Capítulo 3
Theo
Laney iba y venía de la chimenea a la ventana, giraba sobre los talones y volvía sobre sus pasos.
La seguí.
—Venga ya, Laney. ¡La gente se apunta a concursos para conseguir cosas gratis todo el rato! Es una mentirijilla de nada.
Laney siempre había sido guapa, pero había algo sexy en su uniforme, en la forma en que llevaba el pelo rubio recogido en un moño bajo en la nuca. O puede que simplemente estuviera más buena cuando nos sermoneaba como una profesora sexy.
—Me da igual que finjáis ser pareja para conseguir unas vacaciones gratis —dijo Laney—. Aunque, ¿en serio? Dejad que una pareja de verdad comparta una historia de amor de verdad.
—No esperábamos que nos eligieran —dijo Caleb—. Theo se apuntó en broma.
—Lo que sea. Ese no es el problema. El problema es que firmasteis la cesión de derechos de imagen.
—¿La qué?
Sacó un fajo de papeles grapados de la carpeta que llevaba desde el vestíbulo, y las hojas le crujieron en el puño.
—La cesión. La que permite usar vuestras fotos con fines de marketing.
—Eso suena a trámite habitual —dije—. O sea, solo si por casualidad nos hacen alguna foto, ¿no?
—¿La habéis leído alguno de los dos? —preguntó Laney.
Miré a Caleb. Se encogió de hombros.
—Supongo que no.
—¿Por qué no? —dijo Laney, y nos agitó el fajo delante de las narices a los dos.
Caleb se pasó una mano por el pelo.
—O sea, en Switchback Logistics estamos preparando el lanzamiento de una actualización importante. Hubo un problema y no levantamos cabeza hasta cinco minutos antes de salir.
Dejó de dar vueltas.
—Bueno, pues aceptasteis hacer varias sesiones de fotos en el hotel y en la estación de esquí. Como pareja gay. Si descubren que no sois pareja, que los dos sois heteros, va a ser una pesadilla de relaciones públicas. Queerbaiting o como se llame.
—Ah —dije—. O sea, técnicamente yo soy bisexual, así que… ¿eso es queerbaiting?
Laney me dio un manotazo en el hombro.
—¡Lo es si finges estar enamorado de un tío hetero!
Caleb me miraba fijamente, con la cabeza un poco ladeada, parpadeando despacio como hacía siempre que estaba procesando información.
—¿Eres bi?
—Sí, pensaba que lo sabías. O sea, me follo a tíos de vez en cuando…
—¿Te follas a tíos de vez en cuando? —preguntó Caleb, y la voz le subió casi una octava.
Sonreí.
—Eso es básicamente lo que significa ser bisexual.
—¿Desde cuándo?
—Desde el instituto —dije—. Penúltimo curso. No hay mucha historia detrás.
—¿Llevamos siete años viviendo juntos y nunca se te ha ocurrido mencionar que te follas a tíos de vez en cuando?
Me reí.
—Tío, si yo flirteo contigo constantemente. Te he ofrecido doblarte sobre una cama dos veces en el viaje de subida. ¿Cómo crees que sé doblar a un tío sobre una cama?
—Pensaba que me estabas vacilando. —A Caleb le subía la voz—. ¿Qué cojones, tío? ¿Estabas intentando…?
Laney le tapó la boca a Caleb con la mano.
—Calla —susurró—. Deja de gritar que eres hetero. El vestíbulo de los ascensores hace eco. Si descubren lo que habéis hecho, podrían intentar demandaros por el valor del premio.
Caleb dijo algo contra la palma de Laney. Ella apartó la mano.
—¿Cuánto vale el premio? —preguntó Caleb.
—La suite son cuatro mil la noche. Es principio de temporada, así que igual podríais alegar que son dos mil.
Caleb se dejó caer en el sofá y se quedó blanco como el papel.
—Nadie va a demandar a nadie —dije—. Seguiremos el juego y punto. Nos haremos las fotos.
Yo no estaba preocupado. Si Laney Pruitt quería que besara a Caleb delante de una cámara, no me quedaría más remedio que sufrirlo. Además, estaba guapísima y me estaba echando la bronca como si no hubiera pasado ni un día. Era el mejor día de mi vida.
—Si os pillan y descubren que yo lo sabía, podría costarme el ascenso —siseó Laney.
—Pues no nos pillarán —dije—. Nos portaremos bien, te lo prometo. Podemos parecer románticos. Practicaremos.
Laney se cruzó de brazos.
—Enseñadme lo románticos que sois. Si la cagáis, os mato.
Miré a Caleb. Caleb soltó un largo suspiro.
—¿Ahora?
—Sí, ahora. Firmasteis ese acuerdo. Había una casilla arriba para no aceptar.
Caleb me miró con los ojos entornados.
—Te lo dije, tío. Estas cosas nunca son tan fáciles como te crees.
—Esas son sus palabras favoritas —le dije a Laney—. A juzgar por la frecuencia con la que las usa.
—O que nunca me escuchas, joder, y que siempre tengo razón.
Ladeé la cabeza y me di unos golpecitos en la barbilla.
—¿Siempre razón? Suena poco creíble.
Laney gruñó.
—Mi ascenso, chicos. Demostradme que sabéis venderlo, ahora mismo, joder. O bajo directa a decirle a mi jefe que sois unos farsantes.
Laney enfadada estaba tremenda.
—¿Y un abrazo? —pregunté.
Caleb suspiró y abrió los brazos, y yo me lancé a por él.
Fue un abrazo horrible. Me clavó el codo en las costillas, me di con la barbilla en su hombro y los dos empezamos a darnos palmaditas en la espalda al mismo tiempo, tres palmadas fuertes cada uno, el abrazo más de colegas de la larga historia de los colegas.
—Ese es el abrazo que le das a un colega para decirle «buen partido» después de jugar al balón prisionero —dijo Laney.
—Nosotros no jugamos al balón prisionero. ¿Qué clase de hipsters te crees que somos? —pregunté.
—Las palmaditas en la espalda no son románticas. Intenta abrazarlo como si no quisieras soltarlo.
Caleb me miró con recelo.
—Nunca quiero soltarte, cariño —dije abriendo los brazos.
—Vete a la mierda, señor «Son unas vacaciones gratis, a nadie le va a importar».
Me acerqué hasta pegarme a él, le rodeé la cintura con los brazos, luego deslicé las manos por los músculos de su espalda —sin fijarme para nada en lo firmes que eran— y le rodeé la nuca con la mano. Allí tenía el pelo suave y un poco demasiado largo, y se le rizaba sobre el cuello de la camisa.
Le di un beso en la mejilla.
No fue el beso sonoro y juguetón que le había dado abajo para el aro de luz.
Con este me tomé mi tiempo. Su barba me raspó los labios, día y medio de barba, más áspera que la mía, y olía al gel de ducha de cedro que usaba desde tercero de carrera.
Me quedé ahí un segundo más de lo necesario y lo apreté contra mí.
Quería hacerlo otra vez. Quería hacerlo más abajo, a lo largo de la mandíbula, donde…
Caleb se quedó rígido.
Mi polla también.
Todos los músculos de su espalda se tensaron bajo mis manos. Mientras tanto, mi rabo había decidido que era un momento genial para interesarse por el asunto y empujaba contra la cremallera como si buscara una vía de escape.
Uf, estaba metido en un buen lío.
—Caleb, tienes que devolverle el abrazo —dijo Laney—. No puedes quedarte ahí plantado como una estatua.
Caleb me pasó los brazos por la cintura.
—Pegaos más.
Nos pegamos, aunque esperaba que no lo bastante como para que notara mi erección.
—Vale, así mejor. Practicad eso. Caleb, intenta parecer un poco menos pasmado. Me gusta cómo lo miras, Theo. Gran actuación.
Caleb desvió la mirada hacia la mía, como si intentara evaluar de qué manera lo estaba mirando.
—Ahora probemos otra pose. Dad un paso atrás y cogeos de la mano. Caleb, apoya la cabeza en su hombro, como si estuvierais acurrucados.
Caleb puso los ojos en blanco y buscó mi mano, entrelazando los dedos con los míos. Se acercó y dejó caer la mejilla sobre mi hombro. No pude contenerme: levanté la mano, le aparté un mechón de pelo de los ojos y le besé la frente.
—Mejor —dijo Laney.
—¿Ves? ¡Nos sale solo! —dije, y me aparté otra vez.
Metí las manos en los bolsillos del vaquero para esconder el problema que tenía en los pantalones.
Fue enumerando las reglas con los dedos.
—Cuando Tanner esté cerca, os cogéis de la mano como si de verdad lo sintierais. Os sentáis en el mismo lado del reservado en la cena. Os miráis a los ojos. Y nada de chocar los cinco en público.
—¿Y si pasa algo realmente bueno? —pregunté.
—Lo besas. Y no quiero quejas; este follón lo habéis montado vosotros, así que ahora os aguantáis.
Miré a Caleb y moví las cejas con picardía. Se puso aún más colorado.
—¿Podemos acabar ya? —preguntó Caleb—. Prometemos que practicaremos.
—Por hoy —dijo Laney.
Miró las orejas rojas de Caleb y luego me miró a mí. Bajó la vista hasta mi entrepierna, se le dispararon las cejas y yo me hundí más las manos en los bolsillos.
—Os subiré la cena —dijo Laney—. Le diré al chico de las redes sociales que estáis cansados del viaje y que preferís una noche romántica y acogedora en la habitación. El servicio de habitaciones está incluido.
—Oooh, cena. ¿Perritos calientes? No, espera, algo lujoso. ¿Hay hamburguesa de bisonte? —pregunté.
—Sí, ¿por qué no miras la carta? Hay una tableta en el mueble de la tele con las reservas, las cartas y una aplicación para chatear con vuestro mayordomo.
—Pensaba que eras Facilitadora de Experiencia Alpina y Confort del Huésped —la piqué.
Me lanzó una mirada inexpresiva.
—Significa mayordomo, Theo. Y conserje de esquí. —Sacó una tarjetita del bolsillo—. Aquí dice cómo añadir la aplicación al teléfono. O podéis hacerlo a la antigua y pulsar el botón del mayordomo en el teléfono de la habitación.
Cogí la tarjeta.
—¿Hay un botón para cuando queramos que vuelvas a darnos clases de cómo ser más románticos?
Laney puso los ojos en blanco y se escabulló por una puerta lateral estrecha junto al bar, empapelada para que hiciera juego con la pared. Dudaba que poner los ojos en blanco formara parte del servicio habitual de mayordomo, pero nunca había estado en un hotel tan elegante.
Me di la vuelta.
Caleb estaba en el umbral del dormitorio, con las mejillas todavía rosadas.
—Hay una sola cama —dijo Caleb—. ¿Dónde cojones vamos a dormir?
Me acerqué y me apoyé en el marco de la puerta, a su lado. Era una cama grande. Era una cama grandísima, blanca y esponjosa, con cuatro almohadas a cada lado y espacio suficiente para que un tío se diera la vuelta por la noche y acabara justo encima de otro.
—Hombre —dije—, es la cama más grande que he visto en mi puta vida. Creo que podemos compartirla.