Mi guion llamado TÚ 16
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Adela

—Venga, seguro que no fue para tanto —dice Álex mientras sigue cortando queso curado.

Lo miro desde el otro extremo de la encimera con toda la dignidad que puedo reunir después de veinte minutos colocando aceitunas en cuencos.

—Es fácil decirlo cuando tú no estabas allí —le ataco apuntándole con una aceituna negra ensartada en un palillo—. Así que tu opinión, aunque bienintencionada, me la paso por ahí.

Álex suelta una carcajada y se apoya en la encimera.

—Ese argumento lo suele utilizar la gente que vuelve de un festival de tres días sin ducharse o de una cena navideña con toda la familia. Pero pasaste un fin de semana en Liébana.

—Te juro que fue infinitamente peor que una cena familiar —protesto, metiéndome una aceituna en la boca—. En el sentido de que las paredes de esa casa no valían para nada.

Álex deja el cuchillo sobre la tabla y se gira del todo hacia mí. Apoya la cadera en la encimera y se cruza de brazos, sonriéndome.

—A ver si me aclaro. Pasaste un fin de semana en una casa rural preciosa, rodeada de monte, comiendo como una reina y paseando a Mollete al aire libre. Cocido lebaniego. Paisajes. Naturaleza pura y dura… No sé, yo no le puedo ver ninguna pega.

—¡Porque no estabas con una pareja en plena fase de «no podemos tener las manos quietas»! —exclamo levantando los brazos.

—Ya veo…

Lo señalo con el dedo índice.

—Ni te atrevas a criticarme, Alejando. ¿Queda claro? —le advierto.

—Tranquila, que parece que me vayas a matar —bromea, y lo vuelvo a fulminar con la mirada.

—Matarte no lo sé, pero que voy a necesitar un psicólogo, sí. Menos mal que a Mollete esto le resbala.

Mi hermano suelta una carcajada.

La cocina parece haber sufrido una explosión de comida.

Hay varios platos con tortilla de patatas, tres tipos de queso, embutidos y canapés variados cubriendo hasta el último centímetro de la encimera.

En el horno se termina de dorar una quiche que es receta de nuestra madre y según ella «imprescindible para el evento».

Y en la nevera esperan dos tartas enormes que ella misma ha elaborado a primera hora de la mañana.

La fiesta empieza en menos de dos horas. Vendrán Lucía —la madre de Miri—, Pol, Sara, Beto, Irene, Marcos, Dani y un grupo de amigos de Álex con los que no he coincidido tanto.

Yo he venido temprano para echar una mano.

Y, para qué nos vamos a engañar, porque después de bastantes días alejada de La Molienda, necesito mantener las manos ocupadas para no volverme loca.

Me quedan exactamente cinco días de vacaciones.

Cinco. Y, por primera vez desde que monté la cafetería, no estoy contando los minutos para volver a ponerme el delantal.

El descanso me ha sentado de maravilla. He dormido ocho horas seguidas por primera vez en años, he paseado con Mollete por la playa, he ido al cine sola a ver una de acción, he leído un par de novelas de una tirada y hasta he conseguido estar varios días sin preguntarle a mi hermano qué tal va todo en la cafetería.

—A mí me hubiera gustado que te fueras de viaje bien lejos en lugar de quedarte por aquí —dice Álex y pone lonchas de queso en la bandeja—.

No sé, Lisboa. Oporto. Algo con tranvías amarillos.

O Escocia, para beberte un whisky bien frío y ver paisajes verdes de película —argumenta—.

Algo mejor, en vez de estar aquí, contando los días.

—¿Y perderme la fiesta de mi hermano pequeño? Ni de coña —respondo dándole un empujoncito con el hombro—. Hay prioridades en la vida: las tartas de mamá, ver tu cara de felicidad y estar con Mollete. Todo eso me es más importante que un gran viaje.

—Podías haber mandado un regalo con una nota elegante —se ríe él—. «Feliz cumpleaños, hermanito. Disfruta de la quiche de mamá. Yo estoy en una playa del Caribe apurando un mojito». Y te habrías ahorrado veinte minutos colocando aceitunas.

—Que no, aquí estoy mejor —le aclaro—. Además, con la escapada al monte del amor ya he tenido aventura para todo el año. Lección aprendida.

Álex levanta una ceja.

—Pues sí que te ha escocido.

—¿Escocer? ¡Para nada! Fue una lección de lo más instructiva —miento con descaro, cogiendo un trapo para limpiarme las manos—. Jamás debes ir de aguanta velas con nadie —sentencio cruzándome de brazos.

Álex se ríe de nuevo. Luego da un paso hacia mí, y me da una palmadita en la espalda.

—Y no será que el problema no fue la escapada, sino que…

El timbre de la puerta suena antes de que pueda rematar la frase. Mollete, que estaba en el sofá del salón, se pone en pie de un salto y sale disparado hacia la entrada.

—¡Yo voy! —anuncio atropelladamente, tirando el trapo sobre la encimera.

—¡Cobarde! —me grita mi hermano desde la cocina, pero su risa le delata.

Mollete ignora las órdenes de que se calme y suelta un par de ladridos agudos mientras araña la madera de la puerta. Paso la mano por el pomo y abro.

Miri apenas tiene tiempo de poner un pie en el recibidor. El perro se abalanza sobre ella, le planta las patas delanteras en las piernas y la llena de besos.

—¡Pero bueno! —exclama Miri agachándose para recibir el ataque—. Ven aquí, campeón.

Mollete se pone sobre las dos patas traseras, apoya todo su peso en las rodillas de Miri y empieza a menear el trasero de una forma exagerada. La felicidad del animal es contagiosa. Y entonces Miri se ríe, a la vez que mi corazón encuentra de nuevo el hueco perfecto.

Lleva unos vaqueros desgastados, unas converse y una camiseta gris con un estampado debajo de una chaqueta verde cazador que le queda grande.

Las gafas de pasta se le han escurrido hasta la mitad de la nariz por culpa de los brincos del perro.

Trae el frío de la calle pegado a la ropa, y su perfume —ese olor a vainilla y café que conozco de memoria— inunda el recibidor aplastando el olor de la quiche.

—Menudo bicho está hecho —comento, refiriéndome a Mollete.

Miri levanta la cabeza y me mira desde el suelo. Me dedica una sonrisa radiante que le arruga los ojos tras los cristales. Las gafas le siguen bailando en el tabique.

—Qué bien que Mollete esté contigo, porque he traído algo… —dice hurgando en el bolsillo de su chaqueta.

Saca una bolsa pequeña de plástico y Mollete empieza a mover el culete.

—No deberías consentirlo tanto —la riño cariñosamente—. Hay que ponerle límites a este perro. Aunque estemos de vacaciones.

—Puede ser, pero me chifla consentirlo —responde ella, entregándole un trocito de cecina seca que el perro engulle sin masticar—. Ver esa cara de «por fin el universo tiene sentido»… Vale cada céntimo.

Nos quedamos mirándonos un segundo en mitad del pasillo.

Un segundo suspendido en el aire. Y entonces ocurre algo ridículamente cotidiano: Miri abre los brazos y yo doy un paso al frente de manera automática.

Nos abrazamos. Un abrazo normal, de mejores amigas.

El problema es que llevaba casi una semana sin tenerla cerca y ahora noto demasiado el calor de su cuerpo contra el mío, su mejilla rozando mi pelo y sus brazos rodeándome con confianza.

Respiro hondo sin querer. Huele al frío de Santander, a su champú de manzana y a algo que he echado terriblemente de menos estos días, aunque me negara a admitirlo.

No quiero ser la primera en soltarme. Me parece un crimen separarme de ese calor. Así que, haciendo un esfuerzo sobrehumano, me aparto.

—¿Has descansado algo estos días? —me pregunta, estudiándome la cara.

—Bastante, la verdad. Mucho más de lo que esperaba —miento—. He dormido como una marmota, he paseado al perro, he leído, fui al cine sola… Incluso sobreviví a una tarde entera de compras de lámparas con mi madre.

Miri se ríe, ajustándose las gafas con el dedo índice.

—¿Y tú? —le pregunto—. ¿Has estado muy ocupada con…?

—Qué va. Llevo días sin ver a Gemma —responde quitándole importancia con un gesto de la mano—. Está hasta arriba con un proyecto nuevo. Así que he aprovechado para entretenerme con el piso. Limpieza a fondo y todas esas cosas.

Quiero sonreír, pero no soy capaz de hacerlo.

—Creo que voy a vender bastante material en Wallapop —continúa ella mientras se quita la chaqueta verde y la cuelga en el perchero—. No sabes la de cajas que no he abierto en años, ropa, libros…

—¿Por qué no me has llamado? —le recrimino dándole un golpecito en el brazo—. Te habría echado una mano encantada. Con café del bueno y sin cita previa. ¿Qué es lo que quieres vender?

—Pues libros que tengo repetidos, ropa que ya no uso… Y probablemente algunas cosas de videojuegos antiguas — enumera contando con los dedos—. Consolas viejas, mandos… Lo normal.

La miro horrorizada, exagerando el gesto.

—¿Vas a vender tus cosas frikis?

—Son cosas que ya no uso —se defiende riéndose—. Hay que dejar ir lo viejo para que entre lo nuevo.

—¿Quién eres y qué has hecho con mi Miri?

—Estoy intentando madurar, Noguera —dice encogiéndose de hombros, aunque sus ojos brillan de diversión—.

Además, cuando estás sola en casa y te pones a ordenar, te das cuenta de que hay historias que ya va tocando cerrar.

O vender. O regalar. Es un proceso raro, pero bastante liberador…

Así que, si sobrevivimos al cumpleaños de tu hermano, podrías pasarte el domingo y ayudarme a etiquetarlo todo.

Inventario, decisiones drásticas, buena compañía y un café.

Si te apetece, claro. El domingo. Nosotras, las cajas y el caos.

Mueve las cejas de esa manera absurda y encantadora que me hace derretirme por dentro.

Me quedo mirándola un segundo. El domingo.

En su piso. Las dos solas entre cajas y recuerdos.

Una parte completamente racional de mi cerebro me grita que hemos pasado cientos de domingos juntas en su salón comiendo pizza y que no hay nada extraordinario en la propuesta.

Pero otra parte, la que vive en permanente combustión, coge la palabra «domingo» y la guarda como si fuera un tesoro de valor incalculable.

—Dudo muchísimo que haya algo entre tus trastos que me pueda interesar —bromeo para disimular la sacudida de mis pulsaciones. Pero yo encantada.

Desde el fondo del pasillo llega la voz de Álex, rompiendo el momento como un elefante en una cacharrería.

—¡Oye! ¡¿Me vais a ayudar a montar los canapés o vais a seguir ahí fuera?! ¡Que el cumpleañero soy yo y hay cuatro bandejas esperando! ¡Prioridades, por favor!

Miri mira hacia la cocina y se echa a reír, un sonido fresco que llena todo el recibidor.

—Será mejor que entremos antes de que tu hermano se ponga a llorar —dice quitándose las zapatillas para ponerse las de estar por casa que siempre tiene guardadas en el recibidor.

—Te sigo —le guiño un ojo, dejándola pasar delante de mí mientras disfruto de la vista de su espalda y del olor a perfume que deja a su paso.