Mi guion llamado TÚ 9
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Adela

Abro los ojos a las ocho y veintitrés. Aunque llevo desde las cinco dando más vueltas que un pollo en un asador.

No estoy acostumbrada a esta almohada, y para colmo, llevo toda la noche escuchando todo tipo de ruidos extraños que mi cerebro —en lugar de catalogar como normales en un chalé lleno de familiares con la vejiga hiperactiva— ha ido interpretando sucesivamente como la entrada de un ladrón, una fuga masiva de agua y el mismísimo apocalipsis.

Ansiedad; ¿quién la echaba de menos?

Al final, como era de esperar, no ha ocurrido nada digno de una película. Solo era mi tío Fernando levantándose tres veces seguidas para ir al baño.

Me incorporo en la cama y me doy un masaje en las cervicales mientras echo un vistazo a mi alrededor.

La habitación sigue casi igual a cuando yo tenía veinte años y la vida era un esquema bastante más sencillo.

Da igual que mamá haya cambiado las cortinas tres veces, renovado el colchón y decidido el verano pasado que el cuarto necesitaba «un toque bastante más luminoso».

La vieja estantería con mis libros de la universidad y una foto con mi hermano Álex en la playa de Somo cuando él apenas me llegaba al hombro, preside la escena.

Fuera de ello, el fin de semana tampoco ha ido tan mal. He comido como nunca y me he reído hasta dolerme las mejillas. También hemos hablado de trabajo, de las reformas que nunca van a hacer y de los que nos faltan. Lo que se llama desconectar a base de bien.

De repente, el aroma al bizcocho de limón que mamá lleva preparando toda la vida atraviesa la rendija de la puerta y me hace sonreír.

—Así sí que se empieza bien el día.

Me peino un poco el nido que llevo por pelo y bajo a la cocina. Mamá está, en el jardín, hablando con mi tía Lourdes.

Sobre la mesa hay una jarra de café recién hecho, pan de pueblo tostado, mermelada casera y el famoso bizcocho.

Sin pensármelo dos veces, cojo el cuchillo y me corto una porción generosa.

Me siento en la silla junto a la ventana, me sirvo una taza humeante y le doy el primer sorbo al café.

Fuerte, negro y concentrado. «Gracias, mamá».

Luego le meto un bocado al bizcocho. Está tierno y espectacular, con la costra de azúcar crujiente que tanto me gusta.

—Madre mía, qué bueno… —murmuro.

—Pues para ser así, no tienes cara de estar disfrutando del paraíso, hermanita.

Álex aparece de la nada por la puerta de la cocina y me planta un beso ruidoso en la mejilla antes de dejarse caer en la silla de enfrente.

Lleva unos pantalones de chándal grises, una camiseta vieja y los pelos rizados apuntando en todas las direcciones posibles.

Sin embargo, el muy desgraciado irradia una energía que podría considerarse hasta ofensiva.

—Buenos días a ti también —respondo salpicando un poco de azúcar.

Él se ríe, estirando las piernas por debajo de la mesa.

—¿A qué viene tanta amargura?

—Será porque he dormido como una mierda, fíjate qué cosas —protesto antes de darle otro sorbo al café—. Entre que la almohada no vale ni para hacer relleno de peluche, y que mamá y los tíos no son precisamente discretos, no he pegado ojo.

Álex se levanta para servirse una taza gigante de café y cambia de silla.

—Anoche estuvieron jugando al tute hasta las tantas.

—Ya me di cuenta, ya —protesto—. A la una y media me desveló un grito del tío.

—Son imposibles, qué voy a añadir —dice Álex medio riendo. Vuelve a la mesa y se sirve un buen trazo de bizcocho—. Por suerte, yo he dormido como un bebé. Capacidad de adaptación a entornos hostiles, lo llaman.

Se despereza soltando un gemido y apoya un brazo sobre mi respaldo, mientras yo sigo masticando mi bizcocho de limón, intentando poner cara de persona normal.

—Oye… cambiando de tema —comenta él al cabo de un rato—. Esta semana no te he visto muy fina que digamos. ¿Seguro que no pasa nada raro en La Molienda?

Levanto la mirada de la taza y le clavo los ojos con frialdad.

—Que no me pasa nada, pesado. Solo estaba dándole vueltas al tema de las dichosas vacaciones. No quiero liar a la gente solo porque me haga falta, ¿vale?

Álex arquea una ceja con parsimonia y me apunta con la cucharilla del café.

Mala señal.

—Mira, hermanita. Primero: de molestia, nada.

Segundo: Irene y Dani ya me han dicho esta semana que no tienen el más mínimo problema en echarme una mano en el local si me hace falta —comenta, con una enorme sonrisa en los labios—.

Dani puede cubrir perfectamente un par de mañanas.

Y ya sabes que Irene tiene experiencia de sobra.

Así que déjate querer de una puñetera vez, cógete esos días y aprovecha que vas a tener a Mollete más tiempo contigo. Ya lo tengo todo pactado con ellos.

—¡Te habrás atrevido! —grito y ahora soy yo quien le apunta con la cucharilla—. No me lo puedo creer. Además, experiencia de qué… si Irene es fotógrafa, eso no tiene nada que ver con servir cafés.

—De todo se aprende, hermanita —responde él—. Y claro que iba a hablar con ellos.

—Te dije que me lo tenía que pensar —bufo.

—La Molienda no se va a hundir porque su dueña no esté unos cuantos días.

Abro la boca para protestar y soltarle una lindeza de las mías, pero su mirada me obliga a callarme. Porque en el fondo, sé cuánto necesito estas vacaciones. Y, además, el negocio va bien, muy bien. Hace ya tiempo que puedo permitirme el lujo de cerrar por un tiempo.

Álex deja la cucharilla sobre el platito y se encoje de hombros.

—Entonces qué, ¿aceptas?

Me lo pienso un poco. Dos segundos exactos, y afirmo con la cabeza.

—Pero me vas a informar de cualquier problema, ¿estamos?

—Ya veremos —comenta mi hermano—. Lo ideal sería que no quisieras saber nada de La Molienda durante dos semanas. Que te despiertes sin horario, y disfrutes un poco de la vida. En cuanto tengas a Mollete, te quiero dándome las llaves.

Se me dibuja una sonrisa enorme en la cara.

La sola idea de despertarme a las diez de la mañana.

Hacer paseos eternos por la playa de Mataleñas.

Desayunar fuera. O tal vez meter al perro en el coche y tirar por la carretera sin decidir de antemano en qué pueblo de la costa voy a hacer noche, me tienta. Me tienta muchísimo.

—Tienes razón, me va a venir de maravilla.

—Pues no le des más vueltas al coco —insiste mi hermano apoyando los codos sobre la mesa—.

Busca planes que no hayas hecho en la vida.

O cosas que dejaste de hacer en su momento.

Y de paso, a ver si conoces a algún ligue cuyo nombre te acuerdes a la mañana siguiente… solo por cambiar un poco la rutina.

Le suelto una patada por debajo de la mesa que le da de lleno en la espinilla.

—¡Eh! ¡Déjate la violencia!

—Eso te pasa por decir tonterías.

Álex se agacha y se masajea.

—Yo solo digo que te vendría de perlas abrirte un poco al mundo. Y no solo de piernas…

—¡Te quieres callar! —Le enseño un puño, muerta de la risa y de la vergüenza.

Después arranco una miga de bizcocho y se la lanzo a la cara. Álex abre la boca, muy ofendido. Pero enseguida rompe a reír a carcajadas. Y yo, inevitablemente, me contagio.

De repente, siento como si me hubiera quitado diez kilos de encima. Esto era lo que estaba buscando este fin de semana.

Pero claro, la alegría me dura lo que un caramelo en la puerta de un colegio. Porque mi cabeza se escapa inevitablemente al qué estará haciendo cierta persona.

—Hablando ya en serio —retoma mi hermano—, tampoco hace falta que te vayas al fin del mundo para desconectar o ligar. Puedes quedarte en Santander y cambiar un poco de rutina.

Asiento despacio, mirando el fondo de mi taza.

—Sí, debo pensarlo bien.

—La verdad es que no recuerdo la última vez que te vi tomarte algo tranquila en un bar, o evitar estar pendiente de mamá y el resto del mundo.

—Digamos que me tomo muy en serio eso de preocuparme por las cosas que me importan de verdad.

Me encojo de hombros.

—Pues también deberías preocuparte un poco de ti.

Es cierto. Cuando me divorcié de Bea, me hice la promesa de que jamás, bajo ningún concepto, volvería a construir mi felicidad alrededor de otra persona ni de una relación de pareja.

Que debería pensar en mí y solo en mí. Me encanta mi independencia.

La he peleado con uñas y dientes. La he disfrutado y la he convertido en mi marca personal.

El problema es que últimamente no tengo claro casi nada de todo ese discurso. Como tampoco he conseguido disfrutar de la vida como tal.

—Para de darle tantas vueltas, hermanita —dice Álex y me guiña un ojo mientras le da un sorbo al café.

—¿Puedes dejar de analizarme, por favor? Es domingo y estamos de visita familiar.

—Lo hago porque me preocupo. Y porque te veo rarísima desde hace algunos días. No te has peleado con Miri, ¿verdad?

—No… no sé de qué hablas —consigo articular—. Con ella todo está como siempre.

—Si tú lo dices… —Álex se encoge de hombros. Antes de que pueda abrir la boca, los tíos y mamá aparecen por la puerta que da al jardín.

—Decidme que anoche no os molesté mucho —se disculpa mi tío Fernando.

Los dos sonreímos y negamos con la cabeza.

—Para nada —comento yo—. Me hacía falta tener un fin de semana como este.

Mi tía me da un beso en la mejilla, y mamá sonríe, agradeciendo mis palabras.

Yo hago lo mismo. Porque al menos, aquí puedo encerrar un poco la revolución que se está formando dentro de mí.