18 #2
—Esta te la regalé yo por Reyes hace cuatro años.
—Por eso mismo no está en la bolsa de donar —contesta Miri sin mirarme, metiendo unos libros en una caja.
—¿Aunque esté vieja y descolorida?
—Precisamente por eso —responde levantando la mirada hacia mí.
—Pensaba que hoy querías hacer limpieza radical y soltar lastre.
Miri me mira fijamente desde el suelo, con seriedad tras sus cristales, como si la respuesta fuera la cosa más evidente de este mundo.
—Las cosas que me has regalado tú no pienso tirarlas nunca.
Bajo la camiseta azul con muchísima delicadeza, dejándola sobre mi regazo.
Después, la coge de mis manos, la dobla con cuidado y la deja en un montón aparte.
La miro hacerlo. No sé por qué me afecta tanto este gesto absurdo.
Yo también tengo en mi piso cosas suyas que jamás me atrevería a tirar.
Una taza ridícula con una frase de Yoda que me regaló cuando abrí La Molienda.
Una bufanda de lana verde que eligió conmigo hace mil años en una tienda del centro.
Un llavero de goma tan feo y desgastado que Beatriz intentó tirar docenas de veces durante nuestro matrimonio…
Pequeñas pruebas irrefutables de que Miri lleva años estando presente en cada rincón de mi vida.
«Y eso es… maravilloso».
—Por cierto, he pedido las pizzas hace un rato —informa.
—Genial.
Al final avanzamos muchísimo más de lo que yo esperaba.
Dos cajas grandes de cartón se quedan precintadas para llevar a donar, otras dos para intentar vender y una montaña sospechosa de objetos vuelve milagrosamente a ocupar sitio en las estanterías, porque Miri descubre que desprenderse de sus pertenencias es una teoría maravillosa que en la práctica le cuesta la misma vida.
A las dos en punto de la tarde suena el timbre y llega el repartidor con las pizzas. Nos sentamos en la alfombra del salón porque la mesa de centro sigue sepultada bajo un mar de cajas, papel de burbuja y rotuladores.
—Parecemos dos universitarias de veinte años —digo mientras abro dos latas de refresco y le tiendo una.
Miri hinca el diente a una porción de pizza barbacoa con un entusiasmo desbordante.
—Habla por ti. En esa época yo no tenía presupuesto para pizzas.
—Ni yo tampoco, créeme —admito riendo—. Yo sobrevivía a base de arroz y latas de atún. Todo un lujo.
Se ríe, dándole un trago a su lata. Yo muerdo mi porción de pizza de cuatro quesos.
El día está resultando sorprendentemente reconfortante, aunque no estemos haciendo nada extraordinario.
No hay viajes a la montaña, convenciones, no hay bares llenos de gente.
Solo Miri y yo sentadas en la alfombra de su salón, rodeadas de cajas de cartón, discutiendo por chorradas de videojuegos que no entiendo y compartiendo una comida grasienta mientras fuera diluvia sobre Santander.
Y estoy bien. Extremadamente bien. Tanto que me da miedo darme cuenta de lo fácil que me ha resultado olvidar que en unos días tengo una cita.
Tampoco he pensado demasiado en ello desde que me he levantado. En cambio, llevo toda la mañana aquí metida entre polvo y cajas viejas, sin mirar el móvil una sola vez.
—Oye… ¿sabes qué estaba pensando? —dice Miri de pronto, señalando con el borde de su pizza hacia la pared—. Creo que esa estantería de la esquina se podría quedar.
La miro fijamente con la lata de refresco a medio camino de la boca.
—Llevas tres días diciéndome por WhatsApp que odias esa estantería y que quieres librarte de ella.
—Ya, pero es que ahora que la hemos vaciado un poco… me he dado cuenta de que no queda tan mal.
—Lo siento, pero ya tiene nueva dueña.
Miri agarra un cojín del sofá y me atiza un golpe juguetón en el hombro. Se lo quito sobre la marcha. Ella tira hacia su lado. Yo tiro hacia el mío.
—Suéltalo, Adela.
—Ni hablar.
—Eres una infantil.
—Tú has empezado.
Estamos las dos forcejeando entre risas, casi encima de la alfombra, cuando el sonido del timbre de la puerta corta el momento de golpe.
Nos quedamos congeladas en la misma postura, agarrando el cojín cada una por un extremo.
—¿Esperabas a alguien? —pregunto frunciendo el ceño.
—Que yo sepa, no.
El timbre vuelve a sonar, esta vez con dos toques cortos insistentes. Me suelto del cojín y me pongo en pie.
—Voy yo a ver quién es.
Cruzo el pasillo a pasos rápidos y abro la puerta con una sonrisa lista para despachar a cualquier comercial. Y mi domingo perfecto, maravilloso y relajado se muere de forma fulminante en cuestión de medio segundo.
Gemma está de pie al otro lado del umbral.
Lleva unos pantalones chinos de color beige, una camiseta blanca y una chaqueta vaquera de marca que le queda como si acabara de salir de un anuncio de moda.
En la mano derecha sostiene una bolsa grande de papel que huele a comida para llevar y en la izquierda un pack de refrescos.
Su expresión amplia y relajada cambia al instante en cuanto sus ojos se cruzan con los míos.
—Adela… —dice parpadeando—. Hola.
—Hola.
Una conversación magistral. Digna del premio Nobel de literatura.
—¿Gemma? —la voz de Miri resuena desde el fondo del pasillo y aparece un segundo después. Su cara de sorpresa es cien por cien genuina—. ¿Pero qué haces aquí? No me has dicho nada.
Gemma se ilumina al verla y se acerca para darle un beso cariñoso en la comisura de los labios.
—Es que quería darte una sorpresa —explica, levantando la bolsa de papel—. He comprado chino en el centro para comer juntas.
Miri mira la bolsa. Luego me mira a mí. Luego mira hacia la alfombra del salón, donde aún descansan dos cajas de pizza vacías y dos latas de refresco.
—Qué detalle, pero es que… acabamos de devorarnos unas pizzas.
Gemma se frena, mirando a Miri con cierta frustración disimulada.
—Vaya…
—Pero… pasa, por favor. No te quedes ahí en la puerta —añade Miri rápidamente, apartándose a un lado.
Gemma cruza el umbral, me tiende el pack de refrescos para liberarse de peso con un «¿me lo sujetas, por favor?» muy educado, y se quita la chaqueta vaquera. Camina hacia el salón y se frena en seco al ver el desastre de cajas y ropa.
—Madre mía… Menudo campo de batalla tenéis montado aquí.
—Estamos haciendo limpieza de armarios y estanterías —explica Miri siguiéndola—. Adela se ofreció a echarme una mano.
Gemma se da la vuelta, se recoge la melena oscura hacia atrás y se sienta en una esquina libre del sofá.
—Bueno, pues si hay que empaquetar, me uno al equipo. Seguro que os viene bien una mano extra para acabar antes.
Miri me clava la mirada de inmediato. Me obligo a dibujar mi mejor sonrisa, la misma que le pongo a los clientes pesados de la cafetería.
Fantástico. Sencillamente maravilloso.
· · ·
Media hora después, el aire del salón se ha transformado por completo.
Mi domingo perfecto ha muerto y resucitado en una reunión social perfecta.
Gemma se pone a ayudar a Miri a clasificar libros de la estantería y, para mi absoluta e inevitable irritación, resulta ser una mujer ridículamente eficiente, ordenada y analítica.
—Este libro de cocina italiana lo tienes repetido —comenta Gemma sosteniendo un ejemplar de tapa dura.
Miri la mira con los ojos bien abiertos.
—¿Cómo narices te acuerdas de eso? Si solo has estado ahí… un par de veces.
«Ay señor, ya estamos».
Gemma le dedica una sonrisa perfecta.
—Tengo una memoria fotográfica excelente para las cosas que hay en tu casa.
Hay una cantidad indecente de información implícita en esa frase de mierda que mi cerebro se niega rotundamente a procesar.
La tarde sigue su curso. Hablan entre ellas de la semana que viene.
De una exposición de arquitectura que traen al Centro Botín.
De cuándo podrán cuadrar sus agendas para cenar, y de que Gemma ha hecho un gran esfuerzo para sacar tiempo hoy.
Yo intervengo cuando la conversación me salpica directamente.
Sonrío cuando hay que sonreír. Incluso suelto alguna broma.
No quiero ser una borde de mierda ni resultar desagradable.
Gemma no tiene la culpa de nada. Ese es el verdadero drama de la situación: sería infinitamente más fácil odiarla si fuera una estúpida o una mal educada.
Pero es amable, es guapa, tiene clase y parece interesada en hacer feliz a mi mejor amiga.
—¿Te apetece otro refresco, Adela? —me pregunta Gemma levantándose hacia la cocina.
—No, muchas gracias. Ya he tomado suficiente por hoy.
Miri me observa durante un segundo largo desde el suelo. Me conoce demasiado bien. Sabe perfectamente que algo en mi energía se ha apagado. Solo espero con todas mis fuerzas que no alcance a adivinar el motivo exacto, porque ni yo misma soy capaz de reconocer lo que me está pasando.
Alrededor de las seis de la tarde terminamos con todo. Estoy arrodillada junto al mueble de la televisión, guardando varios cables y accesorios viejos de consolas que Miri ha decidido conservar bajo el clásico pretexto de «nunca se sabe cuándo pueden hacer falta».
Al levantar la cabeza desde el suelo, la imagen me da de lleno en la cara.
Gemma está sentada al lado de Miri en el sofá.
Y entonces, con una naturalidad aplastante, Gemma alarga la mano y le aparta un mechón de pelo rebelde que le cae a Miri sobre la frente, colocándoselo con delicadeza detrás de la oreja.
Sus dedos rozan la mejilla con pecas de Miri durante un segundo extra.
Miri le responde con una sonrisa diminuta, dulce, tierna.
Un gesto cotidiano. Normal. El gesto de dos personas que se gustan y que están construyendo algo bonito.
Bajo la mirada. No sé qué puñetera parte de mí esperaba que este domingo significara algo más.
Y, sin embargo, mientras escucho la risa de Miri a tan solo un par de metros de mí, me doy cuenta de que siento un dolor extraño en el pecho, como si ahí guardara algo para lo que no estaba preparada en absoluto.