8
Miri
—Hacía milenios que no me tomaba una copa por aquí —admito echando un vistazo a las playas de El Sardinero—. No soy mucho de llenarme los pies de arena.
Gemma me mira incrédula y abre la boca en una enorme O.
—Vas a conseguir ofenderme —dice muy seria. Pero al segundo, se echa a reír.
No sé si Gemma ha planeado esto a propósito o si es que la suerte hoy se ha puesto de mi parte, pero soslayo la sospecha con una sonrisa.
Porque obligarme a sentir ciertas cosas no estaba en el guion de mi vida para el último mes.
Y, aun así, aquí estoy, caminando por la playa y con el pulso ligeramente alterado.
El Cantábrico, como siempre, presenta un mar inquieto que avanza y retrocede dejando la arena húmeda convertida en un espejo irregular donde se reflejan un montón de imágenes.
Hay parejitas caminando cogidas de la mano junto al agua —todo un clásico—, varios corredores dándolo todo por el paseo marítimo y un perro enorme que persigue una pelota roja sin parecer estar cansado.
—En cualquier caso, me gusta mucho que hayas elegido este lugar —admito poco después.
Enganchamos el paso y empezamos a caminar.
El viento sopla con un poco más de fuerza a medida que nos acercamos a la curva de la playa.
Gemma camina a mi lado a un ritmo relajado, sin decir ni una sola palabra.
Mucha gente cree que una cita solo funciona si la cháchara es ininterrumpida, como si el silencio fuera un monstruo que viene a comérselas.
Yo pienso justo lo contrario. Si tienes que perseguir el siguiente tema a la desesperada para evitar cinco segundos de pausa, es que algo no va bien.
—¿Qué tal estas horas libres? —pregunta mientras observa las olas romper al fondo.
—Pues muy raro —reconozco soltando una carcajada tonta—. Llevo tanto tiempo haciendo turnos los sábados en la cafetería que esta mañana me he despertado a las seis y media convencida de que llegaría tarde.
Gemma suelta una carcajada.
—Suele pasar, cuesta acostumbrarse a lo bueno —dice—. Me dijiste que Adela tenía reunión familiar, ¿verdad?
—Sí. Carmela, su madre, organiza a la familia algunos fines de semana, están muy unidos.
—Eso es muy bonito. Recuerdo que a mi padre también le gustaba mucho que nos reuniéramos.
En una de las conversaciones de estos días, me contó que lo había perdido hacía dos años.
Gemma me empieza a contar detalles de su infancia. Me explica que pasó varios años yendo y viniendo de Bilbao porque a su padre lo trasladaban constantemente por trabajo, y que probablemente por eso acabó desarrollando esa fascinación por el espacio y el diseño de interiores.
—Cada vez que nos mudábamos a un piso nuevo, mi madre me dejaba decidir cómo quería decorar mi habitación —me explica mientras nos movemos para dejar pasar a un grupo de chavales en bicicleta—.
Era su forma de intentar que cada casa, por extraña que fuera al principio, pareciera un poco más mía.
Tenía un presupuesto muy limitado, claro, pero elegía los colores de las paredes, la disposición de la cama…
Así el choque del cambio dolía un poco menos.
—Oye, pues me parece un gesto precioso por su parte.
—Sí, súper bonito… hasta que cumplí doce años y se me ocurrió la genial idea de pintar las paredes de un naranja neón bastante chillón. Cada vez que la pobre entraba a mi cuarto se moría.
—Bueno… —me río, imaginándome a la mujer entre paredes fosforitas—. Todos cometemos errores en la adolescencia.
Gemma busca mi brazo y mete el suyo, entrelazando nuestros cuerpos.
—¿Y tú qué? ¿Siempre has vivido aquí en Santander?
—Casi toda la vida —asiento, mirando cómo las luces de la farola del paseo empiezan a encenderse una a una—. Tuve un par de amagos de mudarme a Madrid cuando estudiaba, pero al final me quedé.
—¿Y nunca has sentido el gusanillo de coger las maletas e irte lejos?
La pregunta es sencilla, pero me obliga a frenar un segundo mis pensamientos y escarbar en el baúl de los recuerdos.
—Sí. Muchas veces, para serte sincera. Cuando el trabajo de administrativa me asfixiaba y sentía que Santander se me quedaba enana. O cuando creía que, en otro sitio, lejos de todo lo que me rodeaba, sería mucho más fácil construir una versión de mí misma que me gustara más.
—¿Y por qué no diste ese salto?
—Primero, por la trampa de la comodidad y el trabajo estable. Luego, por miedo a fracasar —admito sin paños calientes—. Y después… bueno, después empecé a escribir en serio mis primeros guiones y me di cuenta de que no necesitaba huir a diez mil kilómetros para cambiar de vida.
Gemma me mira con expresión dulce.
—Me parece muy valiente por tu parte.
—Por favor… Dejé una oficina con aire acondicionado porque un martes a las diez de la mañana estuve a punto de clavarle una grapadora en la frente a mi jefe. No sé si la desesperación cuenta como valentía en los libros de historia.
—Sigue pareciéndomelo —insiste Gemma. Detiene un segundo sus pasos y me mira a los ojos—.
Reconocer que un sitio o una rutina te está consumiendo y tener las agallas de salirte del camino marcado, aunque no tengas ni puñetera idea de dónde vas a acabar…
no es poca cosa, Miri. Mucha gente se queda atascada toda la vida por no dar ese paso.
—En realidad, Adela fue quien me dio el empujón definitivo —reconozco, y las palabras me salen casi sin pensar—.
Me vio tan sumida en la miseria que me ofreció un par de turnos en la cafetería cuando yo ni siquiera sabía si quería seguir viviendo en esta ciudad o meterme en una cueva.
Al principio eran solo unas horas sueltas para pagar el alquiler.
Luego terminé metida de cabeza en La Molienda y, de alguna manera, todo ese caos me devolvió un poco de ritmo.
Gemma asiente, escuchándome con atención.
—¿Te ofreció el trabajo sin dudarlo?
—Sin pensárselo dos veces. Me dijo: «O te vienes conmigo o te saco a arrastras de casa». Así de sutil es ella. Luego las horas aumentaron y lo que era un parche temporal se convirtió en mi trabajo estable —aclaro con orgullo—. Somos dos polos opuestos, pero no hay mejor amiga que ella.
Gemma me observa durante un par de segundos que se me hacen eternos. Busco en sus ojos algún destello de celos o dudas, de mi miedo a haber metido la pata, pero no encuentro absolutamente nada de eso.
—Debe de ser maravilloso tener a alguien así en la vida —comenta con una sonrisa.
—Lo es —admito de corazón—. Y también tiene sus momentos complicados, para qué te voy a mentir. Pero esa parte me la me la guardo para mí.
Llegamos al final del paseo de El Sardinero. La brisa ya empieza a rascar un poco y Gemma señala hacia la zona del centro con una sonrisa conspiradora.
—¿Te apetece que vayamos a tomar una copa de vino?
—Acepto el trato sin dudarlo —respondo al momento.
El local al que me lleva es una auténtica joya.
Tiene mesas pequeñas, esa iluminación cálida que te abraza en cuanto cruzas la puerta y una pared entera cubierta de botellas de vino de todas las denominaciones imaginables.
Nos llevan a una mesa de rincón junto a un gran ventanal, y pedimos dos copas de un tinto de la tierra.
Gemma enseguida alza la suya.
—Por las segundas citas —brinda mirándome a los ojos.
Choco mi cristal contra el suyo.
—Y por sobrevivir intactas a las primeras.
El vino es excelente. Tiene un toque especiado que se me ha quedado en el paladar. Gemma deja su copa sobre la mesa, y me observa con una sonrisilla en los labios antes de llevarse un mechón rubio tras la oreja.
—Quiero decirte una cosa antes de que la noche siga avanzando.
Mi cerebro de guionista entra en modo alerta. Esas frases llevan trama de la buena.
Ella se inclina un poco hacia delante y me mira a los ojos sin un solo rastro de duda.
—Me gustas mucho.
La sencillez aplastante de esas tres palabras me deja con un cosquilleo en el estómago.
—No me apetece andar jugando al despiste —añade dos segundos después—.
Me gusta salir, conocer gente, pasármelo bien…
pero si por el camino me cruzo con alguien con quien me siento bien, soy así de clara.
No voy por la vida desesperada buscando una boda, pero si hay una conexión bonita con alguien, prefiero explorarla sin miedos.
«Wow», no hay nada más que pueda añadir.
Yo ni siquiera me había planteado llegar a ese punto.
Para mí, la palabra «relación» llevaba años asociada a «drama» y «dolor de cabeza».
Pero al mirar a Gemma, pienso en lo absurdamente cómoda que me he sentido caminando a su lado junto al mar, en que no convierte mis silencios en un interrogatorio de los raros, y en lo muchísimo que me gusta verla sonreír.
Coño. Tal vez no tenga que escribir el capítulo final de la historia antes de haber empezado a redactar la primera página.
—Seré sincera contigo —admito, jugando con el tallo de mi copa de vino—. Yo… yo no sé muy bien qué estoy buscando ahora mismo. Llevo muchísimo tiempo fuera. Y antes de eso, estuve atrapada emocionalmente en un pozo durante años.
No viene al caso pronunciar que he estado enamorada hasta las trancas de mi mejor amiga.
—No quiero prometerte algo que todavía no sé si voy a ser capaz de darte —añado con total honestidad.
Gemma desliza su mano por la mesa hasta quedarse a un milímetro de la mía.
—No te pido una promesa de amor eterno. Solo quiero saber si te apetece seguir conociéndome.
La respuesta me nace desde las tripas, mucho antes de que mi cerebro intente sabotearla.
—Sí. Me apetece muchísimo.
A Gemma se le pinta una sonrisa preciosa en los labios.
—Pues con eso tengo más que suficiente.
A partir de ahí, la conversación se vuelve una auténtica delicia.
Descubro que odia con toda su alma el cilantro «sabe a jabón, no me jodas», que colecciona ediciones antiguas de libros de arquitectura que busca en mercadillos de segunda mano, y que suele fingir que entiende las exposiciones de arte moderno.