15
Miri
Mollete avanza como si fuera el líder de una expedición.
Lleva la barbilla alzada, orejas al viento, correa tensa y un trote alegre, convencidísimo del lugar que pisa.
Cada tres metros clava las patas para olfatear cualquier cosa con la que se cruza, y luego pega un tirón, obligando a Adela a dar tres zancadas rápidas para no perder el equilibrio.
—Como siga a este ritmo, nos planta en Asturias a la hora de la comida —comento sacando el móvil del bolsillo para inmortalizar el momento—. Todo dependerá de la calidad del pipí que vaya encontrando por el camino.
Adela, que lleva la cinta de la correa enrollada en la muñeca, suelta una carcajada. La brisa del valle le agita la melena y el sonido se mezcla con el tintineo lejano de algún cencerro.
—Ni de coña —se ríe Adela, apartándose un tirabuzón de la cara—. Te apuesto un café a que en nada me pide que lo lleve en brazos.
Mollete gira una de sus orejas hacia nosotras, indignado, y lanza un ladrido corto.
—Tú ni la escuches —le susurro a Mollete, agachándome un segundo—. Yo sí creo en ti.
El perro agita el trasero con entusiasmo. Otra foto para el archivo. Si sigo a este ritmo, cuando volvamos a Santander voy a tener que comprar espacio extra en la nube.
El sendero serpentea entre prados de un verde que es una maravilla a los ojos, húmedos por el rocío mañanero.
A nuestra izquierda se alzan robles y castaños; a la derecha, las montañas de Liébana se ven imponentes, con las cumbres medio envueltas en jirones de nubes blancas.
Respiro hondo. Joder, cómo necesitaba esto.
Álex tenía razón, tenía que salir del bucle de La Molienda.
—Menos mal que has podido quedártelo unos días más —comento, apuntando con la cámara a Mollete—. Hubiera sido horrible que el pobre se perdiera esto.
Adela se vuelve hacia mí sin dejar de andar. Lleva sus eternas gafas de sol sobre la cabeza aguantándole el pelo, junto a una sonrisa arrolladora.
—Ya te digo —exclama, dando un saltito para esquivar un charco—. Parece que ha nacido para ser un perro de aldea.
Ella se adelanta, y nos deja a unos pocos metros atrás.
Gemma, que camina a mi lado con las manos metidas en los bolsillos de su chaqueta, observa al animal con una sonrisa mínima en los labios.
—Aunque sin él también habríamos tenido bastante más libertad, ¿no? —comenta, dirigiéndose a mí—. Siempre es una responsabilidad ir con un animal o con un niño, condicionan mucho las cosas. Yo, desde luego, espero librarme de las dos.
Suelta una carcajada, como si acabara de decir una broma inocente. Yo intento corresponderle con una sonrisa, pero se me queda congelada en la comisura. «¿Tampoco quiere niños?».
Nunca he sido de las que tienen un reloj biológico gritándome, pero siempre he asumido que, si encontraba a la persona adecuada, la idea de formar una familia no estaba fuera de la mesa. Escuchar su categórico «espero librarme» me deja en silencio.
—¡Chicas, venid aquí! —grita Adela—. ¡Mirad esto!
Ignoro esto y voy hacia ella. Cuando llego al borde del mirador, me quedo sin aliento. El valle que se despliega ante nosotras en un espectáculo de verdes, grises y ocres que se pierde en el horizonte.
—Madre mía… —murmuro.
Gemma saca su teléfono, ajustando el encuadre.
—Es un encuadre precioso. Poneos juntas.
Adela no se lo piensa dos veces: me pasa un brazo por encima de los hombros y me arrastra hacia su lado. Yo le rodeo la cintura con un brazo y pego mi cabeza a la suya.
—Sonreíd —instruye Gemma tras el objetivo.
El perro, que estaba felizmente entretenido mordisqueando un palo, trota hacia nosotras con las orejas moviéndose, se cuela entre las piernas de Adela y se sienta sobre mis botas, mirando a la cámara como si fuera un modelo profesional.
Gemma aprieta el obturador y sonríe.
—La foto perfecta.
· · ·
Dos horas después, tras una bajada en la que Mollete ha tenido que ser trasladado en brazos, llegamos a las callejuelas del pueblo.
Encontramos un restaurante rústico con una terraza cubierta muy acogedora donde nos confirman que el perro es bienvenido. Cuando el camarero nos sirve los platos de cocido lebaniego, el mundo a mi alrededor se detiene. El olor es una experiencia religiosa.
—Si me muero ahora mismo, decidle a todo el mundo que fui feliz delante de este plato —declaro mientras cojo la cuchara.
Adela sirve vino de la casa en las tres copas.
Cuando llevamos media hora comiendo, el móvil de Gemma vibra sobre la mesa y frunce el ceño ligeramente.
—Perdonadme un segundo, chicas —nos dice y se levanta—. Es uno de mis clientes más importantes.
Se inclina y me planta un beso rápido en los labios. La veo salir hacia la calle, sacar un paquete de tabaco y encender un cigarrillo mientras habla por teléfono.
—¿Estás bien? —la voz de Adela me trae de vuelta a la mesa—. Porque hasta hace un segundo parecías feliz y ahora…
Ha dejado la copa sobre la mesa y me estudia con los labios apretados.
—Estoy muy bien. Y también feliz —disimulo, probando otra cuchara del cocido—. Gemma tiene sus cosas, pero no todos somos perfectos, ¿verdad?
—Mi mejor amiga es una friki a la que la mayoría de veces no entiendo, así que no, no todos somos perfectos.
Le doy un manotazo en el brazo.
—Imbécil.
—Me amas —dice ella, y me guiña un ojo. Después se apoya en la mesa, acercándose un poco más a mí.
—¿Sabes qué? Veros a las dos me ha hecho pensar.
—¿En qué? —me intereso.
Adela me da un golpecito en la mano, rozando sus dedos con los míos.
—Ver la complicidad que tenéis… no sé, ha hecho que me dé cuenta de que me siento un poco sola.
La palabra «sola» sale de su boca con un peso enorme, casi trágico, sobre todo, viniendo de una tía tan magnética, arrolladora y llena de ligues como Adela Noguera.
—¿Sola?
Ella afirma con la cabeza.
—Álex me lo dijo el otro día —continúa ella, mirándome—. Que no me paro a pensar en lo que quiero de verdad porque me da pánico volver a pasar por lo que pasé con Bea. Y siento que tiene razón, porque me he dado cuenta que estar así… ya empieza a dolerme.
—Puede que las cosas acabaran mal con Bea, sí —le respondo, y le dedico una sonrisa—.
Pero eso no significa que no merezcas alguien que te quiera.
Eres una mujer increíble. Divertida, guapa, inteligente, arrolladora…
La tía que consiga quedarse a tu lado va a ser la persona más afortunada del planeta.
Adela levanta la vista y me mira directo a los ojos. En su mirada hay un brillo nuevo que me atraviesa entera. Y poco después, lo acompaña con una sonrisa.
—Gracias —susurra—. De verdad. No sé qué haría yo sin ti.
Se echa hacia atrás en la silla, suspirando con alivio, como si quitarse ese peso de encima le hubiera devuelto la vida.
—Pues nada —dice, recuperando su sonrisa pícara y guiñándome un ojo—. Habrá que ponerse las pilas. A lo mejor va siendo hora de dejarme de tonterías y empezar a tener citas de verdad.
Un pellizco amargo y traidor me atenaza las entrañas al oírla hablar de buscar a alguien «de verdad». La ironía de la vida: yo animándola a abrirse al amor y muriéndome por dentro ante la idea de verla enamorada de otra persona cuando estoy saliendo con Gemma.
—Me parece perfecto —consigo decir y le doy un sorbo al vino—. Pero vas a tener que dejármelas ver antes. Yo seré la encargada de pasar tu filtro de calidad.
—Trato hecho —se ríe Adela y alza su copa para brindar—. Tu visto bueno será obligatorio.
Bajo la vista hacia Mollete, que duerme plácidamente entre las dos después de haber conseguido que le rascara la cabeza.
Para él el mundo es demasiado simple: comida, atención y la certeza de que estamos las dos aquí.
Vuelvo a mirar a Adela. Lleva los rizos algo revueltos por el paseo, las mejillas coloreadas y esa familiaridad que ha ocupado muchos años de mi vida.
Tanto tiempo que me cuesta imaginar qué demonios quedaría de mí si algún día esta mujer desapareciera.
El pensamiento me resulta tan absurdo como dolorosamente real.
Bebo otro sorbo de vino buscando un par de segundos de tregua y fuerzo una sonrisa.
—Ya sabes que a mí me vas a tener siempre. Para lo que sea —le recalco.
—Eso espero —murmura ella. Después deja de hacer girar la copa y me mira—. Porque sin ti… la vida sería demasiado silenciosa.
Adela baja la mirada hacia nuestras manos, cuyos dedos ahora entrelazamos. Durante un segundo, todo lo que llevo semanas intentando clasificar dentro de mi corazón salta por los aires: Gemma, mi cobardía, su soledad y años de amor contenidos en el calor de su piel.
Entonces capto un movimiento a su espalda. Gemma está cruzando la puerta con paso rápido y el rostro tenso. Retiro la mano tan deprisa que casi derribo la copa.
—¿Va todo bien? —le pregunto a Gemma.
—Chicas, tenemos un problema —contesta, deteniéndose junto a nosotras—. Voy a tener que volver a Santander ya mismo.