24
Miri
Si me hubieran dicho hace tres horas que terminaría la noche con la boca de Adela Noguera devorando la mía en el sofá de mi salón, habría soltado una carcajada y habría recomendado a esa persona graduarse la vista con urgencia.
Porque las cosas fantásticas; los anhelos que a veces te acompañan durante años en la oscuridad de tu cuarto mientras imaginas lo inaccesible…
, simplemente no ocurren un día cualquiera entre latas de cerveza y restos de pizza fría.
Pero está ocurriendo.
El beso es un choque frontal, un impacto eléctrico que me deja sin defensas antes de que mi cerebro tenga tiempo de procesar lo que está pasando.
La boca de Adela sabe a malta, a azúcar y a ese toque inconfundible que llevo respirando años.
Es una boca caliente, impaciente, que no duda ni un segundo en encajarse sobre la mía mientras me deja sin aire en los pulmones.
Suelto un gemido ahogado contra sus labios.
Es un sonido ridículo, desamparado, el jadeo de alguien a quien le acaban de abrir el corazón sin ninguna anestesia.
Mis gafas se desvían con el choque de nuestros rostros y, con un movimiento torpe y febril, me las quito de un manotazo y las tiro sobre la alfombra.
El mundo a mi alrededor se vuelve un fondo borroso de luces y sombras, reduciendo toda mi existencia a la rotundidad del cuerpo de Adela presionando contra el mío.
Sus manos —esas manos ágiles, acostumbradas a manipular la máquina de expreso y a dar órdenes en la cafetería— me agarran por la nuca con una fuerza salvaje.
Sus dedos se enredan en mi pelo, tirando de mí hacia arriba, pegándome a ella hasta que no queda un solo milímetro de distancia entre nuestros pechos.
Siento el latido acelerado y martilleante de su corazón chocando directo contra mis costillas.
No sé ni qué decir. Aunque tengo muy claro que hablar ahora sería romper el hechizo, invocar a la razón, dejar que el miedo a perderlo todo nos paralice.
Y no quiero que eso pase. Ninguna de las dos quiere pensar.
La necesidad acumulada de miradas cruzadas entre el humo de la cafetera, de bromas con doble sentido que ahogaba en sarcasmo para no volverme loca, explota de golpe en el salón de mi piso.
Adela profundiza el beso, introduciendo su lengua con una voracidad que me hace temblar entera.
Correspondo al choque con una torpeza desesperada, entreabriendo los labios para tragarme su aliento, para devolverle cada segundo de frustración guardada en el cajón de los secretos.
Mis manos, que siempre han sido cautas y prudentes, encuentran solas el camino hacia su cintura.
Me aferro a su ropa, clavando los dedos en la curva de su cadera para asegurarme de que esto no es un espejismo fruto del cansancio o del alcohol.
Ella deja ir un suspiro ahogado, denso, cargado de un calor que me abrasa la piel del cuello.
Se desplaza sobre el sofá, a horcajadas sobre mí, y el peso de su cuerpo cae sobre mi regazo, provocándome una sacudida que me recorre la espalda hasta terminar en un nudo ciego entre las piernas.
La sensación de su sexo presionando contra el mío a través de la ropa me hace arquear la espalda sin control.
Las manos de Adela abandonan mi cabeza y bajan a toda prisa por mi garganta.
Sus dedos arden. Trazan la línea de mis clavículas, bajan por mi pecho y se enganchan en el borde inferior de mi camiseta.
Un segundo después, tira de la prenda hacia arriba con prisa.
Alzo los brazos instintivamente, dejando que la camiseta vuele por encima de mi cabeza y caiga en algún rincón del suelo.
El aire fresco del salón impacta contra mi piel desnuda, pero el frío dura menos de un segundo: la boca de Adela ya está ahí.
Abandona mis labios para descender por el arco de mi mandíbula, depositando besos húmedos, mordiscos que me hacen suspirar.
Su lengua dibuja una línea caliente por mi cuello, deteniéndose justo en el hueco de la garganta donde mi pulso late como un pajarillo atrapado.
Chupa esa zona, sacándome otro gemido rasgado que se pierde en la penumbra de la estancia.
Adela baja más. Su boca devora la piel de mi pecho con una avidez física, casi hambrienta. Cuando alcanza mi sujetador, no pierde el tiempo en quitármelo. Desplaza la copa con el pulgar y atrapa mi pezón entre sus labios.
—Ah… —el jadeo se me escapa, agudo y desprotegido.
Poco después, usa la punta de la lengua para juguetear con la aréola hasta hacerme ver estrellas.
Me agarro a sus hombros, clavándole las uñas mientras mi pelvis busca instintivamente la suya en un roce rítmico, buscando una presión que libere el vacío abrasador que me está carcomiendo por dentro.
Ella responde apretándose más contra mí, y balancea la cadera con una cadencia pesada, metódica, que me hace perder el sentido de la gravedad.
Sus manos son un incendio. Se deslizan por mis costillas, delineando mi cintura hasta llegar a mis pantalones.
Adela no espera. Mete las dos manos por debajo de mis pantalones y de mis bragas, buscando la piel desnuda de mis nalgas.
Me eleva un par de centímetros para quitarme los pantalones de un tirón impaciente, arrastrándolos junto con los calcetines hasta dejarlos tirados a los pies del sofá.
Me quedo expuesta ante ella, temblando de arriba abajo.
Adela se detiene un segundo para mirarme.
Apenas puedo ver la sombra de sus ojos por la falta de las gafas, pero siento la densidad de su mirada recorriéndome el cuerpo.
No hay rastro de la Adela bromista, sarcástica o calculadora de la cafetería; solo hay una mujer despojada de corazas, respirando con dificultad, consumida por el mismo deseo que a mí me tiene al borde de la locura.
Sin decir nada, agarra su ropa y se la saca, tirándola lejos.
Su pecho, perfecto y firme, queda a la vista, contenido apenas por un sujetador oscuro.
Verla así, sobre mí, despeinada, con los rizos rebeldes cayéndole sobre la frente y la respiración entrecortada, me produce una punzada de lujuria tan violenta que me impulsa a levantarme.
La agarro por la nuca y la traigo de vuelta hacia mí.
Nos besamos otra vez, pero este beso es distinto: más sucio, más desesperado, una colisión de lenguas y dientes que huele a rendición.
Mis manos bajan por su espalda, sintiendo la musculatura tensa, el sudor que empieza a brotar de su piel, la suavidad de su cintura.
Llego al broche de su sujetador y lo suelto con la torpeza de la principiante que lleva años esperando este momento.
La prenda se abre y los pechos de Adela se liberan, rozando directamente contra los míos.
Soltamos un gemido unísono, una nota grave que retumba en el silencio del salón.
Adela pasa una pierna por encima de las mías y se sitúa entre mis muslos, abriéndolos con la presión firme de sus rodillas. Desplaza su mano derecha hacia abajo, sorteando el borde de mis bragas hasta encontrar el foco de mi calor.
Cuando sus dedos rozan por primera vez mi clítoris hinchado por encima del encaje húmedo, doy un brinco en el sofá, y un escalofrío me recorre todo el cuerpo.
—Adela… —murmuro, en apenas un hilo de voz.
Ella no responde con palabras. Su respuesta es presionar la palma de la mano contra mi pubis y realizar un movimiento circular, lento pero implacable, que me hace cerrar los ojos y echar la cabeza hacia atrás contra el respaldo del sofá.
Adela aparta la braga hacia un lado, y sus dedos toman contacto directo con mi humedad.
La sensación es tan abrumadora que me quedo sin respiración.
La calidez de sus yemas resbalando por mis jugos me hace morder el labio hasta hacerme daño.
Adela no tiene prisa, pero tampoco me concede tregua.
Traza círculos concéntricos alrededor de mi clítoris, rozándolo apenas con la yema del pulgar mientras sus otros dedos se hunden lentamente en mi sexo.
Siento cómo me abre. Un dedo. Luego dos. Me llena por completo.
Adela empuja hacia dentro, despacio, midiendo mi elasticidad, sumergiéndose en el calor húmedo que llevo guardando para ella desde hace más tiempo del que podría recordar. Comienza una danza que sigue un ritmo hipnótico, mientras levanto mi pelvis para buscar más profundidad.
Cada embestida de sus dedos dentro de mí va acompañada por el movimiento implacable de su pulgar sobre mi clítoris.
Es una estimulación doble que me deshace las neuronas.
Siento cómo la tensión empieza a acumularse en la parte baja de mi abdomen, una bola de fuego magnética que va cobrando densidad a cada segundo.
Mis manos se clavan en sus caderas, guiando su movimiento, pidiéndole sin palabras que no pare, que siga, que me destruya si es necesario. Adela parece entender el lenguaje mudo de mi cuerpo y aumenta la velocidad. Sus dedos entran y salen rítmicamente.
—N-no… no pares… —consigo articular en un jadeo desesperado, rompiendo por fin la regla del silencio.
Adela responde apretando los dientes, acelerando el ritmo.
Su frente descansa contra la mía; su respiración caliente y entrecortada me azota los labios.
Puedo sentir el temblor de sus propios muslos aprisionando los míos, la urgencia de su cuerpo exigiendo la misma liberación.
Con la mano que le queda libre, agarra mi mano y la lleva hacia abajo, hacia su propio sexo.
Acepto la invitación sin dudarlo. Mis dedos se escabullen abriéndome paso a través de su ropa interior hasta dar con la humedad ardiente de su sexo. Adela está igual de empapada que yo, hirviendo de ganas.
Busco su centro, y cuando acaricio su clítoris, Adela suelta un gemido contra mi cuello. Comienzo a frotarla con la misma desesperación, sincronizando mis movimientos con los suyos.
El salón se convierte en una caldera. Nos movemos juntas en una tormenta perfecta, un engranaje sin fallos donde no hay espacio para la vergüenza, el pasado o las dudas sobre todo lo demás. Solo estamos Adela y yo, devolviéndonos con intereses años de privaciones.
O eso es lo que me gusta pensar.
La ola me alcanza con violencia. El orgasmo me golpea en la base del vientre con una sacudida brutal.
Un grito largo y agudo se me escapa del pecho, perdiéndose en el espacio reducido entre sus labios y los míos.
Arqueo la espalda, suspendida en un abismo de placer que me nubla la vista y me deja sin aire.
Adela no se retira. Mantiene la presión durante cada una de mis contracciones, absorbiendo mis gemidos con su propia boca mientras mi mano, aún clavada en su sexo, acelera el roce en un último esfuerzo por llevarla conmigo al precipicio.
Siento el momento exacto en que Adela colapsa. Su cuerpo tiembla, su cabeza se echa hacia atrás exponiendo la línea delicada de su garganta y de su boca brota un gemido hondo, que me atraviesa el alma. Su sexo me inunda con una oleada de calor líquido mientras convulsiona sobre mí.
Nos quedamos así durante eternidades, sepultadas bajo el peso de nuestras propias respiraciones, con los dedos aún en las profundidades de la otra.
Poco a poco, el ritmo de mi corazón empieza a desacelerar, aunque el aire en el salón no cambia.
Adela deja caer torpemente la cabeza sobre mi hombro, ocultando la cara en el hueco de mi cuello.
Siento el aire caliente de su respiración azotándome la piel.
Sus dedos, aún húmedos, se retiran despacio de mi interior, provocándome un último escalofrío.
Ninguna de las dos se mueve. Ninguna dice nada.
Mis brazos se cierran alrededor de su espalda, abrazándola con una fuerza instintiva, casi protectora, mientras el silencio vuelve a instalarse entre nosotras.