Mi guion llamado TÚ 14
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Adela

—Por favor, que se duerman ya…

Adela : Como no paren, me tiro por la ventana. Hasta Mollete se está traumatizando.

Pulso «enviar» con el pulgar y dejo caer el teléfono sobre el colchón como si el aparato tuviera la culpa de mi calvario.

Spoiler : no la tiene. La culpa la tienen las paredes de esta maldita casa rural.

Estas preciosas, rústicas, encantadoras y aparentemente gruesas paredes de piedra que hace apenas unas horas me parecían una maravilla de la arquitectura y que ahora no son más que un fraude.

El silencio de mi habitación se rompe con una risa amortiguada. La de Miri.

Cierro los ojos con fuerza, hundiendo la nuca en la almohada. «No. Por favor. Apiádate de mí, Señor» . A continuación, escucho la voz de Gemma, un murmullo que me revuelve las tripas. Al menos, ya no está gimiendo.

Giro la cabeza para mirar a Mollete. El pobre animal está tumbado sobre la alfombra, con las patas delanteras estiradas y el hocico apoyado entre ellas. Al oír un nuevo murmullo, levanta una oreja.

—Ni preguntes —le susurro—. Yo tampoco quiero saberlo.

El móvil vibra sobre las sábanas. Mi queridísimo hermano ha respondido con un meme de una mujer mirando a cámara con cara de trauma mientras detrás de ella arde una habitación entera. El cabrón tiene un sentido del humor macabro y, precisamente por eso, imperdonable.

—Lo odio… —refunfuño para mí misma.

Mollete suelta un bostezo a la vez que llega otro mensaje de Álex. Esta vez es un GIF de una persona colocándose unos auriculares de aviador del tamaño de una sandía. Me llevo una mano a la frente. Como siga así lo mato en volver a Santander.

Finalmente, aparece un mensaje de texto:

Álex : Era a lo que te arriesgabas yendo de viaje con ellas, hermanita. Podrías haberte buscado tú también un ligue y así amortiguabas el ruido.

Resoplo tan fuerte que el flequillo se me dispara hacia arriba.

—Pffff, no sé a quién —pronuncio, hablándole al aire de la habitación.

Podría haber llamado a Claudia. O a Tere, o quizá a Juana, aunque con ella hace meses que la cosa se enfrió. Podría abrir cualquiera de las tres aplicaciones que tengo en el móvil, intercambiar cuatro frases con alguna tía y dejar que la noche fluyera. Jamás he tenido problemas para eso.

Me encantan las mujeres, me apasiona el juego del coqueteo, el sexo sin rodeos.

Sin embargo… no hay ni un solo nombre que me venga a la cabeza. Ninguna mujer cuya presencia aquí me hubiera hecho pensar: «Sí, con ella este viaje habría sido perfecto».

Me dejo caer hacia atrás hasta que la cabeza choca contra el cabecero. El contacto me obliga a soltar un suspiro.

Durante años me he vendido la moto, diciéndome que esta es la vida que quiero.

Tengo un negocio en Santander que va de maravilla, una red de amigos increíble, una familia desastrosa pero que está ahí si las cosas se tuercen, un perro que comparto con mi exmujer como si fuera un hijo, y una independencia que he defendido con uñas y dientes desde que firmé el divorcio. Nunca me he sentido sola.

O eso me contaba yo.

Porque ahora mismo, metida en una cama ajena en mitad de Potes, escuchando a mi mejor amiga pasárselo de muerte con otra mujer al otro lado de una pared, me da por pensar si no habré estado confundiendo durante años el estar acompañada con tener a alguien de verdad.

Porque sí, tengo gente. Pero mi única constante es Miri. Siempre ha sido Miri.

Una nueva risita se cuela desde la habitación de al lado, obligándome a apretar los labios.

— Y ahora se ha encontrado a otra…

Mollete levanta la cabeza y me clava sus ojos oscuros. Se me queda mirando sin parpadear, como si fuera un juez emitiendo un veredicto.

—Ni se te ocurra —le advierto al perro, señalándolo con el dedo—. No lo digo por eso. Miri puede salir con quien le dé la gana. Faltaría más. Y a mí me parece fenomenal.

Mollete deja caer la cabeza sobre las patas y suelta un bostezo. El escepticismo de este animal debería estudiarse en las universidades.

Me tapo la cara con la almohada. Esto es ridículo. Yo no estoy celosa. Los celos son para cuando quieres algo que le pertenece a otro. Y yo no quiero a…

Desde el suelo me llega un lloriqueo. Aparto la almohada y veo que Mollete está pegado al colchón, pegando con el hocico a la manta.

«Que le den a cuidar sábanas ajenas».

—Vale, sube —cedo, agarrándolo por el lomo y levantándolo de un tirón.

En cuanto lo suelto sobre la cama, el tío se escurre por debajo del edredón, da dos vueltas sobre sí mismo y se acopla contra mi costado. El calor de su cuerpo calma un poco la aceleración que llevo por corazón.

Mollete suelta un suspiro relajado, quedándose traspuesto al instante.

Le acaricio el lomo mecánicamente. Mi teléfono vuelve a vibrar, pero no pienso mover un dedo para cogerlo.

A partir de mañana voy a ser la reina de las vacaciones.

Voy a patearme todo Potes, a respirar aire puro, a ponerme ciega a cocido lebaniego y a dejar de darle vueltas a cosas que no me incumben.

Y, sobre todo, si me voy de viaje con estas dos, no pienso compartir pared con Miri cuando viaje con un ligue.

«Más bien su novia», dice mi conciencia.

Abro los ojos de golpe en medio de la penumbra.

—Mierda… es su novia.

Escucho a Mollete roncar y bufo. Esto no puede ir a peor.

· · ·

A la mañana siguiente bajo las escaleras con la sensación de que me ha pasado por encima un camión. Si a dar vueltas en la cama como una croqueta y tener pesadillas se le puede llamar dormir, pues sí. He dormido.

Mollete me sigue a trompicones, bajando los escalones de dos en dos con las orejas en movimiento. El olor a café recién hecho me golpea antes de llegar al último peldaño. Intenso y glorioso.

Miri está sola en la cocina. Lleva unos pantalones de chándal, calcetines gordos y una camiseta negra gigante con el logo de un videojuego antiguo que le regalé por su cumple hace tres años.

Está claramente feliz, lo intuyo por como bailotea frente a los fogones mientras espera a que el café termine de subir.

Me quedo parada en el marco de la puerta, observándola sin hacer ruido.

No hay nada extraordinario en la escena, todo hay que decirlo.

La he visto preparar café mil veces en La Molienda.

Pero esta mañana, con la luz otoñal entrando por el ventanal y el perfil de las montañas de fondo, el corazón se me encoge.

Y me entra la extraña sensación de estar perdiéndome algo importante.

Miri se gira para coger una servilleta y me descubre. Su cara se ilumina al instante con una sonrisa enorme. Qué guapa está así de despeinada.

—Buenos días —exclama—. Pensé que tendríamos que ir a rescatarte a la habitación.

Antes de que pueda contestar, Mollete recibe su dosis de caricias mañaneras.

—Buenos días —consigo decir, avanzando hacia la isla de la cocina.

La cafetera empieza a borbotear. Miri apaga el fuego y me dedica un guiño.

—No es el expreso de La Molienda, pero he controlado la temperatura y seguro que está bueno. Mejor al de ayer, desde luego.

—Perfecto.

El sonido me acaricia el alma y me hace sonreír a mí también, casi por inercia. Me pongo a abrir armarios buscando azúcar solo para tener las manos ocupadas y no cometer la estupidez de tocarle el pelo.

—¿Has dormido algo al menos? —pregunta Miri.

Me congelo con la azucarera en la mano. Giro el cuello hacia ella. Miri me mira tras sus gafas con carita de santa.

—Profundamente —miento sin pestañear.

Miri se muerde el labio inferior y las pecas de la nariz se le arrugan.

—Me alegro. Porque hoy nos espera un día completo. He estado mirando rutas y podríamos dar un paseo por la zona de las ermitas y luego bajar a comer al pueblo.

Cojo la taza de café humeante que me tiende.

—Yo me apunto a lo que sea con tal de despejarme. De hecho, estaba pensando que podríamos…

—¡Buenos días!

La voz de Gemma irrumpe desde la escalera, y mi frase se queda colgada en el aire, muerta antes de nacer.

Miri gira la cabeza hacia ella. Gemma aparece radiante, con un jersey de cuello alto color crema que le queda de maravilla y los vaqueros perfectamente planchados. Trae el pelo húmedo de la ducha y la cara descansada después de su gran maratón de placer.

—Buenos días —responde Miri.

Y le dedica esa sonrisa. La sonrisa tierno-atontada que lleva desde ayer y que ahora llena la cocina.

Gemma no se lo piensa: camina hacia Miri, le pasa un brazo por la cintura y le planta un beso en los labios. Es un beso pequeñito, cotidiano, de esos que das cuando ya existe un «nosotras». Ay, esto no me gusta nada.

Carraspeo de forma exagerada, dejándome la garganta en el intento.

—¿Café? —suelto en cuanto las dos se giran.

Gemma me regala una sonrisa amabilísima.

—Por favor. Negro y cargado, si puede ser. Aún estoy despegando.

Me agacho para atiborrar a Mollete de caricias y evitar que vean cómo pongo cara de asco.

—¿Te vas a portar bien? —le hablo al perro con voz de pito—. Claro que sí, porque tú eres un ser buenísimo que no comete ni una sola maldad, ¿verdad que sí?

Mollete me da un lengüetazo en la nariz y menea la cola.

—Vamos a desayunar.

Me levanto del suelo, me sacudo los pantalones y me siento en la mesa de madera. Miri desliza un plato con dos tostadas recién hechas, untadas con mantequilla y mermelada de melocotón. Sabe cómo me gusta el pan, lo tostado que debe estar y que odio la mermelada de fresa. Lleva haciéndolo años.

—Gracias —murmuro, clavando la vista en el plato.

—De nada, señorita —responde ella.

Gemma se acomoda enfrente de nosotras, estirando sus imponentes piernas largas.

—La verdad es que la casa ha sido un acierto total —comenta, untando su tostada con calma—. Hacía siglos que no dormía tan del tirón. Sin un solo ruido.

Estoy a punto de escupir el sorbo de café sobre la mesa, pero consigo tragármelo a duras penas. Miri me mira de reojo y se le escapa una tos sospechosa mientras disimula.

—¿Te has quemado? —me pregunta Gemma con sincera preocupación.

—No, no. Es solo que el café tiene… mucho carácter —consigo articular—. Me alegro de que hayas dormido tan bien, Gemma. Una suerte.

Miri agacha la cabeza, cubriéndose la boca con la mano para que la vea sonreír.

—¿De qué me he perdido? —pregunta Gemma, mirando a una y a otra.

—De nada, de nada —le responde Miri.

Miri estira la mano sin pedir permiso y me arranca un pedazo de mi tostada, para metérselo en la boca con un descaro que me deja helada.

—¡Eh! ¡Eso era mío! —protesto—. Cómete las tuyas.

—La tuya está más rica —responde masticando tan campante—. Se nota la mano profesional.

La miro masticar. Tiene una motita de mermelada justo en la comisura izquierda del labio. Y cometo el error de dejar que mi mano actúe antes que mis pensamientos.

Sin embargo, antes de que esta llegue a su destino, Gemma se me adelanta. Con un gesto dolorosamente íntimo, estira el dedo, le limpia la comisura a Miri y luego se chupetea el pulgar mirándola a los ojos.

Me entra un frío repentino que viaja por toda mi espalda. Agacho la cabeza y me dedico a comerme el desayuno.

—Bueno —interviene Gemma, recuperando el hilo—, ¿listas para la caminata?

—Más que eso —responde Miri, girándose hacia ella—. Estoy deseando fotografiar los paisajes durante la subida.

—¿Y el perro aguantará? —pregunta Gemma, mirando a Mollete, que está sobre mis pies.

—Mollete aguanta lo que le echen —salto de inmediato, alzando la barbilla—. Tiene más fondo que cualquiera de nosotras, ya te lo digo yo. Y si se cansa, puedo cogerlo en brazos.

Gemma sonríe y levanta las manos en son de paz.

Miri me mira fijamente desde el otro lado de la mesa. Las dos sabemos qué estamos pensando. En todas las excursiones por Liencres o por Cabárceno en las que el perro decidía que ya no podía más, acabábamos turnándonos para llevarlo como a un bebé mientras nos moríamos de la risa.

Gemma nos observa a las dos. Su mirada va de Miri a mí, como midiendo el terreno. Pero no dice nada fuera de lugar. Se limita a apurar su taza de café.

—Bueno —dice rompiendo la tensión—, pues mejor nos ponemos en marcha. Voy arriba a cambiarme de calzado.

Se levanta de la mesa, le da un tierno beso en la mejilla a Miri y sube las escaleras.

Nos quedamos las dos solas en la cocina. Miri me mira por encima de su taza. Hay mil preguntas flotando en sus ojos, pero no hace ninguna. Y se lo agradezco. Vaya si se lo agradezco.

Que Miri y Gemma funcionan es una verdad incontestable. Se entienden, se sonríen, encajan. Gemma es lista, es guapa, la escucha cuando Miri se pone a hablar de sus temas raros con una atención que yo jamás he sabido darle. Y lo más importante: Miri está feliz.

Eso debería bastarme para estar tranquila. Su felicidad ha sido una de mis prioridades. Pero entonces, ¿por qué siento que me estoy quedando fuera de su ecuación?