19
Adela
Apenas cuarenta minutos después de salir del piso de Miri escapando de la escena con Gemma, estoy frente al edificio de Helena.
Aunque íbamos a quedar en otro momento, le he mandado un mensaje rápido desde el asiento del conductor antes de meter la primera marcha: «¿Estás libre hoy?
Necesito salir de casa». Su respuesta no ha tardado ni un minuto: «No podría negarme a un buen plan».
Ninguna de las dos necesita mentir. Helena tiene treinta y seis años, unos ojos verdes capaces de analizarte sin pestañear y las cosas muy claras. No busca que le escriban poemas ni yo estoy para vender promesas que no me interesan.
Subo en el ascensor mirando mi reflejo en el espejo.
Llevo los rizos un poco desordenados, una chaqueta de cuero sobre una camiseta básica y los labios pintados de un rojo oscuro que es más una armadura que un adorno.
Necesito apagar el ruido de mi cabeza. Necesito borrar la imagen de esa mano rozando la piel de Miri, las risas y cómo he odiado el cambio de escenario.
Sí, ahora necesito otro cuerpo que no me exija respuestas emocionales.
Cuando la puerta del piso se abre, Helena ni siquiera dice «hola».
Lleva un vestido de tirantes de color seda negra que apenas le cubre hasta mitad del muslo.
Me mira de arriba abajo con una sonrisa lenta, sabia, y antes de que yo pueda articular una disculpa por presentarme así, me agarra de la solapa de la chaqueta, me empuja hacia el interior del recibidor y patea la puerta hacia atrás.
El golpe del portazo retumba en el pasillo justo cuando sus labios se estampan contra los míos.
Es un beso hambriento, directo, sin preámbulos.
Su lengua busca la mía con una presión que aplasta mi espalda contra la pared de la entrada.
Respiro el perfume que desprende su piel mientras mis manos reaccionan por instinto, ahuecando sus caderas y levantándola unos centímetros del suelo para pegarla con violencia contra mi cuerpo.
Helena suelta un gemido ahogado contra mi boca, rodeando mi cintura con sus piernas, mientras enreda sus dedos en mi melena, tirando de mi cabeza hacia atrás para dejar el cuello al descubierto.
La llevo en vilo por el pasillo a oscuras, dando tumbos breves contra los marcos de las puertas mientras mantengo mis labios pegados al hueco entre su oreja y su hombro, mordisqueando su piel hasta sacarle otro jadeo.
Helena afianza el agarre de sus muslos alrededor de mis caderas, y roza su entrepierna contra mí, provocando que me encienda en cuestión de un segundo.
Llegamos al dormitorio, iluminado solo por la luz anaranjada que entra por las persianas a medio bajar desde la calle.
La dejo caer sobre el centro de la cama.
El colchón cede bajo su peso y Helena se acomoda de inmediato hacia atrás, apoyando los codos sobre las almohadas con la respiración entrecortada y los ojos verdes fijos en mí, brillando en la penumbra.
Tiene las piernas abiertas, la seda subida hasta la cintura.
Un delicioso contraste que hace juego con sus mejillas encendidas.
—Gracias por querer que nos veamos… —murmuro, y su respuesta viene a modo de sonrisa.
Me quito la chaqueta y la tiro al suelo.
Mis botas de tacón caen a un lado, y me subo a la cama a gatas, arrastrándome sobre las sábanas hasta quedar justo encima de ella.
Helena estira los brazos, agarra el bajo de mi camiseta y la tira hacia arriba con prisa; yo la ayudo levantando los brazos hasta librarme de la prenda y dejar mi piel al descubierto.
Sus manos bajan de inmediato por mis costillas, clavando las uñas con fuerza en mi desnudez hasta atrapar el cierre de mi sujetador.
Lo desengancha y lo tira lejos. Cuando mis pechos descubiertos rozan el tejido que lleva puesto, un chispazo de electricidad me recorre toda la espalda.
Me inclino sobre ella y vuelvo a devorarle la boca, aplastando su cuerpo contra el colchón con el peso del mío, buscando desesperadamente esa sensación de vértigo capaz de anestesiar mi cerebro.
Helena busca el botón de mis pantalones.
Siento la presión de sus dedos frenéticos contra la cremallera y la prisa con lo empuja junto a mi ropa interior hacia abajo por mis muslos.
Le facilito el trabajo pataleando la tela hasta librarme de ella.
Quedo completamente desnuda sobre ella, sintiendo la humedad que emana de su cuerpo a través del fino encaje que lleva puesto.
Me incorporo sobre las rodillas, agarrando los tirantes de su vestido.
Se los deslizo por los hombros con lentitud, bajando la tela hasta dejar sus pechos al aire.
Tiene la piel erizada por la corriente de aire del dormitorio.
Me inclino sin perder un segundo y me meto uno de sus pezones en la boca, succionando mientras rodeo la otra aureola con el pulgar e índice, apretando hasta hacerla arquear la espalda sobre la cama.
Un jadeo ronco se le escapa entre los dientes, rompiendo la calma del espacio. Sus manos me agarran el pelo rizándolo entre sus dedos, apretando mi cara contra su pecho mientras su pelvis se eleva instintivamente en el aire, con el único deseo de encontrar el contacto directo contra la mía.
Bajo la cabeza, dejando una hilera de besos húmedos, ardientes, marcando la piel de su abdomen mientras desciendo hasta el borde del encaje de sus bragas.
Helena abre más las piernas, dejando caer los muslos hacia los lados de la cama en una invitación.
Agarro la tira lateral de la lencería con los dientes y tiro hacia abajo, arrastrando la prenda por sus piernas hasta sacarla del todo.
Su sexo está empapado, brilla bajo la débil luz exterior.
No la hago esperar. Me acomodo entre sus muslos y me inclino hacia delante, sujetando sus caderas para apretarla contra el colchón. Mi lengua busca su clítoris, rozándolo primero con la punta en una lamida que hace que Helena ahogue un grito.
Aumento la velocidad. Empiezo a lamerla, trazando círculos constantes e implacables alrededor de la zona más sensible mientras muevo la mano y aprieto bajo su vientre con fuerza.
Helena clava los talones en el colchón y empieza a mover las caderas al ritmo marcado por mi boca, elevándose contra mis labios con una desesperación puramente carnal.
Deslizo el dedo índice y el corazón de mi mano libre por la humedad de su coño, buscando su entrada, e introduzco ambos de un solo impulso profundo. Helena echa la cabeza hacia atrás, apretando la mandíbula mientras un gemido retumba en su garganta.
Empiezo a bombear los dedos dentro de ella con un ritmo penetrante, curvándolos ligeramente hacia arriba, mientras mi boca se encarga de succionar su clítoris de manera implacable.
Helena pierde el control del movimiento de sus caderas; sus manos buscan mis hombros desnudos, clavando las uñas, arañándome mientras busca más presión, más velocidad, más profundidad.
—Sigue… —susurra, la única palabra inteligible que sale de sus labios en medio de la vorágine.
Aprieto los dedos más adentro, acelerando las estocadas mientras mi lengua no le da tregua. Sentir su calor apretándose alrededor de mi mano me produce un subidón de adrenalina. Aumento la intensidad, combinando la presión de la boca con el empuje implacable de los dedos.
El cuerpo de Helena empieza a temblar, la respiración se le vuelve un jadeo errático y corto, y de pronto su sexo se contrae de forma espasmódica alrededor de mis dedos.
El orgasmo la sacude entera. Un grito ahogado se le escapa mientras se arquea sobre la cama, elevando la cintura del colchón y apretando los muslos contra mi cabeza con una fuerza brutal, aplastándome contra su piel mientras las olas de su clímax la recorren durante largos segundos y yo me como hasta la última gota de su corrida.
Sigo bombeando lentamente, acompañando el temblor de su cuerpo hasta que las contracciones ceden y se deja caer exhausta, con el pecho subiendo y bajando a un ritmo frenético.
Me incorporo sobre la cama, deslizándome hacia arriba sobre su cuerpo sudoroso.
Su piel quema contra la mía. Me coloco a horcajadas sobre sus muslos, mirándola desde arriba.
Helena abre los ojos pesadamente, con las pupilas dilatadas y una sonrisa exhausta y felina dibujada en sus labios humedecidos.
Alza los brazos cansados y me agarra del cuello, tirando de mí hacia abajo hasta que mis pechos se aplasten contra los suyos.
Me pego del todo a su cuerpo, pero rápido me incorporo y enredo entre una de sus piernas para buscar el roce directo de mi sexo contra el suyo, encontrando la lubricación abundante que ha dejado su orgasmo.
Cuando presiono mi clítoris contra su coño y me muevo hacia delante, la electricidad me recorre todo el cuerpo.
Ahora soy yo la que suelta un gemido agudo, mientras echo la cabeza hacia atrás.
Helena agarra mi cadera con las dos manos, apretando para mantener la alineación perfecta entre nuestros cuerpos, y empieza a moverse para buscar la fricción de nuestros sexos. Una intensidad devastadora.
Empiezo cabalgar con un ritmo rápido, violento y constante sobre ella. Cada embestida hacia abajo provoca que un nuevo gemido se escape de entre mis labios. Helena entreabre su otra pierna al máximo para facilitar el contacto, moviéndose hacia arriba a cada golpe de cadera.
Cierro los ojos un segundo. Busco el vacío.
Busco la imagen de la piel de Helena, el calor de la habitación, el sudor que me baja por el canal de la espalda.
Pero el placer es tan agudo que me desborda los sentidos.
Aprieto los dientes para no gritar, acelerando el movimiento de mi cuerpo en embestidas circulares y profundas que restriegan mi clítoris contra el suyo.
Helena vuelve a encenderse bajo mi peso.
Se agarra a mí con desesperación, clavando las uñas en mis glúteos para dirigir cada uno de mis movimientos, acelerando el compás, buscando su segundo orgasmo al mismo tiempo que el mío.
Las dos nos movemos en una sincronía brutal, sin delicadeza, sin poesía, dejándonos llevar únicamente por la necesidad animal de llegar al límite.
—Adela… —gime ella.
Siento el tirón violento en la parte baja del abdomen. La marea sube de golpe, incontrolable, abrasadora. Acelero el choque con tres embestidas profundas, aplastando mi sexo contra el suyo con todo el peso de mi cuerpo.
El orgasmo me golpea y suelto un grito ahogado contra el aire de la habitación, mientras noto cómo nuestra humedad nos empapa.
La cabeza me da vueltas, la vista se me nubla de chispas y me desplomo sobre el cuerpo de Helena, incapaz de sostener mi propio peso.
Al mismo tiempo, siento cómo ella se arquea debajo de mí en un último latigazo, soltando un gemido que se pierde contra mi cuello mientras su cuerpo vuelve a temblar entero bajo el impacto de un nuevo clímax.
Nos quedamos así, pegadas, sudorosas, aplastadas la una contra la otra mientras el único sonido que permanece es el de nuestras dos respiraciones, buscando aire en la oscuridad.
Pasan varios segundos en los que ninguna de las dos se mueve. Tengo el rostro sepultado en el hueco de su cuello, sintiendo el pulso acelerado contra mis labios.
Helena acaricia mi espalda desnuda con la yema de los dedos, trazando círculos perezosos desde la nuca hasta la zona lumbar en un gesto tibio, sin exigencias.
Poco a poco, la realidad vuelve a colarse por los orificios del suelo, por las persianas a medio bajar y por el aire frío que empieza a secar el sudor de mi piel. Me incorporo despacio, quitando el peso de encima de su cuerpo y dejándome caer a su lado sobre las sábanas revueltas.
Helena se gira, y apoya la cabeza sobre una mano mientras me mira con los ojos entornados y una sonrisa tranquila, casi burlona.
—Cualquiera diría que tenías prisa por quemar adrenalina —dice con la voz grave, aún rasgada por el esfuerza.
Me paso una mano por la cara, echándome los rizos sudados hacia atrás, y dejo escapar un suspiro largo, profundo, que me vacía los pulmones por completo.
—Te dije que necesitaba salir de casa —respondo con una sonrisa amarga que no me llega a los ojos.
Helena no pregunta nada más. Es lo suficientemente inteligente como para saber dónde está la línea divisoria.
Se limita a inclinarse hacia delante, darme un beso en la comisura de la boca, y ponerse en pie para caminar desnuda hacia el cuarto de baño.
El sonido del agua de la ducha empezando a caer al fondo del pasillo llena el silencio del dormitorio.
Me quedo boca arriba, mirando el techo anaranjado por las luces de las farolas de Santander. Mi cuerpo está relajado, exhausto, caliente. La piel me escuece ligeramente por los arañazos. Sin embargo, en el centro de mi pecho, justo debajo del esternón, el nudo sigue intacto. Intacto y frío.