Mi guion llamado TÚ 12
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Miri

—A ver si lo he entendido bien —dice Pol mientras sostiene una carta delante de su cara—: Gemma os propone un fin de semana fuera, invita a Adela porque sabe que es tu mejor amiga, acepta llevarse también a Mollete y tú estás aquí poniendo cara de haber recibido una citación judicial.

—No estoy poniendo ninguna cara. Estoy concentrada en el juego. En no palmarla. Otra vez.

Sara y Beto levantan la cabeza al mismo tiempo. Los tres me miran fijo.

—Vale —rectifico, bajo la carta y resoplo—. Puede que simplemente esté evaluando los riesgos. Nada más.

El tablero de Las Crónicas de Vhaldor es un poema de fichas rojas y decisiones nefastas. Está claro que hoy no es mi día.

—¿Y no te parece una idea cojonuda? —pregunta Pol mientras coloca una ficha roja sobre su personaje, un guerrero que ya debería estar criando malvas—. Porque desde fuera a mí me parece un gesto generoso. Incluso inteligente.

—No es que me parezca mal, pero… es raro. Y todo va demasiado rápido.

—¿Qué parte exactamente? —interviene Sara, dejando el lápiz sobre su cuaderno—. ¿La invitación, el perro, Adela, o el hecho de que a alguien le apetezca conocerte, con todo el pack que arrastras?

—El paquete completo. Creo que es mucho a la vez, y generoso de una forma que todavía no sé cómo interpretar.

Sara ladea la cabeza y se le dibuja esa sonrisita que pone cuando tiene razón.

—Argumento sólido. Lo admito.

—Gracias.

—No era un cumplido, Miri.

Beto mastica una patata mientras estudia las casillas con aire meditativo.

—Pues para mí dice mucho de Gemma —suelta, y traga antes de seguir—. Que quiera pasar tiempo con Adela, perro incluido, y que no intente aislarte… La hace parecer majísima.

Lo miro pestañeando. La sorpresa es real.

—¿Tú diciendo algo emocionalmente maduro?

—Sí. De vez en cuando me da el aire.

—¿Estás bien? Porque la última vez que te vi tan profundo fue tras una partida de dieciocho horas y tres cafés dobles.

—He dormido seis horas, me he metido media ración de patatas y estoy en mi pico de lucidez.

Sara le toca la frente con el dorso de la mano, sobreactuando.

—Febril no está. Solo un poquito raro. Quizá sea crecimiento personal o una falla del Matrix.

Beto le aparta el brazo de un manotazo cariñoso.

—Qué exageradas. Tengo mis luces —protesta llevándose otra patata a la boca—. Pocas, pero las tengo.

—Hace tres semanas dijiste que la prueba de fuego para salir contigo era aguantar una partida de rol de ocho horas sin pedir clemencia en el tercer acto —recuerda Pol, señalándolo con un dado—. Con trampas secretas y sin avisar de las puertas con calaveras.

—Y lo mantengo. Revela carácter, resistencia y tolerancia a la frustración.

Beto señala el tablero con una patata a medio comer.

—Te toca. Y esta vez intenta no salvarme la vida para joder el resto de la partida.

Observo mis cartas en silencio. Mi personaje, una maga de ilusiones, está atrapada en una catacumba de esqueletos porque a mi queridísimo hermano le ha parecido estupendo abrir una puerta que ponía «No despertéis a los guardianes».

—Por cierto —maldigo, tirando los dados contra la mesa—, que quede constancia de que, si morimos aquí, la culpa es de Pol.

Sara suspira, está a punto de acabársele la paciencia. Miro la tirada. Un nueve. Le sumo mi bonificación de inteligencia y el plus de «hermana hasta las narices».

—Quince. Suficiente.

Beto consulta el manual entrecerrando los ojos. Me encanta descubrir juegos nuevos con ellos.

—Pasas. Lanzas la ilusión. El engaño. O la venganza narrativa —me comunica—. Tienes que elegir con sabiduría.

—Perfecto. Crearé un muro falso por aquí… —Coloco la ficha delante de dos esqueletos—. Así se van por el pasillo de la derecha, donde está Pol. —Levanto los brazos—. ¡Justicia poética, nene!

Pol frunce el ceño, herido en su orgullo.

—¿Por qué hacia mí?

—Porque has abierto la puerta. Y hay que poner límites, hermanito.

—¡Soy de tu sangre! Deberías cubrirme las espaldas.

—Mi maga es huérfana, solitaria y bastante rencorosa. Estoy en coherencia con mi personaje.

Sara casi se ahoga con el refresco por culpa de la risa.

—Esto me está saliendo más barato que ir al psicólogo.

Pol me apunta con el dedo.

—Me pienso vengar de tu falta de lealtad en el campo de batalla.

Satisfecha, también bebo un poco. Sara espera a que Pol se distraiga recolocando sus cartas para volver al ataque.

—A ver, Miri… ¿Qué es lo que te reconcome de verdad sobre el fin de semana? Quiero todos los detalles.

Suspiro. Sabía que por mucho que intentara concentrarnos en el juego, no me iba a librar.

—Que Gemma y yo llevamos dos citas contadas… y Adela es Adela. Mi mejor amiga. Mezclarlas tan pronto me da pánico.

Pol levanta la vista, metiendo baza.

—«Adela es Adela». Poético e iluminador. Hoy estás que te sales.

—Solo digo que son dos parcelas que no contaba con juntar tan rápido. Gemma es nueva en mi vida, es transparente, es encantadora. Y Adela es… mi historia. Una fuerza de la gravedad que todavía no soy capaz de controlar.

Sara asiente con compasión. Beto y Pol se me quedan mirando muy fijamente. Como si llevara pegado en la frente un cartel de «todavía no la he olvidado».

—Te entiendo. Mezclar mundos da vértigo —comenta Sara—. Si estuviera en tu lugar me pasaría lo mismo. Aunque también me sentiría muy bien.

—Es que lo que me parece raro es que Gemma no ha puesto pegas, al contrario. Cada vez que he intentado salir con alguien y se ha dado cuenta de mi relación con Adela, ha dado media vuelta —argumento—. Pero ella no. Y no sé si es fingido o si está poniéndome a prueba.

»Quiere conocer a Adela, quiere integrarla en nuestra relación. Y sí, debería estar encantada, pero mi cerebro sigue buscando cualquier cosa que pueda salir mal. Esta noche he quedado con ella para organizar el fin de semana, así que a ver por dónde sale.

Pol vuelve a sonreír con esa cara de lagarto que le sale cuando huela a lío.

—Yo creo que deberías de tranquilizarte un poco. Ya verás como las cosas salen bien —comenta—. Además, ya era hora de que siguieras adelante.

—Tú siempre tan pragmático.

—Bueno, pues cuando volváis podríamos montar una partida juntos —interviene Beto—. A ver si metemos a Adela en el mundillo y nos echamos unas risas con ella y con Gemma.

—¿Adela jugando a esto? —me río—. Tú estás soñando.

—Pues nos dijiste que en Nébula Norte se lo pasó bomba —apunta Sara.

—Eso, yo creo que la has cambiado —añade Beto.

—Ya veremos qué pasa. Por ahora, a ver si salimos vivos de esta.

· · ·

Terminamos la partida una hora después y, milagrosamente, sobrevivimos. Beto se carga al jefe final con un crítico espectacular, Sara cierra el portal mágico y yo salvo a mi hermano de despeñarse por un barranco, solo por el placer de recordárselo las próximas semanas.

Al despedirnos en la puerta del bar, Sara me da un abrazo.

—No le des tantas vueltas, Miri. Deja que las cosas fluyan, anda.

—Le pides peras al olmo. Va en mi naturaleza.

—Pues intenta disfrutar del análisis, al menos.

A las nueve y cuarto estoy frente al portal de Gemma con una botella de tinto en la mano.

He venido en vaqueros, con mi camiseta de Star Wars favorita y una cazadora.

En mi cabeza, el plan era sencillo: pedir algo de comer, mirar con ella algunas casas rurales y volverme a casa antes de medianoche.

Pero obviamente, el destino siempre tiene sus planes.

En cuanto llamo al timbre, la puerta se abre. «Madre de Dios».

Gemma ha tergiversado la definición de «organizar el viaje» de una manera que me deja sin aliento.

Me quedo clavada en el felpudo con la boca abierta.

Está apoyada en el marco con una sonrisa diabólica.

Lleva una bata negra de seda que cae entreabierta lo justo para atisbar el encaje oscuro de una lencería que crea un cortocircuito en la única neurona que me quedaba operativa.

Trago saliva y después, dejo ir todo el aire que tengo en los pulmones.

—Hola —me saluda, con un tono que me derrite las piernas.

—Hola —consigo articular.

Gemma abre más la puerta. Y la seda se desliza un centímetro.

—¿Vas a pasar o qué? La cena está servida. Y también yo.

—Estoy… procesando todo lo que tengo delante —admito, con una sonrisa boba en los labios.

—¿Necesitas un croquis? —se ríe, dándose la vuelta para entrar—. Pros, contras, posibles consecuencias… Se me da bien resumir.

Entro y la puerta se cierra a mis espaldas. Su perfume me envuelve de inmediato. La casa está en penumbra, iluminada por velas y luces cálidas. Hay música suave de fondo y una mesa puesta con pasta, ensalada y dos copas.

—Dijiste que íbamos a cenar y ver lo de la reserva —le reclamo, intentando que no se note lo nerviosa que me ha puesto.

—Bueno… técnicamente, la cena ya la tienes lista. —Gemma se gira, y la bata se le abre revelando un escote de encaje negro que me deja maravillada—. Pero la tendrás según cómo te portes.

—Pues muy bien, ¿cómo me iba a portar?

—Si ponerme un chándal te va a ayudar a situarte en el mapa, lo hago ¿eh?

—De eso nada —le digo, acercándome a ella—. Así estás más que perfecta.

Gemma se ríe con ganas, sirviendo el vino que he traído conmigo.

—Toma. Bebe un poco. Así te sacas esos nervios que tienes en el cuerpo.

—Es que el examen tiene un temario muy sugerente… —me atrevo a responder.

«Madre mía, esta mujer me hace decir unas cosas…»

Nos sentamos a cenar. O al menos lo intentamos. Comer pasta mientras una mujer despampanante te mira con ojos felinos y cruza las piernas, dejando ver el encaje por la apertura de la bata es una tortura maravillosa.

—Entonces… salimos a las cinco, ¿no? —pregunta, mientras mueve la copa de vino delante de ella.

—Sí. Las cinco es buena hora. Nos evitaremos el atasco de salida de Santander.

—¿En tu coche o en el de Adela?

—En el de Adela. Es más grande, cabe la cama de Mollete y ella no soporta que conduzca yo si hay curvas —bromeo y me encojo de hombros—. Dice que soy un peligro público.

—Me parece bien. Ella conduce, tú me entretienes y yo me dejo llevar.

Pestañeo, mirando fijamente el plato.

—Miri.

—¿Qué?

—Me encantas…