Mi guion llamado TÚ 13
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Miri

Potes, comarca de Liébana.

—¡Mollete, ven aquí! —grita Adela, dejándose la garganta.

Lo único que responde es el viento colándose entre los árboles y el crujido de las hojas secas bajo la capa de niebla que aún se niega a levantarse.

—Creo que lo hemos perdido —suelto, mientras saco una mochila del maletero.

Tengo el cuerpo entumecido tras el viaje y una necesidad imperiosa de café. El aire gélido me da de lleno en la cara, así que me subo el cuello de la chaqueta antes de buscar a la fiera salvaje que no para de correr.

—Esta vez, no se libra del castigo.

Adela aparece por el lateral del coche. Tiene la correa colgando de una mano y una cara que baila entre el pánico y las ganas de cometer un delito. Lleva el pelo hecho un desastre y una hoja seca enganchada en la manga de la cazadora que le da un aire bastante campero.

—Estaba aquí hace treinta segundos —protesta, señalando la rueda trasera con dramatismo—. Si lo llego a saber no le suelto para que vaya a hacer de embutido explorador.

—Mira que te dije que lo dejaras con la correa…

Gemma, que acaba de sacar su maleta con una elegancia que yo jamás tendré, nos mira alternativamente. Pero antes de que pueda hablar, un chasquido entre la maleza nos interrumpe.

—¡Mollete!

Un ladrido agudo, insolente y profundamente satisfecho resuena desde el fondo del terreno. Seguido de otro más lejano.

—Por allí —señalo los arbustos espesos al borde del muro—. Suena demasiado feliz para ser un perro arrepentido.

Adela sale disparada entre la hierba húmeda.

Yo me quedo junto al coche con Gemma, respirando el olor a tierra, leña y humedad de este rincón de Potes.

A lo lejos se recortan las montañas y los tejados de piedra, pero mi atención sigue atrapada en la arrolladora presencia de mi amiga y tormento personal, que todavía corre detrás de Mollete.

—Menudo elemento está hecho —comenta Gemma, mientras contempla el rastro de vegetación aplastada que ha dejado Adela—. Suerte que yo me libraré siempre de esto.

La observo fijamente tras las gafas.

—¿No te gustan los animales? —inquiero.

Gemma se encoge de hombros.

—No especialmente. Aunque no los odio, tranquilízate. Simplemente no soy del club de las que se derriten por cualquier cosa que tenga pelos. Prefiero los espacios limpios. Sin la necesidad constante de atender a alguien que no habla, pero no para de exigirte cosas.

Lo dice con tanta normalidad que no debería de importarme. Cada persona es un mundo, eso lo tengo muy claro. Sin embargo, una pequeña molestia se arremolina en el centro de mi estómago.

—¿Y por qué has querido que Mollete viniera?

Gemma me mira fijamente, esbozando una sonrisa paciente.

—Porque sabía que así sería más fácil que Adela dijera que sí. Y yo quería este fin de semana contigo. Quería conoceros a las dos. No me molesta que esté, solo digo que yo jamás tendría uno. Es una diferencia sutil.

—Ah…

Gemma se acerca un paso y me acaricia la mejilla con la yema de los dedos. El gesto es cálido, bonito, pero mi mente sigue dando vueltas como una peonza.

Antes de que pueda indagar más, el follón regresa a nosotras.

—¡Lo tengo! ¡El criminal ha sido neutralizado!

Adela reaparece cargando a Mollete como si fuera un saco de patatas. El perro lleva una hoja de hortensia pegada en una oreja, las cuatro patas salpicadas de barro y una cara de pillo total. Adela también está llena de barro. Menudo inicio para el fin de semana.

—Estaba persiguiendo a dos pájaros. O a la idea de dos pájaros.

Mollete estira el cuello y le atiza un lengüetazo en plena barbilla. Adela echa la cabeza hacia atrás, apretando los labios para no sonreír.

—No me hagas la pelota —le dice, apuntándolo con el dedo—. Ya estoy vacunada contra tu chantaje emocional.

El perro insiste. Adela cierra los ojos un segundo, tragándose la carcajada.

—He dicho que no. Se acabaron los privilegios. Estás castigado.

Adela levanta al perro para mirarlo a los ojos, y entonces Mollete ladea la cabeza y abre los suyos como si estuviéramos en una película de animación.

—Ni lo intentes —le advierte su dueña—. No pienso levantarte el castigo.

Mollete apoya el hocico en el escote de su sudadera, suspirando. Gemma se ríe con ganas. Y yo me cruzo de brazos.

—Vas a ceder en menos de tres minutos.

—¡Que no! —me espeta Adela, mientras le acaricia la cabecita a Mollete sin darse cuenta—. No pienso dejarme pisotear por un chantajista de tres kilos.

Adela marcha hacia la casa rural cargando al perro y después avanza. La sigo mientras me echo a reír, sintiendo cómo el ambiente cambia por completo. La casa es una maravilla por dentro: vigas de madera, paredes gruesas, una chimenea enorme y unos ventanales que dan directamente al valle.

Gemma deja las maletas junto a la escalera.

—Voy a subir el equipaje —anuncia—. Hay dos habitaciones arriba: una doble con vistas espectaculares y una individual.

—Te ayudo —digo, dando un paso adelante.

—Ni hablar —me frena Gemma con una sonrisa juguetona—. Tú prepara ese café que tanto necesitas. Y controlad al criminal, no vaya a ser que nos la líe otra vez.

Adela deja a Mollete en el suelo.

—Ni se te ocurra moverte de aquí, ¿estamos? —le ordena al perro—. Nada de ir al jardín ni de perseguir a pájaros imaginarios.

El perro la mira, se sienta, se lo piensa dos segundos y gira sobre sí mismo para darle la espalda. Un desprecio silencioso e impecable que solo este teckel puede llevar a cabo.

Suelto una carcajada mientras Adela se lleva las manos a las caderas, indignada.

—¿Tú lo estás viendo? ¡Pretende hacerme el vacío!

—Es un perro, Adela. Se ha girado porque le apetece mirar la chimenea.

—Que no, te lo digo yo. Acaba de declararme la guerra.

Mollete suelta un resoplido dramático por las fosas nasales. Adela lo señala triunfal.

—¡Aja! ¿Lo oyes? Ahí está el desprecio. Seguro que se lo ha enseñado Bea.

Me descojono viva. Pero en cuanto nos quedamos a solas, noto que la mirada de Adela cambia y se queda en silencio.

—¿Y a ti que te pasa? —pregunta, dando un paso hacia mí.

—¿A mí? Nada.

—Miri, no me jodas. Sé perfectamente cuándo pones esa sonrisa de compromiso.

La pregunta me pilla con la guardia baja. Adela tiene un radar para mis cambios de humor que da miedo. Siempre ha sido así. Y por lo visto, nunca cambiará.

—Que no me pasa nada, pesada. Solo tengo ganas de tomarme un café. Y ver cómo un perro de tres kilos te mina la paciencia.

—Ya…

—En serio. Estoy de lujo —insisto.

Adela se me queda mirando unos segundos, recortando la distancia entre las dos. Sabe que le miento, pero no va a indagar más.

—Vale. Por ahora te lo compro. Pero como sigas con esa cara dentro de una hora, te saco la verdad a tirones.

Agradezco y odio a partes iguales que me conozca tan bien.

—¿Preparamos el café y algo de comer? Me rujen las tripas.

—Gemma ha dicho que la nevera está a reventar —dice Adela, marchando hacia la cocina integrada—. Vamos a ver qué tesoros nos han dejado los caseros.

Se abalanza sobre la nevera y la abre como si fuera el cofre del tesoro.

—¡Vaya! Huevos camperos, queso curado, embutido… ¡Y en los armarios hay pan de pueblo! Esto sí es una bienvenida en toda regla.

Gemma baja por las escaleras, habiéndose quitado la chaqueta.

—¿Veis como no exageraba por el camino? —nos dice, con una sonrisa enorme en los labios—. Propongo hacer algo rápido. Unos huevos revueltos, tostadas con tomate y un poco de queso.

—Compro la propuesta —acepta Adela, sacando los ingredientes—. Pero la cadena de mando debe quedar clara: Miri, tú a los tomates. En rodajas finas.

—¿Y por qué yo a los tomates? Puedo hacer los huevos perfectamente.

—Porque la última vez que intentaste hacer huevos revueltos creaste una sustancia gomosa no identificada con la que casi me atraganto.

—Ya me ocupo yo —se ofrece Gemma.

Adela localiza una sartén y la planta sobre el fuego.

Es curioso. Tenía miedo de cómo fluiría la dinámica entre las tres. Pero al parecer era un miedo absurdo.

—¿A qué hora bajamos a Potes? —pregunta Gemma, removiendo los huevos en la sartén mientras el olor a mantequilla lo inunda todo.

—En cuanto comamos —responde Adela—. Quiero pasear por los puentes antiguos. Mi hermano Álex me dio una pequeña lista con sitios que deberíamos visitar.

—Pues genial —comenta Gemma.

Con el café y la comida listos, nos sentamos alrededor de la mesa de madera. La comida está increíble, el pan crujiente y el café huele a gloria. Mollete se ha instalado estratégicamente a los pies de Adela, a la caza de una miguita de queso.

—Miradlo —dice su dueña, dándole un trocito a escondidas—. Qué poco ha durado su indignación.

—Te lo dije —comento con un guiño.

Gemma estira el brazo por encima de la mesa y me busca la mano.

Le doy un apretón, dedicándole una sonrisa sincera.

Es una tía estupenda, de verdad que lo es.

Atenta, madura, guapísima. Pero mientras sostengo su mano, mis ojos se escapan sin remedio hacia Adela, que se está limpiando la comisura de los labios con la servilleta, riéndose de las travesuras de un Mollete al que, claramente, ya ha perdonado.

La aventura en Potes acaba de empezar, la niebla sigue aferrada a las montañas y yo estoy atrapada entre la chica que me gusta en la teoría y la mujer que me ha quitado el sueño durante años en la práctica.

Menudo fin de semana me espera.