Mi guion llamado TÚ 23
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Adela

—Creo que las cosas no van bien con Gemma.

He dado un saltito mental. Y me arrepiento de inmediato.

La casa se sumerge en un silencio irreal.

Miri sigue de pie en el salón. Tiene los brazos cruzados sobre el pecho y contempla su teléfono abandonado en el reposabrazos.

No está cabreada; tiene una mueca triste y pequeña.

Cuando se derrumba, se recoge sobre sí misma, habla bajito y pide perdón con la mirada, como si temiera que su propio dolor pudiera resultarle molesto a alguien.

Doy un paso hacia la cocina y abro la nevera sin pensármelo dos veces.

—¿Qué haces? —pregunta desde el sofá.

—Sacar la artillería —respondo, agarrando varias cervezas—. Esta conversación se merece un trago.

Miri alza las cejas y consulta el reloj.

—Pero si ya es tardísimo, y deberías…

—Me quedo a dormir en tu sofá, no pasa nada —sentencio, abriendo una de las latas de camino hacia ella—. Ni de coña me muevo de aquí hasta que me cuentes qué te ha dicho Gemma para estar así.

Consigo arrancarle una sonrisa pequeñita, de esas que le arrugan ligeramente la nariz. Me acomodo en el sofá, cruzo las piernas sobre la tapicería y le doy un sorbo a mi cerveza.

—Venga, desembucha.

Miri duda un segundo, mordiéndose el labio inferior, pero termina sentándose a mi lado.

—No sé ni por dónde empezar —murmura, ajustándose las gafas con el índice.

—Por el principio suele funcionar bastante bien en estos casos.

—Qué ingeniosa. —Miri sonríe y da un pequeño sorbo.

Después se queda mirando al frente y regresa a mis ojos—.

Gemma me gusta. Eso no se puede negar. Y tú me has ayudado en eso de salir de mi zona de confort y no quedarme en mi cueva —continúa—.

Ella es inteligente… Le interesan las cosas que a mí me apasionan.

No tengo que hacer un esfuerzo para explicarle por qué me puedo pasar dos horas analizando la iluminación de una escena o por qué la narrativa de un videojuego está a la altura de cualquier novela de renombre. Pero…

—Sabía que había un «pero» —intervengo, reacomodándome para girar el cuerpo hacia ella—. ¿Qué pasa?

Miri suspira con fuerza, dejando salir todo el aire de sus pulmones.

—Que hay cosas que no me encajan. Pequeños detalles.

—¿Como qué?

—Como Mollete, para empezar.

Frunzo el entrecejo al instante.

—¿Y qué le pasa con Mollete?

—No le gustan los animales, en general —suspira y le da otro sorbo a la cerveza—. No pasa nada porque no sea fan de las mascotas. No tiene por qué gustarle todo lo que me gusta a mí. Pero, cuando estuvimos en Potes, soltó un comentario…

—Bueno, es verdad que el enano necesita atención…

—Y también añadió que ella no se ve teniendo niños nunca —añade Miri, bajando el tono hasta convertir su voz en un susurro.

La miro con atención, escaneando cada arruga de su frente.

—¿Tú quieres tener hijos?

Se encoge de hombros, tirando ligeramente del cuello de su camiseta.

—No lo sé. Supongo que el problema de fondo es ese, Adela. No necesito tener claro ahora mismo si dentro de cinco años voy a querer ser madre o no, pero me asusta sentir que la persona que tengo al lado ya ha cerrado todas las puertas antes de que yo me plantee si me apetece cruzarlas.

Miri siempre habla de puertas, de ventanas y de posibilidades que se le escapan entre los dedos.

—Tiene todo el sentido del mundo —admito.

—¿De verdad lo piensas?

—Claro que sí, tonta.

—Pensaba que me saldrías con que estoy adelantando acontecimientos.

—También lo haces, para qué te voy a engañar —le guiño un ojo, dándole un toque con la punta de mi pie en su muslo—. Eres un poco dramas, como buena guionista, pero una cosa no quita la otra.

Miri sonríe apenas, relajando un poco la tensión de los hombros.

Bebo de mi cerveza dando un trago larguísimo.

—En fin, el caso es que no es solo eso… —continúa ella, devolviendo la vista a la mesa—.

Son detalles pequeños. Cosas que, si las vas acumulando en un cajón, terminan siendo un mundo.

A veces siento que Gemma querría que yo fuera una versión de mí misma más…

no sé, más independiente de todo mi entorno.

—¿De nosotros?

Miri asiente en silencio.

—De ti, sobre todo.

—Pues eso no me gusta un pelo —sentencio, endureciendo el gesto—. Y no lo digo porque yo sea una metomentodo que quiera invadir tu espacio.

—Lo sé, Adela.

—Pero es que tú y yo… —Me detengo. La voz de mi hermano resuena de repente en mi cabeza: « Miri estuvo pilladísima por ti durante años » . Me trago el nudo y rehago la frase como puedo—: Tú y yo llevamos muchos años a las espaldas.

—Sí, lo sé —murmura Miri, bajando la vista hacia sus manos—. Gemma me ha dicho que últimamente siempre estás metida en medio. Que da igual cuándo me busque, que siempre estoy contigo.

—¿Le molesta que exista? —quiero saber. Exagerando un poco.

—No creo que sea eso. —Miri se pasa las manos por el pelo, exhausta—. Creo que le molesta la cantidad de espacio que ocupas en mi vida cotidiana.

No sé si ponerme como una furia e ir a cantarle las cuarenta a esa tipa o sentirme complacida por saber que sigo siendo la prioridad número de Miri.

—¿Y tú qué piensas de eso? —la acorralo.

—Que eres mi mejor amiga —responde unos segundos después.

Algo se me rompe por dentro. «Mi mejor amiga». Claro. Qué otra cosa voy a ser. Pero antes de que pueda abrir la boca, Miri añade:

—Y que no pienso sacarte de mi vida para hacer que una relación funcione. Si alguien me quiere, tiene que quererme con mi pack completo. Y tú vas dentro del paquete.

Siento un calor dulce expandiéndoseme por mis venas.

—Así me gusta. Bien dicho.

—Pero también entiendo su parte —suspira Miri, reclinando la cabeza hacia atrás—. Si estás saliendo con alguien, es normal que esa persona quiera sentir que tiene un lugar propio y exclusivo, un espacio donde no entre nadie más. Sería todo más sencillo si Gemma tuviera red flags.

—Podríamos buscarle un defecto imperdonable —propongo entre risas y me froto las manos.

Miri rompe a reír. La observo detenidamente, con las pecas bailándole en los pómulos, y siento que algo muy hondo se me descongela en el pecho. Me da igual tener que hacer el payaso la noche entera si con eso consigo que se olvide de esta tristeza.

—Antes tenía la teoría de que, si alguien te gustaba, si había química y buena conversación, todo lo demás se podía ir construyendo sobre la marcha. Pero a veces… también me da por pensar que no valgo para estar en pareja.

Suelto un gruñido desde el fondo de la garganta.

—Ni se te ocurra volver a decir una estupidez semejante en mi presencia.

—Es la sensación que tengo.

—Pues escúchame bien: eres una mujer maravillosa —las palabras me salen del tirón.

Miri se queda inmóvil. Yo también me congelo. Podría soltar una broma rápida, rectificar, cambiar de tema. Pero no lo hago.

—Eres divertida —continúo, e incluso busco una de sus manos—.

Eres extremadamente inteligente. Eres leal.

Tienes un corazón enorme en el que cabe todo el mundo, y sabes escuchar de verdad.

Te preocupas por la gente que quieres más de lo que te preocupas por ti misma.

Y oye, aunque estés convencida de que tus camisetas de videojuegos son el colmo de la moda, nadie puede ser perfecto en esta vida.

Miri sonríe. Tiene los ojos brillantes tras los cristales de las gafas.

—Y mírame… —murmura con amargura—. Aun así, soy un desastre para mantener una relación estable.

—A lo mejor es que todavía no has dado con la persona correcta —suelto, rozando el límite de lo peligroso.

Miri me sostiene la mirada. Las orejas y las mejillas se le han encendido con un tono rosado precioso por culpa de la cerveza y el calor del salón.

—¿Y quién se supone que es esa persona?

La pregunta busca ser una de esas frases retóricas que se lanzan al aire sin más.

Pero soy incapaz de apartar los ojos de sus labios.

La voz de Álex regresa a mi mente como un eco ensordecedor: « Miri estuvo pilladísima por ti durante años», repite mi conciencia.

La miro. Miro a la mujer que lleva cuatro años sentada frente a mí en todas y cada una de mis mañanas.

A la tía que me escribió de madrugada cuando yo estaba rota por dentro.

A la que sostuvo mi mundo cuando este se me vino abajo tras el divorcio.

A la que sabe exactamente cómo me gusta el café, cómo miento cuando estoy nerviosa, cómo me pongo cuando me enfado y cuándo necesito un abrazo.

A la mujer que no me pertenece en ningún sentido y que, sin embargo, lleva semanas haciéndome sentir que me arrancan un trozo del corazón cada vez que otra persona la toca.

El salón parece empequeñecerse hasta quedarse reducido al espacio que separa nuestros rostros. Miri me sigue mirando, sin pestañear.

—¿Qué pasa? —pregunta.

Levanto la mano derecha sin pensar, guiada por un instinto primario que se pasa por el forro la prudencia que debería tener.

Mis dedos rozan la piel cálida de su cuello.

Miri deja de respirar al instante. Siento su pulso acelerado bajo mis yemas.

Yo también me quedo sin aire. Debería apartarme.

Debería soltar un chiste malo y largarme de aquí.

Pero no puedo. Deslizo las yemas de los dedos hacia arriba, despacio, acariciando la línea de su mandíbula hasta llegar a su mejilla.

Miri no se aparta. Solo me observa con esos ojos enormes y desprotegidos detrás de las lentes. Termino apoyando la palma de mi mano en su rostro.

—Adela… —mi nombre en su boca suena rasgado, frágil, eléctrico.

El corazón me va a reventar. Le acaricio el pómulo con el pulgar. Luego me fijo en sus gafas, que se le han resbalado un milímetro por la nariz.

—Siempre se te caen —murmuro con una sonrisa diminuta.

—Ya…

Le recoloco la montura de pasta, deslizándola.

Un gesto que debería ser cotidiano, de amistad incondicional.

Pero cuando retiro los dedos de las gafas, nuestras miradas vuelven a colisionar.

Y ahí, justo en ese instante, la venda que tenía puesta se me cae.

Y quiero besarla. No a una mujer cualquiera. A Miri. A mi Miri.

Y antes de que mi cabeza consiga frenarme, me inclino hacia delante y beso a mi mejor amiga.