5
Adela
—¡Mi cafetería favorita de todo el Cantábrico! —La puerta de La Molienda se abre de golpe y mi hermano Álex irrumpe en el local anunciándose a todo pulmón.
Dejo la jarra de leche a un lado y me limpio las manos en el delantal.
—Ya era hora de que aparecieras, hermanito.
Salgo de detrás de la barra antes de que decida asaltar la vitrina de los bizcochos. Nos abrazamos. Álex me aprieta las costillas y me levanta unos centímetros del suelo como si yo fuera un peluche.
—Bájame ya, que estamos llamando la atención de todos —protesto, aunque le devuelvo el apretón.
—Cómo te he echado de menos —se burla él—. Dos semanas enteras sin que me critiques ya era mucho.
Álex se ríe y se pasa una mano por el pelo.
—Hola, desaparecido —le dice Miri desde la barra, mientras desliza los dedos por la pantalla—. Pensábamos que te habían secuestrado. ¿Cómo ha ido el encargo?
Mi hermano echa la cabeza hacia atrás y bufa.
—Si vuelvo a ver una moldura barroca en los próximos quince días, juro por Dios que me retiro —declara Álex sacando la cartera del bolsillo trasero del pantalón—. Ponme un capuchino. Con extra de canela.
—Invita la casa —le digo al ver la cartera y me pongo con el café.
A mi lado, Miri recoge un par de tazas sucias de la mesa contigua y, de pronto, su teléfono móvil vibra sobre la madera.
Ella deja la bandeja, echa un vistazo a la pantalla… y sonríe.
No necesito ser Sherlock Holmes para saber quién está al otro lado de la pantalla. Miri teclea una respuesta rápida, mientras sigue sonriendo como una pava.
—Vas a agriar la leche como sigas así —comenta Álex a mi lado.
—¿Qué dices? —salto yo, ajustando la lanza de vapor a toda prisa.
Lo fulmino con la mirada. Él sostiene la mía sin pestañear. Conozco esa cara. Es la expresión de quien acaba de oler sangre y está esperando el instante oportuno para lanzarse al ataque.
—Nada, nada —responde y tamborilea los dedos sobre la barra—. Entre otras cosas, mamá está deseando pasar el próximo fin de semana con los tíos. Dime que no me vas a dejar tirado o me lanzo por el puente Raos.
—Qué dramático eres.
Termino de servirle el capuchino.
—Pues a mí me encanta tu tía Lourdes —interviene Miri mientras prepara otro café.
—Te la regalamos, con envoltorio y todo —respondemos Álex y yo al unísono.
El teléfono de Miri, vuelve a parpadear con un mensaje en pantalla. Ella lo coge casi por instinto mientras espera a que yo saque la comanda del siguiente cliente. Álex la observa a ella. Luego gira la cara hacia mí. Vuelve a mirar a Miri.
—Deja de hacer eso —le pido entre dientes.
—Pero si solo estoy con mi capuchino —responde Álex sosteniendo la taza con las dos manos—. Eso sí, parece más contenta de lo habitual, ¿no?
—Le ha salido un ligue.
Álex va girando la cabeza hacia mí con una lentitud de película de terror.
—Ah. Pues me alegro muchísimo por ella, la verdad —contesta mi hermano—. Miri es una chica maravillosa. Se merece a alguien que la haga sonreír así todo el día.
Algo muy dentro de mí se tensa.
—Bueno… Mientras la cosa no termine en desastre como mi matrimonio, supongo que genial por ella —suelto.
Antes de que él pueda añadir algo, mi exmujer cruza el umbral luciendo un abrigo de paño azul marino y pantalones de vestir beis.
Álex se gira hacia mí de nuevo, saboreando el momento.
—Joder. Esto es mejor que una telenovela venezolana.
—Cállate la boca ahora mismo —le advierto antes de que ella pueda escucharnos.
—Hola Bea —Álex se levanta para darle dos besos efusivos—. Siempre apareces en el segundo exacto para alegrar la vida al personal.
Se besan en las mejillas con total naturalidad, sin una sola brizna de tensión o rencor. A veces me sorprende lo jodidamente bien que se llevan después de nuestro divorcio.
Bea deja su bolso sobre la barra y se coloca justo delante de mí.
—He venido para que hablemos de lo del viaje —me dice.
Álex se pone de pie y levanta las manos.
—Creo que voy a echarle una mano a Miri.
Lo veo alejarse hasta donde ella está. Mi hermano le susurra algo al oído y Miri levanta la cabeza, me mira desde la distancia y me dedica una sonrisa de compasión. Le enseño el dedo corazón por debajo del borde de la barra.
—Sé breve, Bea, que tengo mil cosas que hacer —le comento a mi exmujer.
—Puedes hablar conmigo mientras trabajas.
Resoplo, cojo dos tazas limpias y las coloco bajo el portafiltros de la máquina.
—Te escucho.
Bea apoya los dedos en la barra y carraspea.
—No quiero quitarte días con Mollete. Sabes perfectamente que jamás haría eso.
—Pues eso es exactamente lo que parece que propones. Cambiar mi semana para beneficio tuyo, y no es la primera vez.
—Porque el viaje a la casa rural solo puede ser en esas fechas —me recuerda—. No he sobornado al calendario para fastidiarte, aunque a veces pienses que lo hago a propósito.
El café cae en un hilo continuo, espeso y oscuro, llenando la taza de un aroma delicioso.
—A veces estoy convencida de que sí.
—Te hago una contrapropuesta —continúa ella, adoptando su tono más práctico—. Me llevo a Mollete esos días y, cuando volvamos, se queda contigo todos esos días.
La oferta es absurdamente buena.
—¿Aunque odie estar de paseo todo el rato?
—Mollete odia caminar contigo porque te paras cada diez pasos a hablar con alguien. Con el vecino del quinto, con el frutero, con la señora del pan…
—Es un rasgo muy positivo de mi personalidad.
Bea se ríe de nuevo. Durante un breve segundo, el sonido de su risa me catapulta años atrás.
A nuestro primer piso alquilado cerca de Castelar.
A Mollete siendo un cachorro gordo y torpe destrozando una zapatilla de estar por casa en mitad de la alfombra mientras las dos discutíamos sobre a quién le tocaba salir a la calle lloviendo para sacarlo.
—¿Te acuerdas de la primera vez que nos lo llevamos de excursión a Cabárceno? —pregunta Bea de pronto.
La imagen me viene a la mente de inmediato. El coche nuevo de Bea. El calor del verano. La cara de angustia del perro en el asiento trasero.
—Madre mía, empezó a vomitar sin control por todas partes —recuerdo y suelto un resoplido.
—¡Sobre mi bolso de marca nuevo! —añade Bea llevándose una mano a la cabeza—. En ese momento juré que jamás volvería a dejarlo en la parte de atrás.
Se me escapa una carcajada traicionera.
—Y al llegar allí no quiso dar ni tres pasos —recuerdo nostálgica—. Se plantó en la hierba, se tumbó patas arriba y decidió que el planeta era demasiado grande para que él tuviera que recorrerlo.
—Te pasaste el día entero llevándolo en brazos como si fuera un bebé recién nacido.
—Estaba agotado. Y yo era feliz llevándolo así.
Bea me observa con ternura. Y de repente el odio se esfuma.
—Sabes que jamás te quitaría a Mollete por más días para hacerte daño —me dice—. Si de verdad no quieres que se venga conmigo, busco otra solución.
Desde la otra esquina del local me llega la voz de Miri protestando entre risas por alguna burrada que le acaba de soltar mi hermano Álex. El sonido de esa risa se mezcla con el borboteo de la leche y el murmullo constante de los clientes.
Y mientras preparo el siguiente café, con mi exmujer apoyada en la barra mirándome con cara de saberlo todo, sonrío.
—No te preocupes. Acepto el trato.