17
Miri
La fiesta acaba pareciéndose exactamente a cualquier celebración organizada por Carmela: demasiada comida, gente de la buena y la sensación permanente de que en algún momento aparecerá otra bandeja de canapés que nadie recuerda haber preparado.
La casa está llena. Hay un montón de copas abandonadas sobre las mesas auxiliares y Mollete no para de pedir mimos a todo el mundo.
Mi madre habla con Carmela cerca de la ventana con una copa de albariño en la mano, Pol sigue discutiendo con Beto sobre el canon de Star Wars , y Sara se ha instalado junto a Irene con un tinto para criticar, con entusiasmo, una adaptación cinematográfica que ha cometido el crimen de cambiar el final del libro en el que está basada.
Yo estoy apoyada en la librería del pasillo, intentando pasar desapercibida mientras miro la pantalla del teléfono con un mensaje de Gemma que acaba de entrar.
Gemma : Al final el lunes tampoco puedo. Me han adelantado la reunión con unos clientes de Bilbao. Lo siento mucho.
Miri : No pasa nada. Ya nos veremos cuando vuelvas. El trabajo es el trabajo.
Los tres puntos suspensivos en la pantalla aparecen, desaparecen y vuelven a salir.
Gemma : Te compensaré con una cena maravillosa, el mejor vino y cero interrupciones. Prometido.
Consigo sonreír un poco.
Miri : Eso suena de maravilla.
Gemma : Era la intención… Disfruta de la fiesta, y pasa una buena noche.
Guardo el móvil en el bolsillo de mi chaqueta, pero la sonrisita dura bastante menos de lo esperado.
Llevamos días sin vernos. Después de la escapada a Potes, Gemma tuvo que volverse antes por una urgencia, y desde entonces nuestros calendarios parecen no coincidir en absoluto.
Somos dos mujeres adultas con trabajo y responsabilidades, ya lo sé.
Como también que, en la vida real, las relaciones no tienen que ir sincronizadas a cada segundo. Pero me habría gustado mucho verla.
—¿Qué ha pasado? —la voz de Sara me sobresalta.
—Joder, qué susto me has dado. ¿Desde cuando estás ahí plantada?
—Desde que has dejado escapar un suspiro que casi apaga las velas de la tarta de Álex —se ríe, y le da un sorbo a su copa mientras me observa—. ¿Problemas en el paraíso?
Sara señala mi teléfono con la barbilla.
—No, todo va bien.
—Uf, ese «todo va bien» ha sonado fatal —comenta Beto mientras se traga una croqueta y se une a la reunión—. ¿Qué ha pasado?
—Nada, en serio. Es solo que no podemos vernos hasta la semana que viene porque le han adelantado algunas reuniones.
Beto arquea las cejas.
—Bueno, tampoco es la mayor tragedia del mundo.
—No he dicho que sea una tragedia.
Sara frunce el ceño y me observa en silencio.
—Tu lenguaje verbal no engaña, que lo sepas.
Los miro fijamente.
—En serio, mejor poneros a comer.
Decido alejarme de la brigada de investigación antes de que me hagan un interrogatorio mayor. Necesito aire y el mejor vino. Cojo una copa de blanco de la bandeja de la entrada, doy un trago largo y me asomo al bullicio del salón, donde se me forma una sonrisa de inmediato.
Adela está bailando en mitad de la estancia, y no es para nada una sorpresa.
Es de esas personas que no pueden evitar que el espacio se vuelva perfecto para iluminar al resto que la acompaña.
Lo que no esperaba —y atrae un cosquilleo en el estómago— es verla bailando pegada a una mujer que no conozco.
Es alta, guapísima, con una melena oscura despampanante y un vestido azul marino ajustado que le queda de infarto. Debe de ser una de las invitadas de Álex, porque antes la he visto charlando cerca de la terraza con Dani e Irene, aunque nadie se ha molestado en presentármela.
La mujer se inclina hacia Adela para decirle algo al oído por encima de la música. Adela echa la cabeza hacia atrás, soltando una risa radiante y libre que yo me conozco demasiado bien.
La desconocida le coloca una mano en la cintura con una soltura que me parece poco normal. Doy otro sorbo de vino, obligándome a tragar mientras el líquido me quema la garganta. «Tranquila, el arte de bailar es un comportamiento social ya documentado en la especie humana».
La mujer vuelve a susurrarle algo y Adela responde acercándose un poco más, reduciendo la distancia hasta que sus rostros quedan a escasos centímetros.
No escucho nada de lo que dicen, pero veo cómo Adela la mira con esa chispa juguetona y peligrosa que suele reservar para sus coqueteos sin compromiso.
En fin, lo de Adela bailando con una desconocida preciosa tampoco debería significar nada. Es Adela siendo Adela.
—¿Qué es lo que te preocupa tanto?
Su hermano se pone a mi lado, y poco después Álex sigue la dirección de mis ojos.
«Mierda», pienso. Pero él no dice nada. De hecho, solo le da un trago a su cerveza.
—¿Te apetece salir un momento al patio? Necesito un pequeño respiro antes de que mi madre me obligue a probar otra empanada más.
—¿Es que no estás disfrutando de la fiesta? Porque ha sido todo un acierto —le dejo claro sin pestañear.
—Y como soy el cumpleañero, te exijo cinco minutos.
Nos escurrimos por la puerta trasera hacia el pequeño patio de la casa.
El aire fresco me golpea la cara y lo agradezco en el alma.
Desde aquí, la música y el barullo del salón llegan amortiguados, y las luces cálidas se reflejan sobre los cristales de la ventana.
Mollete sale tras nosotros trotando con sus patas cortas y va directo a investigar una maceta.
Álex se apoya contra la pared de piedra, cruzando los tobillos, y me mira de reojo.
—¿Qué tal va el guion?
La pregunta me pilla un poco de sorpresa. ¿A qué vendrá ahora esto?
—¿El guion? —repito, parpadeando.
—Sí, esa historia maravillosa que estás escribiendo —recalca como si no le hubiera oído.
—Deja de hacerte el graciosillo —le recrimino, apuntándole con mi copa—. Y para que lo sepas, he avanzado bastante. He conseguido reestructurar la trama principal.
—¿Y la protagonista? ¿Sigue parada delante de la famosa puerta?
—No, para tu información ya la ha abierto —digo con un matiz de orgullo.
Álex arquea las cejas con sorpresa.
—Vaya. Estoy sorprendido, para qué te voy a engañar —responde, escondiendo su sonrisa en el botellín de cerveza—. Pero estoy orgulloso de ti, muchísimo. Creo que va a ser un paso bastante importante.
¿Seguro que seguimos hablando del guion?
—Es solo ficción, Álex. No le busques tres pies al gato.
—Todo empieza por la ficción.
Le doy un codazo cariñoso en el costado.
—Estoy reescribiendo varias escenas. Creo que el problema del personaje era que intentaba tener todas las respuestas controladas antes de dar un paso. Y la vida no funciona así, por mucho que lo pretendamos.
—Mucho más realista, sí —asiente él.
—Y más agotador para mí mientras escribo.
—Pero infinitamente mejor para la historia.
Me encanta poder hablar de Álex de esta manera. Normalmente nuestras interacciones se reducen a vacilarnos mientras él intenta sacarme información de mi vida sentimental para luego usarla en mi contra.
—¿Y qué, ya tienes ganas de volver al trabajo? —pregunta, cambiando de tema.
—Sí, la verdad es que sí —admito mientras echo un vistazo a las calles—. Bueno, no te voy a mentir, me da un poco de pereza —sonrío—. Pero he echado mucho de menos la rutina de la cafetería. El olor a café por las mañanas, los clientes habituales…
No digo que la rutina que he echado de menos es estar continuamente con Adela. Pero incluso Álex tiene ese radar siniestro y probablemente me lo habrá leído por mi expresión.
—A Adela también le ha venido de cine este parón —comenta él con naturalidad, mirando hacia el tragaluz del salón.
Pongo todos mis sentidos en alerta roja.
—Creo que necesitaba parar el ritmo —añade poco después.
—Sí, hoy se la veía bastante más tranquila.
—Lo está. Hacía tiempo que no la veía sonreír así, sin esa tensión constante de llevar el negocio sobre las espaldas.
Miro hacia la ventana del patio. Desde nuestra posición puedo ver parte del salón iluminado. La silueta de Adela aparece y desaparece entre la gente, moviendo los brazos con energía mientras habla con alguien.
—Me alegro mucho por ella —murmuro.
—Yo también. Llevaba una temporada rara, ¿sabes? Como… muy a la defensiva, no sé.
No respondo, simplemente contemplo el borde de mi copa.
—Creo que… —continúa Álex, dando un trago a su cerveza—… a veces se esconde demasiado detrás del trabajo. Y de la cafetería.
—Es su proyecto, es normal que lo dé todo porque vaya bien.
—No, yo diría que no va por ahí —añade Alex—. Porque también se está escudando en otras cosas.
Lo miro de reojo.
—¿Qué otras cosas?
—Citas exprés, gente de paso, mantener la agenda llena para no tener un segundo a solas con sus pensamientos… —Se encoge de hombros—. Mi hermana lleva años repitiendo ese mantra de que está perfectamente sola y que no necesita a nadie a su lado después del divorcio.
—Y puede estarlo. Hay gente que es feliz así.
—Claro que se puede —coincide Álex sin un solo gramo de juicio en la voz—. Pero una cosa es estar sola porque te apetece y otra muy distinta es estar sola porque te da pánico volver a necesitar a alguien y que te rompan el corazón.
La frase me golpea con fuerza en el pecho. Inmediatamente pienso en la conversación que tuvimos en el restaurante, en cómo Adela me confesó que quizá se estaba equivocando al cerrar todas las puertas. Pienso en mí misma prometiéndole que yo jamás me iría de su lado. Trago saliva con dificultad.
—Creo que últimamente está pensando en cambiar eso —le comento.
Álex sonríe con dulzura.
—Puede ser. A mí me da esa sensación.
Siento una punzada aguda en las costillas. Pequeña, estúpida y muy, muy egoísta.
—Solo espero de corazón, que encuentre a alguien con quien pueda ser feliz —añade Álex, mirando hacia las estrellas.
La frase cae entre los dos limpia y transparente. Me quedo contemplando el suelo mientras Mollete sigue entretenido intentando desenterrar algo invisible en la tierra de la maceta.
—Sí —consigo responder—. Se lo merece muchísimo. Es una mujer increíble.
—Lo es.