Capítulo 6 #2
Las manos de Caleb se unieron a las de Theo sobre mi cuerpo, y cerré los ojos y me entregué a la sensación de cuatro manos recorriéndome la piel, de una polla enterrada muy dentro de mí y otra empujándome por detrás.
Los dedos de alguien se deslizaron sobre mi clítoris mientras otros me pellizcaban los pezones, y el coño se me contrajo y le empapé la polla a Caleb.
Apoyé la cabeza hacia atrás en el hombro de Theo y dejé que me sostuviera, que me guiara mientras me movía más rápido, persiguiendo el placer que ansiaba.
—También te necesito a ti, Theo —gimoteé, mientras los dedos sobre mi clítoris se movían más rápido y los muslos empezaban a temblarme.
Oí el crujido de otro envoltorio de condón detrás de mí y todo el cuerpo se me contrajo alrededor de Caleb. Caleb gruñó entre dientes.
Theo me mordisqueó la oreja.
—¿Cómo?
Lo miré por encima del hombro con una sonrisa, restregándome una última vez contra la polla de Caleb, oyendo sus gemidos mientras las manos se le tensaban en mi cintura.
Luego me levanté de su polla, dejé que su dureza cayera de golpe contra su vientre y me puse a cuatro patas, suspendida sobre el cuerpo de Caleb.
—Fóllame —susurré.
Theo no me hizo esperar. Me agarró las caderas, se colocó y me penetró de una sola embestida larga y dura.
Grité. Theo la tenía más gruesa que Caleb, mucho más gruesa, y al abrirme para él me quemó un segundo, tan llena que no podía respirar.
Luego se quedó quieto, hundido hasta el fondo, y el ardor se fundió en un dolor del que quería más.
Le sostuve la mirada a Caleb mientras me restregaba hacia atrás contra la polla de su mejor amigo.
Tenía las pupilas dilatadas y la respiración entrecortada, y yo le llevé la mano hacia abajo, entre los dos, para que me tocara donde la polla de Theo me empalaba.
Jadeó y abrió mucho los ojos al mirarme, con los dedos recorriéndome el clítoris y el coño estirado.
—¿Estás bien? —susurró.
—Perfectamente —dije—. Theo, muévete.
Me restregué contra él mientras los dedos de Caleb empezaban a trabajarme el clítoris.
Theo se retiró, y su grueso miembro arrastró por mis paredes internas; luego volvió a entrar de golpe y yo grité y me desplomé sobre el pecho de Caleb.
Lo sentía tan increíblemente bien, y los dedos de Caleb solo lo hacían todo más intenso.
Se me escapaban gemidos suaves mientras me follaba duro y profundo, con las caderas chocando contra mi culo.
Levanté la cabeza y besé a Caleb; él gimió contra mi boca, con la polla goteando sobre mi vientre mientras su mejor amigo me follaba.
Una de las manos de Caleb me frotaba entre las piernas, mientras la otra se deslizó por mi cadera y los dedos se le entrelazaban con los de Theo, los dos inmovilizándome para que aguantara la penetración brutal de la polla de Theo.
Con eso bastó. Se me contrajo el coño con fuerza en torno a la polla de Theo, él gimió y la de Caleb dio una sacudida contra mi vientre.
—Joder, me está apretando —jadeó Theo—. Caleb, está empapada.
—Lo sé —dijo Caleb con voz ronca.
Entonces Theo salió de mí y solté un gemido de protesta, pero él ya me estaba guiando con las manos en las caderas, llevándome otra vez hacia abajo, sobre la polla de Caleb. Me hundí con un gemido largo y tembloroso.
La diferencia era tan brusca que me mareé. Theo había sido grueso y bruto, embistiendo sin piedad. Caleb era más largo y más constante, y se deslizó dentro de mí hasta tocar un punto que Theo no había alcanzado y que me hizo temblar los muslos.
Theo se quedó justo detrás de mí. Bajó una mano entre mis piernas y me acarició el clítoris con las puntas de los dedos mientras yo cabalgaba a Caleb, y la otra se quedó en mi cadera, con los dedos entrelazados con los de Caleb, mientras los dos me guíaban para que subiera y bajara.
—Cabálgalo, nena —me dijo Theo al oído—. Veo cómo se mete en ti. Estás preciosa así, joder.
Cabalgué a Caleb más rápido, restregándome contra él, y Theo me dibujaba círculos en el clítoris, y Caleb empezó a empujar hacia arriba para encontrarme. El cabecero golpeaba la pared. Caleb tenía la mandíbula apretada y respiraba mi nombre.
—Laney —dijo—. Laney, voy a…
—Yo también —jadeé—. No pares. No…
Me corrí con fuerza, cerrándome alrededor de Caleb, y él gritó y se corrió conmigo, con las caderas despegándose de la cama y los dedos clavados en mis muslos.
Palpitó dentro de mí a través del condón.
Theo me sostuvo todo el rato, con un brazo ceñido a mi cintura, murmurándome cosas sucias y dulces contra la piel hasta que dejé de temblar.
Me dejé caer hacia delante sobre el pecho de Caleb. El corazón le latía desbocado bajo mi oreja.
—Hostia puta —dijo Caleb al techo.
Theo seguía duro. La polla, aún con el condón, se me clavaba en la parte de atrás del muslo, y él la balanceaba ahí con pereza, paciente por una vez.
Levanté la cabeza y miré a Caleb, y me acordé de las mañanas de domingo en mi habitación de la residencia, cuando ya llevábamos una eternidad juntos y habíamos dejado de usar condones.
Me acordé de cómo bajaba después a lamerme y me sacaba su propio semen con la lengua, despacio y a conciencia, mientras yo me retorcía.
A él le encantaba. A mí me encantaba más.
Ahora deseaba que no hubiera llevado condón.
—¿Quieres lamerme ahora, cariño? —murmuré.
Los ojos de Caleb se oscurecieron. Detrás de mí, Theo gimió en voz alta.
—Joder, claro que quiere —dijo Theo—. Míralo.
Theo tomó el mando, me levantó de la polla de Caleb y me giró de cara a los pies de Caleb, con las rodillas a cada lado de su cabeza.
Estábamos despatarrados en diagonal sobre la cama enorme, y había sitio de sobra para que Theo se subiera al colchón detrás de mí mientras las manos de Caleb subían a agarrarme los muslos y tirar de mí hacia su boca.
La primera pasada de su lengua me hizo dar un respingo hacia delante y apoyarme en las manos. Me lamió despacio, desde la entrada hasta el clítoris, y gimió contra mí.
Entonces Theo se arrodilló detrás de mí, con las rodillas plantadas por fuera de las mías, a ambos lados de los hombros de Caleb, los muslos contra la parte de atrás de los míos, y me restregó la polla contra el coño.
—¿Así? —preguntó Theo. No pude ni contestar; solo lo agarré y tiré de él hacia dentro.
El ángulo era más pronunciado esta vez. Se hundió hasta el fondo, apretado, y no se detuvo para que me acostumbrara.
Me agarró las caderas y me folló con embestidas largas y duras mientras Caleb me chupaba el clítoris por debajo de nosotros.
Cada vez que Theo se retiraba, la lengua de Caleb estaba ahí, dándome lenguetazos en el clítoris.
Cada vez que Theo embestía hacia delante, me empujaba el clítoris contra la boca de Caleb.
—Ay… ay, joder —dije, con los brazos temblando mientras intentaba sostenerme.
—¿Te gusta eso, Laney? ¿Te gusta tenernos a los dos a la vez? —jadeó Theo—. Caleb también me lame la polla cada vez que la saco. ¿Lo notas? Joder, Caleb, hazlo otra vez.
Caleb lo hizo otra vez. Theo se estremeció contra mi espalda. Caleb cerró los labios alrededor de mi clítoris y empezó a chupar. Theo siguió follándome, ahora duro y rápido, con las manos de los dos en mis caderas, inmovilizándome exactamente donde me querían.
El segundo orgasmo me golpeó más fuerte que el primero.
Empezó muy adentro, alrededor de la polla de Theo, y se extendió por todo mi cuerpo hasta que los brazos me fallaron y me desplomé hacia delante sobre el vientre de Caleb, gritando contra su piel.
Caleb siguió lamiéndome mientras duraba, con suavidad ahora, hasta que cada roce me hacía dar una sacudida.
—Demasiado —gimoteé—. Dios, demasiado. No puedo.
—Tranquila, te tengo —dijo Theo, y salió de mí, y yo resbalé hacia delante sobre el vientre de Caleb, con las piernas temblando.
Giré la cabeza justo a tiempo para verlo arrancarse el condón y lanzarlo hacia la mesilla.
Se rodeó la polla con el puño, roja, oscura y brillante, se echó hacia atrás, de rodillas, y le metió una almohada a Caleb debajo de la cabeza.
Caleb inclinó la cabeza hacia atrás sobre la almohada y abrió la boca sin que nadie se lo pidiera.
Theo gimió y le metió la polla en la boca a Caleb, embistiendo unas cuantas veces antes de correrse, con la cabeza echada hacia atrás y la mano en el pelo de Caleb.
Caleb tragó con él dentro, con la garganta contrayéndose, las manos aún sujetándome los muslos mientras se arqueaba para chupar y lamer la polla de su mejor amigo.
Yo me quedé allí tumbada, con la mejilla sobre el vientre de Caleb, y lo vi todo desde treinta centímetros de distancia, y no creía haber visto nada más caliente en toda mi vida.
Theo por fin salió de la boca de Caleb y se dejó caer de lado en la cama, respirando con dificultad, con el brazo echado sobre los ojos. Caleb se lamió los labios, me lanzó una mirada rápida y se le dibujó una sonrisa perversa.
—Voy a llegar tardísimo —dije.
—Por lo que sabe tu jefa, has salido a comprarnos lubricante —dijo Caleb.
Giré la cabeza y me quedé mirándolo.
—Espera, ¿qué?
—Lubricante —dijo Theo, y alcanzó la tableta que había a mi lado para enseñarme la solicitud que había enviado.