Mi ex y su falso novio (Sus novios son novios nº 1) Capítulo 7
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Capítulo 7

Theo

A la tercera hora de nuestra segunda clase, Caleb ya conseguía mantenerse de pie sobre una tabla de snowboard sin caerse.

Se había pasado casi toda la primera hora tirado en la nieve al pie de la pista de principiantes. Yo me había pasado esa hora riéndome de él, también desde la nieve, porque tampoco se me daba mucho mejor.

Becca se quedó todo el rato plantada junto a nosotros, mirándonos desde arriba.

Era vietnamita-estadounidense, más o menos de nuestra edad, con una larga trenza negra que le caía por la espalda de la chaqueta roja de monitora y la entonación más monótona que había oído jamás en boca de un ser humano.

Ayer, con el fotógrafo de la estación rondando por allí, había estado algo más amable.

Hoy no había cámara, y nos había saludado con un «Ah, bien, la parejita».

—Giros en J de talón —dijo Becca—. Otra vez. Vamos.

La idea, por lo visto, era orientar la tabla cuesta abajo y luego practicar la frenada.

Pero cada vez que empezábamos a coger velocidad, a Caleb le entraba el pánico y se tiraba al suelo.

Y yo, de entrada, nunca me dejaba coger velocidad.

Al final, eso sí, ganamos algo de confianza y bajamos toda la pista de principiantes el uno al lado del otro sin caernos, y Caleb soltó un grito de júbilo al llegar abajo que hizo que varias cabezas se volvieran en la cola del remonte.

Se giró para sonreírme y se le escapó la tabla de debajo de los pies. Intenté agarrarme a su chaqueta y me fui al suelo con él.

Ni lo había pensado. Cayera donde cayera, yo caía con él, siempre.

Caleb estaba boca arriba, con las gafas torcidas por el golpe, y yo medio encima de él, con la cara justo ahí, colorada y sonriente. Lo besé en la boca, fuerte y rápido.

Cuando me aparté, se había puesto rojo hasta el cuello.

Becca miró al cielo como si le debiera dinero.

—Cuando acabéis de morrearos, practicad el canto de puntera. Luego enlazaremos giros.

Miró hacia atrás, por encima de nosotros, y se le iluminó la cara.

—Ay, joder, por fin. El rescate.

Los dos nos incorporamos y nos giramos para mirar mientras Laney venía hacia nosotros a toda velocidad sobre su tabla.

Reconocí la chaqueta burdeos de cuando nos acompañó a recoger el material de alquiler, y ahora la llevaba combinada con unos pantalones negros de snowboard y un casco gris estilizado que no se parecía en nada a los cacharros aparatosos que nos habían dado en la oficina de alquiler.

Venía de la pista más empinada que había por encima de la de principiantes, rápida, trazando curvas, con la tabla muy inclinada sobre el canto, de modo que la nieve silbaba debajo.

Vi el momento exacto en que nos localizó y describió un gran arco en nuestra dirección.

En el último segundo puso la tabla de lado y se detuvo en seco justo a nuestro lado, levantando una nube de nieve en polvo.

Era buenísima. Hacía que pareciera algo que cualquiera debería saber hacer.

Se quedó ahí haciendo equilibrio sobre el canto, como había visto hacer a Becca, con la postura relajada.

Llevaba unas gafas enormes de cristal espejado, y cuando nos miró desde arriba vi mi propio reflejo: sentado en la nieve, con las gafas ridículas y la chaqueta demasiado ajustada que le había pedido prestada a alguien de la oficina.

—¿Cómo va la clase? —preguntó Laney.

—Nuestro chico ha llegado hasta abajo —dije, y le di una palmada en la espalda a Caleb—. Solo una caída.

—Dos —dijo Caleb.

—La caída de celebración no cuenta —dije.

A Laney le tembló un poco la boca.

—¡Eso es genial! Le he dicho a Tanner que os haría unas fotos en la góndola.

Becca miró el reloj.

—Técnicamente nos quedan quince minutos, pero por mí no hay problema, si por vosotros tampoco.

—Por nosotros, perfecto —dije.

Por fin, Becca nos dedicó una sonrisa de verdad, una que a lo mejor tenía algo de alivio.

—¡Hasta mañana, chicos!

—Vale —dije antes de que Caleb pudiera responder otra cosa.

Laney se soltó las fijaciones y se puso la tabla bajo el brazo.

—¿Entonces? ¿Góndola? ¿O pensáis quedaros ahí sentados hasta que se ponga el sol?

Caleb refunfuñó.

—Estoy a gusto aquí sentado. —Luego entornó los ojos hacia la góndola, donde unas cabinitas de cristal y acero subían pasajeros muy arriba por la montaña hasta desaparecer tras una cresta—.

No creo que quiera bajar toda la montaña en snowboard.

Con esta colinita me vale. Esta colinita y yo nos entendemos.

—Es menos divertido, pero siempre podéis bajar en la góndola —dijo Laney—. Si queréis. Solo queremos las fotos con vosotros sentados delante del cristal y la montaña de fondo.

Me quité las fijaciones, me levanté y le tendí la mano a Caleb.

—Venga, Laney no va a dejar que nos la follemos si ponemos en peligro su trabajo.

—Claro, como si eso fuera mucho más seguro —dijo Laney.

—Venga ya. ¡No te van a despedir! ¡Somos clientes muy satisfechos! —la piqué.

Me miró con los ojos entrecerrados y señaló.

—Góndola. Ya.

Cruzamos la nieve con las tablas hasta el edificio de la góndola, dejamos atrás las alfombras mágicas en las que Caleb y yo habíamos empezado ayer y rodeamos un enorme muñeco de nieve hinchable que alguien ya había colocado por las fiestas.

Era casi el final de la jornada y no había cola, así que Laney nos metió a toda prisa en un edificio abierto que parecía demasiado elegante para albergar un remonte.

Por dentro parecía casi una atracción de parque temático: las cabinas recorrían un raíl alrededor de la estación en un bucle lento, pequeñas cápsulas redondas con ventanas tintadas.

El operario deslizó nuestras tablas en un soporte exterior de una cabina y nos colamos dentro mientras avanzaba hacia la salida.

Las puertas se cerraron cuando nos acercábamos a una abertura al fondo del recinto.

La cabina dio una sacudida hacia delante, se enganchó al cable con un clic y salió oscilando de la estación.

Me senté en el banco a toda prisa, y Caleb trastabilló y cayó medio encima de mí, riéndose.

Al levantar la vista, Laney ya estaba sentada en el banco de enfrente, con las punteras de las botas de snowboard tocando las mías.

La cabina era pequeña: dos bancos enfrentados y quizá ochenta centímetros de suelo entre ellos.

Olía a plástico frío y a la crema solar rancia de alguien.

Laney dejó el casco y las gafas en el banco, a su lado, se echó hacia atrás y levantó el móvil.

—Vale. Poned cara de enamorados.

Pusimos cara de enamorados. Ya se nos daba bien. Caleb apoyó la cabeza en mi hombro y yo le pasé el brazo por encima, y Laney hizo unas cuantas fotos antes de que nos distrajera volver a mirar por la ventana y ver el valle entero extendiéndose a nuestras espaldas.

Bajó el móvil y se echó hacia atrás, mirándonos mientras nosotros contemplábamos las vistas.

—El trayecto dura once minutos. Y los cristales están tintados y son reflectantes —dijo.

Pestañeé y me volví hacia ella.

—¿Qué quieres decir?

—Siempre he querido divertirme un poco en una de estas cabinas, ¿sabes?

Se levantó, apoyó una mano en el techo mientras la cabina se balanceaba, se inclinó y le subió a Caleb las gafas hasta el casco. Luego le sujetó la barbilla y lo besó, largo y lento. Caleb gimió de sorpresa dentro de su boca, alzó las manos y la atrajo hacia sí tirándole de la chaqueta.

Después se giró y me besó a mí.

Tenía la boca caliente y la nariz fría, y sabía a café. La atraje hacia mi regazo, ella se echó a reír y se sentó a horcajadas sobre mí en el banco estrecho. Caleb se deslizó hacia nosotros y acabamos los tres apretujados en un lado de la cabina, que se inclinó un poco con el peso.

Después de eso se descontroló todo. Volaron gafas, cascos y guantes.

Las manos se metieron bajo las chaquetas y luego bajo las capas de debajo.

Laney tenía los dedos helados, y cuando los extendió sobre mi estómago, por debajo de la camiseta térmica, pegué un grito y ella se rió contra mi cuello.

Caleb la besó a ella, luego a mí, luego a ella otra vez.

Me metió la mano por dentro de los pantalones de nieve y dejé de pensar en lo alto que estábamos.

Los cristales se empañaron hasta que el valle entero fue un borrón blanco.

La cabina traqueteó al pasar por una torre y se balanceó, y ninguno de los tres nos dimos cuenta.

La cabina entró despacio en la estación de arriba, se desengachó del cable con un chasquido y pasó al riel, y las puertas empezaron a abrirse.

Laney se lanzó fuera de mi regazo y volvió a su propio banco tan rápido que casi se dio con la cabeza en el techo; luego sonrió y saludó con la mano al operario de fuera, la viva imagen de la hospitalidad profesional.

—Bajaremos en la góndola —le dijo Laney al operario del remonte—. Solo querían ver las vistas.

El operario se encogió de hombros y dio un paso atrás. Las puertas se cerraron.

Le sonreí con sorna.

—Creía que no ibas a arriesgar el trabajo.

Me sacó la lengua.

—Pues igual si vosotros dos dejarais de ser tan tentadores, joder.

La cabina rodeó la polea, volvió a engancharse al cable con un chasquido y salió al vacío, hacia abajo.

Caleb soltó el aire despacio y se dejó caer contra el banco.

—Vale —dijo—. Vale. Once minutos más. Y luego podemos volver a la suite y follar.

Lo miré. Los pantalones de nieve le hacían una tienda de campaña. Tenía las mejillas rojas y la boca roja y me miraba de reojo, por debajo de las pestañas.

Me deslicé del banco y me arrodillé en el suelo de la cabina.

El suelo estaba frío y áspero de nieve seca, y Laney se apresuró a sentarse al lado de Caleb, mirando con los ojos muy abiertos.

—Ayúdame con la cremallera —le dije a Laney—. No puede cruzar la zona de la base con semejante tienda de campaña en los pantalones.

Laney se inclinó hacia delante y me ayudó a encontrar la cremallera, escondida bajo la solapa de los pantalones de nieve de Caleb, con la barbilla en mi hombro y el aliento caliente en mi oreja.

Entre los dos la bajamos. Le apartamos las mallas térmicas y los bóxers, y la polla le saltó al aire helado.

—Hace un frío que pela —dijo Caleb.

—No por mucho rato —dije antes de cerrar la boca sobre él.

Caleb siseó una maldición entre dientes, las caderas se le levantaron del banco y la mano se le fue a mi pelo.

De repente agradecí muchísimo todas las pollas que había chupado en la universidad, porque tenía destreza suficiente para sorberle el cerebro por la polla y hacerlo mío.

Gemí mientras le daba vueltas con la lengua, relamiendo el sabor a piel y a sal.

Los muslos de Caleb temblaban contra mis hombros y me la metí más hondo.

Había pensado en esto más veces de las que admitiría jamás, de noche, con la pared de nuestras habitaciones de por medio, y me había dicho que no era más que algo en lo que pensaba.

Quería que fuera la mejor mamada de su vida. Porque estaba enamorado de mi mejor amigo.

De pronto lo deseaba con desesperación y me la metí tan al fondo como pude. No podía tragármela entera, no de rodillas en un suelo frío y con el cuello doblado en un ángulo raro, así que trabajé con el puño lo que no me alcanzaba la boca y encontré un ritmo.

—Ay, joder —susurró Caleb—. Theo. Ay, joder.

La mano de Laney se posó en mi pelo, y cuando levanté la vista hacia ellos, Caleb y ella se estaban besando.

No habría imaginado que aquello me pondría, pero sabiendo lo que ahora sabía, solo alimentó mi desesperación por su corrida. Laney y yo éramos un equipo: lo deshacíamos juntos, lo hacíamos temblar entre nuestros brazos.

—Joder. Theo —dijo Caleb, y cerró los dedos en mi pelo.

La cabina traqueteó al pasar una torre, con las ruedas repiqueteando bajo el techo, y salió oscilando sobre el valle. Me dio un vuelco el estómago por el cambio de ángulo. No paré.

Se la chupé más fuerte, subiendo y bajando la cabeza, con la saliva resbalándome por la barbilla y por los nudillos. Caleb jadeaba. Laney ya tenía la mano en mi nuca, cálida y firme, y volvía a besar a Caleb.

Otra torre repiqueteó sobre nosotros.

—¿Cuánto queda? —jadeó Caleb.

—Cuatro torres de remonte —dijo Laney—. ¿Vas a correrte en la garganta de Theo?

—Sí —gimió Caleb. Tenía los muslos temblando contra mis orejas y la polla se le había puesto aún más dura dentro de mi boca.

No iba a hacerlo esperar. Quería saborearlo. Quería que se deshiciera mientras lo sujetaba así, de rodillas por alguien que de verdad me importaba, por primera vez en mi vida. Le apreté la lengua plana contra la ranura de la punta, se la moví de un lado a otro y observé su reacción.

—Dos torres —dijo Laney—. Ya casi.

—No pares —dijo Caleb—. Theo, no pares, por favor, no pares.

No paré. Me la metí tan al fondo como pude y chupé con fuerza, con el puño girando en la base, y Caleb me agarró la cabeza con las dos manos y empujó hacia arriba, dentro de mi boca; un grito estrangulado que intentó contener se le escapó de los labios mientras chorros de semen me salpicaban la lengua.

Sabía salado y amargo y puede que fuera mi sabor favorito del mundo, con la posible excepción del coño de Laney.

Tragué y seguí, y no paré cuando él paró.

Mantuve la boca sobre él y se la chupé con suavidad hasta el final, lo lamí hasta dejarlo limpio y le sostuve en la lengua la polla cada vez más blanda mientras se estremecía, jadeaba y los dedos se le aflojaban en mi pelo.

Llevaba diciéndome que todo esto era una broma desde el día en que me apunté a ese concurso. No era ninguna broma. Nunca lo había sido: estaba de rodillas en el suelo de una cabina de telecabina, con la polla de mi mejor amigo en la boca, y no quería levantarme nunca.

—Theo —dijo Caleb en voz muy baja, y me tocó la mejilla.

La cabina retumbó al pasar por la última torre del telecabina.

—Joder, nos queda como un minuto —dijo Laney, y se lanzó al banco de enfrente, donde había empezado.

Nos dimos prisa: subir cremalleras, encasquetarnos cascos y guantes, y cuando la cabina entró traqueteando en la estación ya estábamos vestidos.

Las puertas se abrieron y el operario nos miró a los tres.

—¿Qué tal el viaje? —preguntó.