Mi ex y la Peor idea del Verano CAPÍTULO 31
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CAPÍTULO 31

CLAUDIA

La despedida que no quería empieza con una tarta.

Amalia la coloca en la mesa del vestíbulo a las ocho de la mañana. En letras azules dice:

MADRID NO ESTÁ TAN LEJOS.

Debajo, Julián ha añadido:

SI NO HAY TRÁFICO.

—No sé por qué hay una tarta —digo.

—Porque te vas —responde Mateo.

—Durante unos días.

—Eso no permite desayunar tarta.

Lucía me entrega un ramo y una fotografía del hotel tomada antes de la campaña. No aparecemos Álex ni yo. Solo el edificio, las buganvillas y el mar.

El personal ha escrito en el borde:

Para que recuerdes que también es tuyo.

Necesito varios segundos antes de poder hablar.

—Volveré la semana que viene.

—Déjanos dramatizar —dice Lucía.

—Habéis aprendido demasiado de Sara.

La mención ya no silencia a nadie.

El acuerdo con Eterno Verano se firmó ayer. El artículo de Nora continúa siendo uno de los primeros resultados al buscar el hotel, pero debajo aparecen reservas, opiniones y el anuncio de los programas de invierno.

La historia no ha desaparecido.

El artículo de Nora se publicó la misma noche de nuestra declaración y continúa siendo el texto más completo sobre lo ocurrido.

No nos presenta como víctimas ni convierte a Eterno Verano en el único culpable.

Explica por qué aceptamos, qué límites se vulneraron y en qué momento decidimos dejar de utilizar la relación como financiación.

No me gusta verme descrita con tanta precisión. Confío más en el artículo por eso.

Ha dejado de ser la única.

Abrazar a Lucía resulta más difícil de lo esperado.

—No vuelvas a llamar solo cuando el hotel se esté hundiendo —le digo.

—No vuelvas a tardar once meses en contestar.

—Trato.

Mateo intenta mantener una expresión digna hasta que lo abrazo.

—No estoy llorando.

—Tienes azúcar en el ojo.

—Es una cocina peligrosa.

Marina me entrega una copia enmarcada de los planos de la caseta.

—La primera fase estará terminada en noviembre.

—Iré a inspeccionarla.

—No confío en que hagas otra cosa.

Elena ha enviado una caja de cuchillos nuevos. Amalia, una lista de posibles temas para su encuentro. El primero es:

Cómo seguir casados cuando uno de los dos no sabe utilizar los emoticonos.

Julián ha tachado «uno de los dos» y ha escrito «Amalia».

Iván me entrega una llave antigua que ya no abre ninguna habitación. La encontró durante la reforma eléctrica y ha colocado una etiqueta: DESPACHO DE CLAUDIA, CUANDO EXISTA.

—No necesito un despacho —digo.

—Eso dijiste de la caseta durante años.

Teresa, la camarera que estaba aquí la primera temporada, me da una libreta con las peticiones más absurdas que ha recibido desde que abrimos. La primera es mía: encontrar flores silvestres idénticas para doce mesas distintas.

—No eran idénticas —protesto.

—Ese era el problema.

Cada regalo demuestra que mi ausencia nunca fue tan completa como intenté imaginar.

Las decisiones que tomé siguen en las habitaciones, en los uniformes y en la manera en que el personal organiza una boda.

También permanecen las veces que exigí demasiado, corregí algo sin explicar por qué o asumí que mi forma era la única capaz de mantener el orden.

—No tenéis que conservar todo como lo dejé —digo.

Lucía mira alrededor.

—Ya hemos movido la planta de Sara.

—Gran avance.

—Y la mesa de recepción cambiará en invierno.

La noticia me sorprende. Mi primera reacción es preguntar quién aprobó el diseño. La segunda, reconocer que ya no necesito hacerlo.

—Envíame una foto —respondo.

Lucía sonríe.

—Eso sí puedo prometerlo.

* * *

Álex lleva mi última maleta hasta el coche.

He rechazado que me acompañe a Madrid.

Ayer terminamos mi segunda semana de trabajo remoto. El equipo aprobó el plan de lanzamiento del departamento y uno de los clientes pidió que yo dirigiera personalmente su proyecto.

La noticia me alegró.

También me hizo sentir culpable durante unos minutos por celebrarla mientras el hotel seguía ajustando cada gasto.

Después entendí que esa culpa era otra forma de creer que solo podía pertenecer a un lugar cada vez.

Esta mañana he guardado el portátil de Madrid junto al cuaderno del estudio. Caben en la misma maleta.

Antes de cerrarla, he revisado el calendario de las próximas cuatro semanas.

Hay una presentación importante en Madrid, una visita de obra en el Miramar y el primer retiro gastronómico. Ninguna combinación permite estar en todo sin conducir de madrugada o responder correos durante las cenas.

Durante mi matrimonio habría intentado hacerlo. Después habría esperado que Álex notara el esfuerzo y se ofreciera a liberar alguna parte de mi agenda. Él habría interpretado mi eficacia como prueba de que podía continuar.

Esta vez le he enviado el calendario antes de decidir.

Hemos acordado que Marina dirigirá la visita de obra, Lucía me enviará un informe y yo regresaré para el retiro el sábado por la mañana. Álex vendrá a Madrid el fin de semana siguiente.

No es una distribución perfecta. Es una distribución hablada.

También hemos decidido qué ocurrirá si una fecha cambia. No conduciré de madrugada después de una presentación. Álex no cancelará un viaje por una avería que Lucía pueda resolver. Ninguno utilizará un fin de semana perdido como prueba de que la relación importa menos.

Escribimos los acuerdos en el calendario compartido. Verlos convertidos en bloques de color resulta extrañamente vulnerable. Antes podía imaginar que encontraríamos tiempo sin enfrentarme a cuánto ocupaban ya nuestras vidas.

—Hay una semana entera en la que no coincidimos —dije anoche.

—Podemos cenar por videollamada.

—Eso suena deprimente.

—También podemos discutir por videollamada y mantener la tradición.

—No pienso comer delante de una pantalla cada noche.

—Una.

—Una, y sin convertirla en una reunión de seguimiento.

El plan no elimina la distancia. Le da una forma que podremos cambiar sin tener que fingir que nunca estuvo allí.

No se destruyen mutuamente por tocarse.

No porque no quiera estar con él.

Porque necesito hacer este trayecto de otra manera.

La primera vez conduje hacia Madrid sintiendo que cada kilómetro demostraba que nuestro matrimonio había terminado. Hoy quiero recorrerlos sabiendo que marcharme no borra nada de lo que he elegido conservar.

—Puedo conducir tu coche —dice Álex.

—Y después ¿cómo vuelves?

—Tren.

—No hay directo.

—Autobús.

—Lo odias.

—Podría alquilar otro coche.

—Álex.

—Solo estaba enumerando opciones.

—Esta vez necesito ir sola.

La respuesta le duele.

No lo oculta ni intenta cambiarla.

—De acuerdo.

Guarda la maleta.

El personal observa desde la entrada con una discreción inexistente.

—Hace dos años también te quedaste mirando cómo me marchaba —digo.

—Lo sé.

—No quiero que esto se parezca.

—No se parece.

—¿Por qué?

Álex se acerca.

—Porque aquella vez pensé que dejarte ir era respetar una decisión que ya no podía cambiar. Ahora te he dicho que no quiero que te vayas y también sé cuándo voy a verte.

—El sábado.

—A partir de las siete.

—No antes.

—Llevaré comida.

—Una bolsa.

—Dos.

—Una.

—Negociaremos.

Sonrío.

Los ojos me arden.

—No quiero que aparezcas cada fin de semana para demostrar que estás comprometido.

—Ni yo quiero que vuelvas cada vez que el hotel tenga una reunión.

—Entonces tendremos que aprender.

—Parece que se nos está convirtiendo en costumbre.

Me abraza.

No afloja demasiado pronto.

Tampoco me aprieta como si pudiera impedir que me mueva.

Apoyo el rostro contra su cuello.

—Voy a echarte de menos.

—Yo más.

—No es una competición.

—Estoy perdiendo demasiadas últimamente.

Me aparto lo justo para besarlo.

Sin cámaras.

Sin contrato.

Sin ninguna promesa que necesite convertirse en un eslogan.

Antes de cerrar la puerta, Álex me entrega la taza amarilla envuelta en una toalla.

—¿Qué haces?

—Es tuya.

—Me la regalaste tú.

—Y la utilizaste durante nueve años.

—Pensaba dejarla aquí.

—Yo también. Después entendí que conservar algo no significa decidir dónde debe quedarse.

Sostengo la taza entre las manos.

—La traeré cuando vuelva.

—No tienes que hacerlo.

—Quiero hacerlo.

Álex asiente.

No convierte el objeto en una promesa. Yo tampoco.

Lo guardo en el asiento del copiloto, donde pueda verlo durante el viaje.

Antes de subir, le pido a Álex que espere y regreso al jardín. Camino hasta la caseta sin avisar a nadie.

La cinta de obra rodea el porche y hay materiales apilados bajo una lona. Dentro, Marina ha dejado marcada en el suelo la futura distribución. Mi mesa estará junto a la ventana. El espacio central podrá llenarse de sillas o quedar vacío según el programa.

Sobre la pared de las medidas antiguas hay una nota pegada con cinta:

NO PINTAR. ORDEN DE LA PROPIETARIA.

Debajo, Marina ha añadido:

DE UNA DE ELLAS.

Sonrío.

Saco el cuaderno y dejo en la primera página una lista para la visita de obra. No es una instrucción para que todo permanezca inmóvil hasta que vuelva. Es una forma de participar desde otro lugar.

Álex aparece en la puerta, pero no entra.

—Pensaba que necesitabas ir sola.

—A Madrid. No a treinta metros del vestíbulo.

—La precisión siempre ayuda.

Miro el espacio una última vez.

—No dejes que conviertan esto en un almacén si la obra se retrasa.

—¿Eso es una orden?

—Una petición.

—Entonces sí.

Cierro la contraventana. La caseta continúa allí sin exigirme que decida hoy cuánto de mi vida ocurrirá dentro.

Subo al coche.

Álex se queda junto a la puerta.

—Llámame cuando llegues —dice.

—No escribas mientras conduces.

—Eso iba a decir yo.

—Lo he dicho primero.

Arranco.

La carretera sale de Puerto Escondido y empieza a bordear la costa.

En el mismo punto donde perdemos cobertura, el teléfono deja de reproducir la lista de música y el coche queda en silencio.

La primera vez que hice este trayecto, cada curva parecía alejarme de una versión de mí misma que no podía conservar. Hoy llevo el contrato de Madrid en el maletero, el cuaderno del estudio junto al portátil y la taza amarilla a mi lado.

No sé cómo encajará todo.

La diferencia es que ya no considero el encaje una decisión que deba tomar sola antes de contarle a nadie lo que necesito.

Al llegar a la curva, miro por el retrovisor.

Continúa allí.

Esta vez no interpreto su inmovilidad como indiferencia.

Sé que me ha pedido que me quede sin exigirme hacerlo.

Sé que vendrá a Madrid sin esperar que yo lo traiga de regreso.

Y sé que, cuando vuelva al Miramar, no será porque una emergencia me haya obligado.

Será porque también forma parte de la vida que he elegido.

Conduzco durante casi una hora antes de detenerme en una estación de servicio. No necesito gasolina. Necesito comprobar que la taza continúa intacta y resistir el impulso de llamar antes de haber salido siquiera de la provincia.

Tengo un mensaje de Lucía: «La tarta ha sobrevivido peor que tú». Debajo hay una fotografía de Mateo repartiendo porciones a los huéspedes.

Álex no ha escrito.

Durante un segundo interpreto el silencio como antes. Después recuerdo que le pedí que no enviara mensajes mientras conduzco.

Guardo el teléfono sin inventar una explicación distinta.

Cuando regreso a la carretera, Madrid no parece una dirección contraria al Miramar. Es solo el siguiente lugar al que voy. Por primera vez, avanzar hacia uno no exige negar que también regresaré al otro.