Mi guion llamado TÚ 20
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Adela

Apenas rondan las siete de la mañana y ya estoy en La Molienda, con las persianas echadas hasta la mitad y la luz del amanecer colándose a través de las rendijas. Justo en mi elemento. Porque en los días que no hemos estado por aquí, he echado mucho de menos algo tan sencillo como moler café.

Casi dos semanas lejos de la cafetería me han sentado bastante mejor de lo que estaba dispuesta a reconocer cuando Álex me obligó.

He descansado. He dormido mañanas enteras.

He disfrutado de la compañía de Mollete.

He hecho cosas completamente ajenas a mi rutina.

Incluso he descubierto que las cosas frikis tienen su punto.

Pero también he comprobado de mala manera que pasarte un fin de semana con tu mejor amiga y su chica, no es algo que quiera volver a repetir.

Estoy a punto de prepararme un café cuando Álex abre la puerta de la cafetería con su copia de la llave.

—Buenos días, señorita —dice antes de sentarse en un taburete frente a la barra.

—¿Es que no has tenido bastante trabajo por aquí? —le respondo agitándole el trapo del café de la cara.

Álex se quita el abrigo y lo deja encima de otro taburete.

—¿Qué quieres que te diga? El café crea adicción.

—Eres muy tonto, pero me alegra mucho verte por aquí. ¿Qué te sirvo esta vez?

Vacío una cantidad medida de granos en la tolva, mientras mi hermano se cruza de brazos y me clava una mirada cargada de intención.

Vuelvo a centrar toda mi atención en el molino para ignorar la vibración rara que ha entrado por la puerta.

—En realidad no he venido a por café.

—¿Y entonces a qué has venido?

Álex apoya los dos antebrazos sobre la barra y me mira con una seriedad tan impropia de él que me pone inmediatamente a la defensiva.

—He venido porque quiero saber qué coño te está pasando.

Detengo la mano sobre el pomo y lo miro, entrecerrando mis ojos con sospecha.

—¿Qué me está pasando con qué exactamente, si se puede saber?

—Venga ya. Lo sabes de sobra. —Álex carraspea y seguidamente añade—: Quiero saber qué está pasando con Miri.

El corazón me da un vuelco absurdo. Lo primero que hago es mirar el reloj que hay colgado en la pared.

Miri no debería pisar la cafetería hasta dentro de casi dos horas.

Tenía una especie de entrevista con un contacto que le pasó Sara para revisar el borrador de su proyecto antes de moverlo por las agencias y posibles productoras.

—¿Por qué tendría que estar pasándome algo con Miri? —pregunto mientras mantengo las manos ocupadas con el café.

—Porque desde que sale con Gemma, tú estás rara. Se te nota a la legua.

Pulso el interruptor del molino. El motor responde y el café recién molido empieza a caer dentro del portafiltro formando una pirámide pequeña, perfecta y oscura. Aprieto el mango de la baquelita.

—Para tu información, Gemma me cae fenomenal —digo alzando la voz por encima del ruido—. Por mucho que me quejara de ser la tercera en discordia.

—Eso no tiene nada que ver con lo que te estoy diciendo. —Álex se pasa la mano por la mandíbula, pensativo—. Solo digo que desde que apareció esa chica, estás diez veces más pendiente de cada movimiento de Miri de lo que has estado nunca. Y mira que eso ya difícil.

Suelto una carcajada.

—¿Porque es mi mejor amiga? —ironizo—. Y, además, trabajo con ella más de ocho horas al día. No sé qué te esperas.

Álex me sostiene la mirada durante un lapso de tiempo insoportablemente largo. Tan largo que se me eriza el bello de los brazos.

—No espero nada. Lo que sí sabemos todo el mundo es que Miri estuvo pilladísima por ti durante años.

Me quedo congelada. El motor del molino parece apagarse en mi cabeza, aunque sigue girando. Mi cara ha debido ser un cuadro.

—¿Qué… qué acabas de decir? —murmuro.

—Pues… —susurra.

Dejo caer el portafiltro sobre el tapete de goma de la encimera.

—Repite lo que has dicho.

—Ha sido… una forma de hablar…

—Has dicho con todas las letras que Miri estaba colada por mí —mi tono ha subido dos octavas.

—He dicho estuvo . En pasado.

—¡No te atrevas a darme clases de gramática ni a corregirme los tiempos verbales, Alejandro!

Mi voz ha resonado con tanta fuerza en el local vacío que mi hermano mira hacia la puerta de entrada como si tuviera intención de salir corriendo.

—Será mejor que me prepares un par de expresos bien cargados antes de que nos dé un ataque a los dos.

Aprieto la mandíbula y me pongo a ello. Pero las manos me tiemblan.

Primero tiro a la basura la dosis que había molido antes porque no estaba calibrada y la dosis ha quedado descompensada.

No pienso servir un expreso mediocre ni aunque me esté dando un colapso emocional del que, aparentemente, todo el mundo estaba al corriente menos yo.

Peso dieciocho gramos y los vierto en la tolva.

Ajusto la rosca del molino y pulso el motor.

El aroma a tueste medio me envuelve de inmediato. Un perfume que conozco tan bien que podría identificarlo con los ojos cerrados en cualquier rincón del planeta. El café cae en un hilito perfecto dentro del cacillo.

Antes de iniciar la extracción, dejo correr dos segundos de agua para purgar y estabilizar la temperatura. Álex no aparta la mirada, lo sé. Qué absurdo es el cerebro. En medio de este terremoto interno, una pequeña chispa de orgullo me recorre las venas.

Porque acabo de hacer uno expreso perfecto.

Coloco las dos tazas sobre sus respectivos platillos y deslizo uno hacia mi hermano.

—Bebe y habla.

Él coge la taza por el asa. Yo rodeo la barra a pasos rápidos y me siento en el taburete que queda justo frente a él. Cojo mi taza y le doy un sorbito.

Creo que es el mejor café que he hecho nunca.

«Miri estuvo pilladísima por ti.»

—¿Vas a hablar y a contarme lo que pasa o qué? —insisto.

Dejo la taza sobre la madera, haciendo tintinear la cucharilla.

—La verdad es que yo estaba convencido de que tú lo sabías desde hacía años y que simplemente jugabas al despiste.

Suelto una risa, carente de gracia.

—¿Y por qué narices iba a saber yo algo así?

Álex me mira con una mezcla de lástima e incredulidad.

—Joder, Adela… Para ser una hacha ligando en los bares y leer a las tías en diez segundos, con Miri has estado ciega.

—Muchas gracias por el piropo.

—No te estoy insultando —puntualiza mi hermano. Se toma un par de segundos para beber de su café y continúa—: Quiero decir que normalmente sabes cuando una mujer quiere acostarse contigo o tontear, pero parece que hayas ignorado cómo te ha tratado Miri desde que os conocéis.

—¿Y de dónde coño te sacas la teoría de que eso significa que Miri estaba enamorada de mí?

Álex abre las manos sobre la barra, con evidente exasperación.

—¡De tener dos ojos en la cara! Cualquier persona que os haya visto juntas más de cinco minutos se debe de haber dado cuenta.

—Define «cualquier persona».

—Yo —levanta el dedo índice de la mano derecha—. La madre de Miri —levanta el corazón—. Marcos —levanta el anular—. Dani. Y los amigos de Miri, claro.

Niego con la cabeza, frotándome las sienes con los dedos. Miri y yo siempre hemos sido uña y carne, y nos queremos con locura, sí. Pero de ahí a que ella haya estado enamorada de mí…

—¿Cuándo…?

Álex baja la mirada hacia su taza de café, acariciando la porcelana.

—Creo que la cosa empezó a ponerse seria y evidente cuando tu matrimonio con Bea ya estaba haciendo ascuas. Aunque, probablemente, vendría de antes.

«Ay», otra vez el vuelco en el corazón.

Me quedo callada, sintiendo un nudo en la garganta. Después de aquello, Miri fue mi faro, mi refugio y mi salvavidas durante los siguientes meses, pero jamás hubo un gesto fuera de sitio, ni una mirada que cruzara el límite de la amistad. Al menos, que yo lo viera.

Bajo la mirada hacia el suelo. La cafetería sigue estando exactamente igual que hace veinte minutos. Y, sin embargo, mi mundo entero acaba de girar por completo. Porque de repente, noto que puede ser que yo… «No, eso es una tontería».

—Así que todo el mundo lo sabía… —murmuro.

—A ver, es que era un poco evidente. No sé.

Levanto la cabeza, mirándolo con indignación.

—¿Y a ninguno de vosotros se os ocurrió por un solo segundo que quizás YO era la persona que debía saberlo?

Álex pone cara de circunstancias y se encoge de hombros.

—No era cosa nuestra meternos en algo así.

—¡Pero si me lo acabas de soltar a bocajarro a las siete y media de la mañana! ¿Qué insinúas, que ahora soy yo la que está enamorada de ella?

—Yo no he dicho nada. Para que conste.

Álex mira fijamente hacia el ventanal del escaparate, claramente incómodo.

—Yo creo que deberías…

El sonido de la campanilla de la puerta corta la frase. Los dos giramos la cabeza hacia la puerta al mismo tiempo. Miri acaba de cruzar el umbral.

«Pero, ¿no iba a tardar en venir?»

Lleva el abrigo abierto y una carpeta apretada contra el pecho. Pero no veo nada de eso en un primer vistazo. Veo su rostro. Porque lleva una expresión triste en el rostro.

—Miri… ¿qué ha pasado?