Mi guion llamado TÚ 18
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Adela

Tengo delante de mí, unas veinte cartas ilustradas repartidas en abanico sobre la alfombra del salón y la certeza de que la humanidad ha complicado innecesariamente el concepto de divertirse en el tiempo libre.

Cojo una de las cartas entre el pulgar y el índice, frunciendo el ceño con intensidad.

Hay dibujado un guerrero hipermusculado sosteniendo una espada envuelta en llamas azules, tres símbolos de colores en la esquina superior, cinco números repartidos sin orden ni concierto por los bordes y un párrafo en letra minúscula que incluye expresiones tan amables como «daño y reacción», «reserva arcana» y «fase de contraataque».

Le doy la vuelta con la esperanza de encontrar para qué sirve esto, pero no hay nada.

—Algún día me vas a tener que explicar cómo es posible librar una batalla a muerte usando unas simples cartas —digo y levanto la mirada por encima de la que sujeto.

Miri alza la cabeza desde detrás de una caja de cartón.

Está sentada a lo indio en el suelo del salón, rodeada de montones de objetos que ha ido clasificando según un método que solo tiene sentido en su cabeza.

Las gafas se le escurren por la nariz cada medio minuto y ella, sin perder el hilo de lo que está haciendo, las empuja de nuevo hacia arriba.

Está preciosa. Incluso despeinada y rodeada de cosas raras.

—Porque lo importante no son las cartas en sí, sino los poderes y las dinámicas que llevan impresas —responde con esa sonrisa que se le pone cuando habla de sus cosas frikis.

Levanto la carta de la espada en llamas.

—¿Y se puede saber dónde está el poder aquí?

—Ahí mismo. Delante de tus ojos.

—¿Dónde exactamente?

—Debajo de la ilustración del paladín.

Miro la letra diminuta con más atención, entrecerrando los ojos como si fuera una viejita intentando leer la letra pequeña de una póliza de seguros.

—Aquí pone: «Si el personaje posee dos cargas de éter al inicio del turno, puede ejecutar una acción ofensiva adicional tras un bloqueo exitoso de categoría tres».

—¡Eso es! —exclama Miri, y da una palmadita al aire.

—Pues yo no entiendo nada.

Mi mejor amiga suelta una carcajada, de esas que le arrugan la nariz, le marcan las pecas y le iluminan la cara entera por unos segundos.

—Solo es cuestión de pillarle el tranquillo.

La miro de reojo y dejo la carta sin más.

—Mmmmm… sigo sin pillar una sola palabra.

—Porque no pones de tu parte y negándote no vas a conseguir nada. Cuando Beto se metió en el mundillo, se aprendió las reglas en una sola tarde —apunta ella, ajustándose de nuevo las gafas.

—También aprendió klingon en un mes, y eso no le hace más listo.

Miri agarra una camiseta vieja, la hace una bola y me la tira. La atrapo al vuelo justo antes de que me impacte de lleno en los rizos y la dejo sobre el sofá.

—No te metas con mis amigos.

—También salgo con ellos de vez en cuando, te recuerdo.

—Pues entonces no te metas con nuestros amigos.

Vuelvo a dejar la carta sobre el montón.

El juego se llama Crónicas de Éter , y por lo que he conseguido deducir tras diez minutos de chaparrón teórico, consiste en que cada jugador se crea un héroe con cartas de armas, aliados, hechizos y habilidades raras.

Luego hay batallas con dados, decisiones narrativas y campañas que pueden prolongarse durante fines de semana enteros. Una pesadilla para alguien como yo.

Miri me lo ha explicado tres veces con un brillo precioso en la mirada, pero yo sigo sin comprender por qué la gente no lanza un dado tradicional, se toma una cerveza y termina con el juego en diez minutos.

—Antes de irnos de vacaciones, los chicos me dijeron que te invitase a jugar una partida rápida con nosotros. Antes de volver a La Molienda —comenta Miri mientras vuelve a sumergirse en la caja de cartón—. Pero como hemos estado liadas, podemos dejarlo para uno de los días de descanso.

Levanto la cabeza de golpe, parpadeando.

—¿A jugar a esto?

Miri me observa por encima de la montura de sus gafas. Joder, ya tiene esa mirada…

—Las partidas duran lo suyo, no te voy a mentir. Pero estoy segura de que lo podrás aguantar.

—Mmmmm… no sé yo.

Mi respuesta habitual, sería un «no» rotundo, entrecomillado con una broma afilada sobre la frikada en cuestión.

Miri lleva años intentando arrastrarme a estas partidas, juegos de mesa y cosas con libros de instrucciones interminables.

Y yo llevo exactamente los mismos años dejándole claro mi derecho a divertirme en terrazas, con una copa de vino, y una buena tarde de Netflix.

Pero al mirarla, veo en su expresión esa esperanza casi infantil que intenta disimular porque ya da por sentado que voy a pasar del tema.

Y de repente, algo ridículo, diminuto y cálido me revolotea en la parte baja del estómago.

Una sensación extraña, parecida a unas ganas irresistibles de complacerla y verla sonreír.

Así que, caigo en la tela de araña.

—Venga, va. Vale —digo, y suelto un resoplido.

Miri se queda paralizada, con las manos metidas en la caja y los ojos muy abiertos.

—¿Qué has dicho?

—Que vale. Acepto el desafío. A ver si consigo entender el maldito juego de una vez.

Mi mejor amiga se queda inmóvil durante un segundo entero, como si su cerebro necesitara procesar la información.

—¡AAAAAAHHHHHH!

Literalmente, se lanza sobre mí. No me da tiempo ni a reaccionar ni a retirar las cartas de la alfombra. Me rodea el cuello con los brazos y el impulso nos lleva a las dos hacia atrás, derribándome contra el suelo. Su risa salvaje me retumba pegada a la oreja.

—¡Miri, por Dios!

—¡No me lo puedo creer! ¡No me puedo creer que Adela Noguera, mi Adela, haya aceptado jugar a Crónicas de Éter !

Mi Adela. «Ay» .

El resto de la frase se evapora de mi mente. El universo entero se reduce a dos palabras, y al calor de sus brazos alrededor de mi cuello.

El corazón me pega tal vuelco que me entra el pánico absurdo de que ella pueda sentir los latidos desbocados retumbando contra su pecho.

Pero qué tonta soy. Miri lo ha dicho como dice siempre las cosas: sin darle más importancia, de la misma manera que diría «mi cafetería favorita» o «mi libro preferido». Una muletilla afectiva entre dos mejores amigas, vamos.

—Bueno. Ya, ya… —protesto, intentando desesperadamente que no se note lo nerviosa que me ha puesto—. Tampoco nos vengamos arriba. Que vaya a jugar una tarde no significa que me quiera enganchar a la causa.

Miri se separa un poco. Solo unos centímetros.

Los suficientes para apoyar las manos en mis hombros mientras sigue medio tumbada sobre mí.

Y yo cometo el error catastrófico de fundirme en sus ojos.

Está feliz. Radiante. La mirada le brilla y tiene una sonrisa tan amplia, que parece que le acabo de anunciar que le he comprado los derechos de su guion.

Me quedo anclada a la alfombra, incapaz de mover un solo músculo. Y mierda, sí, mierda. Porque últimamente se me mueven demasiadas cosas por dentro cada vez que Miri está cerca.

Carraspeo con fuerza, intentando romper el hechizo.

—En fin… —digo apartando la mirada hacia las cajas—. Dime cómo seguimos, que si no nos van a dar las uvas.

—Sí, mi capitana. A sus órdenes.

Miri se aparta, y se vuelve a sentar a lo indio en su sitio. Dejo escapar un suspiro disimulado. Muy discreto.

—Esto para vender… o quizá donarlo. Lo primero que surja —dice ella, sacando un puñado de cajas de videojuegos.

Cojo el primer estuche y leo la portada.

—¿ Dragon Age ? ¿Pero este no era tu juego sagrado?

—Tengo la edición especial, este ya no me hace falta —explica y me quedo flipada, porque ella jamás de los jamases se desharía de uno de sus discos.

—¿Y Mass Effect, y The Witcher 3: Wild Hunt ?

Miri se abalanza sobre mi mano y me arranca el último con una agilidad y velocidad dignas de un gato.

—¡Ese no! Me he debido de equivocar al clasificarlos —se justifica—. Geralt de Rivia no abandona esta casa bajo ninguna circunstancia.

Miri abraza la caja contra el pecho como si fuera un bebé o una reliquia de museo.

—Además, me lo regaló Pol por mi cumpleaños.

—Ya, me acuerdo —digo, y oculto mi sonrisa burlona.

Saco otro juego del montón, examinando la portada con cara de pocos amigos.

—¿Y este del muñeco con cara de pocos amigos?

Miri pone cara agria.

—Ese sí. Lo compré porque Beto juró que era una obra de arte y luego descubrí que la mecánica principal es morir cuatrocientas veces seguidas en la primera parte.

—¿No es eso en lo que consisten estos juegos; morir un millón de veces y volver a empezar?

Miri me observa y abre la boca con dramatismo.

—No vuelvas a repetir semejante blasfemia en mi presencia.

—Perdón, perdón —digo y levanto las manos en son de paz.

Mi mejor amiga entrecierra los ojos.

—Acepto tus disculpas porque has prometido jugar a Crónicas de Éter .

—Y ya me estoy arrepintiendo, que lo sepas.

Pasamos al montón de la ropa. Miri tiene listas tres bolsas de basura grandes en el suelo.

Una verde para donar, una azul para vender por cuatro duros en Wallapop y una tercera bolsa blanca que, según su refinado criterio de clasificación, contiene «prendas con valor sentimental que no sé cómo tratar».

—Madre mía, qué fea —opino mientras levanto por los hombros una camiseta negra descolorida con el dibujo de un dragón verde escupiendo fuego.

—Es una camiseta oficial de Skyrim —se indigna ella.

—Eso no la hace menos fea, ni menos pijama.

—Y para que lo sepas, fue sumamente importante para mí. —Me la quedo mirando, sosteniendo la prenda en el aire—. La llevaba puesta la noche que terminé de escribir mi primer relato largo.

La observo durante dos segundos. La camiseta sigue siendo un trapo viejo, pero los recuerdos que lleva pegados ya son otra historia. La doblo con cuidado sobre mis rodillas.

—Bueno… Entonces esta se queda en el armario. A lo mejor y hasta me la pongo yo alguna vez.

Miri sonríe con dulzura.

—¿Ves cómo en el fondo tienes un corazoncito de oro?

Le enseño el dedo corazón.

Cojo la siguiente prenda del montón. Una camiseta de algodón azul oscuro con letras plateadas un poco desgastadas.