Mi ex y su falso novio (Sus novios son novios nº 1) Capítulo 6
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Capítulo 6

Laney

Me despertó el timbre de la puerta. Pero mi apartamento no tenía timbre, así que aquello no tenía sentido.

Tenía un calor que no sentía desde hacía cuatro inviernos, y tardé un instante en darme cuenta de que era porque estaba en la cama entre Caleb y Theo.

Caleb estaba delante de mí, con el brazo echado, pesado, sobre mi cintura y la nariz hundida en mi pelo.

Theo estaba detrás de mí, con una mano enorme extendida sobre mi vientre y la rodilla encajada entre las mías.

Su erección matutina me apretaba bien pegada contra el culo.

Gemí contra la almohada. Caleb y Theo se habían pasado casi una hora dándome las gracias por sus orgasmos de la noche anterior, con la boca, con los dedos y con un entusiasmo desbordante. Después nos habíamos comido lo que quedaba de su cena y habíamos vuelto a meternos en la cama.

Me dolían los muslos. Tenía los labios hinchados. El timbre volvió a sonar y se me paró el corazón.

Me había quedado dormida en el trabajo.

—Servicio de limpieza —avisó Luz desde el otro lado de la puerta.

El brazo de Caleb se cerró sobre mi cintura.

—¿Por qué viene el servicio de limpieza tan temprano? —murmuró contra mi pelo—. ¿No deberían dejarnos dormir?

Entonces caí en la cuenta y gruñí.

—Porque no le dimos al interruptor de «no molestar». Y a alguien se le ocurrió pedir toallas limpias todas las mañanas —siseé—. Ay, joder. Joder.

—¿Qué? —preguntó Caleb.

—No debería follarme a los huéspedes. Obviamente. Estoy bien jodida si se enteran.

—Tranquila, Lanes, te cubrimos.

Theo me guiñó un ojo, salió rodando por el lado opuesto de la cama y se metió los pantalones del pijama a saltos mientras cruzaba la habitación.

—¡Voy!

Caleb salió de la cama detrás de él y se detuvo lo justo para besarme la frente.

—Escóndete —susurró.

Me zambullí debajo de la sábana y me quedé ahí, a oscuras, con el corazón desbocado, muy consciente de que los pantalones del uniforme estaban amontonados en la alfombra, al lado de la cama, con mis zapatos de trabajo y el sujetador.

La puerta se abrió.

—Ahora no, que estamos en plena faena —dijo Theo muy alegre, mientras bloqueaba rápidamente la puerta con el cuerpo—. Perdona, se nos olvidó encender la luz de «no molestar».

Miré por una rendija de la sábana. Caleb estaba justo detrás de Theo, con solo los pantalones de chándal y el cuerpo ladeado para ayudar a tapar el hueco.

—Por supuesto —dijo Luz. Su voz era perfectamente neutra, lo que con Luz podía significar cualquier cosa—. Vuelvo más tarde. Solo venía a traer toallas limpias. El interruptor está justo al lado de la puerta.

—Gracias, Luz. Eres la mejor —dijo Theo, y alargó la mano hacia el montón de toallas mientras ella se retiraba y cerraba la puerta.

Caleb accionó el interruptor que encendía una lucecita fuera, pensada para avisar a los mayordomos de que no era buen momento para entrar.

Solo que su mayordoma ya estaba dentro de la habitación. Me cubrí la cara con las manos.

—Se acabaron las malas decisiones por calentura —gruñí.

Cuando levanté la vista, Theo seguía de pie junto a la puerta de servicio, mirando a Caleb. Le recorrió con la mirada, despacio, el pecho desnudo hasta el cordón del chándal y volvió a subir hasta su boca.

—Me has chupado la polla —dijo Theo.

A Caleb le dio tiempo a parecer azorado medio segundo antes de que Theo lo tuviera clavado contra la puerta.

Se besaron con hambre, con la boca abierta y sin delicadeza.

Theo le sujetaba la mandíbula a Caleb y Caleb tenía las manos enredadas en los rizos de Theo, y restregaban las caderas.

Caleb metió las manos por detrás de los pantalones del pijama de Theo y se los bajó hasta media nalga.

Theo se rio contra su boca y lo besó con más fuerza.

Caleb abrió los ojos y me miró por encima del hombro de Theo. Me guiñó un ojo.

Sabían perfectamente lo que me estaban haciendo.

El pulso me latía entre las piernas. Lo ignoré y salí de la cama a recoger la ropa.

—Tengo que trabajar —dije—. Esto ha sido un error.

—Ajá —dijo Theo, y bajó a chuparle el lateral del cuello a Caleb—. Pero ¿no somos ahora mismo tus únicos clientes de conserjería? ¿Por qué no nos trabajas a nosotros?

—Tengo que dar parte a mi jefa.

Encontré el sujetador debajo del sillón.

—¿No puedes decirle que te hemos hecho venir antes?

—preguntó Caleb. Me miraba con cara de puchero por encima del hombro de Theo, y una marca roja empezaba a florecerle debajo de la oreja—.

Si tuvieras un mensaje nuestro en la aplicación, te saltarías su despacho y pasarías a ayudarnos primero, ¿no?

—Sois ridículos.

—Ridículamente desesperados por follarte —dijo Theo, guiñando un ojo.

Caleb gruñó y se dio un golpe con la cabeza contra la puerta.

—Tío. Eso no ha sido ni una frase de ligar. —Me miró, y el puchero había desaparecido—. En serio, Laney, no queremos que te despidan. Si tienes que irte, vete.

Me quedé ahí plantada en ropa interior, con el sujetador y los pantalones arrugados en las manos.

Los preciosos ojos grises de Caleb me sostenían la mirada con firmeza, y los oscuros de Theo seguían brillando con picardía, y los dos lo decían de verdad.

Si salía por esa puerta ahora mismo, me dejarían. Lo entenderían.

Pero no quería resistirme. Por una vez, no quería hacer lo responsable.

Yo los necesitaba tanto como ellos me deseaban.

Dejé caer la ropa otra vez al suelo.

—Vale. Theo, haz que parezca que me has mandado un mensaje pidiéndome que te haga un recado.

Theo soltó un grito de júbilo. Caleb se rio con esa risa sorprendida y encantada que recordaba de la universidad, y los dos se me echaron encima a la vez. Caímos de nuevo sobre la cama hechos un revoltijo, y Theo me besó, luego me besó Caleb, y luego Theo estaba estirándose hacia la tablet.

—Antes de que me olvide —dijo, tecleando mientras Caleb se acurrucaba contra mí y me iba dejando besos por el cuello.

—Los condones están en la mesita —dije.

Theo dejó la tablet a un lado y abrió el cajón. Sacó una tira larga de condones.

—Laney debía de saberlo.

—Eso lo pediste tú, capullo —dije.

Él se rio y se inclinó para besarme.

—¡Pues entonces debía de saberlo yo!

Después de eso se turnaron para besarme, pasándose mi boca el uno al otro, y no tuvieron ninguna prisa. Theo besaba con mucho entusiasmo y mucha lengua, mordisqueándome el labio inferior y sonriendo contra mi boca cada vez que se me escapaba un jadeo.

Los fui guiando hacia abajo. Sus bocas descendieron por mi cuello, una a cada lado, la barba incipiente de Theo raspándome, la mandíbula de Caleb suave. Se encontraron en mi clavícula y siguieron bajando.

—Siempre me he preguntado cómo sería tener dos bocas encima —dije.

—¿Sí? —dijo Theo contra mi piel—. ¿Dónde?

—En todas partes —susurré, guiándolos hacia mis pechos.

Theo llegó primero, por supuesto. Cerró los labios en torno a mi pezón izquierdo y chupó con fuerza, con avidez, haciéndolo rodar con la lengua, y la sacudida me bajó directa por la columna.

Un segundo después, la boca de Caleb se cerró sobre el derecho e hizo justo lo contrario: me lamió despacio, apenas tocándome, hasta que arqueé la espalda buscando más.

Hundí los puños en el pelo de los dos, y no sabía si los estaba atrayendo hacia mí o si solo me agarraba a algo. Gemí, un sonido agudo desde el fondo de la garganta.

—Le gusta —dijo Theo, encantado, y volvió a chupar.

La boca de Caleb bajó más y le llevé la mano entre las piernas. Me metió dos dedos en el coño, despacio, con seguridad, curvándolos justo donde sabía que me gustaba, y gemí tan alto que me tapé la boca con la mano para amortiguar el sonido.

—Joder —susurré—. Theo, ponle un condón a Caleb. Necesito su polla.

Theo sonreía con malicia mientras se incorporaba, abría un condón con los dientes y se lo desenrollaba por la polla a su mejor amigo, despacio, con el puño siguiéndolo hasta la base, y se le escapó un jadeo suave al tocarlo.

Pero yo estaba impaciente, así que le puse las dos manos en el pecho a Caleb, lo empujé de espaldas y me subí encima de él.

Caleb me puso las manos en las caderas. Me miró, y ya no sonreía: tenía los ojos muy abiertos y la respiración temblorosa.

—¿Estás bien? —pregunté.

—Muy bien —susurró.

Metí la mano entre los dos, lo coloqué y me dejé caer sobre su polla.

Era larga, y yo conocía esa forma, lo conocía a él.

Joder, tenerlo dentro no hizo más que recalcarme cuánto lo había echado de menos, cuánto había echado de menos estar unida a él así.

Era como una canción que no escuchas desde hace años y cuya letra todavía te sabes entera.

Cuando por fin quedé sentada sobre él, con todo él dentro de mí, me escocieron los ojos.

—Caleb —susurré. Era la única palabra que tenía.

—Hola, Laney —dijo él, con suavidad, y sus pulgares me acariciaron las caderas, sosteniéndome ahí un segundo.

Alargué el brazo y atraje a Theo hacia mí, y el colchón se hundió a mi espalda cuando le abrió más las piernas a Caleb y se arrodilló entre ellas.

Estaba tan cerca que su pecho me rozaba la espalda y su polla dura me presionaba la curva del culo.

Me besó el hombro y yo pasé un brazo hacia atrás para abrazarlo, para retenerlo ahí, con un hombre enterrado muy dentro de mí y otro apretado contra mi espalda.

Los labios de Theo subieron por mi cuello.

—¿Lo estás disfrutando, Laney?

Gemí bajito, me levanté sobre la polla de Caleb y volví a hundirme.

—Tócame —dije—. No te quedes solo mirando.

—Me gusta mirar —dijo Theo, y me mordisqueó la oreja.

Le llevé las manos a mi cintura y él las subió para abarcarme los dos pechos, con los pulgares rozándome los pezones. Cada vez que subía sobre la polla de Caleb, subía hacia las manos de Theo, y cada vez que volvía a hundirme, la polla de Theo me resbalaba por el culo, dura, caliente y goteando.

—¿Es esto lo que querías, nena? —murmuró Theo—. ¿Él dentro de ti y yo por todo tu cuerpo?

—Sí —dije—. Más.