Capítulo 13 #3
Intenté preocuparme, pero ¿a quién cojones le importaba, con dos pollas embistiéndome el coño y otro orgasmo acercándose a toda velocidad?
Theo pasó los brazos por delante, me sujetó por las tetas y me pellizcó los pezones, y me hizo retorcerme entre ellos.
El orgasmo se fue formando tan dentro de mí que al principio ni lo reconocí.
Empezó en algún punto en medio de los dos, una presión apretada y caliente que crecía con cada embestida hasta que me temblaba todo el cuerpo entre ellos y ya no pude parar.
Me deshice en pedazos. Me llegó de golpe y siguió y siguió, apretándome en torno a los dos con tanta fuerza que Caleb gritó y Theo soltó un taco.
Las paredes internas se me convulsionaban alrededor de ellos y noté que estaban perdiendo el control, embistiéndome como salvajes mientras perseguían su propia liberación.
Después de eso perdí la noción de todo. Perdí la cuenta de quién se movía y cuándo.
Solo existían el estiramiento y la plenitud y el ritmo lento e implacable de los dos dentro de mí.
Caleb se corrió sin avisar, con mi nombre en los labios, los brazos aplastándome contra su pecho, las caderas sacudiéndose hacia arriba dentro de mí.
—Oh, joder, qué gusto me da tu leche encima —gruñó Theo, hundiéndose hasta el fondo y quedándose ahí, los dientes mordisqueándome la nuca mientras su polla palpitaba y me llenaba con una oleada de calor.
Se quedaron así, abrazándome, encajados dentro de mí, mientras yo bajaba poco a poco y el cuerpo se me iba relajando.
—¿Hemos roto la cama? —Caleb miraba alrededor, desconcertado, y yo enterré la cara en su pecho y me reí, y suspiré cuando sus pollas se ablandaron y salieron de mí. Los tres gruñimos y después nos echamos a reír todos, enredados en mi camita, pegajosos y hechos polvo.
Mientras Theo iba a por agua, Caleb hundió la cara entre mis piernas y lamió la leche con un ruidito de satisfacción. Cuando Theo volvió, le revolvió el pelo a Caleb con una risita cariñosa.
—Es un auténtico guarro con eso.
Caleb se lamió los labios y levantó la cabeza.
—Sabe aún mejor cuando somos los dos.
Y volvió a lamer.
Theo me sostuvo la mirada con un brillo en los ojos y me pasó la botella de agua. Di un trago largo. No me había dado cuenta de la sed que tenía.
—Lo decía en serio. Te compraremos una cama nueva. Me pregunto si en este sitio cabría una Alaskan king —dijo Theo, mirando a su alrededor.
Caleb se movió, se acomodó con la mejilla contra mi vientre y suspiró.
—Ocuparía toda la habitación.
—Puede que cuando tengamos un sitio más grande. Bueno, si queréis.
Me sonrojé y bajé la vista hacia Caleb, que solo sonrió.
—Claro que queremos —dijo Caleb—. Y llevamos un tiempo trabajando para convencer a Dana de que abra una oficina satélite en Pronghorn Glen. Así que puede que sea más pronto que tarde.
—¿En serio? —pregunté.
—Sí —dijo Caleb—. No está convencida. Por lo visto nos ha visto el plumero.
Theo negó con la cabeza.
—Ten fe, Caleb. La OPV ha ido bien y Dana esquía. No es cosa hecha, pero hay esperanza —dijo mientras encendía mi hornillo y se ponía con su famoso sándwich de queso a la plancha. El rincón de la cocina se llenó de olor a mantequilla y cheddar fundido.
Caleb se inclinó por el lado de la cama, rebuscó en su bolsa de viaje y sacó una lata redonda y roja.
—Nana ha mandado galletas —dijo, e hizo palanca para quitar la tapa. Dentro había galletas de canela, apretadas en filas sobre papel encerado.
—Me alegra que sigas teniendo tiempo para Nana —dije.
—Los domingos son los domingos —dijo Caleb—. Sería capaz de subir hasta aquí a buscarme si me saltara uno.
—Tengo la sensación de estar poniendo patas arriba la vida de todos —dije.
—Nos hacía falta que nos pusieran patas arriba. Desde donde yo lo veo, todo está mejor. Podemos hacer snowboard, pasamos tiempo al aire libre, tenemos un sexo tan vigoroso que rompemos camas.
Bajó la mirada hacia la lata de galletas mientras yo le robaba una.
—¿No había una fila más?
—Ha sido un viaje largo —dijo Theo con una sonrisa de oreja a oreja—. ¡No puedes culparme! Todo el maldito coche olía a canela, que daba gloria.
Caleb le lanzó a Theo una mirada entornada, y Theo apagó el hornillo y cruzó la habitación con un plato lleno de sándwiches.
—¿Puedo sobornarte para que lo olvides con mi deliciosa especialidad?
—¿Especialidad? ¿O lo único que sabes cocinar? —pregunté.
—¿No puede ser las dos cosas? —bromeó Theo, sentado con las piernas cruzadas, desnudo y magnífico en medio de la cama, mientras nos daba a cada uno medio sándwich. Comimos amontonados y felices, saciados y satisfechos.
Cuando acabamos, me lavé en el baño. Theo apiló el plato y la lata sobre el sillón y se volvió a tumbar.
Caleb intentó arreglar la cama rota, se rindió, metió el somier otra vez en el armario, cerró las puertas y colocó el colchón en el suelo.
Cuando salí de la ducha, la cama ya estaba hecha con sábanas limpias y un montón de mantas, y me metí dentro, sonriendo mientras los chicos se me unían y se deslizaban bajo las sábanas, uno a cada lado.
El brazo de Theo se coló bajo mi almohada.
La pierna de Caleb se enganchó sobre la mía.
Por lo menos la cama ya no crujía.
—Todavía no me creo que hayamos roto la cama —dijo Theo—. Eso es señal inequívoca de buen sexo.
—O de una cama de mierda —murmuró Caleb.
Theo se lo pensó un momento y apretó el brazo alrededor de mi cintura.
—Nah, me quedo con el buen sexo.