Epílogo
Theo
Recorrí el camino de entrada con una bolsa de comida china apretada contra las costillas y pisé fuerte en el escalón del porche para quitarme el aguanieve de las botas.
Era el viernes antes del fin de semana de cierre de temporada, todo el pueblo olía a pino mojado y a nieve derretida, y yo sonreía como si me hubiera tocado la lotería. Era la misma euforia que sentía cada vez que volvía a casa.
Casa. Hasta la palabra me hacía sonreír.
Cuando Dana accedió por fin a abrir la oficina satélite, empezamos a buscar casa y encontramos una casita a las afueras del pueblo, donde la acera se rendía y daba paso a la grava.
Era una casa pequeña y gris, con un porche hundido y vistas a la montaña desde la ventana de la cocina.
Necesitaba reformas y el alquiler era un poco alto, pero era nuestra.
La puerta no estaba cerrada con llave y el coche de Laney estaba en la entrada, así que andaban por ahí, pero no en la cocina ni en el salón.
Dejé la comida en la mesa, esquivando las cajas de la mudanza todavía sin abrir, la mayoría etiquetadas como COCINA con las mayúsculas pulcras de Caleb y unas pocas como COSAS con las mías.
Un rastro de trozos de cartón y porexpán se perdía por el pasillo.
—¡Cariños, ya estoy en casa! —grité.
—¡Aquí dentro! —respondió Laney.
Seguí su voz por el pasillo corto hasta el dormitorio principal y me apoyé en el marco de la puerta.
—¡Hostia, que ya ha llegado la cama! ¿Por qué no me has escrito? —pregunté.
Caleb levantó la vista de donde estaba apretando un tornillo Allen con el taladro inalámbrico y sonrió.
—Teníamos pensado sorprenderte. ¡Has llegado demasiado pronto!
—No te preocupes, parecerá más pequeña cuando esté montada.
La cabeza de Laney asomó por el otro lado de la cama, con una sonrisa de oreja a oreja.
Entré. ¿Cómo iba a parecer más pequeña? La cama ocupaba la habitación entera.
El somier era un Alaskan king, casi tres metros por tres metros, igual que el de la suíte del ático del Antler.
Caleb no había pagado el montaje y, aun a medio montar, ya se veía que no quedaría más de medio metro a cada lado para moverse por el cuarto.
El colchón enorme estaba apoyado contra la pared del fondo, casi tan alto como el techo.
Caleb estaba sentado en el suelo, en ese hueco de medio metro, con el manual de instrucciones abierto sobre las rodillas y las gafas con filtro de luz azul subidas sobre el pelo.
—¿Eso que huelo es comida china? —preguntó Caleb—. Pensaba que ibas a intentar pedir menos comida a domicilio.
—Oye, no es culpa mía que la ventana de mi nuevo despacho dé a la puerta de atrás del Golden Panda. Huelo los rollitos desde mi mesa. Además, tuve que quedarme tarde para cerrar ese ticket. No todos podemos largarnos del trabajo a primera hora de la tarde.
—Dana se fue a esquiar a las dos —dijo Caleb—. ¡Y yo ya había terminado mi trabajo! No como otros, que se pasaron la mañana entera en la sala de descanso ordenando nuestras reservas de picoteo.
—Qué quieres que te diga, trabajo mejor cuando mis Takis están ordenados por colores.
Laney se rió, luego se levantó y vino hacia mí, me rodeó la cintura con los brazos y me dio un beso.
—Te hemos echado de menos.
Después volvió al montaje, miró la cama y luego las paredes, una por una, y ladeó la cabeza.
—Puede que nos equivocáramos al medir. Quizá tengamos que meter la cómoda en el vestidor.
—Es un dormitorio —dije sonriendo—. Lo único que necesita es una cama. Además, el vestidor es tan grande que Caleb casi lo convierte en otro despacho. Seguro que nos arreglamos.
El taladro de Caleb zumbó mientras remataba los últimos tornillos. Luego lo dejó a un lado, se puso de pie y se sacudió las manos.
—Vale, ¿a alguien se le ocurre cómo subir el colchón?
Resultó que un colchón Alaskan king pesa un puto quintal.
Entre los tres lo arrastramos hasta el somier, muertos de risa, y casi aplastamos a Caleb cuando empezó a caerse antes de que estuviéramos listos.
Y cuando por fin estuvo en su sitio, los tres sudábamos y resoplábamos.
Caleb y yo nos dejamos caer juntos sobre la cama, mirando al techo, pero Laney ya estaba abriendo otro paquete.
—Primero las sábanas y el cubrecolchón —dijo—. Ese trasto costó una fortuna, ¡nada de cuerpos sucios encima!
Sacudió el cubrecolchón con un chasquido y entre los tres tuvimos que pelearnos con él para encajarlo en aquel colchón inmenso.
Luego vinieron las sábanas, tiesas y todavía con las marcas de los pliegues del paquete.
Laney remetió las esquinas con dobleces de hospital, porque no podía evitarlo, y Caleb ahuecó las almohadas con gran seriedad, y yo me tumbé en el centro exacto con los brazos abiertos y me negué a moverme.
—Theo —dijo Laney—. Necesito remeter esa esquina.
—La estoy probando —dije—. Solo para asegurarme de que funciona.
Se subió encima de mí para alcanzar la esquina.
Caleb se subió por el otro lado. Y entonces ella me estaba besando, y Caleb la besaba a ella, y luego me besaba a mí, despacio y sin prisa, con el pelo de Laney cayendo sobre nuestras dos caras, y la cama no hizo el más mínimo ruido.
Estuvimos un rato revolcándonos en ella como idiotas.
Me rugió el estómago, tan fuerte que Laney levantó la cabeza.
—La comida —dije—. Ay, no. Me he olvidado de la comida.
—¿Te has olvidado de la comida? —dijo Caleb—. ¿Llamamos a un médico?
—El colchón es así de bueno. ¡Quizá deberíamos comer aquí! —dije.
Laney me miró con los ojos entornados.
—Vale, vale, no vamos a cargárnoslas sábanas nuevas.
Me levanté de un salto, agarré una mano de cada uno y los arrastré a la cocina, donde desplegé los envases de comida mientras Laney se burlaba de mí por haber pedido tanto.
Me quedé ahí sentado, mordisqueando un rollito, y los miré a los dos en nuestra cocina, en nuestra casa, mientras la montaña se oscurecía a sus espaldas.
Los escuché charlar sobre la mudanza de Nana y Walt a Glenwood Springs, y sobre las quejas de Laney por uno de los mayordomos que tenía a su cargo, que nunca conseguía colocar los arreglos florales en el ángulo perfecto, lo que sea que eso signifique.
Caleb la picó, ella se metió con sus dotes para montar muebles, y yo no podía más que sentirme feliz.
Esto era lo que se sentía al pertenecer a alguien. Y me encantaba, joder. Los quería.
Laney me sonrió con una ceja arqueada y, al mismo tiempo, Caleb se volvió hacia mí.
—¿Qué? —preguntó Caleb.
—Me encanta esta casa, de verdad. Me pregunto si el casero se plantearía vendérnosla algún día —dije—. Vamos, que tampoco es que podamos volver a sacar esa cama de aquí.
Los dos se echaron a reír. Laney dejó los fideos, se me subió al regazo de un salto, me cogió la cara entre las manos y me besó con fuerza, muy hondo. Caleb arrastró la silla para acercarse y nos abrazó a los dos.
—Os quiero, chicos —dije.
—Y nosotros a ti —dijo Caleb, y se acurrucó contra mí.
—Tanto que ni tengo palabras —dijo Laney, y hundió la cara en mi hombro.
***