22
Miri
—¡No, no, no! ¡Eso no vale!
La protesta de Adela resuena por encima de las carcajadas colectivas y de una canción de Chayanne que suena en los altavoces de fondo.
Pol, haciendo alarde de su faceta de niño bueno —de bueno tiene poco—, levanta ambas manos mostrando las palmas.
—Claro que vale. Es táctica aplicada al tablero.
—¡Qué táctica ni qué niño muerto! —salta Adela, agitando su melena rebelde que, a cada aspaviento, amenaza con inflarse un poquito más—. Has esperado a propósito a que gastara mi carta defensiva para darme una paliza.
—Sigo diciendo que, en mi pueblo, a eso lo llaman estrategia.
—A eso en mi barrio lo llaman ser un auténtico cabrón —espeta mi mejor amiga.
—Punto para Adela —se mete Sara, guiñándonos un ojo mientras le da un trago a su cerveza.
Beto suelta una carcajada, ganándose de inmediato una colleja en el cogote cortesía de Pol, que no se caracteriza precisamente por su delicadeza maternal.
Miro a mi alrededor y siento un gustirrinín recorriéndome el pecho. Mi piso lleva más de dos horas convertido en un punto de encuentro de treintañeros descarriados jugando a los dados y a las cartas. Con pizzas, cervezas y refrescos incluidos
Cómo necesitaba esto. Después de mi rechazo y posterior vergüenza, mi cuerpo me pedía una reunión así con todos los chicos, para evitar pensar que jamás saldré de detrás de la barra de La Molienda. Y si el antídoto también incluye a Adela jugando con nosotros, más que mejor.
—Venga, señorita dramas, que te toca mover —le digo a Adela, dándole un toquecito en la mejilla derecha.
Arruga la nariz, y veo cómo su lunar se mueve encantadísimo. Después, se concentra en las cinco cartas que sujeta en la mano y mira el tablero.
—Espera un segundo, tengo que procesar cómo vamos.
—Llevas «procesando» la partida tres minutos de reloj —protesta Sara, mirando la hora en el móvil antes de pegarle un gran bocado al relleno de queso de su pizza—. Cuando se piensa mucho, acabas cagándola.
—Sí, y seguro que me lo pones fácil para volver a enviarte al inicio —le recuerda Pol.
Adela coge la primera servilleta de papel que encuentra a mano, la hace una pelota y se la estampa a mi hermano entre ceja y ceja.
—Como sigas tocándome la moral, voy a por tu paladín.
—No te atreverás —le reta Pol.
—¿Que no? Ya lo verás.
Los observo como si estuviera en plena partida de tenis.
Todavía recuerdo la cara de Adela mientras miraba el juego de cartas como si fuera un manual de instrucciones de un reactor nuclear.
Pero claro, también está otro punto, y es que Adela Noguera no sabe perder a nada.
Y lo lleva demostrando desde hace dos horas, atrincherada en su sitio mientras lanza cartas, sin ánimo de confesar que le está cogiendo el gustillo a esto de los juegos de rol.
Se lo he notado por la sonrisilla picarona que se le escapa cada vez que logra frenar las embestidas de Beto.
—Activo la Ráfaga Inversa —anuncia con orgullo.
Beto deja la lata a medio camino de la boca.
—¿Estás segura? Eso podría destruir todo el carril central…
Sara suelta un bufido y repasa sus propias cartas.
—A ver, si tiras el escudo ahora, puedes guardarte el bono de ataque para masacrar lo que se te ponga por delante en la ronda que viene.
Adela entrecierra sus deslumbrantes ojos, mientras me deja embobada y sin poder mirar a otra parte.
—Eso mismo estaba barajando yo…
Pol se lleva la mano al pecho, escenificando un ataque al corazón.
—¡Dios mío! ¡Hemos creado un monstruo! ¡Ya habla el dialecto friki!
—Tampoco os flipéis, eh —advierte Adela, lanzando la carta sobre el tablero—. Y para rematar la jugada… uso esta contra Pol.
Un silencio sepulcral cae en la mesa. Beto se inclina para escudriñar la jugada.
—¿Le acabas de meter un ataque crítico?
—Pues sí. Ya lo voy pillando —sonríe Adela con una malicia encantadora.
Mi hermano contempla su jugada con cara de poema.
—Me has aniquilado…
—Haberlo pensado antes de quitarme el territorio en la primera ronda, guapo —dice ella, guiñándole un ojo mientras cierra uno de los puños bajo la mesa.
Me la quedo mirando, incapaz de frenar la sonrisa boba que se me ha instalado en la cara.
—¿Ves como no hacía falta tener un máster en aeronáutica para jugar a esto?
Adela gira la cabeza hacia mí, y se encoge de hombros.
—Eso díselo a las quince veces que me habéis matado.
—Que han sido cuatro, exagerada.
—En mi orgullo han sido como quince mil.
—Es que eres una dramática.
—Perdona, pero no todos hemos nacido con el poder de memorizar cartas y ataques mientras llevas una camiseta de Zelda.
—Es de Final Fantasy, ignorante —me burlo.
Adela cierra los ojos y deja caer la cabeza sobre mi hombro durante medio segundo.
—Miri, te quiero muchísimo, pero como me des la chapa con esto otra vez, ya puedes olvidarte de tus capuchinos.
Nadie en la habitación parpadea. Para los demás es el vocabulario habitual de Adela, que reparte te quieros y cariños con la misma alegría con la que sirve sus expresos.
Pero a mí, que tengo un cerebro programado para sobreanalizar hasta las comas de un WhatsApp, ese «te quiero muchísimo» hace que las mariposas se despierten en mi estómago.
Para disimular el rubor, agarro mi lata de refresco y la elevo al aire.
—Bueno, ¡por más noches como esta! —salta Beto, alzando su cerveza—. Y porque Adela destrone a la friki mayor de esta casa en la próxima partida.
—Eso dadlo por hecho —sentencia Adela y levanta su barbilla con diversión
—Mientras no vayas siempre a por mí —protesta Pol.
—A llorar a la llorería —le responde Adela.
Chocamos latas y botellas en el centro de la mesa. De reojo veo cómo Sara se inclina sobre Beto y le planta un sonoro beso en los labios. Hacen una pareja maravillosa. Me quedo mirándolos un segundo, mientras Pol señala la escena con el dedo índice:
—Ehhh… los cariñitos en el hotel.
—¿Qué te pica a ti ahora? —salta Beto y le tira el borde de una porción de pizza—. Búscate tú a alguien y no te quejes tanto.
Sara se echa a reír, coge otro trozo de pizza barbacoa y, antes de darle el primer mordisco, me lanza una mirada:
—Por cierto, Miri… ¿qué tal van las cosas con Gemma?
El ambiente en el salón cambia radicalmente. Álex carraspea y su hermana lo fulmina con la mirada antes de que él baje la vista hacia sus cartas a toda prisa.
Frunzo el entrecejo, subiéndome las gafas sobre el puente de la nariz. ¿Qué demonios les pasa a esos dos? Desde el lunes en la cafetería, hay una especie de corriente subterránea entre que no soy capaz de pillar. «En fin. No será nada».
—Bien, va muy bien —respondo y echo un vistazo de nuevo al tablero—. Normales y como siempre.
Sara arquea una ceja mientras mastica:
—Madre mía, qué derroche de pasión. Me he emocionado y todo.
Me dan ganas de soltarle un sarcasmo cuando mi teléfono empieza a vibrar. La pantalla se enciende mostrando el nombre de Gemma acompañado de un corazón rosa.
Pol inclina el cuello para cotillear:
—Vaya, hablando de la reina de Roma…
Desbloqueo la pantalla y veo un mensaje corto:
Gemma : ¿Qué estás haciendo?
Miri : Intentando evitar que Adela le corte la cabeza a Pol en una partida.
La respuesta no tarda ni cinco segundos:
Gemma : ¿Adela jugando a juegos de rol? Ver para creer. Necesito una foto para confirmarlo.
Echo un vistazo a mi derecha. Adela está en plena discusión con Beto sobre si una carta de conjuro puede anular un ataque arcano. Agarro el móvil, apunto y disparo. El flash salta justo cuando Adela alza la vista.
—¡Oye! —protesta levantando una mano para taparse—. ¿Se puede saber qué haces?
—Registrar un milagro para la posteridad —me burlo.
—¡Como cuelgues eso en Instagram te juro que te pongo a limpiar La Molienda una semana entera!
—Tranquila, que no es para eso.
Le envío la foto a Gemma. Y al instante aparecen tres emoticonos de risa.
Gemma : Me apetece verte.
«También a mí», empiezo a teclear. Pero no sigo.
Miro alrededor. A Pol intentando resucitar a su héroe; Sara y Beto compartiendo la última porción de pizza; Álex trayendo más cervezas de la cocina; y Adela, sentada pegada a mí, oliendo de maravilla.
Esta noche es nuestra noche. El refugio que tanto necesitaba.
Y, sin saber bien por qué, meter a Gemma en medio de esta dinámica se me hace raro.
Pero también lo sería dejarla fuera si le apetece unirse, ¿no?
Borro el mensaje y escribo:
Miri . Estamos todos aquí. Si te apetece, vente y pido otra pizza.
Los tres puntitos flotantes de «escribiendo» tardan en aparecer.
Gemma : Ya. Yo pensaba más bien en que ellos se fueran y nos quedáramos solas.
Arrugo el entrecejo. El tono seco del mensaje me deja dubitativa.
Miri : ¿Pasa algo? Ya sabes que son majísimos, y seguro que están encantados de jugar una partida contigo.
Gemma : No, no sería lo mismo.
Siento un cosquilleo de molestia en la nuca. Incluso las voces han empezado a desaparecer.
Miri : ¿Qué quieres decir exactamente con eso?
Gemma : Que últimamente da igual cuando te busque, siempre hay gente por medio.
Me quedo mirando la pantalla sin dar crédito.
Miri : ¿Cómo? Ha sido una semana apretada, Gemma, nada más. Tú también has estado ocupada.
Gemma : Precisamente por eso. Me apetecía estar a solas contigo, no meterme en mitad de una fiesta.
Miri : Y a mí me apetece verte a ti, pero ya había quedado con Adela y los chicos.
Gemma : Exacto. Siempre estás pegada a Adela.
Se me hace un nudo en el estómago.
Miri : Así que es eso. ¿Qué problema tienes con ella?
—¡Tierra llamando a Miri!
Levanto la cabeza de golpe y veo a Beto haciéndome señas con una carta en la mano.
—Te toca mover o pasar turno.
—Perdón, perdón… —murmuro, soltando una carta a ciegas sobre la mesa.
Adela se me queda mirando y me sorprende con su verborrea friki.
—Acabas de cargarte a tu sanador principal.
Echo un vistazo a la mesa. La cagada es monumental.
—Mierda…
Pol suelta una risita burlona:
—Ains, el amor, que nos atonta el cerebro…
—¡¿Te puedes callar, Pol?! —le espetó con una agresividad tan desmedida que todos los chicos se quedan en silencio.
Mi hermano levanta las manos, sorprendido por mi ataque. Trago saliva y vuelvo a poner la atención en el teléfono.
Gemma : No he dicho que haya algún problema con ella, Miri.
Solo digo lo que veo. Cada vez que intento hacer un plan contigo, o bien estás en La Molienda con Adela, o te vas de cañas con Adela, o Adela tiene un problema y hay que ayudarla.
Me gustaría sentir, solo una vez, que tengo un espacio en tu vida que no está compartido con tu supuesta mejor amiga.
«¿Supuesta?». Madre mía, qué injusto me parece estar leyendo esto. Si ella supiera que Adela es mi pilar, la persona que me ha recogido del suelo cada vez que me hundía, se callaría la boca.
Miri : Adela sabe perfectamente cuál es su sitio.
Gemma : Da igual, no me apetece discutir por teléfono. Lo mejor será que nos demos un poco de aire, pásalo bien en tu partida.
Bloqueo la pantalla de un manotazo y dejo el móvil bocabajo. Respiro hondo intentando bajar pulsaciones, pero apenas puedo conseguirlo.
—¿Va todo bien? —me pregunta Sara.
Fuerzo la sonrisa más falsa de mi repertorio.
—Sí, perfectamente. Solo era Gemma para ver qué hacíamos. Bueno, ¿de quién es el turno? Tengo que recuperarme de mi pérdida más trágica —anuncio, intentando inyectarle una alegría impostada a mi voz.
Hago un esfuerzo sobrehumano el resto de la noche.
Me río cuando Pol vuelve a perder todas sus vidas; le suelto una pulla a Álex cuando intenta colar una trampa ridícula; y celebro como si hubiéramos ganado algo importante cuando Adela logra hacer una combinación magistral que la deja en segundo lugar.
—¡Toma ya! —grita Adela, y levanta los brazos con orgullo—. ¡Aprended, novatos!
—Pero si ha ganado Sara —le recuerdo soltando una risita.
—¡Da igual! Para ser mi primera vez esto es una victoria histórica.
Beto levanta su última lata de cerveza:
—¡Por la revelación friki de la temporada!
Brindamos entre risas y aplausos. Ver a Adela tan feliz, con las mejillas sonrosadas por el calor del piso y la risa, me deja un bonito cosquilleo en el pecho.
Poco a poco, la velada comienza a extinguirse. Casi a las dos de la mañana, Pol recoge su cazadora mientras me da un apretón cariñoso en el hombro; Sara y Beto se despiden; y Álex me estampa un beso sonorísimo en la mejilla antes de marcharse.
El piso recupera un silencio sepulcral. Bueno, casi.
Adela está metiendo con un cuidado las fichas dentro de las bolsitas zip de la caja del juego. Después, empieza a apilar los platos de cartón.
—Oye, no hace falta que recojas. Vete a casa a descansar, que mañana abrimos pronto.
Adela se me queda mirando desde el centro del salón, sosteniendo la torre de platos.
—Ni de coña te dejo sola con este estropicio.
El ambiente entre las dos es tranquilo, natural, ese tipo de intimidad que hemos construido tras miles de horas compartidas entre la cafetería y nuestros pisos. Pero yo siento la cabeza a punto de explotar. La conversación con Gemma me retumba en la cabeza.
Adela cierra el cubo, se sacude las manos y se apoya contra la encimera, cruzándose de brazos. Me observa en silencio durante varios segundos con esos ojos enormes que parecen capaces de leer mis archivos más secretos.
—Miriam. ¿Qué es lo que te pasa? Y no me digas que nada.
Ups.
Debería soltarle cualquier excusa sobre el guion o el cansancio que llevo encima. Pero estoy agotada de fingir que todo está bajo control cuando, en realidad, siento que mi vida entera es un castillo de naipes tambaleándose.
Me quito las gafas, me paso la mano por la cara y vuelvo a mirarla.
—Creo que las cosas no van bien con Gemma.