre alza las cejas, con cierta diversión.
—¿Tú también sabías que Miri…? —Me freno. No sé si quiero terminar la pregunta. No sé si estoy preparada para escuchar la respuesta—. En fin, da igual. Porque no tengo ni idea de qué voy a hacer en cuanto cruce esa puerta.
—Decirle «buenos días» sería un comienzo brillante.
Suelto un bufido y me paso las manos por la cara.
—Ay mamá, déjate ya las ironías.
—Sabes perfectamente que me adoras.
Me echo hacia atrás en la silla, mirando al techo de la cafetería. No sé si reír o echarme a llorar.
—No quiero arruinar nuestra amistad.
Mamá busca mi mano y la aprieta con fuerza.
—Estoy segura de que eso no pasará.