Mi guion llamado TÚ 11
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Adela

—Esta comida no debería existir… —murmuro, y estoy a punto de echarme a toser—. Dios cómo quema… —añado y le pego un trago al refresco de naranja.

—¿Qué te pasa? —pregunta arqueando una ceja tras las gafas de pasta.

La miro con ganas de tirarle el caldo por encima. El vapor del dichoso ramen sigue subiendo entre nosotras como una cortina de humo, llenando el aire del puesto con un olor a especias picantes que solo de olerlo me hace sudar hasta el culo.

—¿Que qué me pasa? —repito, echándome hacia atrás en la silla y llevándome una mano al cuello—. ¿Por qué no me has dicho que esto picaba tanto?

—Es fascinante ver cómo una mujer que sabe manejar a clientes neuróticos a diario es derrotada por un poquito de guindilla —me rebate Miri.

—¿Un poco? ¡Y una mierda un poco!

Estamos sentadas en una de las enormes zonas de restauración habilitadas dentro de Nébula Norte.

A nuestro alrededor hay un hervidero de gente vestida con armaduras de cartón piedra, capas flotantes y pelucas de colores que a estas alturas de la tarde ya me parecen normales.

El ruido es ensordecedor, pero debo reconocer que me siento muy bien por aquí.

Eso sí, no vuelvo a cometer el fatídico error de decirle a Miri «sorpréndeme y pide por mí». «Picante medio», decía el cartel con letras luminosas.

Ya, seguro.

Miri niega con la cabeza. Todavía lleva puesta esa gabardina, que le queda de puta madre.

Le marca los hombros, le da un aire de detective de película antigua y resalta sus pecas de una forma maravillosa.

Tiene el pelo un poco revuelto de tanto andar de pabellón en pabellón, y las gafas se le deslizan por el puente de la nariz cada vez que se ríe.

Llevo todo el día fijándome en estupideces que en Santander casi siempre paso por alto.

Quizá porque aquí no estamos en La Molienda.

Aquí Miri no es mi barista estrella, mi mejor amiga, ni la chica que me roba las pastas del mostrador mientras protesta por los clientes especiales.

Aquí es una guionista hiperactiva que se desenvuelve entre la multitud con una soltura que me fascina y me deja boquiabierta.

Una Miri emocionada con las maquetas de naves espaciales y que habla de «arcos dramáticos» con una pasión que le enciende la mirada.

Y lo peor de todo: Gemma conoce esa versión.

La comparte. Y, sobre todo, la entiende.

Ese pensamiento es menos digerible que el puñetero ramen.

—Cómete mi arroz anda, así te sentirás mejor —me aconseja Miri.

Gemma, sin mediar palabra, pero con un gesto impecable, desliza hacia el centro de la mesa un pequeño cuenco de arroz blanco que Miri ha pedido como acompañamiento.

—Gracias —comento, y le doy el primer bocado.

El arroz hace su magia casi al instante, y noto que la lengua deja de arderme.

—Ahora entiendo porque os habéis llevado tan bien desde el principio. Que os guste esto a las dos, debe ser digno de estudio —protesto.

Gemma suelta una carcajada que encaja perfectamente con el sonido que nos rodea.

Y, para lamento mío, me doy cuenta de que es imposible que me caiga mal.

Si fuera una estúpida, una estirada o una de esas pijas insoportables, todo sería facilísimo.

Me mantendría al margen, pondría cara de póquer y luego le diría a Miri que se ha buscado una novia insoportable.

Pero es que la tía es maja. Es inteligente, tiene un sentido del humor fino y desde que me he presentado aquí sin avisar no ha hecho ni un solo gesto de desprecio.

Y, sin embargo, llevo dos horas consciente de cada contacto físico entre ellas.

La mano de Gemma rozando la espalda de Miri para avisarla de que venía un cosplayer con una espada gigante.

Los dedos entrelazados durante diez segundos mientras caminábamos hacia los puestos.

Una caricia rápida en la nuca de Miri para colocarle el cuello de la gabardina.

Gestos normales, de pareja… Gestos que no deberían dolerme en absoluto, pero que están empezando a hacerlo.

—¿Mejor con la boca? —pregunta Miri.

—La verdad es que sí. Pero esa publicidad es bastante engañosa, debo añadir.

Gemma interviene, divertida, señalándome con los palillos.

—A favor de Adela diré que el cartel ponía «medio», cuando no es así.

La señalo a ella con la cuchara, victoriosa.

—¡Gracias! Al menos alguien en esta mesa tiene criterio y no está ciega.

Miri observa a Gemma con gesto de traición.

—Esto no me lo esperaba de ti —bromea, y las tres nos echamos a reír.

Gemma se ríe, estira la mano con sus palillos y le roba un trozo de huevo del cuenco a Miri. A Miri se le dibuja una sonrisa pequeña.

—Oye —protesta—. Que el huevo es sagrado.

—Dijiste que podíamos compartir —comenta Gemma.

—Qué rápido hemos pasado de la primera cita al expolio de alimentos —murmura Miri, aunque sus ojos brillan tras los cristales de las gafas.

Se me vuelve a cerrar el estómago. Me fuerzo a tragar un poco más de arroz, concentrándome en la textura para no tener que mirar cómo Gemma le acaricia la muñeca a Miri por debajo de la mesa.

—He estado pensando una cosa —dice Gemma de pronto, apoyando los antebrazos y cambiando el chip.

Miri la mira entornando los ojos, aunque sin perder la sonrisa.

—Miedo me das.

Gemma le sonríe.

—Ya que vosotras dos habéis empezado las vacaciones y yo tengo el fin de semana que viene completamente despejado… Podríamos hacer una escapada. Las tres.

Me quedo con la cuchara a medio camino de la boca. El ruido del pabellón —las espadas de plástico, la música de 8 bits de la zona retro— parece amortiguarse de golpe.

Miri también se queda paralizada un segundo, pestañeando.

—¿Las tres? —repite, con una nota de sorpresa.

—Sí —Gemma hace un gesto circular con la mano que nos engloba a las dos—. Bueno, las tres y Mollete, por supuesto.

Abro la boca. La cierro. Giro la cabeza hacia Miri y luego vuelvo a mirar a Gemma.

—Podría ser un fin de semana largo —aclara Gemma con una calma que me resulta abrumadora—. Había pensado en alquilar una casa rural. Algo tranquilo. En la montaña. Salir a caminar, comer bien, tomar un buen vino sin que haya miles de personas alrededor. Disfrutar del tiempo sin prisas.

La miro fijamente, tratando de descifrar la trampa.

—No sé yo sí… —empiezo a decir.

—Miri me gusta muchísimo —me interrumpe Gemma—. Y me gustaría conocer mejor a las personas más importantes de su vida.

Mi mejor amiga baja la vista hacia la mesa, pero puedo ver perfectamente cómo se le escapa una sonrisa tímida, de una felicidad tan auténtica que me atraviesa el pecho. Y entonces, Gemma pone su mano sobre la de Miri, y Miri entrelaza sus dedos con los suyos. Delante de mis narices.

Me trago el orgullo y los restos del picante.

—Vale —digo.

Gemma sonríe, amplia y victoriosa.

—Ahora necesitamos destino —interviene Gemma, sacando el móvil con rapidez—. Algo cerca, para que Mollete también se sienta cómodo.

—Podemos ir a Potes —propongo casi sin pensar—. Mi exmujer y yo íbamos a veces por la zona de la comarca de Liébana. Es tranquilo, hay prados para que Mollete corra como un loco y el orujo es maravilloso.

Miri me mira con una ceja levantada.

—¿Ya estás pensando en el orujo?

—¿Te sorprende? —bromeo y le guiño un ojo.

—A ver —Gemma ya está deslizando el dedo por una aplicación de alojamientos—. Aquí hay una. Casa de piedra, jardín totalmente vallado, chimenea de leña y vistas a los Picos de Europa. Admiten mascotas sin suplemento.

Nos acerca la pantalla. La casa es una maravilla, encajada en una ladera verde que parece sacada de un anuncio de turismo rural.

—Mira ese porche, Miri. Ideal para que te sientes a escribir.

—Me gusta —admite ella, inclinándose sobre el teléfono de Gemma. Sus cabezas casi se tocan.

—Genial, pues ya lo tenemos —comenta Gemma y deja el móvil sobre la mesa—. ¿Y Mollete cómo lleva el coche?

—Buenos, digamos que hay que darle un poquito de tila para que no de el viaje —responde Miri antes de que yo pueda abrir la boca—. Pero suele portarse bien.

—Perfecto. ¿Y porque se llama Mollete? —añade Gemma, mirándome—. Llevo días deseando saberlo.

Suelto una risa tonta. El recuerdo me viene dulce, amortiguando la tensión.

—Ah, la culpa es de mi madre. Cuando Bea y yo lo adoptamos, lo cogió en brazos, lo miró y soltó: «Parece un mollete de Antequera mal horneado».

Miri se echa a reír.

—Y ahí se acabó la discusión —añade Miri para Gemma—. Adela quería llamarlo «Bowie». Pero…

—Se quedó con Mollete —asiento, sonriendo a mi pesar—. Hasta en la cartilla del veterinario pone «Mollete Noguera-Ruíz». Un espectáculo.

Gemma nos mira a las dos. Hay algo en su mirada, una mezcla de fascinación y respeto por la complicidad brutal que tenemos Miri y yo, que me hace sentir un poco victoriosa. Un triunfo pequeño.

Infantil, pero mío.

—Me encanta —dice Gemma, guardando el móvil tras confirmar la reserva—. Definitivamente, este viaje promete.

Recogemos los boles vacíos. Miri se levanta la primera, ajustándose la gabardina con un gesto chulesco, y señala hacia el pabellón central.

—Venga, señoras. Que nos queda ver la zona de juegos de mesa y no pienso irme de aquí sin probar el prototipo de Crisis Orbital .

—¿ Crisis Orbital ? —repito, levantándome y estirando las piernas—. ¿Eso qué es? ¿Un simulador?

—Es un juego cooperativo de supervivencia en el espacio —explica Miri con entusiasmo, echando a andar entre la multitud—. Tienes que reparar la nave antes de que se agote el oxígeno. Hay que tomar decisiones bajo presión, gestionar recursos y coordinarse. Perfecto para nosotras.

—Suena a una forma excelente de terminar a gritos antes de salir de aquí —comento, siguiéndolas.

Gemma se coloca a mi lado, dejando a Miri un paso por delante liderando el camino hacia el estand de los juegos.

—Pero aceptas el reto o no —me pica Gemma con una sonrisa juguetona.

—Yo no me rindo ante nada, seguro que Miri ya te lo ha dicho —respondo, ajustándome la cazadora—. Si hay que salvar una nave espacial, se salva.

Miri se gira un segundo caminando de espaldas, nos mira a las dos con la cara iluminada por las luces del pabellón y se ríe.

Gemma le roza el brazo al pasar a su lado y Miri le devuelve el gesto dejándose llevar. Yo camino a su lado, sintiendo el aire frío en la cara y esa maldita punzada hundiéndose un poco más adentro de mi pecho.

Nos vamos de viaje. Las tres. Con Mollete. Con las montañas de Liébana de fondo y una historia sin resolver flotando entre nosotras. Sonrío de medio lado, metiendo las manos en los bolsillos de la cazadora.

Que Dios nos pille confesadas.