3
Miri
Estoy frente al portal de Natalia con varias cervezas en una bolsa, y la certeza de que mis amigos han conseguido manipularme.
Sara bautizó esta misión como «abrirte a nuevas posibilidades, Miri.
Que te estás amargando». Pol sugirió «actualizar mi software romántico».
Y Beto, en un despliegue de sensibilidad que nadie le pidió, aseguró que «tanto tiempo sin acostarte con nadie debería contar como evento canónico».
Debería cambiar de amigos, pero en el fondo, sé que lo hacen con cariño.
Miro el número del portal una vez más. Natalia vive muy cerca de la Plaza de Numancia, en un edificio antiguo rehabilitado con un gusto exquisito.
El aire me azota las mejillas y me obliga a subirme el cuello de la chaqueta. Respiro hondo, y aprieto el timbre.
—¿Sí? —pregunta una voz femenina.
—Soy Miri —digo, aclarándome la garganta para no sonar como un adolescente.
—¡Sube! La puerta del ascensor se atasca un poco, pero no te preocupes.
El recibidor huele a vainilla. Mientras avanzo, recuerdo el sticker de un gato aplaudiendo que Sara me envió hace un rato cuando le he dicho que ya estaba aquí.
Natalia abre la puerta de su casa incluso antes de que me dé tiempo a llamar. Lleva unos vaqueros ajustados, calcetines blancos estampados con pequeños extraterrestres y una camiseta negra de tirantes que deja al descubierto unos brazos llenos de pecas.
—Traigo cerveza artesanal, una delicia —le digo para romper el momento.
Natalia cierra la puerta a mi espalda y la comisura de sus labios se eleva.
—Perfecto para ver la peli.
El piso de Natalia es una maravilla. Paredes de un blanco impecable, suelo de parque, muebles de madera oscura bien conservados, selva tropical en miniatura repartida por las esquinas y láminas de cine clásico enmarcadas.
En la pared del fondo destaca un póster minimalista brutal de 2001: Una odisea del espacio .
A su lado, una lámina conceptual de Alien donde solo se intuye el contorno del huevo sobre un negro profundo.
—Menudo piso —suelto y dejo la bolsa sobre la encimera de la cocina—. Me encanta la personalidad que tiene.
—Muchas gracias —responde Natalia, y se guarda un par de mechones tras las orejas—. Tendrías que haberlo visto cuando entré a vivir. El antiguo inquilino tenía una fijación enfermiza con el color melocotón. En todas partes.
Saco la primera botella y se la ofrezco.
—¿En serio? ¿En todas las habitaciones?
—En todas —recalca levantando las manos—. Incluidos los azulejos del baño y el fondo del armario empotrado.
—Madre mía…
Suelto una carcajada que retumba en la cocina. Natalia me hace un gesto con la cabeza hacia el salón.
—He preparado una lista. Tres opciones. Y aviso: ninguna es inocente.
Sobre la mesa baja de centro hay tres estuches de edición especial en Blu-ray: Blade Runner , La cosa y Terminator . El orden no parece fruto del azar. Me llevo la mano libre al pecho.
—Qué maravilla, joder. —Paso los dedos por los estuches, sopesando la jugada. Cojo Blade Runner y la elevo a la altura de sus ojos—. Esta. Sin dudarlo.
Natalia sonríe de oreja a oreja.
—Bien. Primera prueba superada. Puedes quedarte en mi sofá.
—Menos mal. ¿Qué habría pasado si llego a inclinarme por Terminator ?
—Lo mismo —dice dándole un trago a su cerveza y se apoya en el respaldo del sofá—, pero habrías tenido que aguantar un monólogo de veinte minutos sobre por qué la secuela es cinematográficamente superior a la original.
Nos acomodamos en el sofá mientras la pantalla cobra vida. Natalia apaga la luz del salón y deja únicamente encendida una pequeña lámpara de pie. La estancia queda impregnada de una penumbra azulada que va cambiando de intensidad según los fotogramas del filme.
—¿Puedo soltar una bomba? —susurra Natalia cuando llevamos un rato de película y la lluvia eterna sobre las luces de neón de Los Ángeles inunda la estancia.
—Venga, acepto —la animo y levanto mi cerveza.
—Creo que el debate sobre si Deckard es un replicante o un ser humano está muy sobrevalorado.
Frunzo el ceño y dejo mi cerveza sobre la mesa.
—Explícate.
Natalia se encoge de hombros.
—Bueno… —empieza, y bebe un poco antes de continuar—: Todo el mundo se vuelve loco con las pruebas.
Pero para mí, lo potente de la historia no es lo que él es, sino lo que siente.
Si sus recuerdos son implantados pero su miedo a la muerte, su deseo y su necesidad de amar son reales, ¿qué más da su naturaleza?
Me la quedo mirando.
—Vaya… —murmuro sonriendo—. Una reflexión bastante profunda para alguien que lleva extraterrestres bordados en los tobillos.
Natalia estira una pierna y mueve el pie de arriba abajo.
—Oye, no subestimes el valor de mis calcetines. Tengo muy claro que no estamos solos en el cosmos, y que el universo puede ser un lugar absurdo y terriblemente mono.
Se me escapa una risa tonta mientras la película continúa.
Un rato más tarde, con la luz dorada reflejándose en su rostro, Natalia vuelve a hablar sin despegar los ojos de la pantalla.
—Por hablar de Roy Batty. Me parece mil veces más humano que casi todos los demás. Su monólogo final es de lo mejor.
—Porque sabe que su tiempo se apaga —comento.
—Porque sabe que su tiempo es ridículamente corto. Y en lugar de rendirse, decide darle significado a cada maldito segundo que le queda.
Trago saliva y doy otro sorbo a la cerveza.
—Pues algunos te dirían que podrían volverse locos por eso. O paralizarnos.
—O volverte valiente —corrige Natalia, girándose hacia mí—. Todo depende del día y de los chupitos de ginebra que te hayas tomado antes de tomar la decisión.
—Vaya, qué optimista.
—¿Tú no lo eres? —me pregunta.
—Soy guionista —le recuerdo—. Nos pagan por hacer sufrir a los personajes y revolcarnos en la miseria.
Natalia se ríe con ganas.
—¿Y tú? ¿Qué harías si supieras exactamente cuánto tiempo te queda en este mundo?
La pregunta me deja congelada un instante. En la pantalla, la lluvia cibernética de Los Ángeles parece caer al ritmo de mis pulsaciones.
—Probablemente desperdiciaría el ochenta por ciento de ese tiempo comiéndome la cabeza sobre el poco tiempo que me queda —reconozco con sinceridad—. Y el veinte restante… lo pasaría intentando escribir la obra maestra definitiva que jamás lograría terminar.
—Eso suena trágicamente humano. Y bastante tierno —apunta Natalia.
—Soy un desastre, qué te voy a contar.
Natalia me mira fijamente.
—A mí no me pareces ningún desastre.
Natalia me gusta. Es guapísima, ingeniosa y me está mirando como si fuera el plato principal de un menú degustación. Veo el brillo verdoso de su iris y el recorrido de su mirada bajando directamente hacia mi boca. «Madre mía». Estoy mirando sus labios. Y ella está mirando los míos.
—Miri.
—¿Qué?
—Te voy a besar ahora mismo.
Sus labios se posan sobre los míos, presionan con delicadeza y se retiran un milímetro, como comprobando si voy a salir huyendo por la ventana. Pero no pienso huir. Quiero más. Mucho más.
Esta vez soy yo la que rompe la distancia y la busca.
Siento su mano posarse en mi nuca, sujetándome con firmeza, mientras mi propia mano acaba instalada en su cintura como si llevara toda la vida sabiendo dónde posarse.
La película, las cervezas, la lluvia de Santander y el análisis cerebral se evaporan en el acto tras esa sacudida electrizante que supone volver a sentir un cuerpo ajeno deseándote con ganas.
Natalia me besa despacio al principio, saboreándome, para luego meterle una intensidad que me deja sin aire.
Su lengua se desliza entre mis labios con un dominio fascinante.
Mi respiración se descontrola en cuestión de segundos.
La suya se vuelve agitada, y de pronto, el sofá se nos queda pequeñísimo.
—¿Te gusta? —murmura pegada a mi boca, con la voz rota por la excitación.
Asiento con la cabeza, incapaz de articular dos palabras coherentes.
—Sí… Dios, sí.
Ella se ríe contra mi piel y el roce de sus dientes me provoca un escalofrío por toda la columna.
—Pareces sorprendida.
—Es que hacía tiempo que… —consigo articular—. Como diríamos en nuestra jerga, tenía la carpeta de archivos ocultos bastante oxidada.
—¿Cuánto tiempo?
—Mejor sigue besándome y no me saques los colores —bromeo.
Se ríe de nuevo y me planta un beso ruidoso en la mejilla antes de volver a mi boca.
Qué maravilla de tía. Natalia no tiene prisa alguna.
Sus dedos largos recorren mi espalda por encima de la ropa con una parsimonia exquisita, tomando la iniciativa.
Poco a poco, la vergüenza que he sentido al principio, salta por los aires.
El deseo me arrolla. Puro y sin filtros.
Y, de repente, mi cuerpo se acuerda de cómo se hace esto muchísimo más rápido que mi cabeza.
Sus manos bajan hacia mi cadera, se cuelan por debajo del dobladillo de mi camiseta y el contacto directo de su piel caliente contra la mía me saca un gemido. Las yemas de sus dedos trazan una ruta lenta por mis costillas, subiendo con paciencia hasta acariciar la parte inferior de mis pechos.
—Estás helada —murmura bajando la boca hasta mi cuello para darme pequeños mordiscos.
—Más bien es que tus manos están ardiendo —protesto entre jadeos—. Creo que podrías provocar un incendio si sigues subiendo.
—Puedo apagarlo también si me dejas.
—Menudo servicio más increíble —bromea ella. Se aparta y me mira a los ojos—. Pienso hacerlo.
Natalia sella la respuesta volviendo a taparme la boca con un beso profundo.
Con un beso al que me entrego sin reservas.
Porque me apetece. Porque llevo demasiados meses —muchísimos más de los que quiero admitir— sin sentir el calor de nadie.
Porque sienta jodidamente bien volverse deseable a los ojos de una persona.
Y porque durante años he convertido mi celibato en una especie de fortaleza, y quizás mis amigos no estaban tan desencaminados: te acostumbras tanto a la soledad que al final confundes el aislamiento con la paz mental.