Capítulo 13
Laney
Pasé diez días seguidos en la Suite Antler con la señora Halvorsen, una viuda del petróleo de Houston que quería que le cambiaran las fundas de almohada dos veces al día y que le sirvieran el champán a siete grados exactos.
Cuando por fin llegué a casa, me palpitaban los pies dentro de los zapatos de trabajo y me dolían las mejillas de tanto sonreírle.
Mi único plan al entrar por la puerta de casa era dejarme caer de bruces en la cama con el uniforme puesto y no moverme de ahí hasta la primavera.
Pero la cama ya estaba desplegada, fuera de su armario, y Caleb y Theo estaban dentro, desnudos.
La sábana les llegaba a la cintura. Theo se apoyaba en un codo, con la barbilla sobre el puño, y me sonreía.
Caleb, sentado con la espalda contra la pared y los brazos cruzados sobre el pecho desnudo, se esforzaba al máximo por parecer despreocupado.
En un rincón, uno de los dos había montado un arbolito de Navidad falso, envuelto en una guirnalda de luces de colores que parpadeaban sobre el mapa de pistas de la pared.
—Sorpresa —dijo Theo.
El bolso se me resbaló del hombro y cayó al suelo.
—Somos tu regalo de Navidad adelantado —dijo Theo, abriendo los brazos de par en par.
No paraban de hacer cosas así. Todas las noches al teléfono, mis cuatro días en Denver, el fin de semana que habían subido en coche en mitad de mi tanda de diez días y ahora los dos en mi cama con un árbol parpadeando en el rincón.
Llevaba todo ese tiempo esperando el momento en que la realidad cayera encima.
Caleb le dio un manotazo en el pecho.
—Te dije que no dijeras eso. No somos un regalo, somos sus novios y la queremos.
Theo sonrió de oreja a oreja.
—Pero si somos un regalo, puede usar nuestros cuerpos como le dé la gana. ¿Masaje de cuerpo entero? ¿Una follada en condiciones? ¿Sexo oral prolongado? Somos tus esclavos sexuales todo el fin de semana.
—Salvo en horario laboral el jueves y el viernes, porque tenemos que conectarnos y atender unos tickets —añadió Caleb.
—¿Vais a quedaros ahí de cháchara o vais a venir a saludarme? —pregunté, quitándome los zapatos de una patada—. Menudos esclavos sexuales.
Cruzaron la habitación antes de que acabara la frase.
Caleb me cogió el abrigo de los brazos y lo colgó en el gancho de al lado de la puerta.
Theo me besó con fuerza en la boca, luego me levantó y me dejó con cuidado a los pies de la cama mientras Caleb se metía a mi lado para besarme él también.
Theo me quitó los calcetines y se puso a masajearme los pies.
—Ay, Dios mío —dije, recostándome contra Caleb.
—Llevas horas de pie. Yo me ocupo de ti —dijo Theo.
Caleb se puso con los botones de la camisa. Fue despacio, uno a uno, besándome el cuello entre cada botón, y yo dejé caer la cabeza en el hombro de Caleb y lo dejé hacer.
—La señora Halvorsen se marchó esta mañana —dije.
—Que descanse en paz —dijo Theo.
—No está muerta. Está en Houston.
—Lo mismo da —dijo Theo, y cambió al otro pie.
—Dejó una reseña —dije.
Caleb me bajó la camisa por los hombros y me besó la clavícula.
—¿Cinco estrellas? —preguntó contra mi piel.
—Sí —dije—. Dijo que era la única persona competente del estado de Colorado.
Theo se rio contra mi pantorrilla. Caleb me desabrochó el sujetador y lo lanzó al sillón, y noté sus manos calientes en las costillas, y perdí el hilo.
—¿Y? —dijo Caleb.
—Y Priya ha contratado a un mayordomo nuevo —dije—. Marcus. Se traslada desde Big Sky después de Año Nuevo.
Theo levantó la vista de mi pie.
—¿Odiamos a Marcus?
—Adoramos a Marcus —dije—. Porque un mayordomo nuevo significa que por fin puede cubrir ese puesto de dirección.
Caleb dejó de besarme. Theo se echó atrás sobre los talones.
—Laney —dijo Caleb.
—Soy la jefa de mayordomos —dije—. ¡Me han dado el ascenso!
Theo pegó un grito de alegría. Se levantó de un salto, me agarró por la cintura y me levantó de la cama, y yo chillé mientras me daba vueltas con su cuerpo desnudo pegado al mío. Luego me lanzó al medio de la cama. El armazón rebotó y las bisagras soltaron un chirrido largo y oxidado.
—Cuidado —dijo Caleb—. Theo. La cama.
—Estoy celebrándolo —dijo Theo, y dio otro bote a propósito—. Jefa de mayordomos. Caleb. ¡Le han dado el ascenso! Espera. ¿Jefa de mayordomos? ¿Seguro que eso es un ascenso respecto a facilitadora de experiencia alpina y confort del huésped?
Le di un codazo.
—Técnicamente, tienes delante a la flamante gerente de facilitación de experiencia alpina y confort del huésped del Antler.
—Joder, qué fino —dijo Theo, radiante.
Caleb se acercó a mí a gatas, me cogió la cara con las dos manos y me besó, despacio y con fuerza. Cuando se separó, le brillaban los ojos grises.
—Me alegro muchísimo por ti —dijo.
—Y hay una cosa más —dije—. Priya me dijo, en su despacho con la puerta cerrada, que le da igual lo que pase entre bastidores siempre que los huéspedes se vayan contentos y las fotos queden bien. Así que le conté que estoy saliendo con los ganadores del concurso.
Theo se incorporó.
—¿Se lo contaste?
—Dijo, y cito textualmente: «Pues claro que sí». —Jugueteé con el edredón—. Pero no tengo ni idea de si sabe cuánto tiempo llevo saliendo con vosotros.
—Hombre, te ha dado el ascenso —dijo Theo—. Así que supongo que da igual.
Aun así, el estómago me dio un vuelco lento y desagradable. Luego me acordé de Priya esta mañana al otro lado del escritorio, descalza, diciéndome que no podía sacar adelante el programa de suites sin mí, y el vuelco se me pasó.
—También significa un horario fijo —dije.
Theo dejó de dar botes.
—Se acabaron los diez días seguidos —dije—. Se acabó eso de tener cuatro días libres y luego dos semanas sin un rato libre. Voy a trabajar cuatro días de diez horas y luego tres libres, los mismos tres días cada semana. Estaré de guardia, por si surge una emergencia, pero nada más.
Caleb se quedó muy quieto a mi lado.
—Entonces podemos hacer planes.
—Podemos. Y mis días libres caen a media semana, así que puedo bajar a Denver cuando vosotros tengáis que estar allí.
Caleb soltó el aire con un leve temblor.
—No tenemos que echarte de menos.
Luego se inclinó y volvió a besarme, y esta vez no paró.
Me recosté en las almohadas y sonreí.
—Entonces… si vosotros dos sois mis esclavos sexuales, ¿por qué sigo llevando pantalones?
Theo se rio y me recorrió el cuello y los pechos con besos; se metió un pezón en la boca y luego el otro, la barba incipiente raspándome, mientras sus manos peleaban con mi cremallera.
Caleb enganchoó los pulgares en la cintura de mis pantalones y me los bajó por las piernas.
Después me besó el interior de la rodilla, el muslo, y hundió la cara en mi coño; me quitó las bragas y las tiró a un lado.
Le agarré el pelo y tiré de él para acercarlo.
—Sé buen chico y hazme correr.
Sonrió contra mi piel y luego me llenó el coño de besos, antes de subirme las piernas a sus hombros y lanzarse de lleno, con especial atención al clítoris.
La boca de Theo seguía en mi pezón, chupando y mordisqueando, con la mano recorriéndome el otro pecho y pellizcando el pezón, mandando calor directo a mi coño.
En un minuto estaba empapada y temblando, y los dos jugaron con mi cuerpo hasta llevarme al borde.
No había nada como sentir dos bocas sobre mí, dos manos recorriéndome cada centímetro del cuerpo, hasta que me sacudí entre sus manos, con los músculos contraídos mientras me corría en la lengua de Caleb.
Caleb me lamió durante todo el orgasmo, despacio y con suavidad, hasta que me aparté retorciéndome.
Theo levantó la cabeza de mi pezón y sonrió con cierta chulería.
Le acaricié la mejilla.
—Ya de por sí es un regalo buenísimo. Y he estado pensando… quiero teneros a los dos.
Theo me miró parpadeando.
—¿A los dos cómo?
—En mi coño. Al mismo tiempo —dije.
La habitación se quedó en silencio. El radiador chasqueó. El arbolito parpadeaba en la esquina.
Caleb se incorporó a mi lado, con la boca mojada y los ojos serios.
—¿Estás segura? —preguntó.
—Estoy segura —dije.
Llevaba un tiempo dándole vueltas. Me encantaba masturbarlos a la vez, y nada me ponía más que imaginarme sus pollas apretadas la una contra la otra dentro de mí, abriéndome hasta el límite.
Theo soltó un largo suspiro.
—Vale —dijo—. Vale. Dinos cómo.
Abrí la boca para explicárselo y al final me encogí de hombros.
—Los juguetes sexuales sois vosotros. Averiguadlo.
Theo y Caleb se miraron por encima de mi cabeza, los dos sonriendo.
Theo alcanzó el lubricante que guardábamos en el cajón. Luego se giró y me miró mientras levantaba la caja de condones.
—No. Esos se quedan en la caja —dije—. Os hicisteis las pruebas la semana pasada, ¿no? Yo sí. Y tengo el anticonceptivo al día.
—Nos las hicimos —dijo Caleb—. Y joder, Laney. Lo deseo muchísimo, pero podemos hacer otra cosa…
—No. Yo también lo quiero. Os quiero a los dos, y quiero sentiros a los dos, piel con piel, sin nada entre nosotros.
Me incliné y besé a cada uno por turno. Theo sonrió contra mis labios y asintió. Luego se echó atrás y ladeó la cabeza.
—Vale, Caleb, boca arriba.
Caleb obedeció al instante y se tumbó boca arriba con una sonrisilla.
Theo se inclinó y le dio una buena chupada mientras me sostenía la mirada, regalándome un espectáculo.
Después le extendió lubricante por la polla, se aseguró de que quedara bien resbaladiza y le abrió las piernas para poder arrodillarse entre ellas.
—¿Lista para él, nena? —preguntó Theo.
Cuando asentí, me ayudó a montarme a horcajadas sobre Caleb, guio aquella polla enorme hasta mi entrada y me sostuvo mientras me hundía en ella. Me recosté contra Theo y, mientras empezaba a moverme encima de Caleb, me acordé de la primera vez que follamos los tres.
En ese ángulo Caleb llegaba muy adentro y era delicioso, sin condón, solo él. Gimió suavemente y las manos le volaron a mis caderas. Theo se apretó contra mí y dejó que su polla se deslizara por mi culo mientras yo botaba sobre Caleb.