Mi guion llamado TÚ 4
13%

4

Adela

Empujo la puerta, dejo que la campanilla salude y me encuentro a Miri detrás de la barra.

Está inclinada sobre la pantalla de su portátil, con una taza humeante pegada a la mano izquierda y la cabeza metida en su propio mundo de guiones y universos paralelos.

Llevará por aquí como una hora y me fijo en que hoy le ha tocado a su estilismo el turno al rostro pixelado de Geralt de Rivia, acompañado por un letrero enorme en letras amarillas: «Hmm. Fuck» .

Sí. Ese gráfico acaba de resumir mi estado de ánimo.

—Cada día que pasa soporto menos a esa bruja —suelto a modo de saludo, estampando el bolso sobre la barra.

Miri ni se inmuta. Es inmune a mis terremotos emocionales. Se limita a alzar una ceja por encima de las monturas, se sube las gafas y me regala esa mirada tranquila.

—Buenos días a ti también —bromea—. ¿Qué ha hecho esta vez?

—¡Quiere llevarse a Mollete de viaje! —exclamo, señalando al techo—. ¡En mi semana de custodia! Diciéndome que se van a Asturias y que, cito textualmente… —Hago unas comillas gigantescas y rabiosas en el aire con los dedos—: «el viaje no será lo mismo sin nuestro pequeño». ¡Nuestro pequeño!

Miri ladea la cabeza, apoyando la barbilla en la palma de la mano. Sus ojos marrones chispean de diversión.

—Bueno… en parte…

—Si vas a ponerte de su lado, mejor te callas.

Mi mejor amiga abre la boca para replicar, pero se la cierro levantando la palma de la mano. Ella, socarrona, se echa hacia atrás y levanta las dos manos en señal de rendición.

—Oído cocina. Modo neutral activado.

Me dejo caer en uno de los taburetes que hay frente a la barra y suelto un bufido.

—Perdona —murmuro unos segundos después, pasándome las manos por la cara—.

Es que me saca de mis casillas. De verdad te lo digo.

Es esa forma que tiene de dar las cosas por sentadas.

Organiza todo como le da la gana y luego te lo suelta con una sonrisa para que tú parezcas la mala de la película si le dices que no.

—Ya…

Ese «ya» arrastra toneladas de historia. Miri ha sido espectadora en primera fila de todas mis batallas campales desde el divorcio.

—Por lo visto han alquilado una casa rural con jardín cerca de Cangas de Onís —sigo rajando, sintiendo cómo el calor me vuelve a subir por el cuello—. Y se ha justificado con que el perro va a correr, que va a ser súper feliz… ¡Como si yo lo tuviera encerrado en una mazmorra!

—A ver, para ser objetivas… Mollete y la naturaleza son una combinación ganadora. Lleva el concepto «escarbar la tierra» en el ADN.

—¡Has vuelto a darle la razón!

—No, solo estoy pensando en el corazoncito perruno —se defiende Miri y me señala con el bolígrafo con el que estaba haciendo anotaciones.

—Mollete se comería un trozo de cartón si le untas un poco de paté. Su criterio no cuenta. El mío sí.

Miri sonríe, niega con la cabeza y baja la tapa del portátil. Ese gesto significa que ha encendido el modo «Miri, la única persona sobre la faz de la tierra capaz de aguantar a Adela Noguera». Su atención se posa en mí, observándome con detenimiento detrás de los cristales de las gafas.

—Vamos a ver —dice, apoyando los codos en la barra—. ¿Qué es lo que te jode exactamente? ¿Que Mollete se vaya a correr por Asturias o que ella haya dado por hecho que no te ibas a negar?

—Las dos cosas —admito, cruzándome de brazos—. Me fastidia que me quite mis días con él. Y me da rabia que dé por sentado que mi vida es tan maleable que puedo cambiar mis planes de un plumazo, solo porque a ella le apetece hacerse una escapada rural con su novia.

—Pues díselo así. Tal cual.

Miri sonríe. Y, cómo no, el cabreo que traía empieza a deshacerse como un terrón de azúcar en un café.

Esta mujer parece tener una especie de mando dedicado a regular mis revoluciones.

Ni siquiera necesita soltar un gran discurso; le basta con esto, como si mis berrinches fueran pequeñas tormentas de verano por las que ella ya sabe caminar sin mojarse.

—No sé qué haría sin ti. De verdad. Entre los dramas y mi talento natural para convertir una disputa en lo peor del mundo… no sé cómo no te has largado ya de aquí.

Miri se pasa la mano por el cuello, recolocándose el cuello de la camiseta de Geralt de Rivia, y se sube de nuevo las gafas.

—Te recuerdo que me rescataste de las garras de la administración. Te debo la vida. Y las deudas de honor no caducan. Eres la única razón por la que levantarme antes de las seis de la mañana no me parece una tortura medieval.

Un calorcito delicioso me recorre el pecho. Aún recuerdo el día en que apareció por aquí diciéndome que ya no podía más.

—Sabes que esta cafetería es tan tuya como mía —le recuerdo, buscando sus ojos—. Ni loca te dejaría volver a una oficina. Además, tengo que asegurarme de estar cerca cuando te hagas famosa con tus guiones. Pienso exigir en las entrevistas que me nombres tu inspiración oficial.

Miri estira el brazo y me da un manotazo cariñoso en el hombro.

—Las buenas historias necesitan tiempo para que se conviertan en inolvidables.

· · ·

A en punto, giramos el cartel de la puerta, levantamos la persiana y La Molienda empieza a cobrar vida. Durante la siguiente hora y media, el drama de Mollete y mi exmujer se evaporan por completo de mi cabeza. El local empieza a llenarse con ese goteo constante y delicioso.

Miri y yo nos movemos detrás de la barra con una compenetración casi telepática.

—La mesa cuatro quiere otro capuchino, pero con leche de avena —me avisa Miri al pasar por mi lado, tecleando en la pantalla de la caja.

—Marchando.

La campanilla de la puerta vuelve a sonar y entra una mujer alta, que bordeará los treinta y largos.

Viste un traje de chaqueta cruzado de color crema, combinado con una camiseta básica negra. Estudia la pizarra de cafés y se acerca a la barra.

—Buenos días —saluda.

—Buenos días —responde Miri desde el otro lado de la barra.

La recién llegada sonríe.

—Un latte grande para llevar, por favor. Con leche entera. Hoy necesito pensar que el tamaño del café equivale al nivel de energía que voy a tener esta mañana.

Miri alza las cejas, apoyando las manos en la barra, y le devuelve la sonrisa. Soy yo quien se pone a prepararlo.

El ruido debería tapar la conversación, pero, por alguna razón que se me escapa, me mantengo bien atenta.

—Un segundo… —escucho decir a la desconocida—. ¿Eso que llevas ahí es el logo de la Tyrell Corporation?

Me giro imperceptiblemente. La mujer está señalando con el índice una pegatina pequeña y desgastada que está pegada en la esquina inferior del portátil de Miri. Es el búho de Blade Runner . Creo recordar.

A Miri se le ilumina la cara de golpe. Es la mirada que se le pone cuando encuentra a otra de su especie en medio del mundo real.

—¡Ya era hora! —exclama Miri con entusiasmo—. ¡Por fin alguien que no me pregunta si es el símbolo de una marca de gafas de sol!

—Por favor, qué sacrilegio —se ríe la mujer.

—Totalmente. Aunque hay que reconocer que es de las cosas menos inquietantes de toda la película.

—¿Menos inquietante que el apartamento de Deckard? —desafía la desconocida—. Porque ese lugar es una maravilla.

—Es una cueva de hormigón fría y con una iluminación diseñada para sumirte en una depresión —replica Miri, sacando a relucir su arsenal de sarcasmo.

—Es la Ennis House de Frank Lloyd Wright reinterpretada en clave neoirrealista. Hay belleza en cada uno de eso bloques de hormigón.

Miri se queda pasmada y después, le dedica una sonrisa. Una sonrisa que no le he visto poner a ningún cliente.

—Vale, eso ha sonado demasiado a…

—Soy diseñadora de interiores —se presenta la mujer, apoyando un codo en la barra—. Estoy con la reforma de un local a dos calles de aquí.

—Eso explica muchas cosas. Sobre todo, tu valentía para defender a Frank Lloyd Wright antes de las diez de la mañana.

—Defiendo el buen diseño a cualquier hora.

—Pues eso no se ve todos los días por Santander —bromea Miri.

Las dos se ríen.

Yo encajo la jarra de leche bajo la lanza de vapor y le doy a la válvula.

—De todas formas —continúa la clienta, bajando un punto el tono de voz—, lo fascinante de Blade Runner no son solo los edificios.

Es la mezcla en su totalidad. Art déco, neón, futurismo, toques orientales…

Parece un caos y, sin embargo, funciona.

Es como si la ciudad hubiera acumulado capas de historia sin molestarse en borrar nada.

Miri asiente y puedo ver cómo se le dilatan las pupilas. Está fascinada.

—Exacto. Como si tuviera memoria propia. Eso es lo que me fascina cuando escribo. Sentir que los espacios ya estaban ahí antes de que llegaran los personajes.

—¿Escribes? —la mirada de la diseñadora se vuelve aún más directa.

—Soy guionista —confiesa Miri, pasándose la mano por el pelo y poniéndose un pelín colorada—. O intento serlo entre café y café.

—Entonces me temo que yo tampoco soy muy normal —dice la mujer, y hay una nota de flirteo tan clara en su voz que hasta las tazas de porcelana se han enterado—. Yo me paso la vida analizando cómo se mueve la gente en espacios que he diseñado yo.

—Bienvenida al club de las neuróticas observadoras.

Termino el latte y le pongo la tapa de plástico.

—Un latte grande para llevar —anuncio.

La diseñadora se gira hacia mí, me dedica un «gracias» impecable y coge el vaso. Pero su atención vuelve hacia Miri.

—Por cierto, soy Gemma —dice, extendiendo una mano.

—Miri —responde mi amiga, estrechándosela.

Me pongo a limpiar la lanza de vapor con el paño húmedo. Gemma da un sorbo a su café, mira a Miri fijamente y se recoloca el bolso sobre el hombro.

—¿Te apetece que nos tomemos una cerveza esta tarde cuando termines? O mañana. Cuando a ti te venga bien.

Espero la reacción clásica de Miriam Pavía: la broma esquiva, el sarcasmo para salir del paso, el «es que tengo que escribir» o el típico «ahora mismo estoy en una fase muy asocial de mi vida».

Pero en lugar de eso, Miri se queda un segundo congelada, parpadea dos veces y suelta una risita.

—Podría estar bien, sí. Una cerveza suena estupendamente.

¿PERDÓN?

Gemma sonríe con una satisfacción evidente, saca el móvil del bolsillo de su chaqueta y se lo tiende a Miri.

—Apunta tu número. Así no tendrás la excusa de que lo has perdido cuando te de un toque.

—Podría bloquearte si me aburres —bromea Miri mientras teclea su teléfono en la pantalla.

—No lo harás. Tengo fe en mis conversaciones sobre arquitectura distópica. Te escribo más tarde, ¿vale?

—Vale —asiente Miri—. Luego hablamos.

Gemma le dedica una última mirada de arriba abajo, de esas que no dejan lugar a dudas sobre sus intenciones, me hace un gesto educado a mí con la mano y camina hacia la puerta. La campanilla suena y la figura del traje crema desaparece.

Miri se queda mirando la puerta durante dos segundos, con una sonrisa boba dibujada en la cara. Luego guarda su móvil en el bolsillo del delantal.

—Bueno —suelto yo—. Interesante. Muy interesante.

—¿El qué?

—Pues toda la situación en general —admito y dejo un bote de café sobre la barra—. No es muy habitual en ti aceptar una cita.

—Vaya. Perdón por comportarme como una adulta que acepta tomar una cerveza con una chica guapa.

—No seas sarcástica, que te lo digo en serio. Normalmente tardas milenios en darle conversación a alguien y hoy has tardado exactamente cuatro segundos en darle tu número a una desconocida.

—Es que no parecía una desconocida cualquiera —repite Miri, y hay una chispa de entusiasmo en sus ojos que me sienta como un tiro—. Habla mi idioma. Sabe de cine, de arquitectura, tiene conversación… No me ha venido con el típico «¿estudias o trabajas?» que se ve por aquí.

—Qué profundidad… —respondo sin más—. Pues a mí me ha parecido una marisabidilla. «La Ennis House de Frank Lloyd Wright» —imito con voz aguda—. Por favor. Un poco más y te da una clase de historia.

—Frank Lloyd Wright es un referente. Y a mí me ha parecido un detalle genial.

—Claro.

Miri me mira fijamente. De pronto, la diversión de su rostro se suaviza, dejando paso a una mirada analítica, penetrante. De esas que traspasan la piel.

—Sé cuidarme solita. Si me sale bien, estupendo; si sale mal, me habré tomado una cerveza a buen gusto y habré hablado de cine. No hay ningún drama en tener una cita.

Miri va a tener una cita. Miri. Mi Miri.

La chica que lleva años escondida detrás de sus guiones, sus camisetas frikis y su sarcasmo.

La persona que me conoce mejor que nadie en este mundo.

La que sabe cómo me tomo el café, cuándo me va a doler la cabeza y qué cara pongo cuando estoy a punto de perder la paciencia.

Debería alegrarme. Dios mío, si llevo años diciéndole que tiene que salir más, coño. Que tiene que dejar de pasar los viernes por la noche encerrada en su piso escribiendo.

«Es estupendo. Y me alegro muchísimo por ella».

Miri va a tener una cita. Y definitivamente, esa tal Gemma Rivas me cae como una patada en el estómago. Solo he necesitado cinco minutos para saberlo.