Capítulo 4
Laney
Mi teléfono de trabajo pitó: un pedido de desayuno de los chicos, justo cuando pasaba por el despacho de Priya para dar el parte.
La aplicación lo reenviaba automáticamente a la cocina, pero lo repasé para ver a qué hora tendría que recogerlo.
Por la cantidad brutal de comida, supe que el responsable era Theo.
Tenía al menos quince minutos, así que me guardé el teléfono en el bolsillo y llamé a la puerta de Priya. Me dijo que pasara. Estaba sonriendo cuando entré.
—Bueno —dijo—. ¿Qué tal nuestra afortunada pareja? ¿Mandamos arriba a un fotógrafo a hacer unas fotos más para las redes sociales? Las que hizo Tanner salieron fabulosas.
—Sí, no hay nada más romántico que un equipo de fotografía en tu suite de hotel a las nueve de la mañana —dije.
—Firmaron la autorización opcional. En la primera línea decía que podían negarse si la idea no les resultaba cómoda.
—Aun así, me gustaría respetar su intimidad todo lo posible.
No quería contarle que los chicos no habían leído ninguna de las autorizaciones. Pero no pasaba nada, porque anoche, cuando debería haber estado durmiendo, mi cerebro había estado tramando un plan.
Priya me lanzó una mirada muy elocuente.
—Esos chicos son increíblemente fotogénicos, y el departamento de marketing está pidiendo toda una lista de fotos. Parece que no tenemos suficiente representación queer en nuestros folletos.
—Lo entiendo, pero me preocupa mucho lo complicado que será mantener la legendaria experiencia del huésped del Antler mientras perseguimos al señor Marsh y al señor Brooks con un ejército de gente de redes sociales armada con aros de luz.
Sinceramente, no creo que encaje con nuestra marca ser tan invasivos.
—¿Tienes otra sugerencia? —preguntó Priya.
—Yo soy la que está con ellos de forma natural a lo largo del día, y estoy entrenada para pasar desapercibida y anticipar sus necesidades antes incluso de que surjan. Así que ¿por qué no hago yo las fotos?
—Interesante. ¿Tienes experiencia con la fotografía?
—Un poco —dije.
Después de todo, tenía un par de cientos de seguidores en Instagram que siempre alucinaban con mis fotos de la vida en la montaña. Era prácticamente una profesional.
—Pero lo has dicho tú. Son tan fotogénicos que seguro que consigo un montón de opciones buenas. Tanner puede seguir al mando en la montaña, cuando estén en las clases, pero yo puedo ocuparme de la lista de fotos. Ya encontraré la forma de sacarles las fotos sin invadir demasiado sus vacaciones.
Priya sonrió.
—Esta es la clase de iniciativa de la que hablamos la semana pasada. Puedes usar el móvil si te ves en un apuro, pero coge una cámara de marketing para las fotos del hotel.
Vaya, había funcionado mejor de lo esperado.
—Gracias —dije, sintiendo una oleada de triunfo.
—Este acuerdo depende de que entregues buenas fotografías. Considera hoy tu prueba. Si consigues fotos buenas, seguimos adelante con tu plan. Si no, metemos a marketing.
Sonreí para disimular los nervios.
—Gracias. No te arrepentirás.
Me despidió con un gesto.
—Ve. Seguro que ya están levantados.
—Lo están. La cocina ya está preparando su desayuno.
Al salir del despacho de Priya, la cabeza me iba a mil con las posibilidades.
De golpe, lo que había empezado como un plan para salvarles el culo a Caleb y a Theo se había convertido en una iniciativa que a mi jefa le parecía impresionante.
Si lo clavaba, el ascenso era mío. Lo único que tenía que hacer era evitar que dos hombres impulsivos hicieran alguna tontería.
Diez minutos más tarde estaba en la cocina con una cámara colgada del cuello, viendo cómo los cocineros cargaban diecisiete desayunos en un carrito.
Empujé el carrito por la puerta de servicio hasta la suite justo cuando Theo salía del dormitorio con un pantalón de pijama y nada más, con los abdominales tensándose a cada paso.
Mantuve la vista en el carrito e intenté averiguar cómo meter diecisiete desayunos en la mesita de desayuno, junto al piano de media cola.
Levanté un bol con una campana de plata encima y miré dentro.
—¿Has pedido avena? ¿Pero a ti te gusta la avena?
—Venía con azúcar moreno y una jarrita de nata.
Monísimo —dijo Theo, y sonrió y estiró los dos brazos por encima de la cabeza hasta que le crujió la columna, y se le alargó cada músculo del costado.
Desde luego, no debería haber estado mirando esos músculos, ni a cómo el pantalón del pijama iba perdiendo la batalla por mantenerse en su sitio.
Caleb estaba incorporado en el sofá, con una manta en la cintura, frotándose un lado del cuello.
—No creo que este sofá esté hecho para dormir.
—La cama está genial. Enorme. Un montón de sitio —dijo Theo, y luego se volvió hacia mí—. Le dije que podíamos acurrucarnos y, por alguna razón, no quiso.
Caleb le lanzó un cojín.
Luego se levantó, miró las diecisiete campanas de plata del carrito y volvió a frotarse el cuello.
—Voy a ducharme mientras vosotros dos os ocupáis de ese desastre.
La puerta del baño se cerró tras él y se oyó correr el agua.
Empecé a levantar campanas y a alinear platos a lo largo de la mesita. Theo venía detrás de mí y los recolocaba.
—¿Quién pide avena, huevos Benedict y un gofre? —pregunté—. Y tortitas. Y dos clases de bacon.
—Un hombre de vacaciones.
—Un hombre con la solitaria. Theo, aquí hay diecisiete desayunos. Y vosotros sois dos.
Se frotó la tripa plana.
—Venga, Laney, ¡ya conoces mi metabolismo!
—¿Quieres decir que todavía puedes comerte una bolsa familiar de Doritos y después preguntar qué hay de cena? —Devolví el gofre a donde lo había puesto. Él volvió a moverlo—. No puedes tener delante el gofre y las tortitas a la vez. No hay sitio. Elige uno.
—Me estás matando la alegría, Laney.
—Ay, cariño —dije—. Nunca te mataría la alegría. Es lo mejor que tienes.
Theo dejó de mover platos. Durante un segundo se limitó a mirarme, y aquello se parecía tanto a la casa de antes, los dos picándonos por tonterías en una cocina silenciosa, que tuve que bajar la vista al carrito.
Cuando Caleb y yo lo dejamos, mi exnovio no fue el único chico al que echaba de menos.
—Antes se nos daba bien esto —dijo—. Hablar.
—Sí, se nos daba bien.
Entonces se abrió la puerta del baño y salió Caleb con una toalla sobre la cabeza, y Theo se puso de repente muy ocupado con el beicon.
—La ducha me ha arreglado el cuello —anunció Caleb.
Los ignoré a los dos, saqué dos sobres de la chaqueta y los dejé entre los platos.
—Aquí tenéis los forfaits y los vales de alquiler de material. Vuestra clase es a mediodía y ya tenéis reservada una monitora particular que se llama Becca —dije.
—¿Conoces a esa Becca? ¿Es buena? —preguntó Caleb.
—Sí, es un pueblo pequeño y trabajo con los monitores constantemente.
Intenté pensar cómo describir a Becca y acabé encogiéndome de hombros.
—Es… directa. No os va a aguantar tonterías. Y es muy buena monitora. Bajaré con vosotros al alquiler de material a las once. Pero antes, el complejo quiere unas fotos de vosotros disfrutando de la habitación.
—¿Disfrutando cómo? —preguntó Theo, y se sentó a la mesa con los huevos Benedict—. Yo encantado de disfrutar de Caleb como tú quieras.
Caleb resopló.
—¿De verdad hacen falta fotos?
—Firmasteis el contrato, y el contrato incluía una lista de sesiones concretas. No es culpa mía que ninguno de los dos se molestara en leerlo.
Theo sonrió de oreja a oreja y se frotó las manos.
Caleb palideció.
—¿Sesiones concretas?
—Mirad, alegraos de que no haya un equipo de fotografía entero aquí arriba —dije, y levanté la cámara—. He convencido a mi jefa de que me deje ser vuestra fotógrafa oficial.
—Ah, bien pensado. Así puedes dirigirnos antes de hacer las fotos —dijo Theo con un asentimiento—. ¡Como ayer!
—¡Exacto! Yo os dirijo y todos ganamos. Vosotros parecéis una pareja sexy y locamente enamorada sin tener que fingir todo el rato, y yo impresiono a mi jefa. A menos que prefiráis a otra persona.
Theo negó con la cabeza, cogió un cruasán y le dio un bocado enorme.
—Estamos a tu servicio. Dinos qué fotos necesitas.
—Quieren destacar la bañera de hidromasaje con los pétalos de rosa y las sales de baño. Así que están pensando en algo dentro de la bañera.
Caleb se atragantó con el café.
—¿En la bañera? —dijo.
—Podríais poneros los albornoces y apoyaros en el borde.
Técnicamente, eso era lo que pedía la lista de fotos, pero esa mañana tenía unas ganas enormes de chincharlos. Y a Priya le iba mucho eso de ir más allá.
—O podemos meteros dentro, con las burbujas en marcha. Mucho más romántico.
Theo me apuntó con el cruasán.
—Tiene razón. Acurrucados en una bañera llena de burbujas, mucho más romántico. Y auténtico.
—Nadie te ha preguntado —dijo Caleb.
—Desayunad. O al menos comed algo. Yo voy preparando la bañera.
—¿Ahora? —preguntó Caleb, que se sentó a la mesa y se quedó mirando aquella cantidad obscena de comida como si no supiera por dónde empezar.
—¡Sí! Hoy tengo que demostrarle a Priya que puedo, o mandará aquí a los de los aros de luz. Así que hagamos una sesión increíble.
Entré en el dormitorio y abrí el grifo a tope. La bañera era un gran jacuzzi blanco encajado en un mirador, en la esquina del dormitorio, con vistas directas a lo alto de la montaña, donde los cañones de nieve seguían disparando. Eché las sales de baño.
Cuando la bañera estaba medio llena, los chicos ya estaban al borde de las baldosas discutiendo sobre la sesión.
—¿Qué nos ponemos? —preguntó Caleb.
—Burbujas —dijo Theo—. Y el traje de Adán.
—¿Y unos bóxers? —preguntó Caleb.
Theo levantó los brazos.
—¡Los bóxers no son románticos!
—Encenderemos los chorros. Habrá tantas burbujas que no se verá nada —dije, y eché suficientes pétalos de rosa para ambientar la escena y, con suerte, tapar todo lo que no debía salir en cámara.
Caleb se quedó mirando la bañera un buen rato y luego me miró a mí.
—Vale, de acuerdo. Lo haré, pero solo porque no quiero que te despidan, Laney.