Mi ex y la Peor idea del Verano CAPÍTULO 32
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CAPÍTULO 32

ÁLEX

El coche de Claudia desaparece detrás de la curva.

Me quedo mirando unos segundos más.

Duele.

No como la otra vez.

Entonces convertí el silencio en una prueba de que había hecho lo correcto al no detenerla. Después regresé al hotel y trabajé hasta que el cansancio me permitió confundir estar ocupado con estar bien.

Hoy saco el teléfono.

Tengo un mensaje.

CLAUDIA: Todavía no he salido del pueblo y ya te echo de menos. Esto es poco práctico.

Sonrío.

ÁLEX: Puedo ir detrás de ti.

Los tres puntos aparecen inmediatamente.

CLAUDIA: Ni se te ocurra. Nos vemos el sábado.

Guardo el móvil.

Detrás de mí, el Miramar sigue necesitando trabajo.

La primera reunión de invierno empieza en veinte minutos. Marina quiere revisar el porche. Lucía ha convocado al equipo de recepción y Mateo discute con un proveedor que pretende venderle aceite «de experiencia premium».

Entro.

No para esconderme.

Porque Claudia regresará a un lugar que también debe aprender a cambiar.

Esa noche, el hotel queda en silencio antes de que yo esté preparado.

Durante la cena envío a Claudia una fotografía del plato que Mateo ha dejado en mi apartamento. Ella responde con una imagen de una caja de comida abierta sobre el suelo de su salón.

«La mesa está debajo de tres carpetas», escribe.

La llamo.

No responde hasta el tercer intento.

—Estaba en la ducha —dice.

—Pensaba que aún no habías llegado.

—Te he escrito hace cuarenta minutos.

—No sabía si el mensaje era de ahora.

Se produce un silencio demasiado parecido a los antiguos.

—Álex, no puedo informarte de cada cambio de habitación.

—No te lo he pedido.

—Has llamado tres veces.

Miro la pantalla. Tiene razón.

La costumbre de saber dónde está en el hotel se ha convertido en la necesidad de confirmar que ha llegado, que ha cenado y que todavía quiere hablar conmigo. Podría disfrazarlo de preocupación. Seguiría siendo control.

—Lo siento —digo—. He convertido echarte de menos en una emergencia.

Claudia exhala.

—Y yo he contestado como si cualquier pregunta significara que quieres vigilarme.

—¿Qué hacemos?

—Acordar cuándo hablamos mañana. No esperar que el otro esté disponible en cuanto lo necesitemos.

Elegimos las nueve y media. Parece ridículo poner una hora a una conversación que antes podía empezar atravesando una puerta.

También parece la única forma de que Madrid y el Miramar dejen de competir por quién interrumpe primero.

—Buenas noches —dice.

—Buenas noches.

—Y he llegado bien.

—Gracias.

Cuelgo antes de preguntar si ha cerrado con llave.

A la mañana siguiente respeto la hora acordada. A las nueve y veintinueve tengo el teléfono en la mano. Espero un minuto completo antes de llamar.

Claudia contesta desde la calle. Va camino de la oficina y se queja de que alguien ha ocupado su mesa habitual en el café.

—Puedes sentarte en otra —digo.

—Eso no es apoyo.

—Puedo llamar y exigir que la desalojen.

—Eso es control.

—La distancia complica mucho las opciones correctas.

Se ríe.

Me cuenta que tendrá una reunión con todo el equipo y que Daniel estará presente. Noto la pregunta antes de formularla: si cenarán después, si estarán solos, si debo preocuparme.

—Espero que vaya bien —digo.

—¿Solo eso?

—Estoy aprendiendo.

—Va razonablemente bien.

La llamada dura doce minutos. No resolvemos nada importante. Precisamente por eso resulta nueva. No necesitamos una crisis para justificar que queremos oírnos.

* * *

Los primeros días sin ella resultan peores a partir de las siete de la tarde.

Durante el día hablamos por mensajes. Claudia me envía fotografías de una sala de reuniones demasiado blanca y yo le envío vídeos de Mateo enfrentándose a la nueva máquina de café.

Por la noche aparecen los espacios.

La silla vacía.

La taza amarilla.

La habitación pequeña con la cama hecha.

El miércoles estoy a punto de llamarla durante una reunión de su equipo.

No lo hago.

Le escribo:

Tengo ganas de oírte. Llámame cuando puedas.

Responde una hora después.

Eso ha sido sorprendentemente sano. ¿Quién eres?

Cuando llama, está agotada.

También está enfadada.

—Daniel ha programado una reunión presencial para el viernes siguiente —dice.

—Entonces no podrás venir al retiro.

—Puedo conducir después.

La respuesta me gusta demasiado.

Por eso no la acepto inmediatamente.

—Llegarías de madrugada.

—No pasa nada.

—A ti sí.

—No decidas por mí.

La frase nos detiene.

Durante un segundo, volvemos a la antigua discusión.

—No quiero decidir —digo—. Quiero preguntarte si vienes porque quieres estar allí o porque temes que el primer evento salga mal sin ti.

Claudia guarda silencio.

—Las dos cosas.

—Entonces quizá puedas venir el sábado por la mañana.

—Y perderme el inicio.

—Lucía y yo podemos iniciarlo.

—Lo sé.

—No ha sonado convencido.

—Estoy practicando.

Finalmente acuerda llegar el sábado después de desayunar. No es la opción más romántica ni la más eficiente.

Es la primera que no exige que uno de los dos demuestre amor agotándose.

No intentamos convertir la conversación en una cita perfecta. Me cuenta que uno de sus clientes ha cambiado tres veces el presupuesto. Yo le explico que una humedad ha aparecido en la habitación doce.

—No quiero que vengas por eso —digo antes de que lo proponga.

—No iba a hacerlo.

—Bien.

—Un poco decepcionante que no me necesitéis.

—Te necesitamos. No para cada fuga.

—Eso ha sido casi romántico.

—Estoy mejorando.

* * *

He pasado la mañana revisando cada habitación del Miramar como si fuera a ausentarme un mes.

Lucía me encontró comprobando el almacén de lencería.

—¿Qué haces?

—Ver si falta algo.

—Falta que te vayas.

—El hotel está lleno.

—Y yo tengo tu teléfono.

—No es lo mismo.

—Ese es el problema.

Me quitó la carpeta y me empujó hacia la puerta.

Conduje hasta Madrid sintiendo una incomodidad física cada vez que el hotel quedaba más lejos. No por miedo a perderlo. Por la costumbre de creer que mi presencia es una forma de seguridad.

Cuando Claudia abre la puerta, comprendo que marcharme también puede ser una responsabilidad elegida.

No he venido después de una pelea ni porque el banco haya convocado una reunión. Lucía no me ha obligado a tomarme el día: ha utilizado la autoridad que yo mismo le entregué y ha rechazado mi oferta de permanecer localizable para cada decisión.

En la carretera recibo tres mensajes del hotel. Los leo al detenerme en un área de servicio. Ninguno requiere que vuelva. Uno es una fotografía de Mateo utilizando correctamente la máquina de café. Otro, una confirmación de reserva. El tercero dice: «Todo sigue en pie. Continúa conduciendo».

Por primera vez, alejarme no significa que el hotel quede abandonado. Significa que otras personas tienen espacio para hacer el trabajo que siempre hicieron.

El sábado llego a Madrid a las siete y doce.

Claudia abre la puerta con pantalones de deporte, el pelo recogido y una expresión que demuestra que los doce minutos importan.

—Has dicho a partir de las siete —me defiendo.

—Eso no significa que debas utilizar todo el margen.

Levanto una bolsa.

—He traído comida.

Mira detrás de mí.

—¿Solo una?

—He aprendido a negociar.

El piso no se parece al lugar donde la ayudé a instalarse dos años atrás.

Antes de cenar me enseña el rincón donde trabaja, el armario que ha vaciado para mis cosas y una llave nueva sobre la mesa.

—No es una invitación a mudarte —dice.

—Has preparado un cajón y una llave.

—Es una invitación a no viajar con siete camisas cada vez.

—Necesito opciones.

—Necesitas una lavandería.

Tomo la llave.

—¿Puedo dejarla aquí cuando no venga?

—No.

—¿Por qué?

—Porque quiero que la tengas.

La frase es pequeña. También es la primera parte de su casa que me ofrece sin que una emergencia nos obligue a compartirla.

Hay fotografías, libros, plantas y una mesa llena de carpetas que no pertenecen al Miramar. En una pared cuelga un plano antiguo de Madrid. En la nevera hay entradas de cine, una lista de compras y una fotografía de Claudia con Inés.

Quiero conocer cada parte.

No para decidir cuánto espacio puedo ocupar.

Para entender la vida que ella no quiere perder.

—¿Qué miras? —pregunta.

—Tu casa.

—Ya la habías visto.

—No así.

Claudia se acerca.

—¿Cómo?

—Como un lugar al que quiero volver.

Me besa.

La comida permanece en la bolsa hasta que se enfría.

Después cenamos en el sofá y discutimos sobre qué lado de la cama me corresponde.

—El de la pared —dice.

—En el hotel duermo junto a la ventana.

—Esta es mi casa.

—Pensaba que querías que formara parte de ella.

—No he dicho que puedas elegir lado.

Me río.

La relación a distancia no empieza con una promesa perfecta.

Empieza con comida fría, una cama más pequeña y una discusión que no amenaza con terminar nada.

A la mañana siguiente me despierto antes que ella. Durante años, en el hotel, eso significaba levantarme sin hacer ruido y empezar a trabajar. En Madrid no sé dónde está el café ni cuál de los armarios contiene las tazas.

Abro dos puertas equivocadas antes de que Claudia aparezca en el pasillo.

—¿Qué buscas?

—Autonomía.

—Está al lado de los platos.

Me enseña la cafetera y vuelve a la cama. Preparo dos tazas. La suya queda demasiado fuerte.

—Necesita más leche —dice al probarla.

—Eso también lo has cambiado.

—Te lo dije en junio.

—Estoy consolidando información.

Desayunamos junto a la ventana. Claudia me enseña el proyecto que dirigirá y yo le cuento que Lucía ha cambiado el sistema de turnos sin consultarme.

—¿Funciona?

—Sí.

—Entonces intenta soportarlo.

No hablamos del futuro como una decisión única. Hablamos del siguiente viaje, de dónde guardaré una camisa y de si puedo dejar un cargador en su mesa. La relación empieza a ocupar espacio mediante objetos pequeños, no mediante una mudanza que ninguno está preparado para prometer.

* * *

El domingo, Claudia trabaja dos horas mientras yo camino por el barrio.

Compro café en el lugar donde la conocen por su nombre. Encuentro la tienda donde compra flores y el restaurante en el que celebra los proyectos que salen bien.

Madrid deja de ser el lugar que me la quitó.

Se convierte en una parte de ella a la que nunca intenté acercarme.

Cuando regreso, Claudia está en la mesa con el portátil cerrado.

—¿Te has perdido? —pregunta.

—Solo dos veces.

—El barrio tiene cuatro calles.

—Están mal organizadas.

Le entrego el café.

—Más leche —dice después de probarlo.

—Lo he pedido bien.

—Entonces el camarero te ha juzgado.

Me siento frente a ella.

—El próximo fin de semana no podré venir. Tenemos el primer retiro y necesito estar allí.

—Lo sé.

—Puedes venir tú si quieres.

—Tengo una presentación el viernes. Iré el sábado por la tarde.

—No tienes que hacerlo.

—Quiero hacerlo.

La diferencia importa.

Claudia toma mi mano sobre la mesa.

—¿Crees que funcionará?

Podría responder que sí.

Sería sencillo.

—No lo sé —digo—. Pero estamos hablando antes de que algo salga mal.

—Es un comienzo.

—Ya hemos empezado.

Sonríe.

No existe una mitad exacta entre Madrid y Puerto Escondido.

No hay una distribución perfecta de días, viajes y responsabilidades.

Solo decisiones que tendremos que seguir tomando sin esperar a que el otro adivine el precio.

Por ahora, eso es suficiente.