Mi guion llamado TÚ 3 #2
10%

3 #2

Natalia me acaricia sin querer acabar ya, sino todo lo contrario.

Disfruta de cada pequeña sacudida que se nota a través de mi piel.

Sus dedos suben con habilidad por mi espalda, desabrochan el sujetador y lo aparta sin romper la magia.

Mis pechos quedan al descubierto, sintiendo primero la brisa fresca de la estancia y un segundo después la calidez abrasadora de su boca.

Su lengua rodea uno de mis pezones, lo lame con avidez y luego lo succiona suavemente, sacándome un gemido que no puedo amortiguar.

Mis propias manos pierden la vergüenza y empiezan a recorrerla a ella: su espalda, la curva de sus caderas, la tensión deliciosa de sus hombros por debajo de la ropa…

La película ha pasado a mejor vida. Como si Deckard decide montar una tienda de chuches en medio del desierto de Nevada; todo eso ya me da igual.

Natalia se incorpora, se quita la camiseta de un solo tirón y la tira sin mirar hacia la otra punta del salón.

Sus pechos quedan a la altura perfecta de mi cara.

Me inclino hacia adelante y me doy el gusto de lamerla, morderla y escuchar cómo su respiración se quiebra sobre mi pelo.

Sus manos bajan a la cintura de mis pantalones, mientras mis manos imitan la maniobra en su pantalón.

En cuestión de segundos, la ropa pasa de ser una protección a ser un estorbo que no soporto más.

Natalia me empuja con delicadeza hasta dejarme tendida de espaldas sobre los cojines.

Se sitúa entre mis piernas desnudas, y me dedica una mirada llena de intención.

Asiento con la cabeza mientras le acaricio la mejilla.

Sus dedos bajan por la cara interna de mi muslo, hasta dar con la humedad que ya no puedo ni quiero disimular.

Empieza a trazar círculos alrededor de mi clítoris con la yema del pulgar, mientras observa cada uno de mis gestos.

Cuando desliza los dedos dentro de mí, lo hace de maravilla, joder.

Su boca se apodera de mi pecho de nuevo mientras su mano trabaja con un ritmo diabólicamente perfecto.

El placer se me dispara. Mis caderas buscan su mano sin control.

Natalia acelera el ritmo, presiona con el pulgar y yo exploto en un orgasmo rotundo.

El grito se sofoca contra su hombro mientras todo mi cuerpo se tensa antes de que se quede flotando en una nube llena de endorfinas.

No le doy tiempo a recuperarse. Con una maniobra un poco torpe que nos saca una carcajada a las dos, le doy la vuelta y la dejo a ella debajo de mi cuerpo.

Me deslizo entre sus piernas, le separo los labios con los dedos y la lamo con ganas, disfrutando de su sabor.

Natalia gime fuerte, y echa la cabeza hacia atrás, enredando sus dedos en mi pelo.

Le meto dos dedos hasta el fondo, y mantengo el ritmo constante que me ha enseñado ella, mientras succiono su clítoris entre mis labios.

Todo su cuerpo se convulsiona, sus paredes se aprietan alrededor de mis dedos y se corre con un temblor violento, cerrando las piernas sobre mi cabeza durante tres segundos mágicos antes de dejarse caer agotada sobre el sofá.

Cuando los fuegos artificiales se apagan y Natalia busca mis ojos, intentando recuperar el aliento con una sonrisa satisfecha dibujada en la cara.

El placer ha sido salvaje, real, de diez sobre diez.

Mi cuerpo ha respondido como una máquina.

Pero esa otra chispa, esa corriente eléctrica absurda y destructiva que me atraviesa entera cuando cierta mujer me mira desde el otro lado de la barra de La Molienda… no ha hecho acto de presencia.

—Hola —murmura Natalia contra mi cuello.

Me río, todavía intentando que los pulmones me funcionen.

—Hola.

—Yo creo que no estabas tan desentrenada —afirma y se pega un poco más a mí.

Natalia me besa. Terminamos acurrucadas bajo una manta en el sofá mientras los créditos finales de Blade Runner van subiendo lentamente por la pantalla.

—Nos hemos perdido toda la segunda mitad de la película.

—Me la sé de memoria —sonrío—. Podría recitarte cada diálogo sin equivocarme en una sola coma.

—Yo también.

Me ofrece abrir otra cerveza, pero niego con la cabeza.

—Tengo que marcharme. Mañana abro la cafetería temprano.

—Puedes quedarte a dormir si quieres —ofrece con total naturalidad—. Sin ningún tipo de compromiso.

La propuesta es sincera, cálida y sin dobles intenciones. En este momento, tengo muy claro que esta mujer y yo no vamos a volver a quedar.

—Te lo agradezco, pero prefiero dormir en mi cama.

Natalia me estudia durante un par de segundos y asiente con la cabeza. Sin malos rollos. Sin caras largas.

—Entendido. Sin dramas.

Nos despedimos en el recibidor con un último beso largo y pausado. Sus labios se demoran sobre los míos antes de dejarme marchar.

—Me lo he pasado en grande —me dice desde el marco de la puerta.

—Y yo. De verdad que sí.

Y es la verdad. No tengo ni una sola pega que ponerle a la velada. Natalia ha sido un sol, divertida, atractiva y atenta. El sexo ha sido de sobresaliente, y no siento que haya fallado nada.

Veinte minutos después estoy en la parte trasera de un taxi que recorre las calles de Santander.

La ciudad duerme bajo la fina capa de lluvia que vuelve a caer.

Apoyo la mejilla contra el cristal de la ventanilla y contemplo mi reflejo.

Sigo siendo exactamente la misma de siempre.

Con mis gafas de pasta, mis dudas y mi cacao mental.

La prueba definitiva de que mis amigos llevaban razón y que bastaba con salir, acostarme con una mujer maravillosa y pasármelo bien para borrar de plumazo todo el enredo emocional que llevo a cuestas.

Pero la magia no funciona así. Natalia no tiene la culpa de nada.

Ni yo tampoco. Acostarte con alguien encantador no borra años de amor en secreto por arte de magia.

No existe un botón de «reciclar sentimientos» para mover lo que sientes por una persona a la casilla de otra y cerrar el expediente.

Ojalá existiera, nos ahorraría toneladas de terapia y noches en desvelo, la verdad.

El taxi gira en la rotonda y vuelvo a pensar en la pregunta que me hizo Natalia: «¿Qué harías si supieras cuánto tiempo te queda?».

He respondido que perdería el tiempo preocupándome.

Y la triste realidad es que llevo meses haciendo exactamente eso.

Escondiéndome tras mi sarcasmo, mis camisetas de videojuegos y mi lealtad.

Convenciéndome a mí misma de que no necesito nada más porque estar al lado de Adela, ser su pilar, su compañera y mejor amiga —aunque seamos polos opuestos— ya es suficiente para ir tirando.

Pero, lo cierto es que mi vida no puede convertirse en una sala de espera aguardando a que alguien decida mirar hacia donde estoy yo.

El taxi frena delante de mi portal. Pago el importe, le doy las gracias al taxista y salgo a la madrugada de Santander.

Antes de meter la llave en la cerradura, levanto la vista hacia arriba.

Las nubes se están abriendo a toda prisa y dejan al descubierto un pedazo de cielo nocturno salpicado de estrellas relucientes.

Saco el móvil del bolsillo de la chaqueta y veo que tengo un mensaje de Sara.

Sara : ¿Cómo ha ido la velada?

Me quedo mirando la pantalla unos segundos:

Miri : De maravilla. Y teníais razón, bruja.

La respuesta de mi amiga no tarda ni tres segundos en llegar:

Sara : CAPTURA DE PANTALLA HECHA. MAÑANA ME LO CUENTAS TODO.

Me río sola en medio de la acera y después niego con la cabeza.

—Creo que va siendo hora de abrirme al mercado de las citas.