Mi ex y la Peor idea del Verano EPÍLOGO
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EPÍLOGO

CLAUDIA

UN AÑO DESPUÉS

Álex ha organizado una sorpresa.

Lo sé porque lleva tres días cerrando el ordenador cuando entro en una habitación y porque esta mañana me ha pedido que me vista «bonita, pero cómoda, aunque no demasiado informal».

—Eso no significa nada —le digo desde el baño.

—Significa exactamente lo que he dicho.

—¿Vamos a caminar?

—Puede.

—¿A cenar?

—También.

—¿Necesito casco?

—No.

Ha respondido demasiado rápido.

Cuando salgo, lleva una camisa blanca mal abrochada.

—Estás nervioso.

—No.

—El tercer botón está en el cuarto ojal.

Mira hacia abajo.

—Es una decisión estética.

Me acerco y le arreglo la camisa.

Vivimos juntos en Madrid desde hace cuatro meses. No fue una mudanza oficial. Un día descubrí que Álex ocupaba la mitad de un cajón y que tenía más camisas en mi armario que en el Miramar.

Le obligué a pagar la mitad del alquiler.

Él lo llamó poco romántico.

Yo lo llamé convivencia adulta.

—¿Podemos irnos? —pregunta.

—¿Adónde?

—Fuera.

—Información excelente.

* * *

El Miramar aparece al final del camino rodeado de coches, flores y personas que no deberían estar vestidas tan bien para una inauguración informal.

—No pienso participar en una boda sorpresa —digo.

—No hay ninguna boda.

—¿Renovación de votos?

—Claudia.

—Porque me bajo del coche.

—Vamos a quince kilómetros por hora.

—Me bajaré con prudencia.

Álex ríe.

El vestíbulo está lleno de antiguos huéspedes, proveedores y participantes de los programas de invierno. Elena discute con Mateo junto a una mesa de aperitivos. Amalia y Julián posan frente al cartel de la segunda edición de su encuentro:

SEGUIR JUNTOS SIN MATARSE EN EL INTENTO.

El banco ha renovado la financiación después de un invierno rentable y de varios meses cumpliendo las previsiones de la nueva temporada.

La deuda sigue existiendo, pero ya no determina cada decisión.

Lucía dirige las operaciones y obliga a Álex a tomarse fines de semana libres incluso cuando no viene a Madrid.

Mi trabajo también continúa.

No ha sido sencillo. Durante los primeros meses viajé demasiado, acepté reuniones en horarios imposibles y llegué a creer que flexibilidad significaba estar disponible en todas partes a la vez.

Álex no me pidió que redujera el trabajo. Me preguntó qué parte de aquella presión había elegido yo y cuál estaba aceptando por miedo a parecer poco comprometida.

Me enfadé.

Después cancelé dos reuniones que podían haber sido correos.

Él aprendió algo parecido con el hotel. Ahora hay fines de semana en los que no sabe qué habitación ha pedido una almohada adicional. Al principio lo vivía como una tragedia. Lucía lo considera un éxito de gestión.

El departamento que empecé con seis personas tiene ahora once. La semana pasada presentamos el proyecto más importante desde que asumí la dirección y el consejo confirmó mi entrada en el comité el próximo enero.

No tuve que elegir entre esa vida y esta.

Tuve que aprender a organizar ambas sin convertir el cansancio en una prueba de amor.

—¿Qué inauguramos? —pregunto.

Álex señala el jardín.

La parcela este continúa perteneciendo al Miramar. Costa Serena construyó sus villas en otro municipio, donde espero que todas las piscinas tengan una fuga pequeña y constante.

La caseta ya no parece una caseta.

Tiene paredes claras, grandes ventanales y el porche donde celebramos los primeros retiros antes de terminar la obra. Sobre la entrada hay un nombre:

ESTUDIO ENTRE DOS.

—¿Entre dos qué? —pregunto.

—Entre dos ciudades. Entre una idea y el momento de hacerla. Entre el hotel y el mar.

—Son demasiadas explicaciones.

—Hay otra.

—Claro.

Marina me entrega unas tijeras frente a una cinta azul.

—El proyecto era tuyo —dice Álex.

—El hotel es de los dos.

—Precisamente.

No he preparado un discurso. Mateo asegura que eso es imposible y que llevo toda la vida preparando discursos sin admitirlo.

Miro el edificio.

Durante años fue una idea guardada en un cuaderno. Después se convirtió en un terreno que casi vendimos para resolver un problema inmediato.

Ahora tiene reservas hasta marzo.

—Este espacio empezó como algo que siempre haríamos más adelante —digo—. Hemos aprendido que “más adelante” puede ser una fecha peligrosa cuando se utiliza para aplazar lo que importa.

Busco a Álex entre las personas.

Está en primera fila.

No graba.

Solo escucha.

—No sabemos si todos los proyectos que se desarrollen aquí funcionarán. Algunos serán un desastre.

—El retiro de silencio —dice Mateo.

—No se menciona el retiro de silencio —responde Lucía.

—Pero este lugar existe para que las ideas tengan espacio antes de estar terminadas. Y para que nadie vuelva a esperar años confiando en que otra persona adivine que son importantes.

Corto la cinta.

Los aplausos llenan el jardín.

* * *

Dentro hay una sala de trabajo, un pequeño despacho y una terraza que mira hacia la cala.

La tarima laminada continúa en perfecto estado.

Álex sigue afirmando que la madera habría sido más bonita.

—La sorpresa no era solo la inauguración —dice.

—Eso temía.

Me conduce hasta el despacho.

Sobre la mesa hay una carpeta.

PROPUESTA PARA DECIDIR JUNTOS.

—Has aprendido a poner títulos muy claros.

—La experiencia.

La abro.

No contiene una sociedad creada a mis espaldas ni una obra terminada sin consultar. Es una propuesta para ampliar el estudio con una pequeña vivienda de uso de los propietarios cuando las cuentas permitan financiarla.

Hay tres opciones de distribución, presupuestos y una página en blanco titulada:

Lo que Claudia quiera cambiar.

—Eso es mucha responsabilidad —digo.

—Puedes rechazarlo todo.

—¿Esta es la sorpresa?

Álex respira.

—Parte.

Se lleva la mano al bolsillo del pantalón.

Saca una caja pequeña.

Mi corazón empieza a golpear con fuerza.

—No tienes que responder hoy —dice.

—No es lo que suele decirse en este momento.

—Lo he preparado de otra forma.

—¿Con Mateo?

—Una vez. Fue un error.

Abre la caja.

El anillo es sencillo. Una piedra pequeña sobre una banda fina.

Nada que pueda confundirse con el anterior.

Álex no se arrodilla.

Agradezco que no lo haga.

—No quiero renovar nuestros votos —dice—. Ni recuperar el matrimonio que tuvimos. Tampoco quiero prometer que nunca volveremos a equivocarnos, que el hotel no complicará nada o que aprenderemos a vivir entre dos ciudades sin discutir por los horarios.

—Hasta ahora es una propuesta excelente.

—Estoy llegando.

Sonríe, nervioso.

—Quiero casarme contigo otra vez porque lo anterior terminó y, aun así, elegimos construir algo nuevo. Puede ser en Madrid, aquí, en un juzgado o en un lugar donde nadie nos conozca. Sin cámaras. Sin patrocinadores. Sin utilizarlo jamás para vender una habitación.

Siento que los ojos se me llenan de lágrimas.

—Eso último debe figurar en las capitulaciones.

—Lo añadiré.

—¿Y si digo que necesito tiempo?

—Esperaré. Preguntaré cómo te sientes y evitaré comprar un edificio mientras decides.

Me río.

El hombre que una vez me dejó marchar porque tenía miedo de pedirme que me quedara sostiene ahora una pregunta sin intentar controlar la respuesta.

—Sí —digo.

Álex no se mueve.

—¿Sí a pensarlo o…?

—Sí, quiero casarme contigo.

—Bien.

—Puedes besarme.

—No quería asumir.

—Álex.

Me besa.

Casi se le cae la caja cuando lo abrazo.

—El anillo —murmuro.

—Lo tengo.

—Parecía que no.

—No arruines el momento.

Me lo coloca.

Encaja.

Abajo empiezan a sonar aplausos.

Nos acercamos a la terraza. Lucía, Mateo, Amalia y aproximadamente la mitad de los invitados miran hacia arriba.

—No sabían nada —digo.

—Sospechaban.

—Estaban esperando.

—El aislamiento acústico necesita mejoras.

Levanto la mano para mostrar el anillo.

Los aplausos aumentan.

No hay fotógrafos contratados, aunque Amalia graba con el teléfono en vertical y tapa el micrófono con un dedo.

Álex me abraza por detrás.

—¿Estás bien? —pregunta.

—Sí.

—¿Segura?

Miro el Estudio Entre Dos, el jardín que conservamos y el hotel que sigue abierto por algo más que nuestra historia.

—Segura.

Hace un año fingimos volver para salvar el Miramar.

Después tuvimos que aprender a regresar sin volver atrás.

No existe un final perfecto.

Existe esta vida, que seguimos eligiendo sin esperar que el otro adivine el precio.

Álex me besa la sien.

—¿En qué piensas?

Entrelazo mis dedos con los suyos.

—En que esta vez no estamos fingiendo.