Mi guion llamado TÚ 6
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Miri

Acepto la invitación de Gemma el siguiente jueves por la mañana, exactamente a las nueve y diecisiete, después de releer su mensaje cuatro veces seguidas.

La realidad es que la respuesta la tenía decidida desde el mismísimo segundo en que la pantalla de mi teléfono mostró su mensaje.

Gemma : ¿Te apetece cenar conmigo?

—Parece que volver al mercado no iba a ser tan difícil… —musito para mí misma.

Levanto la vista del teléfono y me topo de lleno con la espalda de Adela al otro lado de la barra. Está terminando de espumar leche y el vapor se eleva en espirales blancas, envolviendo su melena en una especie de halo místico.

Yo me apresuro a guardar el teléfono en el bolsillo de mi delantal. No sé por qué me invade una satisfacción casi infantil al hacerlo. Quizá porque desde que Gemma empezó a dejarse caer por la cafetería, Adela ha desarrollado un instinto detectivesco que bordea lo paranormal.

Prefiero no darle demasiadas vueltas a ese curioso hecho. Sería tirarme de cabeza a un pozo sin fondo.

A las seis y media de la tarde descubro que mi concepto de «tengo todo bajo control» se ríe de mí cuando me encuentro encerrada en el almacén de La Molienda, sudando mientras intento decidir si una camisa me hace parecer una tía interesante o una camarera en su día libre.

—Esto es ridículo… —pronuncio entre dientes. Sostengo la camisa contra mi pecho mientras me observo en el espejo de cuerpo entero—. Solo es una cena Miri. Sin más.

Lo ridículo de la situación, es que me he traído la ropa de cambio en la mochila como si fuera a cometer un delito.

Un delito que, por suerte, no ha acabado arrugado.

Bien, esto es lo que tengo: pantalones negros de cintura alta y rectos; una camisa de tela en un verde oscuro precioso; botines y una chaqueta corta de cuadros que Sara me obligó a comprar hace meses tras un sermón de una hora bajo el lema: «Miriam, no puedes ir a todas las citas vestida como si fuera a dirigir una partida de Dungeons de Mollete y su arte para poner cara de perro abandonado para que los clientes le den galletas; de Beto intentando solucionar problemas con porcentajes inventados; y de Sara con su radar para detectar dramas sentimentales a tres kilómetros.

—¿Y Adela? —pregunta Gemma de pronto, justo cuando el camarero se lleva los platos principales y nos deja a solas con las velas.

—¿Qué pasa con Adela?

—Que hablas muchísimo de ella.

—Trabajamos juntas a diario. Y es mi mejor amiga. Esa familia que eliges, ya sabes.

—Eso aclara un par de cosas —comenta y le da un sorbo a su copa—. Tenéis una compenetración increíble, se nota desde el primer momento. Como si hablarais un idioma propio que los demás no podríamos pillar. No sé si me explico.

Suelto una risilla tonta.

—Eso ha sonado como el prólogo de una novela de suspense ambientada entre molinillos de café.

—Te prometo que no hay segunda intención —comenta Gemma—. Solo es una observación. Se nota a leguas que hay una historia potente entre vosotras.

No sé qué responder. Una parte de mí que quiere disfrutar de esta noche con una mujer estupenda. La otra… todavía siente la yema del dedo de Adela rozándole la clavícula.

—Es la mejor amiga que se puede tener —sentencio.

Gemma asiente despacio. Es una mujer elegante hasta para saber cuándo ha tocado una fibra sensible y dar un paso atrás.

Para el postre pedimos una coulant de chocolate para compartir.

—Me encantaría que quedáramos otra vez —comenta, después de saborear despacio el chocolate.

—Yo también quiero volver a verte. Tendremos que tener una segunda cita para debatir sobre 2001: Una odisea del espacio . ¿Qué te parece?

La sonrisa de Gemma se agranda en su expresión.

—Una idea maravillosa.

Cuando dejamos el restaurante, el aire de Santander nos recibe frío y húmedo, aunque la lluvia sigue dando tregua.

Caminamos despacio hacia la parada de taxis, alargando el paseo sin ninguna prisa por dar la noche por terminada.

Gemma me habla de un viaje que hizo a Milán y yo la escucho encantada.

Por primera vez en meses, no siento la necesidad neurótica de llenar cada hueco con sarcasmo o chistes defensivos.

Nos detenemos bajo la luz amarilla.

—Me lo he pasado en grande, Miri —dice Gemma girándose hacia mí.

—Y yo —admito con una sonrisa sincera—. Mucho mejor de lo que esperaba, si te soy honesta. Y viniendo de una tía que le da mil vueltas a todo, es un piropo de los grandes.

Gemma da un pequeño paso hacia mí. La miro a los ojos y veo cómo su mirada desciende despacio hacia mis labios. Esta vez no necesito traducir señales ni buscar dobles sentidos.

—Puedes besarme, si quieres —le digo.

Gemma esboza una sonrisa lenta, sumamente atractiva.

Sus labios encajan con los míos perfectamente, explorando el terreno sin prisas. El sabor del tinto y del chocolate se mezcla con la brisa fría de la noche, y cuando nos separamos despacio, sigo sonriendo contra sus labios.

—Buenas noches, Miri.

—Buenas noches. Gracias por la cena. Y por la conversación.

Gemma da un par de pasos hacia atrás antes de darse la vuelta.

—Te escribo mañana.

—Vale. Estaré atenta al teléfono.

El taxi aparece al final de la calle. Me subo al asiento trasero, le doy la dirección al conductor y, mientras el coche arranca me doy cuenta de que no puedo dejar de sonreír.