Capítulo 13 #2
—Te necesito a ti también, Theo —gemí, estirando el brazo hacia atrás para acercarlo—. Ay, joder.
Theo me recorrió el cuello con besos.
—Solo te doy un poco de tiempo para que te adaptes —dijo—. Joder, ¿te acuerdas de la primera vez? Ya entonces me moría por esto. Os quiero muchísimo a los dos.
Me inclineé hacia delante, apoyé las manos a ambos lados de la cabeza de Caleb y arqueé la espalda para que Theo también llegara a mi coño.
La otra vez había dejado que Caleb se me saliera, pero esta vez moví las caderas para asegurarme de que seguía bien hundido dentro de mí.
Él me rodeó la espalda con los brazos y me sujetó pegada a él.
El colchón se movió cuando Theo alcanzó el lubricante; se lo extendió por la polla, se aseguró de que las dos estuvieran bien resbaladizas y luego me metió un dedo en el coño, junto a Caleb.
Después un segundo, despacio, echando más lubricante sobre todo hasta que me chorreaba por los muslos, abriéndome en torno a la polla de Caleb y a sus dedos hasta que acabé gimoteando contra el hombro de Caleb.
Caleb me besó el cuello y empujó hacia arriba, moviéndose apenas, lo justo para mantenerme llena, mientras me susurraba al oído palabras de amor.
—Respira, Lanes —dijo Theo.
Exhalé contra el hombro de Caleb, y Theo sacó los dedos, apretó la cabeza de su polla contra la de Caleb, justo en mi entrada, y metió solo la punta.
Era demasiado, eran demasiado grandes, y gimoteé mientras me sujetaban ahí, inmóvil, esperando a que me adaptara; Theo me daba otro centímetro solo cuando se me escapaba el aire.
—Ay, joder —gemí, mientras mis dos hombres me abrían más de lo que me habían abierto nunca. Pero no dolía: era delicioso y perfecto.
Theo empujó más adentro, y ahora entraba con más facilidad, ya pasado el primer estiramiento, los dos encajados uno al lado del otro dentro de mi coño. Era tan grueso que la habitación se desdibujó a mi alrededor.
La cama Murphy se tambaleó. El pie, donde Theo estaba arrodillado, se hundió bruscamente hacia el suelo, y las bisagras soltaron un crujido largo y de mal agüero.
Los tres nos quedamos inmóviles.
—¿Va a aguantar la cama? —preguntó Caleb.
—No puedo parar ahora. Os tengo a los dos —gimoteé—. Me importa una mierda acabar con el colchón en el suelo en vez de en la cama, os necesito a los dos.
Theo cargó el peso más hacia el centro, y al hacerlo me clavó la polla aún más adentro; la cama volvió a asentarse con un quejido.
—Te compraremos una cama nueva bien robusta, nena —dijo entre risas.
Pero ¿cómo podía reírse en un momento así? Mi cabeza no daba para nada más que para procesar lo llena que me sentía, cómo los dos estaban clavados muy adentro, ocupando cada centímetro de mí, a pelo, calientes y palpitantes. Y no se movían, joder.
—Moveos —gruñí, restregándome hacia atrás contra Theo.
Theo se retiró y embistió, fuerte, rápido, decidido. Me sacudí entre ellos, atrapada y empalada y tan jodidamente feliz que podría haberme muerto allí mismo. No había sitio para los dos, era imposible que lo hubiera. Y era perfecto, joder. Solté el aire en algo que fue medio sollozo.
Theo se retiró y volvió a hundirse hasta el fondo, hasta que tuvo las caderas pegadas a mi culo y yo estaba tan llena que no podía respirar ni moverme.
Debajo de mí, Caleb temblaba, agarrado a mis caderas mientras su cuerpo empezaba a moverse en pequeños impulsos involuntarios, empujando hacia arriba dentro de mí.
—Oh, joder —gemí, con los muslos temblando mientras clavaba los dedos en las sábanas y luchaba por mantener el cuerpo quieto, dejando que Theo me embistiera en empujones largos y lentos, dejando que Caleb se restregara contra mí desde abajo, con las caderas presionando mi clítoris hinchado en cada movimiento.
—Laney —dijo Caleb, destrozado—. Oh, joder, Laney.
—Nos has tomado —dijo Theo detrás de mí, dejando caer la frente sobre mi hombro—. Nos has tomado a los dos. Mírate. Eres buenisima, joder, Lanes. Te queremos muchísimo, joder.
—Muchísimo —susurró Caleb mientras me sujetaba donde él me necesitaba y empezaba a sincronizar sus embestidas con las de Theo.
Theo se retiraba despacio mientras Caleb empujaba hacia arriba, y luego Caleb se retiraba mientras Theo entraba, así que nunca me quedaba vacía, ni un segundo, y entre los dos me llenaban hasta el último rincón.
La cama crujía con cada embestida, a su mismo ritmo.
—La cama —jadeó Caleb.
—Olvídate de la cama —dijo Theo—. La OPV fue bien. Le compraremos una puta cama nueva.
Empujó un poco más fuerte, la cama chirrió y yo gemí tan alto que el chirrido quedó ahogado.
Entonces cambiaron el ritmo y empezaron a embestir a la vez, llenándome una y otra vez, y la presión de los dos fue acumulando muy dentro de mí un calor más grande que nada de lo que me hubieran hecho sentir antes.
Luché por agarrarme al colchón, gritando, con la espalda arqueándose mientras un orgasmo me arrasaba.
Los dos se detuvieron, respirando con dificultad, pendientes de que siguiera bien mientras mis músculos internos se convulsionaban a su alrededor.
—Quieres nuestra leche, ¿verdad, Lanes? —murmuró Theo, retirándose y hundiéndose hasta el fondo.
Las dos patas del pie de la cama cedieron y se vinieron abajo, y todo se ladeó, pero no podíamos dejar de follar, ni ahora ni probablemente nunca.
Apoyé las manos en el mueble, gritando, y luego riéndome cuando las bisagras de la cabecera se soltaron de golpe y la estructura entera se desplomó y el colchón resbaló medio fuera hasta el suelo, llevándonos con él y clavando a Caleb tan dentro de mí que vi estrellas.