Mi guion llamado TÚ
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1
Miri
Santander. Finales de octubre.
El sonido del molinillo se mezcla con el siseo violento de cafetera y el murmullo habitual de una mañana de miércoles en pleno centro.
El cielo nos ha regalado una pequeña llovizna típicamente cantábrica, lo que significa que, si acabas de salir de la peluquería, ya puedes olvidarte de mantener el peinado.
Detrás de la barra de La Molienda, observo cómo las gotas resbalan por los grandes ventanales, deformando las fachadas del otro lado de la calle.
Afuera, la gente camina a marchas forzadas bajo paraguas oscuros, pero aquí dentro, el universo huele exactamente a lo que debe oler la felicidad: café, mantequilla, y un buen toque de canela.
—Doble expreso, cargado y sin azúcar —informo y deslizo la taza sobre la barra frente a Arturo—. A ver si así te alegro un poco la cara.
Arturo tiene unos sesenta, trabaja en una asesoría fiscal dos calles más abajo y es un cliente habitual. Mientras se quita el abrigo, suspira.
—¿Tan mal aspecto tengo? —se lamenta.
—Teniendo en cuenta que has pedido el café antes de quitarte la bufanda… —señalo deslizando las gafas de pasta sobre el puente de mi nariz—. Yo diría que un poquito.
—La inspección de las nueve me tiene algo preocupado, la verdad —suspira y se pasa una mano por el poco pelo que le queda—. Y el cliente en cuestión es de los difíciles.
—Ufff, mis condolencias —le guiño un ojo—. Si necesitas algo más fuerte que este arábica, avísame.
El hombre suelta una carcajada y se lleva la taza hacia su mesa favorita junto al ventanal. Lo miro alejarse. A veces el café no solo es un simple café; también hace las veces de abrazo y ese es el sentimiento más bonito del mundo.
Adela; mi mejor amiga y dueña de La Molienda, irrumpe en mi campo de visión apoyando la jarra de leche sobre la barra.
Lleva la camisa verde oliva habitual remangada hasta los codos y el delantal marrón anudado a esa cintura que…
en fin, mejor no pienso en estas cosas tan temprano.
A juego, su melena rizada y salvaje se escapa del recogido improvisado con un lápiz, dejando caer varios bucles rebeldes sobre su cuello.
—Capuchino para la mesa cuatro —me pide, dando un paso hacia mí—. Como mi madre no venga pronto, vamos a tener lío.
—Esperemos que no —bromeo.
Preparo el café mientras ella se cruza de brazos y se apoya en la barra sonriente.
Da igual que lleve tres horas de sueño, que me haya pasado la noche en vela frustrada porque la protagonista de mi guion quiera llevarme la contraria o que Santander amenace con tragarse el sol hasta mayo.
Porque esa sonrisa tiene la capacidad de dar la vuelta de hoja a cualquier mal en el mundo.
Servimos unos cuantos cafés más y con las mesas en un ambiente animado, me doy un momento para buscar y abrir mi portátil, que descansa oculto sobre una repisa junto a los paquetes de café en grano.
—Cinco minutos —anuncio al aire, tecleando mi contraseña.
Adela está de espaldas, pesando un origen de Colombia en la báscula. El aroma del grano inundando el ambiente es puro vicio.
—Te dejo tres minutos —suelta ella sin girarse.
Y ahí está, la batalla de todos los días.
—Cinco, por favor. Sé razonable. Estoy segura de que nadie nos va a molestar.
—Tres minutos. Y voy a contar cada segundo —apunta moviendo las cejas.
Me bajo las gafas un milímetro para mirarla por encima de las monturas.
—¿Te tengo que recordar qué ganarás si este guion llega a buen puerto?
—Tres minutos y medio —concede Adela, con un destello divertido en los ojos—. Y ni se te ocurra rechistar, o bajo a dos.
—Acepto el trato, bruja —rezongo, escondiendo la sonrisa tras la pantalla.
Despliego la ventana del procesador de textos, y me voy a la página cuarenta y tres. Mi protagonista, Eva, sigue plantada frente a una puerta. Lleva ahí desde las dos de la mañana de ayer. La odio.
Escribo: «Eva eleva la mano para llamar al timbre, pero el pulso le tiembla y la deja caer». Lo releo, y vuelvo a pulsar la tecla de borrado. El cursor parpadea en la pantalla, pareciendo mofarse de mi bloqueo.
—¿Todavía con problemas de inspiración? —pregunta Adela.
—Eva se está volviendo un poco… no sé, lo contrario a lo que tenía pensado al inicio —sentencio sin mirarla.
—¿Y qué le pasa? —se interesa.
—Pues que está enamorada hasta las trancas de alguien y no se atreve a decírselo, porque sabe que va a arruinar la historia de amistad que tienen —suelto sin pensar.
La frase sale de mi boca con una rapidez sorprendente. Adela, ajena por completo a lo que esto significa de verdad, estira la mano para alcanzar un paño.
—Pues que se lo diga de una vez —sentencia, como si la vida fuera así de simple—. Mejor lanzarse y arrepentirse, que no hacerlo nunca.
«Claro, como si fuera tan fácil resolver en tres líneas un conflicto emocional de años, solo porque una mujer despampanante con rizos indomables, ha decidido que es maravilloso tirarse a una piscina sin agua.»
—Gracias, Sofia Coppola —murmuro con sarcasmo—. Voy a llamar a la Academia de Cine ahora mismo para que te reserven el Goya al mejor guion adaptado.
—De nada —se ríe ella, guiñándome un ojo—. Con salir en los agradecimientos me basta. Y que uses una foto mía decente para la prensa, no en las que salgo despeinada mientras me como una pizza.
Antes de que pueda contestarle que en esas fotos es precisamente cuando está para comérsela a besos, escucho la campanilla de la puerta. Una ráfaga de aire húmedo se cuela en La Molienda acompañada por Carmela, que lleva dos cajas enormes de cartón en equilibrio precario.
—¡Perdón por llegar tarde! El tráfico está de pena.
Salgo de mi escondite tras la barra para echarle una mano.
El aroma a almendra y limón me envuelve de golpe al acercarme a ella.
Carmela Noguera tiene sesenta y tres años, la energía atómica de un reactor nuclear y el convencimiento de que la glucosa es la única terapia efectiva contra cualquier mal día.
—Buenos días —le sonrío, dándole dos besos en las mejillas. Echo un vistazo al interior de la caja y se me hace la boca agua—. Dime que son lo que creo que son.
La cara de Carmela se ilumina.
—Tartaletas de pera y almendra, bizcocho de limón y unos muffins que he horneado a primera hora.
—Nos has salvado la mañana —le dice su hija.
Carmela le dedica una sonrisa y, de repente, una bola canela de patas cortas aparece ruidosamente desde el pasillo del almacén.
Mollete corre hacia Carmela moviendo todo el cuerpo.
Es un mestizo de teckel, con unas orejas largas que rozan el suelo durante su carrera, y la expresión de sabio milenario atrapado en un cuerpo de salchicha.
—¡Mi niño! —se derrite Carmela, agachándose para recibir el ataque de lametazos.
—Será traidor —protesta Adela cruzándose de brazos mientras mira al perro—. Esta mañana le he puesto la comida y ni me ha mirado.
—Es que tú no hueles a hojaldre recién horneado —le responde su madre rascándole la barriga a Mollete—. El amor perruno tiene unos estándares de calidad que tú no estás cubriendo, hija mía.
—Yo pago su veterinario y sus vacunas. En custodia compartida con… ella, pero lo pago.
Me agacho y Mollete cambia instantáneamente de objetivo, abandonando a Carmela para apoyar las patas delanteras en mis rodillas y buscar mi mano con el hocico.
—Tú sí que tienes buen gusto, chiquitín —le digo rascándole tras las orejas—. Sabes quién te quiere dar mimos de verdad.
Adela me apunta con una cucharilla de café, entrecerrando los ojos.
—No lo manipules. Bastante difícil es competir contigo cuando encima te pones su camiseta favorita.
Miro hacia abajo. Hoy llevo puesta la de los Cazafantasmas , con el logo clásico de color rojo destacando bajo el delantal.
—¿Y qué problema hay? Es un clásico del cine.
—Pues que no eres una adolescente —se burla Adela.
—Anda coño. ¿Y qué me dices de ti, usando una taza que pone « no me hables si no soy tu abogada» en tu propio trabajo? —ataco de vuelta—. No deberías darme lecciones.
Carmela nos observa a las dos en silencio.
—Qué bien os entendéis siempre —suelta dos segundos después. Y sé que viene con segundas intenciones.
Siento cómo una oleada de calor me sube por el cuello hasta las orejas. Genial. Treinta y cuatro palos en el carné y me pongo roja como un tomate porque la madre de la mujer de la que llevo años secretamente enamorada lo sigue calando a la primera.
Carmela termina marchándose diez minutos después, no sin antes colocar lo que ha traído a su gusto y recordarnos tres veces cómo servir el bizcocho de limón.
Mollete se queda frito bajo una de las mesas de la esquina, haciendo ruiditos con las patas mientras sueña.
Y el mundo en La Molienda, vuelve a girar.
· · ·
A eso de las once, la cafetería entra en una pequeña tregua. La lluvia ha aflojado y Adela limpia la cafetera mientras yo pongo al día parte de los pedidos.
—Por cierto —dice ella.
Peligro. Cuando dice eso, es que Adela Noguera se trae algo entre manos.
—¿Qué has hecho? —pregunto sin apartar la vista de la pantalla.
—¿Por qué das por hecho que he hecho algo?
—Porque has dicho «por cierto» como una adolescente que acaba de abollar el coche de su padre —me giro a mirarla—. Estoy segura de que me vas a soltar un bombazo.
Adela esboza una sonrisa rápida. Se apoya en la barra con los codos y me sostiene la mirada.
—Tengo una cita esta noche.
Y ahí está. Esas putas cinco palabras de mierda. Una frase de lo más simple que provoca que el estómago se me retuerza antes de volver a su sitio.
La temperatura del local cae a cero grados. Mis dedos se congelan sobre la pantalla y olvido durante tres segundos cómo llenar de aire mis pulmones.
No debería pasar nada por una más. Adela tiene citas. Muchas en realidad. Es una mujer despampanante de treinta y nueve años, liberada, divorciada y orgullosa de disfrutar de la soltería.
—¿Ah, sí? ¿Con quién? —le pregunto.
Dios, merezco un Óscar por tal actuación.
—Se llama Claudia —me cuenta, acariciando una pulsera de su muñeca—. Es instructora de yoga. La conocí la semana pasada por Tinder. Parece interesante.
—Ah.
—Joder Miri, ese «ah» acaba de pedirle los antecedentes penales a la pobre mujer.
Me vuelvo del todo hacia ella.
—Solo me preocupo —digo cruzándome de brazos—. Hay mucha perturbada suelta en esas aplicaciones.
—Tú conociste a tu última ex en un foro de rol de « La Llamada de Cthulhu» , así que no estás en posición de dar lecciones ¿eh?
—Y fue un desastre absoluto, lo que me da la razón —apunto con una ceja levantada.
—Buen contraataque —se ríe Adela, y relaja los hombros—. Pero presiento que esta chica es diferente. Al menos, para que me apetezca tomarme un vino con ella sin más pretensiones.
Sonrío. Ella me devuelve la sonrisa. La maquinaria de la amistad perfecta sigue rodando.
—¿A dónde vais a ir? —me obligo a preguntarle.
—Al italiano nuevo de Puerto Chico. Me han dicho que hacen unos platos espectaculares y que la terraza es monísima. Aunque con la que está cayendo estos días… no sé yo si tendremos que cenar dentro.
—Qué romántico.
—Es una cita sin más. Tampoco voy a encargar flores.
Adela me guiña un ojo, y yo le devuelvo la mueca como puedo. El humor es la única trinchera que me queda.
—Menos mal.
Ella se ríe. Reconozco que me duele un poco. Aunque no como dolía hace tres años, cuando se estaba divorciando de su exmujer y yo cometí el error garrafal de pensar que, quizás habría un hueco en su corazón para mí.
Cuando ella se recuperó y volvió al ruedo de las citas, entendí que, si quería mantenerla en mi vida, tenía que enterrar lo que sentía. Y ahí sigue. Enterrado y cubierto de polvo.
O eso me digo todas las mañanas.
—¿Miri? —Parpadeo. Adela me está mirando con el ceño fruncido—. ¿Pasa algo?
—Nada nada. Solo estaba pensando en la escena del guion —miento.
Adela no puede responder, porque va a atender a una pareja que acaba de cruzar la puerta. Voy a la mesa de fondo, abro el ordenador y miro la página cuarenta y tres.
Eva sigue ahí, paralizada ante la puerta de la persona a la que ama.
Apoyo los dedos sobre el teclado y me obligo a teclear. Mollete se despereza debajo de la silla y apoya su hocico húmedo sobre mi zapatilla.
—No me juzgues tú también, por favor —le susurro al perro sin mirarlo.
Él suspira. Desde el otro extremo, la risa de Adela vuelve a resonar. Sus rizos bailan mientras prepara dos cafés. Nuestras miradas se encuentran. Y como siempre pasa, la campanilla de la puerta vuelve a sonar.
Adela rompe el contacto visual para sonreír al recién llegado.
Yo vuelvo a bajar la vista hacia mi pantalla. Y mi protagonista sigue esperando al otro lado de la puerta. Como yo llevo años exactamente en el mismo lugar.