21
Miri
—Miri… ¿qué ha pasado?
La voz de Adela, consigue que el nudo gigantesco que llevo en la garganta desde hace casi cuarenta minutos amenace con deshacerse y traiga un sentimiento algo peor. Pero aquí no quiero llorar. Ni muchísimo menos enfrente de Álex, que nos mira desde el taburete con su café en las manos.
Dejo la carpeta sobre la barra. Me quito el abrigo y de repente me doy cuenta de que todo me sobra. La ropa. Las gafas. Mi carpeta llena de borradores. El optimismo con el que me he levantado a las seis de la mañana se ha ido a la mierda. Álex le da un sorbo a su café y suspiro.
—No me ha dado luz verde para el proyecto —consigo articular mientras me dejo caer en un taburete con la poca dignidad que me queda—. Al parecer, «no es la línea que está buscando promover en este momento».
Adela sigue inmóvil al otro lado de la barra, mirándome. Apoyo los codos sobre la barra y entierro la cara entre las manos, aplastándome las gafas contra el puente de la nariz.
—Meses de trabajo, de no dormir y de quemarme las pestañas para descubrir que mi gran oportunidad consistía en tomar un descafeinado gratis mientras destruían mi autoestima.
—Creo que te hace falta un café de verdad —anuncia Adela.
Adela se gira y empieza a prepararme el café.
Álex sigue en silencio a mi lado. Mi hermano adoptivo —porque a estas alturas lo considero de mi sangre— siempre tiene un chiste malo o una pulla a mano para romper el hielo. Pero hoy se termina el café que le quedaba y me da un apretón cálido en el antebrazo.
—Ya verás cómo le acabas encontrando salida, Miri. Solo hay que tener un poco de paciencia y aguantar el tirón.
—Sí, supongo que sí.
—Te digo yo que lo harás —sonríe Álex—. Los guiones buenos y las historias con alma tardan un poco más en dar con alguien que sea lo bastante inteligente como para saber lo que tiene entre manos.
Con esas palabras consigue arrancarme una pequeña sonrisa.
Mi capuchino favorito aparece unos segundos después delante de mí, con una capa de espuma sedosa, brillante, y un corazón dibujado en el centro de la taza.
—Gracias.
Rodeo la taza con dos manos. El calor consigue aplacar un poco el temblor que me recorre los brazos. Doy un sorbo largo y el malestar consigue disiparse un poco.
—A ver cuándo nos juntamos para cenar unas pizzas —comenta Álex poniéndose de pie y recogiendo sus cosas.
Se abrocha el abrigo hasta el cuello. Luego se acerca a mi taburete, se inclina y me da un beso cariñoso en la coronilla.
—No tires ni un folio. ¿Estamos?
Lo miro desde abajo, enternecida a mi pesar.
—Gracias, Álex.
Se encamina hacia la puerta de salida y, justo antes de empujar el cristal, se gira sobre sus talones. Primero me mira a mí, luego clava los ojos en Adela y le dedica un guiño de ojo.
—Hasta luego, hermanita —se despide Álex.
La campanilla repica y Adela y yo nos quedamos solas.
Todavía faltan unos veinte minutos para subir la persiana al público. Mi carpeta sigue ahí, al lado de la taza, como un monumento al fracaso de mis aspiraciones artísticas. Bebo otro sorbo de capuchino. Está increíble, pero no tiene magia como para reparar un ego destruido.
Adela rodea la barra, sosteniendo su propio café. Cruza el espacio y se sienta en el taburete contiguo al mío, dejando muy poca distancia entre las dos.
—¿Quieres desahogarte y contármelo con detalle? —me pregunta.
Miro la espuma de mi bebida. El corazón dibujado ya se ha deformado por los sorbos, convirtiéndose en un borrón blanco.
—No sé ni qué contar.
—Lo que te ha dicho esa mujer.
—Ya te lo he resumido antes. La reunión ha durado unos minutos y se ha resumido en esa puta frase.
Adela guarda silencio. Sabe exactamente cuándo empujar y cuándo darme el hilo de cuerda suficiente para que sea yo misma la que termine soltando lo que tengo en la cabeza.
—Creo que… por más ilusión y ganas que le ponga a esto, el mundo del guion no es lo mío —admito—. Cada día que pasa lo tengo más claro. Esta industria está cerrada para mí.
Ella deja su taza sobre la barra.
—No vuelvas a decir esa tontería.
Juego con la cucharilla, haciendo círculos sobre la madera.
—Es que a lo mejor no son solo las negativas hacia el guion, Adela…
—¿Entonces qué es?
Suelto un suspiro derrotado. Porque me cuesta horrores explicar esto sin sonar como a una adolescente dramática o una patética fracasada.
—Todo. En general. Ya sabes a qué me refiero.
—No, no lo sé —me contesta Adela.
Levanto la vista y me topo de lleno con sus ojos. Veo a Adela. A mi Adela. A la mujer arrolladora, magnética y brillante delante de la que he pasado años intentando no parecer frágil, y que al mismo tiempo es el único ser humano en este planeta con el que puedo romperme sin más.
—Pues a que dejé un trabajo estable, aburrido pero seguro, porque me convencí a mí misma de que podía aspirar a algo más, de que tenía algo interesante que contarle al mundo —suelto mientras acaricio la taza de café—.
Llevo meses y meses escribiendo, reescribiendo, tachando diálogos, dudando de cada palabra.
Y tú me has dejado trabajar y escribir aquí como si La Molienda también fuera mi pequeño rincón de escritura…
—Porque lo es —me interrumpe sin dudar—. Como también tu casa.
—Y aun así… sigo en el mismo punto de partida. Con una carpeta atestada de folios que no le interesan a absolutamente nadie.
—A ti te interesan. Y a mí también.
—Con el interés no se pagan las facturas.
—Por suerte para ti, tienes un trabajo remunerado en esta cafetería.
—¡Es que ese es el problema!
Adela frunce el ceño, visiblemente desconcertada.
—¿Trabajar aquí es el problema?
—¡No! ¡Dios, no! —sacudo la cabeza a toda prisa para corregirme—.
No me malinterpretes. Me apasiona La Molienda.
Me encanta hacer café contigo, me encanta la gente que viene, me encanta trabajar a tu lado.
Es literalmente el único empleo de mi vida en el que no he fantaseado a diario con tirarle la grapadora a la cabeza a mi superior.
—Un auténtico honor para mi historial como jefa, la verdad.
—Sabes perfectamente lo que quiero decir.
—Sí, lo sé.
—Pero… —Bajo la mirada hacia mis manos cruzadas sobre la barra—. Yo no quería que esto fuera mi destino definitivo. Quería que fuera algo temporal mientras despegaba.
Adela ni se mueve ni cambia su expresión y después me sonríe.
—Sabes que puedes trabajar en La Molienda hasta que tengamos ochenta años, si esa es tu elección. Pero si mañana entra por esa puerta un productor con un contrato bajo el brazo para adaptar tus historias a la pantalla, voy a ser la primera que te eche a patadas de aquí.
La pequeña sonrisa de complicidad que consigue asomar a mis labios se evapora tan rápido como ha venido.
—Sinceramente… ahora mismo lo único que me pide el cuerpo es coger esta maldita carpeta y tirarla al contenedor de la esquina.
La cara de Adela se vuelve seria de golpe.
—Miri… ni se te ocurra.
—Es la verdad. Al final solo soy una ilusa soñando con imposibles.
La palabra queda flotando entre las dos, vibrando en el aire.
«Imposibles». Decirla en voz alta me atraviesa el pecho de una forma devastadora porque no estoy pensando únicamente en el guion.
Hay imposibles de muchos tipos. Hay sueños que una aprende a guardar bajo llave en cajones diferentes.
El sueño profesional, el sueño artístico…
y el sueño sentimental. Ese sueño absurdo, secreto e inconfesable que he alimentado durante años en silencio cada vez que Adela me sonreía desde el otro lado de la barra, y que se supone que ya he olvidado.
Llevo mucho tiempo convirtiéndome en una experta profesional en desear con todas mis fuerzas cosas que jamás van a ser para mí.
Bebo el resto del capuchino de un trago rápido.
—En fin… Lo mejor será que me ponga el delantal y hacer algo que de verdad sirva.
Adela no me responde. Esperaba que me soltara una reprimenda, que me llamara dramática, que amenazara con quitarme el portátil o con encerrarme en el almacén hasta que se me pasara la rabieta. En lugar de eso, se queda a mi lado en silencio.
—¿Qué pasa? —pregunto mosqueada—. ¿Por qué me miras así?
—Creo que eres demasiado dura contigo misma. Siempre lo has sido.
Bajo los ojos, incómoda.
—Puede ser.
—No, no «puede ser». Lo eres. Te exiges el triple que a cualquiera.
—Mira, de verdad que hoy no tengo el cuerpo para discursos motivacionales de Mr. Wonderful.
—No voy a darte ningún discurso motivacional.
—Te lo agradezco.
—Solo voy a pedirte un favor.
—¿Cuál?
—Que no sea hoy cuando tomes una decisión drástica sobre tu vida.
—La miro a los ojos, sintiendo cómo se me encoge el estómago—.
Hoy estás dolida y tienes toda la razón del mundo para estarlo.
Así que enfádate con el mundo, quéjate todo lo que te dé la gana, llórame si te apetece…
Pero no vas a tirar esa carpeta a ningún contenedor, no vas a borrar ningún archivo de tu ordenador y no vas a decidir que tu destino es volver a meterte en una oficina a rellenar hojas de Excel porque una mujer sin criterio te haya dicho que no a la primera.
Respiro hondo, dejando salir todo el aire acumulado en los pulmones. Tiene razón. Al menos, puede que un poco.
—Tenemos que abrir en nada —digo mirando el reloj de pared.
—En unos minutos.
—Tiempo de sobra para cambiarme e ir limpiando un poco.
Asiento, me pongo en pie y recojo la carpeta de la barra. Sigue pesando lo mismo, pero milagrosamente ya no siento el impulso violento de tirarla a la basura. Me encamino hacia el pequeño almacén del fondo. Detrás de mí, escucho cómo Adela empieza a recoger las tazas.
—Miri.
Su voz me hace detener el paso justo antes de cruzar la cortina del almacén.
—¿Qué?
—Tu guion es una pasada. Lo vas a conseguir.
Me meto en el almacén antes de que se me salte la primera lágrima.
Guardo la carpeta con cuidado dentro de mi mochila en lugar de deshacerme de ella.
Me ato el delantal a la cintura. Cuando regreso al mostrador, Adela ya ha subido del todo la persiana y la luz gris del amanecer de Santander inunda todo el local.
Todo vuelve a su cauce natural. La máquina echando humo, las tazas limpias, las mesas esperando.
Ella a un lado de la barra. Yo al otro. Quizás eso sea exactamente lo único que necesito para sobrevivir a este día.
No resolver el resto de mi vida. Solo hacer café a su lado.
Adela se vuelve hacia mí mientras recoloca la pizarra con las especialidades del día.
—Álex tiene toda la razón, por cierto. Deberíamos organizar esa quedada esta semana. Que se vengan los chicos y nos echamos una partida, tal y como prometí.
En cualquier otro momento, la idea de pasar una noche entera entre risas, pizzas y su compañía me habría hecho dar saltos de alegría. Hoy hay un poso extraño que me frena. Pero le dedico una sonrisa y asiento con la cabeza.
—Vale. Luego hablo con los chicos.