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Adela
—¡Madre mía! ¡Pero si la reina del café nos deleita con su presencia! —exclama la voz de Irene, irrumpiendo por encima del murmullo del local.
Esta noche, tenía un plan perfectamente respetable: cerrar La Molienda, volver a mi piso, pedir una pizza, ponerme el pijama más viejo que tengo y ver una serie lo bastante mediocre. Pero Álex me ha llevado al lado oscuro.
En lugar de eso, estoy sentada en un bar atestado con una cerveza delante que ya ha perdido el frío mientras mi hermano examina a la derecha la carta. Todo porque Álex decidió a última hora que yo «necesitaba vida social de forma urgente».
—¡Brindemos por esta noche juntos! —propone después.
Irene es fotógrafa gastronómica, amiga de Álex desde la universidad y una mujer magnética.
A su lado está Marcos, su pareja desde hace seis años: profesor de Historia en un instituto.
Y el tercero del grupo es Dani, compañero de mi hermano en varios proyectos de restauración; un tipo alto, pelirrojo, lleno de pecas y con una tranquilidad que envidio.
Los conozco a todos desde hace años. Son parte de mi gente, de mi rutina más allá de la cafetería. Y, sin embargo, en este preciso instante mi cabeza está pendiente de una única persona.
Chocamos las copas y le doy un sorbo largo a la cerveza.
—Yo creo que a lo mejor lo que necesitas son unas vacaciones de verdad —comenta Marcos después de que yo haya suspirado por tercera vez—. No en plan fin de semana, sino unos cuantos días, en los que no pienses en los diferentes granos de café.
—Puede ser. No te lo voy a negar —le respondo.
Afortunadamente, la conversación cambia de rumbo. Irene quiere hacer una ruta de senderismo por la costa si el tiempo no se tuerce, y ya está cuadrando nuestras agendas para ver cuándo podemos hacerla o si esperamos a que llegue el buen tiempo.
—Entonces… ¿al final Bea y tú habéis quedado bien con el tema de Mollete? ¿Adela?
—Perdón… Me he distraído. —Las huellas de mis dedos han dejado marcas húmedas en la condensación del cristal y me dedico a trazar círculos abstractos y distraídos sobre la mesa—. ¿Qué pasa?
Álex apoya los antebrazos sobre la mesa.
—Te estaba preguntando por lo de Mollete. Que si Bea y tú habéis llegado a un acuerdo. Con eso de que me fui corriendo se me olvidó preguntarte.
—Sí, sí. Todo está bien.
—¡Un auténtico milagro! —apunta Marcos mientras alza su cerveza.
—Oye, que no somos tan conflictivas…
Los cuatro me miran en silencio con incredulidad.
—Vale, tenéis razón —admito y resoplo—. A veces nos cuesta un poco más de la cuenta. Pero lo estoy intentando por el bien del renacuajo.
—¿Y qué vais a hacer al final? —quiere saber mi hermano.
—Pues ella se llevará a Mollete al viaje, y a la vuelta, yo me lo quedo esos días seguidos después de mi semana.
—Igualito que Cruz y yo con las plantas —comenta Dani.
Marcos levanta su copa de vino y sonríe de oreja a oreja.
—Un brindis, por favor. Por todos los hijos fruto de divorcios complicados, tengan cuatro patas y pelo o clorofila y hojas verdes. Que el universo les conceda la paz, amor incondicional y un riego regular.
Brindamos entre risas. El bar está animado, lleno de buen ambiente.
—¿Seguro que no te pasa nada? —pregunta Irene, entrecerrando un poco los ojos—. Porque estás calladísima.
—Sí, sí. Todo está bien —respondo rápido mientras juego con la condensación del vaso—. Es solo que… creo que me voy a tomar en serio la idea de tomarme unos días libres. Aunque no sé cómo organizarlo en La Molienda para que la cafetería no cierre tanto tiempo por estas fechas.
—Oye, pues si es por eso, nosotros te podemos echar una mano sin ningún problema —comenta mi hermano—. Ya sabes que puedes contar conmigo. Puedo cubrir varias mañanas a la semana perfectamente.
—Nosotros también —añade el resto.
Me doy un golpecito con el índice en los labios.
—Bueno, dejadme que me lo piense con más calma.
—Vale, sin presiones —concede Álex.
Volvemos a brindar y me río tanto con los chicos que al final me terminan doliendo las mejillas. Los minutos del reloj corren y casi a media noche, nos despedimos y Álex me rodea con los brazos con fuerza.
—Nos vemos el fin de semana.
—A ver si por una ocasión, nos ponemos de acuerdo en qué llevar —bromeo, y él se echa a reír. Después, miro al resto—. Prometo que no tardaremos tanto en vernos.
—¡Te tomo la palabra, Noguera! —grita Marcos.
Me despido con la mano y camino a paso ligero hasta mi piso con las manos metidas en los bolsillos.
Cuando llego a la soledad de mi casa, me doy cuenta de que me he pasado toda la noche, esperando a que Miri me escribiera un mensaje para saber qué tal le han ido las cosas.
—Espero que al menos, le haya ido bien.
· · ·
A la mañana siguiente, llego a La Molienda cuando faltan diez minutos para las ocho de la mañana.
Miri ya está de espaldas a la entrada, colocando afanada los vasos para llevar junto a la imponente máquina de café mientras tararea una canción.
Una melodía alegre que no logro identificar. Y parece feliz.
«Pues sí, parece que le fue muy bien», pienso.
—¡Buenos días! —saludo.
—Buenos días, señorita —responde ella con una enorme sonrisa en los labios—. Joselu me ha dicho que llegará un poco tarde a traer el pedido.
—Mientras sea tarde y no nunca, por mí perfecto.
Dejo mi bolso en el estante debajo de la barra. El aroma embriagador a café recién molido me envuelve por completo y, por un instante, la tensión entre nosotras parece disolverse en el aire.
—Por cierto, se me olvidé comentarte que este fin de semana nos lo tomamos libre. Con todo el rollo de Mollete se me ha ido la cabeza. Mis tíos vienen a la casa familiar y Álex y yo no hemos podido decir que no.
—Uy, eso suena importante —comenta ella—. Pues genial, así me pongo con el guion.
«O le pides otra cita a tu ligue», quiero decir en voz alta.
Asiento y tomo aire.
—También he estado pensando que deberíamos tomarnos unas vacaciones dentro de poco. Hemos estado a tope todo el verano y no nos vendrá mal estar una semana o unos días más fuera. Los chicos se ocuparían de todo.
—Vaya… quien te ha visto y quién te ve. —Pone una mano en su cadera y me apunta con el dedo—. ¿Hiciste algo especial anoche?
—No digas tonterías —la freno—. Tampoco nos vamos a arruinar por no estar unos días. Más si La Molienda sigue abierta.
Su mirada analítica es la de una guionista experta acostumbrada a leer entre líneas y que, esta mañana, parece estar encontrando muchísimo más subtexto en mis palabras del habitual.
—Bueno… si tú crees que podremos hacerlo, por mí genial. Aunque ya te digo yo que Arturo se va a poner farruco.
—Que se ponga como le dé la gana. —Me encojo de hombros—. Las dos necesitamos ese descanso.
La campanilla de la puerta replica, cortando la conversación. Todavía faltan cinco minutos para la apertura, pero tampoco me voy a quejar. Sobre todo, al ver que es el rey de Roma.
Este hombre, tiene un sexto sentido, siempre lo he dicho.
—¡Buenos días! —exclama Arturo, mirando su reloj de pulsera—. Ya veo que tenéis la máquina en marcha. ¿Puedo pedir ya mi café?
Miri y yo nos miramos durante un segundo cómplice.
—Claro que sí. Ya sabe que para usted las normas del horario comercial son orientativas.
—Ah, menos mal —refunfuña Arturo cerrando la puerta tras de sí.
—Voy ahora mismo —le dice Miri.
Después, se pone a ello, lista para coger el molinillo. Miro su perfil de reojo mientras ajusta la molienda. Ella sonríe para sus adentros, ajena a cierto malestar que ya está creando una tormenta en mi cabeza. Sin saber muy bien por qué.
Para mi fortuna, el vapor de la cafetera me devuelve a la rutina, y eso es un claro ejemplo de que, pese a todo, la vida siempre vuelve a la normalidad.