10
Miri
Miri : Lo que han montado aquí es una auténtica pasada. Ojalá te gustara este mundillo.
Releo el mensaje un par de veces antes de enviarlo. En cuanto veo aparecer el doble check, me guardo el teléfono en el bolsillo interior de mi gabardina y levanto la vista hacia el enorme cartel suspendido sobre la entrada principal del recinto.
Debajo del cartel, un mar de cientos de personas se desplaza entre expositores, escenarios gigantes, zonas de juego y estructuras decorativas que parecen mangadas del plató de una superproducción de Hollywood.
Hay una réplica a tamaño real de una cápsula espacial que preside el vestíbulo, luces LED azul eléctrico recorriendo las paredes y una pasarela central sobre la que un grupo de cosplayers posa con posturas épicas mientras un droide construido con piezas recicladas, circula entre la gente soltando frases robóticas.
Señoras y señores: estoy oficialmente en mi hábitat natural.
Y mi cerebro está haciendo la ola.
—Pareces una niña a la que acaban de soltar en una tienda de golosinas —comenta Gemma a mi lado.
—Bueno, digamos que estar aquí es potencialmente más peligroso —respondo—. Sobre todo, para mi tarjeta de crédito.
—Tienes toda la razón. Esto es muchísimo peor —se ríe ella, cruzándose de brazos—. Pero me conformo con verte ese brillo en los ojos.
Le regalo una sonrisa de oreja a oreja y vuelvo a barrer el pabellón con la mirada. Como le prometí, llevo puesta la gabardina inspirada en Blade Runner , porque siendo guionista ir vestida normal sería «una oportunidad narrativa trágicamente desperdiciada».
Debajo llevo una camiseta negra con un estampado minimalista de una nave espacial, pantalones oscuros y mis botas más guerreras, porque si algo te enseña la veteranía friki es que, tras seis horas andando, tus pies pueden morir.
Gemma, por su parte, ha completado el atuendo con unos pendientes diminutos con forma de dados. Joder, es que todo le queda maravilla.
—¿Adela te ha dicho algo? —pregunta mientras caminamos todavía sin rumbo.
Niego con la cabeza.
—Seguro que estará liada. No es de las que se tome las vacaciones tan en serio.
Gemma me observa durante un segundo y, de pronto, me toma del brazo para apartarme del trayecto de una pareja disfrazada de pilotos espaciales. El contacto de sus dedos es cálido, tan natural que me deja una sensación reconfortante en la piel.
—Ya verás como no le pasa nada raro —me tranquiliza, dándome un apretoncito en el brazo—. Cuando llevas un negocio sobre tus espaldas es súper normal sentir ese gusanillo cuando te tomas unas vacaciones. El miedo a lo que pueda pasar.
—Ya, si lo sé —asiento dejando escapar un suspiro—. Aunque La Molienda siempre ha ido de maravilla. Adela nunca ha tenido motivos reales para preocuparse por los números. Se ganó el éxito desde el principio.
Mi mejor amiga jamás ha sido de esas personas que se ahogan en un vaso de agua, eso desde luego.
Sin embargo, estos últimos días ha estado algo rara.
Distante, incluso. Concentrada en exceso.
Hemos trabajado y nos hemos visto a diario.
Pero apenas hemos tenido tiempo para hablar de nosotras.
Como tampoco me ha preguntado por Gemma o cómo va el guion.
—Sinceramente, es curioso que seáis tan íntimas y no coincidáis en nada en cuanto a gustos —comenta Gemma mientras nos detenemos a admirar una réplica a tamaño real de una criatura que parece a punto de abalanzarse sobre nosotras.
Me mira de arriba abajo con tono burlón y luego examina las solapas de mi gabardina con una sonrisa juguetona.
—Quiero decir… mírate. Bueno, míranos en realidad.
Gemma levanta la mano, me recoloca el cuello de la gabardina y tira levemente de la solapa. El gesto es tan íntimo, tan de pareja, que tengo que morderme el labio inferior.
—Llevas toda la razón… Adela no aguantaría ni dos minutos. A los noventa segundos nos mandaría a la porra para ir a tomarse unas cervezas.
—¿De verdad nunca habéis compartido este tipo de cosas? ¿Series, juegos…?
—Casi nada —admito mientras reanudamos la marcha entre la multitud—.
Es curioso, la verdad. Adela y yo tenemos muchísima complicidad, pero a veces se me olvida lo distintas que somos.
Aunque… Nos conocimos en un concierto de Vetusta Morla hace mil años —sonrío al recordarlo—.
Ella llegó tarde, yo ya llevaba dos cervezas de ventaja y terminamos debatiendo sobre sus mejores canciones antes de cantar a pleno pulmón.
Gemma asiente, con la diversión en la mirada.
—Al menos sí tenéis un nexo.
Me echo a reír con ganas.
—Me acuerdo que una vez cometí el error de intentar enseñarle a jugar al Mario Kart . Perdió la partida de forma humillante y desde entonces ha vetado los mandos en su presencia.
—Entiendo. Trauma infantil no superado —bromea Gemma.
—Me encantaría verla intentar jugar al Baldur's Gate . Sería un cuadro.
Gemma suelta una carcajada.
—Sería toda una comedia, ya me lo puedo imaginar.
En ese momento, Gemma desliza sus dedos entre los míos de forma natural. Hace unas semanas mi cerebro habría entrado en colapso intentando analizar el significado exacto. Hoy, le devuelvo el apretón con una sonrisa. Estar con ella es jodidamente fácil.
Cero exámenes. Cero presión.
Pasamos la mañana pateando el recinto. Y entre otras cosas, nos enganchamos a la exposición de diseño de escenarios, y debatimos con un maquetista sobre la iluminación indirecta en decorados.
En la zona retro le gano tres partidas seguidas al Street Fighter . Ella protesta entre risas, acusándome de usar «mis artes oscuras», y se inclina para darme un beso rápido en la mejilla que me deja la piel de gallina y una sonrisa boba en los labios.
La charla de Elena Varga, la guionista de Eclipse Protocol , es sencillamente magistral. Durante una hora no parpadeo. No soy capaz de hacerlo. Tomo tantas notas en el bloc del móvil que Gemma termina inclinándose hacia mí para susurrarme al oído:
—Me encanta ver cómo disfrutas…
—Ssshhhh… me vas a poner colorada —respondo y carraspeo—. Es que esta mujer es un ejemplo a seguir. No sé cómo no te aburres de que te hable tanto de mi guion.
Gemma frunce el ceño con una expresión dulce.
—¿Por qué me iba a aburrir algo que te apasiona tanto? Me importa lo que haces, y para que lo sepas, quiero saber más.
Le sonrío, agradecida, y le explico algunas escenas que tengo pensadas mientras avanzamos hacia la plaza central del pabellón.
No obstante, mi cerebro sufre un cortocircuito repentino. «No puede ser. ¿Qué hace aquí?».
A diez metros de nosotras, junto a un arco gigante de luces neón, hay una mujer con vaqueros, botas de cuero, camiseta blanca y una cazadora motera. De melena rizada salvaje cayendo sobre los hombros, mirando a su alrededor como si hubiera traspasado un vórtice.
—Adela… —Ella gira la cabeza hacia nuestra posición. Sus ojos dan conmigo. Y, de pronto, se le dibuja en la cara esa sonrisa enorme, arrolladora y magnética que tiene—. Pero ¿qué haces aquí? —murmuro, echando a andar hacia ella.
Adela se encoge de hombros.
—Mi hermano me dijo que probara a hacer cosas fuera de mi zona de confort durante las vacaciones. Así que… aquí me tienes. Tenías razón, el ambiente es inmejorable.
Doy dos pasos rápidos y me lanzo a abrazarla. Adela me recibe rodeándome la cintura con fuerza mientras una de sus manos se enreda en mi pelo. Olerla —su perfume mezclado con el aroma a café que tan bien conozco— me mete una sacudida en el pecho de mil demonios.
—Estás zumbada —le digo separándome a regañadientes—. Pero me alegro mucho de verte.
Me giro a la velocidad de la luz y le sonrío a Gemma.
—Mira quién nos ha honrado con su presencia —comento, con los nervios cosquilleándome en el estómago.
Adela da un paso al frente y le tiende la mano, pero Gemma se adelanta con naturalidad y le da dos besos en las mejillas.
—Qué sorpresa encontrarte por aquí —dice Gemma con educación—. Aunque veo que sintonizas perfectamente con el ambiente.
Adela nos mira de arriba abajo con esa rapidez analítica que usa para calar a los clientes. Y después me observa a mí.
—Veo que has sacado la famosa gabardina a pasear.
—Pues ya ves, tenía que traerme la reliquia.
Las tres nos reímos, mientras yo me quedo atrapada en medio del cruce de universos más bizarro de mi vida. Gemma y Adela. Mi presente y mi pasado no resuelto, compartiendo el mismo metro cuadrado en mitad de un pabellón ferial.
—¿Qué estabais haciendo?
—Venimos de la charla de Elena Varga —le explica Gemma—. La guionista de Eclipse Protocol . Miri ha tomado notas como si le fuera la vida en ello.
—Me lo puedo imaginar —responde Adela.
Adela nos mira a las dos y, de pronto, suelta con espontaneidad:
—No quiero ser la tercera en discordia, pero… podríamos tomar algo por aquí y de paso me explicáis un poco cómo va todo. ¿Os parece?
—Claro que sí, a mí me encantaría —responde Gemma.
Adela arquea una ceja, luciendo esa sonrisa felina y desafiante que solía ponerme los pelos de punta. Gemma se coloca a mi otro lado y me quedo en mitad de las dos.
Mientras caminamos hacia la zona de los food trucks , Adela le va preguntando a Gemma sobre su trabajo. Hablan, se ríen, conectan. En mi caso, debería estar eufórica: las dos mujeres más importantes de mi vida actual se están llevando bien. Y es de película.
Miro a Adela de reojo. Ella, como si tuviera un radar calibrado solo para mí, se da cuenta al instante y se gira.
—¿Qué pasa? —me susurra.
—Nada. —Le regalo una sonrisa—. Me alegro de que hayas venido. Aunque mi cerebro aún esté procesando el impacto.
La expresión de Adela se ablanda de golpe. Por un segundo, el ruido del pabellón, la gente disfrazada y las luces desaparecen por completo. Solo estamos ella y yo.
—Yo también me alegro —responde, mirándome a los ojos—. Aunque no sé muy bien en qué lío me he metido.
Desde el otro lado, Gemma me roza la mano con los dedos. Adela baja la vista hacia nuestras manos durante un segundo. Apenas un parpadeo. Y luego me mira de nuevo.
—En fin. ¿Qué es lo primero que tiene que hacer una novata en esta dimensión para no parecer una intrusa?
—Regla número uno: aquí la gente normal no existe —respondo sonriendo.
—Eso lo he pillado a la primera —se ríe Adela, mirándome con una intensidad que me eriza la piel—. Acabo de empezar mis vacaciones y ya he acabado atrapada en un universo paralelo con mi mejor amiga vestida de detective del futuro y una diseñadora muy elegante. Álex se va a descojonar de mí.
—Que lo haga. Porque las cosas nuevas, se sienten así de bien.