17 #2
Me obligo a esbozar una sonrisa convincente. Álex me observa en silencio. No sé qué está leyendo en mi cara y me da terror preguntarlo. Espero que las sombras que caen sobre nosotros lo hagan a mi favor.
—Y tú también te lo mereces, Miri —añade poco después.
—¿Yo?
—Sí. —Álex suspira y le da un último trago a su botellín—. A veces parece que en las conversaciones sobre relaciones todo el mundo tiene que «encontrar a alguien» corriendo, como si fuera un juego de las sillas y hubiera que repartir parejas antes de que se apague la música.
Suelto una risita tonta, sorprendida por el giro que está teniendo esta conversación.
—Madre mía. Eso ha sonado inesperadamente profundo y sensato —bromeo.
—Cumplir años te da sabiduría. Aunque no lo parezca.
La puerta corredera que da al salón se abre y Sara se asoma, mirándonos con los brazos en jarras.
—¡Aquí estáis! Carmela te estaba buscando —dice, mirando a Álex.
El cumpleañero cierra los ojos con resignación.
—¿Ha llegado el momento crítico?
—Ya está encendiendo las velas. Así que, muévete.
—Que alguien se apiade de mi alma —exagera Álex.
—No seas dramático y tira para dentro —le digo, pegándole un empujón.
Volvemos al salón y el cambio de temperatura nos da de lleno en la cara. La mesa principal ya está despejada y en el centro reina la tarta que ha preparado Carmela. Las luces del salón se atenúan unos segundos después, y alguien empieza a dar palmas mientras entona la primera estrofa:
—«Cumpleaños feliz… cumpleaños feliz… »
El resto nos unimos a coro rápido. Álex se tapa la cara con ambas manos durante unos segundos, algo avergonzado, aunque la sonrisa de oreja a oreja le delata.
Carmela canta más alto que nadie, desafinando en las notas altas con un entusiasmo contagioso, mientras Pol desafina a propósito a su lado para hacer la gracia.
Beto le da un codazo en las costillas para que se calle.
Poco después, aspiro el perfume de Adela y ella sonríe a mi lado.
—Como se emocionen un poco más, lloran los dos —me susurra Adela al oído, con su aliento rozándome la mejilla.
—Tu madre ya está secándose las lágrimas con una servilleta —murmuro sin mirarla.
—Eso no debería contar, mi madre llora hasta con los anuncios.
Contengo la risa a duras penas. Álex sopla las velas entre vítores, aplausos y silbidos.
Carmela se abalanza sobre él para plantarle dos besos sonoros en las mejillas.
Mi madre, también se acerca a felicitarlo tironeándole de las orejas, y en cuestión de minutos el salón se convierte en un caos maravilloso de risas, fotos y gente peleando por llevarse la porción más grande de tarta.
Adela sigue parada pegada a mí, sin intención alguna de moverse.
—¿Te lo estás pasando bien? —pregunta mirándome desde su altura.
—Sí, mucho. Tu madre es una anfitriona formidable.
—Estás un poco pensativa, ¿no?
—Estoy bien, no te preocupes —le respondo.
Ella arquea una ceja con esa expresión escéptica que tan bien le conozco.
—¿Seguro? ¿Gemma no venía al final?
La pregunta me coge un poco a traición.
—No. Ya me había dicho que tiene trabajo.
—Pues es una pena.
Carmela nos interrumpe apareciendo con dos platos coronados por dos porciones generosas de tarta, obligándonos a cogerlas antes de protestar.
Durante la siguiente hora, la fiesta alcanza su pico de animación.
Beto intenta organizar un juego de mesa de preguntas y respuestas rápido, pero el experimento fracasa de forma estrepitosa porque nadie respeta los turnos de respuesta y Pol no para de dar pistas falsas.
Mi madre y Carmela se han sentado juntas en el sofá con una copa de licor de hierbas a hablar de sus planes, mientras Sara no para de hacer fotos.
Yo bebo un poco más de vino. No demasiado, lo justo para sentir que los hombros se me destensan y que la cabeza me pesa un poco menos.
Adela vuelve a la pista improvisada para bailar otra canción con la mujer del vestido azul.
Esta vez hago un esfuerzo sobrehumano por no mirarlas.
Me dedico a hablar con Sara sobre una serie de televisión.
Aun así, cuando la desconocida le pasa una mano por la espalda con confianza y Adela le regala una sonrisa deslumbrante, noto exactamente la misma punzada en el centro del pecho.
Al acabar la fiesta, ayudo a recoger algunas copas vacías, y Adela aparece a mi lado cargando una bandeja llena de platos.
—Deberías irte a casa, pareces cansada.
—Tú también y aquí estás, ayudando como siempre —le respondo con una sonrisa en los labios.
Dejamos los trastos en la cocina, donde Carmela ya ha prohibido fregar un solo plato. Cuando regreso al recibidor, cojo mi chaqueta del perchero y me la pongo. Adela me acompaña hasta la puerta principal, apoyando el hombro en el marco de la pared.
—¿Te vas andando? —pregunta.
—No, Beto nos va a llevar a todos.
—Ah, perfecto entonces.
Se produce un silencio extraño entre las dos. Un paréntesis suspendido en el aire, como si ninguna supiera muy bien cómo despedirse después de tantas emociones contenidas durante la noche. Adela se mete las manos en los bolsillos de sus pantalones.
—Por cierto —dice de repente, como quien no quiere la cosa—. Tengo una cita, y me da la sensación de que va a ir muy bien.
Mi corazón decide hacer algo profundamente estúpido: da un vuelco violento y luego se frena en seco.
—¿Con la chica con la que bailabas? —Adela afirma.
—Sí. Se llama Helena.
—Parece muy simpática —miento de forma piadosa.
—Lo es, la verdad. Muy divertida —Adela sonríe con una luminosidad que no me pasa desapercibida—. Hemos quedado para cenar en un sitio mono del centro.
—Qué bien. Me alegro.
—Pero este domingo voy a tu casa sí o sí —añade sin cambiar el tono—. Quiero ayudarte con el tema de la limpieza del piso.
Adela me dedica un guiño, da un paso hacia mí y me coloca el cuello de la chaqueta con ese gesto terriblemente cotidiano. Sus dedos rozan mi barbilla un segundo.
—Ve pensando qué pizza quieres pedir —dice mirándome a los ojos. El claxon de Beto suena una y otra vez—. Anda tira, que este no tiene paciencia alguna.
Abro la puerta, y antes de pillar el ascensor, me vuelvo un segundo. Adela sigue de pie en el umbral, recortada contra la luz del recibidor, mirándome con las manos en los bolsillos.
—Nos vemos —le digo y no soy capaz de añadir algo más.
Cuando me meto en el asiento trasero del coche, Pol me mira de reojo.
—¿Todo bien por ahí arriba?
Me abrocho el cinturón de seguridad, dejando escapar un suspiro.
—Perfectamente.
El coche arranca y enfila la calle iluminada. Yo me pego a la ventanilla, viendo cómo las calles de Santander van pasando al otro lado del cristal, sin tener idea de qué coño me está pasando.