Capítulo 2
Laney
No había nada que me calmara tanto como preparar una de las suites de lujo.
Durante unos instantes, la habitación quedaba perfecta, desde los opulentos centros de flores frescas hasta los albornoces blancos y esponjosos del baño.
Ajusté el edredón una última vez, luego sacudí un camino de seda color óxido, lo extendí a los pies de la cama y coloqué encima una cestita de flores y bombones.
La Suite Antler ocupaba una cuarta parte de la última planta del Antler, entre el salón, el baño descomunal y el dormitorio independiente, lo bastante grande para albergar una cama Alaskan king enorme que hacerla era una pesadilla.
Todo en ese espacio era excesivo, desde la entrada privada del mayordomo hasta la chimenea en la que cabías de pie y el piano de media cola que nadie tocaba nunca.
La puerta del mayordomo estaba abierta, calzada con el carro de la limpieza, y mi jefa, Priya, entró mientras yo colocaba un cuenco de pétalos de rosa junto al jacuzzi y rellenaba con cuidado los tarros de sales de baño alineados en la pared del fondo.
La bañera era ridícula de por sí. Estaba sobre una plataforma de azulejos, en la esquina del dormitorio, rodeada de ventanales enormes con vistas a la estación de esquí.
Se empañaban cada vez que un cliente usaba la bañera en invierno.
Yo tenía un limpiacristales preparado para cuando se quejaban.
Priya estaba impecable, como siempre, con un abrigo de lana color crema y unos tacones nude que jamás pisaban una acera sucia.
Los cambiaba por botas antes de salir del edificio, para que las suelas rojas y brillantes no se rayaran.
Nos había llegado de un Four Seasons de la Costa Este y había montado el servicio de mayordomos desde cero.
Me contrató recién salida de la universidad porque mi aspecto encajaba con el rollo rústico.
Por lo visto, las chicas de montaña son todas rubias, al menos según Priya.
—¡Laney! Bienvenida a casa. ¿Cómo fue Kansas? —preguntó Priya, sin levantar la vista de la tablet. Seguía sin entender cómo lo hacía; yo me habría tropezado y habría acabado de morros en el suelo.
—Mi madre me preguntó seis veces cuándo me vuelvo a vivir a casa —dije.
Priya parpadeó.
—¿Por qué dejarías esto por Kansas?
—No lo sé, pregúntaselo a mi madre. —Imité la voz de mi madre—. Sabes que hay un Holiday Inn en el centro de Salina, ¿no puedes trabajar allí?
Mi viaje anual, en plena temporada de barro, a la granja familiar de las afueras de Salina era básicamente diecisiete versiones de la misma conversación. Se te ve sola. ¿Comes suficiente? ¿No puedes trabajar en algo de por aquí?
Priya se rio.
—Nunca he estado en Kansas, pero no me imagino que un Holiday Inn de Salina tenga nada que hacer frente a esto. ¿Ofrecen siquiera servicio de mayordomo? —Tenía un acento pijo, de la alta sociedad neoyorquina, con un toque de internado inglés, y sonaba como si perteneciera a un hotel de lujo.
Yo estaba bastante segura de que sonaba como si perteneciera a un maizal.
Recorrió la habitación, repasó los detalles, ahuecó un cojín y corrigió la posición de un centro floral.
—Ha quedado fantástica, como siempre, Laney.
—¿Hay algo que deba saber sobre nuestros afortunados ganadores? —pregunté.
Me tendió la tablet.
—Aquí tienes los detalles y las preferencias. Es principio de temporada y las demás suites están vacías, así que esta pareja es tu única prioridad. Quiero que lo pasen en grande, pero, sobre todo, quiero fotos.
—¿Fotos?
—Los ganadores son una pareja gay, los dos guapísimos. Es una mina de oro para el marketing.
—¿Por eso los eligieron? ¿Por marketing?
Se dio un golpecito en un lado de la nariz.
—Sí, elegimos al ganador por la foto que enviaron. Camélatelos y asegúrate de que hagan de buen grado las fotos a las que se comprometieron.
—Que te fotografíen durante las vacaciones no suena muy relajante.
—Usa tu encanto —dijo Priya—. Son ingenieros de software de Denver. Trabajan para alguna startup. La foto está en el dosier.
Pasé a la página siguiente y ahogué un grito.
Dos hombres me sonreían desde la pantalla, apretujados en las gradas de Coors Field con el marcador detrás.
Uno tenía una sonrisa tímida y sexy, y un hoyuelo monísimo en la mejilla izquierda.
El otro tenía la mandíbula cuadrada, una sonrisa enorme y una camisa hawaiana que debería ser ilegal.
Los conocía.
Priya seguía hablando, algo sobre un jacuzzi y clases de snowboard, y no procesé ni una sola palabra, porque estaba mirando, con la boca abierta, las caras guapísimas de Caleb Marsh y Theo Brooks. Mi exnovio y su mejor amigo.
—Son preciosos, ¿verdad? —preguntó ella.
Lo único que me salió fue un gañido. Caleb y Theo no eran pareja. Nunca habían sido pareja. Yo había salido con Caleb cuatro años, y Theo había sido su compañero de piso durante tres de ellos, dándonos la lata con sus payasadas ridículas y un metabolismo que desafiaba las leyes de la ciencia.
—¿Laney? —dijo Priya.
—Perdón. —Fingí una tos—. Algo en la garganta.
—Más te vale no estar enferma. Estás en el turno los siete días.
Podía decírselo ahora mismo. Podía contarle que había salido con uno de ellos, que el otro me robaba las patatas fritas y que ninguno de los dos había mirado a un hombre en su vida.
Entonces Priya tendría que explicarle al resort por qué su mina de oro de marketing eran dos tíos heterosexuales de Denver, y yo perdería la oportunidad de demostrarle que podía con un huésped VIP.
Otra persona se quedaría con el puesto de jefa de mayordomos que llevaba tiempo persiguiendo.
La plaza estaba vacante desde que James se marchó al nuevo complejo de Telluride a finales de verano, y Priya me tenía en cuenta, aunque le preocupaba que fuera demasiado joven.
Así que le devolví la tablet y no dije nada. Si esos imbéciles querían jugar a ser pareja, yo no los delataría. Lo aprovecharía al máximo. Al fin y al cabo, nunca está de más tener un poco de ventaja.
—Creo que vamos a poder sacar unas fotos fantásticas.
Priya asintió.
—Tanner, de marketing del resort, ya está aquí y quiere una foto de la llegada para las redes sociales de Pronghorn Mountain. Baja a recibirlos a menos cuarto.
—Entendido —dije, y cogí el móvil para abrir la aplicación del personal del hotel—. Repaso su dosier por si hay peticiones especiales y bajo.
Intenté no pensar demasiado en Caleb mientras daba los últimos toques a la habitación.
Dispuse un cubo de hielo rústico con una botella de champán y un cuenco de fruta fresca, y entonces vi la petición de bolsas individuales de patatas fritas.
¿Y condones? Bufé y salí corriendo al cuarto de suministros a rebuscar condones, que eran una petición frecuente.
Cogí una caja de condones y los snacks de la lista, los llevé a la habitación y escondí los condones en el cajón de la mesilla.
Esa lista llevaba la firma de Theo de principio a fin.
Estaba acabando de colocar una fila impecable de bolsas de Doritos cuando el reloj me vibró: las dos y cuarenta.
Guardé el carrito en el armario del pasillo de servicio y bajé en el ascensor de servicio con las manos entrelazadas delante, para no seguir arrancándome las cutículas.
Cuatro años desde que decidimos cortar todo contacto para intentar superarlo, y ahora Caleb Marsh iba a cruzar la puerta principal de mi hotel de la mano de su mejor amigo, el idiota, y los dos iban a fingir que estaban locamente enamorados.
El ascensor dio a un recibidor pequeño contiguo al vestíbulo y me colé por la puerta de servicio hasta salir al gran salón.
La lámpara de astas pendía del centro del atrio: novecientos kilos de cuernas desprendidas de alce y ciervo ensambladas con alambre por un diseñador de Santa Fe.
Alguien ya la había decorado para Navidad con guirnaldas de acebo y ramas de pino.
Fuera, el día de la apertura tenía al pueblo entero revolucionado.
Los cañones de nieve rugían en la pista de principiantes y lanzaban plumas blancas por toda la zona de la base, y las colas de los remontes estaban abarrotadas de esquiadores y snowboarders impacientes por hacer sus primeros descensos de la temporada.
Tiny esperaba junto a recepción con su carro de equipajes y, a su lado, un tío con un plumas aguantaba un móvil sujeto a un aro de luz y le hablaba a la pantalla.
Me acerqué a Tiny.
—¿Quién es ese tío?
Tiny se rio entre dientes.
—Tanner Boyd, del departamento de marketing del resort. No para de hablar de viralidad y de un bombardeo en redes sociales. No sé qué significa nada de eso.
Tanner se dio la vuelta y me tendió la mano. Era guapo, con una sonrisa enorme y quizá demasiada energía para ser las tres de la tarde.
—¡Hola! Soy Tanner —dijo—. Tú debes de ser la mayordoma, Laney, ¿verdad?
Asentí y le estreché la mano.
—Técnicamente mi cargo tiene un nombre rimbombante, pero en el fondo soy mayordoma y conserje a la vez. Voy a trabajar directamente con los ganadores del concurso.
—Me encanta. Qué trabajo tan interesante.
Fui a decir algo más, pero ya se había vuelto hacia el móvil.
Tiny medía casi dos metros, era un armario, y llevaba en la puerta principal desde antes del cambio de marca.
—El lodge está muy bonito hoy —dijo Tiny—. Aunque es un poco pronto para la Navidad, ¿no crees?
—Que no te oiga Priya —susurré.
Tiny se rio y luego levantó las cejas cuando un Honda Civic plateado paró en el puesto de los aparcacoches. No eran nuestra clientela habitual.
—Creo que son ellos —dije.
La puerta del conductor se abrió y allí estaba, justo al otro lado de las grandes puertas de cristal del hotel.
Caleb Marsh, mi amor de la universidad y el que se me escapó, desdoblando aquel cuerpo larguirucho al salir del asiento del conductor.
Al otro lado del coche estaba su mejor amigo, Theo Brooks.
No lo entendía. Caleb y Theo podían ser codependientes, pero entre ellos nunca hubo nada, nada de eso. Eran heteros. ¿O no?
Tiny salió corriendo a por el equipaje y Tanner fue a seguirlo, pero lo frené.
—Creo que es mejor saludarlos cuando Tiny ya tenga sus maletas —dije—. Mejor no abrumarlos con las fotos. Dejemos que echen un vistazo y lo asimilen todo.
Priya había bajado detrás de mí, tablet en mano, me miró de reojo y asintió.
Observé a los chicos charlar con Tiny y darle las llaves al aparcacoches.
Caleb era alto, delgado y mono a lo skater, con la piel clara que se le ponía rosa con el frío.
Incluso años después seguía con la sudadera mugrienta y las zapatillas DC de skate, gordas y machacadas por el uso.
Llevaba la mata de pelo castaño metida bajo un gorro y, cuando entornó los ojos para mirar el hotel, se le marcó el hoyuelo de la mejilla izquierda.
Theo le cogió la mano a Caleb y Caleb no se inmutó lo más mínimo: simplemente entrelazó los dedos con los de Theo y le sonrió.
Y donde Caleb tenía ese atractivo discreto de chico de al lado, Theo era de infarto.
Era birracial y lo habían bendecido con una mezcla perfecta de los rasgos de sus padres: la piel tersa, de un moreno medio, una mandíbula capaz de cortar cristal y unos ojos castaños y cálidos que parecían chispear de picardía.
Se inclinó y le dijo algo a Caleb, y Caleb puso los ojos en blanco y se rio.
Los porteros mantuvieron abiertas las puertas y Tiny se llevó corriendo el equipaje al ascensor del ático. Esperamos un momento, para dejarles mirar, y luego dimos un paso al frente para saludarlos. Theo me vio y me guiñó un ojo. Caleb estaba demasiado ocupado mirando la lámpara para fijarse en mí.
Tardó un minuto entero en fijar la vista en mí. Cuando lo hizo, se le encendieron las mejillas de un rosa más intenso.
Priya le tendió la mano.
—Señor Marsh, señor Brooks, soy Priya Desai, directora de Experiencia del Huésped. ¡Enhorabuena por ganar nuestro concurso y bienvenidos al Antler! Confío en que hayan tenido un buen viaje.
—¡Ah, sí! Gracias —dijo Theo, y le estrechó la mano con entusiasmo—. ¡Esto es increíble!
—Aspiramos a la excelencia y esperamos que disfruten de su estancia.
Esta es Laney Pruitt, su facilitadora de experiencia alpina y confort del huésped durante la semana.
Para cualquier cosa que necesiten, no tienen más que decírselo.
Y este es Tanner Boyd, del Pronghorn Mountain Resort, que ha venido también a darles la bienvenida.
Nuestro botones ya ha subido sus maletas a la habitación.
Nos dimos la mano todos y hasta Caleb, que se había quedado un poco pasmado durante todo el discurso, se adelantó para estrecharme la mano. Seguía habiendo chispa, y se quedó mirando nuestras manos unidas sin soltarme, un segundo más de lo debido.
—¿Les importaría posar para una foto para nuestras redes sociales? —preguntó Tanner—. Quiero sacar un anuncio para felicitar a los ganadores del concurso.
Theo asintió y Tanner se adelantó con su aro de luz. Caleb hizo una mueca y Theo lo envolvió en un abrazo enorme y le plantó un beso en la mejilla; debió de hacerle cosquillas, porque Caleb se rio en el momento perfecto.
¿Cómo era posible que los dos estuvieran todavía más buenos?
Me obligué a entrar en modo profesional, me puse la carpeta de bienvenida bajo el brazo, les entregué las tarjetas llave y les enseñé cómo acceder al ascensor del ático. Y de pronto estaba en el ascensor, sola, con mi exnovio y el nuevo novio de mi exnovio.
—Joder, Laney, este sitio es increíble —dijo Theo, apoyado en el pasamanos del ascensor—. Me alegro de verte. No tenía ni idea de que ibas a trabajar con nosotros.
Lo miré con los ojos entrecerrados.
—¿No me sigues en Instagram?
—¡Ah, sí! Así me enteré del concurso.
Antes de que pudiera preguntar nada más, el viaje en ascensor se acabó y yo ya me hacía a un lado y les indicaba con un gesto que pasaran, mirando de reojo a Caleb, cuyas mejillas se ponían más rosas cada vez que me miraba.
Abrí la puerta de la Suite Antler. Tiny ya estaba dentro, colocándoles las maletas en el portamaletas. Theo le pasó una propina y Tiny salió de la habitación de espaldas. En cuanto la puerta se cerró con un chasquido a su espalda, eché el cerrojo de seguridad.
Me di la vuelta y me recosté contra la puerta.
—¿Por qué cojones estáis fingiendo que sois una pareja gay, par de idiotas? —siseé.