Mi guion llamado TÚ 2
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Miri

«Madre mía. Sí que le fue bien la noche».

A las ocho y siete de la mañana, Adela entra en La Molienda con dos vasos de café en una mano, las gafas de sol puestas pese a que el cielo de Santander está oscuro, y una sonrisa de oreja a oreja que deja claras dos cosas.

La primera: que anoche no regresó a casa a leer a Platón, obviamente.

La segunda: que la resaca ha decidido acompañarla al trabajo.

Yo estoy terminando de colocar las tazas sobre la máquina de expreso cuando la veo cruzar la puerta. Mi camiseta de The Witcher reza un orgulloso « Toss a Coin to Your Witcher» . Mi cara, en cambio, dice que voy a disfrutar cada segundo de este espectáculo.

—Buenos días, criatura de la noche —saludo mientras dejo la última taza de cerámica en su sitio.

Adela se detiene a medio metro de la barra. Se ajusta las gafas de sol sobre el puente de la nariz y me apunta con un vaso de cartón.

—No grites. Te lo pido por lo que más quieras.

—Estoy hablando a un volumen perfectamente normal —protesto—. O al menos tan normal como permite una mañana de jueves.

—No sé yo qué decirte.

Me muerdo el interior de las mejillas. Lleva la melena recogida y una sudadera gris oversize que asoma por debajo de su chaqueta.

En cualquier otra persona semejante aspecto rozaría el lamento.

En Adela Noguera, por alguna injusticia que me niego a analizar a estas horas, solo consigue darle un aire de estrella de rock espantosamente atractivo.

La odio un poco por eso. Solo un poco. Porque el resto se diluye en esa familiaridad que llevamos años cultivando.

—¿Eso que traes en la mano es café de franquicia? —pregunto señalando los vasos mientras me escandalizo.

—Sí.

—Trabajas en una cafetería.

—Gracias, Sherlock —apunta irónica—. Como si el delantal colgado ahí detrás y las ojeras no me lo recordaran.

—En una cafetería de especialidad. Con un molino de tres mil euros.

—Mi cerebro necesitaba cafeína antes de ser capaz de apretar el botón de la máquina. No me juzgues. O al menos no lo hagas con esa cara.

Me tiende uno de los vasos. Lo acepto y siento el calor en las palmas.

—Qué bonito que también hayas pensado en mí —sonrío de mala gana.

Doy un sorbo y el toque contra el paladar es horrible. A ver, tampoco está imbebible, pero comparado con lo que preparamos aquí, sabe a agua de fregar.

—Mediocre —sentencio y arrugo la nariz.

—Pues te lo estás bebiendo.

—Porque soy una mujer humilde y no pienso hacerte el desprecio.

Adela deja su bolso debajo de la barra con un suspiro dramático y por fin se quita las gafas de sol. Vaya. Eso sí que es grave. Tiene los ojos achinados, la mirada turbia y unas sombras oscuras y deliciosas justo debajo de las pestañas.

—Vas a tener que dejarte de citas entre semana —le espeto mientras recojo un paño—. Porque luego mira qué careto traes.

Adela se apoya sobre la barra, descansando la barbilla entre las manos.

—¿Y privarte del único entretenimiento que le da sentido a tus mañanas? Ni lo sueñes.

—Ja, ja.

Me guiña un ojo. Un gesto rápido, descarado, cien por cien marca de la casa.

Y, como siempre, algo ridículo y cálido me hace cosquillitas justo debajo del esternón.

Ignoro la sensación con cierta maestría.

Llevo años especializándome en esto: en el noble arte de congelar mi corazón cuando el cuerpo me insiste en recordar cosas que la razón archivó bajo el epígrafe de « Imposibles y peligrosos » .

—Entonces… ¿bien? —pregunto.

—Bien, ¿qué?

—La cita.

—Sí, fue bastante normal —responde, estirando los brazos sobre la barra—. Claudia es muy divertida.

Así que la rubia del perfil de Tinder es divertida.

—Y guapa. Muy guapa, de hecho —añade.

—Traducción: tiene un cuerpazo de infarto y no te hizo perder el tiempo —apunto sin levantar la vista del servilletero.

Ella suelta una carcajada, pero enseguida se lleva las manos a las sienes.

—Joder, no me hagas reír. Me retumba la cabeza.

—Ay, pues lo siento. Mi única intención era iluminar tu mañana.

—Mientes fatal. Te encanta verme sufrir.

—Es una de mis mejores virtudes. La práctica hace al maestro —digo, y me encojo de hombros.

Nos ponemos a preparar el local para la apertura.

Es una danza que nos sabemos de memoria.

Yo enciendo el segundo grupo de la máquina, compruebo la temperatura, reviso la vitrina de la repostería y coloco las galletas que Carmela nos dejó listas ayer; Adela cuenta el cambio de la caja.

Durante varios minutos, me envuelvo en esta mágica rutina.

Yo sé cuándo va a necesitar la jarra antes de que estire la mano. Ella deja a mi lado la cucharilla que siempre traspapelo. Le paso el trapo justo en el momento en que extiende la palma.

Hay personas con las que la convivencia necesita un manual de instrucciones. Pero con Adela, siempre me ha pasado al contrario. A veces tengo la sensación de que funcionamos como un único organismo con dos mentes.

—¿Al menos pudiste descansar algo? —inquiero mientras coloco las tazas por orden de tamaño.

—Sí.

—¿Cuántas horas? ¿Dos? ¿Tres?

Adela me mira por encima del hombro, dibujando una mueca de fastidio.

—Las suficientes como para tener esta resaca. Pero tú ya me has animado el día.

Sonrío y me concentro en colocar los azucarillos.

Sé que ha habido sexo del intenso y que ahora mismo Claudia forma parte de su historial de conquistas sin consecuencias.

Hubo un tiempo en que escuchar los detalles de sus incursiones nocturnas me dejaba un regusto amargo en la boca.

Una especie de quemadura. Ahora ya no. Al menos, casi nunca.

O quizá solo tenga un sistema de archivos mentales tan refinado que soy capaz de meter el dolor en una carpeta que pone «PELIGRO: NO TOCAR » y que me ayuda a seguir adelante.

A media mañana La Molienda es un hervidero.

Entra y sale gente sin parar, no dejamos de servir café y Mollete —que se ha quedado a pasar la mañana con nosotras tras su paseo— se dedica a poner ojitos de perro abandonado a una pareja de turistas alemanes para rascar un pedazo de cruasán.

Adela se mueve tras la barra, demostrando que su cuerpo tiene una resistencia sobrehumana a la juerga.

Al terminar mi turno, rozando las tres de la tarde, me quito el delantal, me cuelgo la mochila al hombro y me ajusto las gafas. Adela está desmontando uno de los molinos para limpiarlo a fondo.

—¿Hoy tienes tu reunión de frikis? —pregunta sin levantar la vista.

—Club de juegos de mesa y rol, Adela. Se llama así.

—Eso he dicho. El aquelarre de los dados. Gente encerrada en un sótano tirando objetos de plástico y hablando en élfico.

Entrecierro los ojos.

—Vale, acepto que desde fuera puede parecer un poco… raro. Pero te prometo que no sacrificamos a nadie. Solo la poca dignidad que le quedan a mi hermano y a Beto cuando la partida le sale de pena.

Adela se ríe y me lanza una mirada rápida, llena de esa luz juguetona que tanto me gusta.

—Pásalo bien. Y si te encuentras con alguna maga guapa entre tirada y tirada, haz el favor de no hablarle solo de la humedad de Santander.

—Qué graciosita —ironizo—. Tú intenta no quemar el local mientras no estoy. Y no le pongas leche de avena a nadie que no la haya pedido.

—Estoy perfectamente recuperada.

Le hago una peineta y salgo a la calle antes de que me tire algo a la cabeza.

El aire fresco de la tarde me despeja la cara al instante.

Camino a paso ligero hacia donde he quedado con los chicos, con la mente dividida entre el guion que no consigo terminar y el ambiente reconfortante que me espera.

El club ocupa el sótano de una librería especializada cerca de la plaza de la Esperanza. Para cualquiera sería un antro inhóspito; para mí es lo más parecido a un santuario.

Cuando bajo las escaleras, Pol ya está instalado en la mesa grande del fondo. Lleva unos cascos enormes al cuello, su sudadera azul de Minecraft y cara de fastidio.

—Llegas tarde —anuncia en cuanto me ve aparecer.

Consulto el reloj.

—Faltan dos minutos para las cuatro. Llego pronto.

—Para una tía de treinta y cuatro años, llegar dos minutos antes es llegar tarde. El tiempo vuela, hermanita. Estás a un paso de la tercera edad y sigues perdiéndolo por ahí —se burla.

«Pues qué simpáticos están todos hoy».

Dejo la mochila en la silla libre y me siento con parsimonia.

—Buenas tardes a ti también, accidente biológico.

—Mamá dice que fui un regalo de la vida.

—Mamá usa eufemismos para no admitir que el fallo del preservativo ocurrió en la Nochevieja de 2004.

Beto levanta la mano desde el otro lado del tablero. Lleva una camiseta de Juego de Tronos y la mirada algo extraviada.

—Confirmo que el noventa por ciento de los «regalos» familiares son fruto de fallos de anticonceptivos. Puedo demostrarlo con gráficos.

Sara, que está sentada a su lado ordenando las piezas del tablero, le da un manotazo.

—Nadie ha pedido tus gráficos, Beto. Guárdatelos para el grupo de WhatsApp.

—Pues yo pienso que sería muy esclarecedor.

Sara ignora a Beto y clava sus ojos en mí. Con esa maldita mirada de «soy tu amiga, pero también analizo tu conducta» que pone cada vez que nota que me pasa algo.

—¿Qué? —salto de inmediato.

—Nada —dice con una sonrisa demasiado dulce.

—Cuando dices «nada» con voz de psicóloga, sé perfectamente que estás a punto de opinar sobre mi vida sentimental.

—Es que tu vida sentimental es como una serie cancelada en la primera temporada, Miri. Da un poco de pena.

Pol suelta una risita y empieza a colocar las miniaturas sobre el tablero modular.

Jugamos Dungeons & Dragons para el escenario de Dragonlance, una campaña de alta fantasía épica donde mi personaje es una maga de la Alta Hechicería con una puntuación de inteligencia estratosférica y una salud física penosa.

—Estamos en los calabozos —recuerda Beto—. Y técnicamente Pol está envenenado.

—Técnicamente no, ¡estoy envenenado! —protesta mi hermano—. Maldito sea el goblin de Krynn de los cojones.

—Nadie abraza a un goblin, Pol.

La partida sigue y durante casi una hora consigo desconectar. El mundo exterior se reduce a los muros de piedra imaginarios, a las pociones de curación y a los chistes malos de mi hermano. La Molienda, la resaca de Adela y la dichosa Claudia desaparecen por completo de mi cabeza.

Hasta que Sara aprovecha una pausa en la que Pol y Beto están enzarzados en una discusión.

—Pareces cansada —me dice, apoyando los codos en la mesa.

—Es por el turno de mañana. Aunque no me quejo, prefiero esto mil veces a mi antigua mesa de escritorio.

—No hablo del trabajo. Hablo de la mirada de resignación que tienes últimamente.

Sigo acariciando las aristas de mi dado, sin mirarla.

—No me pasa nada. ¿Y podéis dejar mi vida personal en paz?

—protesto, sintiendo cómo se me calientan las orejas.

Y de repente, no hay quien pare mi cháchara—.

Mi fase de estar colgada de Adela está más que superada.

Somos socias, somos mejores amigas y nos llevamos de puta madre. Fin de la historia.

Sara suspira, mirándome con lástima. Pol y Beto tienen la mandíbula desencajada.

«Genial. Ya me he ido de la lengua».

—Lo que digo es que te estás perdiendo la oportunidad de conocer a alguien que realmente te quiera. El sábado pasado, la chica de la camiseta de Zelda que estaba en la mesa tres se tiró dos horas haciéndote ojitos.

—Estaba mirando el póster de detrás de mi cabeza —miento.

—Te estaba mirando las pecas y tu culazo, que nos enteramos todos menos tú —apunta Beto sin levantar la vista de su partida.

—Gracias por el informe de cobertura.

—Hay muchísimas más mujeres en Santander —insiste Pol, poniéndose serio por una vez en su vida—.

Mujeres que no están obsesionadas con su libertad, que no tienen una exmujer con la que compartir la custodia de su perro y que no te ven como a una hermana pequeña.

Sal con alguien. Una cita tonta. Una cerveza. Lo que sea para romper el hechizo.

Me quedo en silencio, apretando el dado entre los dedos. Me molesta que tengan razón. Me molesta profundamente que se note tanto desde fuera esa grieta que todavía no consigo cerrar.

—No quiero complicaciones —murmuro.

—Una cerveza no es una complicación —replica Sara—. Es solo una cerveza.

En ese momento, como si el destino tuviera un sentido del humor bastante retorcido, un movimiento en la mesa de al lado me hace levantar la vista.

Allí hay un grupo de chicas jugando a un juego de cartas narrativo.

Y una de ellas… bueno. Tiene el pelo castaño cortado en una melena recta por los hombros, unos ojos oscuros expresivos y lleva una camisa de franela a cuadros sobre una camiseta de Star Wars .

Debe de tener mi edad. Está riéndose de algo que dice su compañera y, al girar la cabeza, su mirada se encuentra con la mía.

Y no la aparta. Lo cual me produce un leve cosquilleo en el estómago.

Aparto los ojos a toda prisa, concentrándome en el tablero.

—Vaya, vaya —sonríe Pol.

—Cállate la boca —le siseo.

—Oye, que yo no he dicho nada.

—Con tu cara es más que suficiente.

Sara disimula una sonrisa de satisfacción.

—No es la primera vez que se te queda mirando, que lo sepas —apunta.

—Os odio a los tres —murmuro, sintiendo el rubor en el cuello.

Vuelvo a mirar de reojo. Solo un segundo. La chica me está mirando de nuevo, y esta vez, cuando me atrapa cazándola, me dedica una sonrisa pequeña y descarada que le arruga la comisura de los labios.

Cojo mis dados, y me anclo a la realidad.

Quizá los chicos estén en lo cierto. Quizá vaya siendo hora de dejar de esperar en la estación a un tren que nunca va a llegar, y empezar a mirar qué otros caminos hay disponibles.

—Te toca, Miri —me recuerda Sara.

Miro la mesa una última vez, le devuelvo la sonrisa a la chica de la camisa a cuadros y lanzo los dados sobre el tablero. El d20 caras gira, repicando con fuerza, antes de detenerse en un número ridículamente alto.

—¡Ja! Crítico —anuncio con picardía.

—Madre mía —sonríe Pol—. Esta noche la hechicera viene con ganas de guerra.

—Sí —afirmo—. Y pienso cobrarme la recompensa.