12 #2
Gemma se levanta. Rodea la mesa mientras camina despacio. La bata se le desabrocha del todo, y cae un poco por sus hombros, dejando al descubierto sus pechos bajo el encaje transparente, la cintura marcada y las braguitas a juego. El pulso se me para. Y ella se detiene justo delante de mí.
—Ven aquí.
Me levanto, mandando muy lejos de mí los nervios.
Gemma me agarra de la cintura y me atrae hacia ella.
Sus labios buscan los míos en un beso hambriento, cálido, que sabe a tinto y a deseo.
Le rodeo el cuello con los brazos, pegándome a su cuerpo.
La calidez de su piel contra mi ropa me enciende una chispa entre las piernas que me quita el aliento.
Sus manos bajan por mi espalda, se cuelan por debajo de mi camiseta y rozan mi piel desnuda.
Un escalofrío me recorre entera. Gemma deja caer su bata al suelo y se queda en lencería.
Joder, esta mujer es una puta obra de arte.
Toco la puntilla de su sujetador, bajando poco a poco por las costillas, dibujando trazos hasta su cadera.
—Estás increíble —murmuro contra sus labios.
—Y tú llevas demasiada ropa.
Me quita la ropa y desabrocha mi sujetador en un visto y no visto.
Cuando sus manos me atrapan los pechos y sus pulgares me acarician los pezones, suelto un gemido que se le queda en la boca.
Me besa con más ganas, bajando las manos hasta la hebilla de mis vaqueros.
Me ayuda a quitármelos junto con las bragas, dejándome completamente desnuda en mitad del salón.
Nos trasladamos al sofá a trompicones, entre besos ardientes y jadeos.
Gemma se tumba y me arrastra con ella, quedándose entre mis piernas.
Su boca baja por mi cuello, mordisqueándome la clavícula, lamiendo el centro de mi pecho hasta atrapar un pezón con la lengua.
No tarda mucho en succionarlo con fuerza.
Me arqueo hacia arriba, clavándole los dedos en el pelo.
—Gemma… Dios…
Ella baja más, deslizándose por todo mi cuerpo.
Sus besos me recorren el vientre, la ingle, el interior de mi muslo…
haciéndome temblar. Después los acaricia y los abre sin pensárselo un segundo más.
Su lengua encuentra mi clítoris y se me escapa un grito.
Gemma empieza a comerme a placer, sabiendo perfectamente lo que hace, antes de introducir sus dedos dentro de mí, bombeando despacio mientras su boca me devora entera.
—¡Ah! Sí, joder… me encanta —suplico, fuera de mí—. No pares.
El placer me arrolla en cuestión de segundos. Aprieto las piernas y siento cómo el orgasmo me sacude desde dentro hacia fuera. Mi cuerpo tiembla mientras gimo su nombre hasta quedarme sin aire.
Deleitada por la excitación, no la dejo coger aliento.
Me incorporo y mientras la beso, invierto las posiciones.
Me coloco entre sus piernas, le arranco el encaje de un tirón ansioso y le beso la cara interna de los muslos.
Gemma gime, echando la cabeza hacia atrás.
La lamo despacio, saboreando su humedad, y clavo los dedos en su interior caliente, sin tardar mucho en acelerar el ritmo mientras acaricio también su clítoris.
—Miri… joder, Miri… —jadea, agarrándose a los cojines.
Le doy duro, rápido, escuchando unos gemidos que llenan por completo el salón. Su coño se contrae salvajemente alrededor de mis dedos y se corre soltando un grito sofocado, temblando bajo de mí. Le pego un mordisco en el labio inferior y busco de nuevo su boca, acompasando nuestras respiraciones.
Unos segundos después, me lleva corriendo y entre risas hacia su habitación, con la excusa de que se ha quedado helada. Nos tumbamos bajo el edredón, tumbadas de lado y abrazadas. Su cabeza descansa en mi pecho y yo le acaricio la espalda.
—Bueno… —dice Gemma, con la voz todavía bañada por el sexo—. ¿Quieres que luego organicemos el viaje? No quiero que alguien ponga el grito en el cielo.
Le doy un manotazo cariñoso en el culo.
—Eres una manipuladora, que lo sepas.
Ella se ríe, dándome un beso en la barbilla.
—Pero te ha gustado el plan.
—Muchísimo, que lo sepas —le respondo, y me recorre un delicioso cosquilleo por el pecho.
Gemma se acomoda mejor contra mí, cerrando los ojos. Sonrío en la oscuridad, pegando mi nariz a su pelo. Y mi cabeza deja de analizar y simplemente se entrega a lo que viene.
Gemma sonríe y me besa en el hombro. Después deja descansar el brazo sobre mi cintura.
Yo cierro los ojos, y me quedo disfrutando de este momento.
Estoy bien. Más que bien. Me gusta estar aquí.
Me gusta Gemma. Y sí, lo admito, puede que eso sea lo que más me sorprende.
Porque estoy empezando algo que se merece su oportunidad.
Sin comparaciones constantes. Sin convertir cada orgasmo en una pregunta sobre el futuro.
Gemma entrelaza sus dedos con los míos bajo la sábana.
—¿Sabes qué? —murmura. Sus labios vibran contra mi piel.
—¿Qué?
—Tengo muchas ganas de pasar contigo el fin de semana. De verte en un sitio que no sea la cafetería o esta cama. De ver cómo eres cuando no hay horarios de por medio.
Sonrío, todavía con los ojos cerrados.
—Yo también. Aunque todavía no sé del todo cómo va a ser. Lo digo porque no vamos a ir solas.
—Incluso con Adela va a ser genial. Creo que incluso más especial —responde Gemma y se mueve para poder mirarme a los ojos—. Me cae bien y quiero conocerla. Que ella también me conozca a mí.
—Especialmente valiente por tu parte. Ella puede ser… intensa, y protectora. Con opiniones firmes sobre casi todo.
—Bueno, debe ser el talento de las mejores amigas.
Gemma ríe. Sé que pensar demasiado no va a desaparecer de mi naturaleza.
Es parte de mi sistema de defensa. De la forma en que estoy construida.
Pero esta noche, al menos, he conseguido disfrutar mientras lo hago.
Sin reescribir nada del guion. Adoro el peso de su brazo.
El olor de su piel. La certeza de que algo nuevo está empezando y de que, por una vez, no necesito tener todas las respuestas antes de dejar que ocurra.
Y por ahora, me parece un horizonte bastante bueno.